El negativo del cielo

René Magritte, A la rencontre du Plaisir

Por Bruno Feliciani

Por más que las buscamos, debajo de los almohadones y los colchones; detrás del inodoro en el baño; abajo de la heladera, atrás de la heladera, incluso, adentro de la heladera: nada. No están. No se encuentran. No aparecen. Por ningún lado. En ningún cajón, en ninguna gaveta. No en las alacenas, no en la bajo mesada, ni en el ropero ni en la cajonera, nada: no hay salida.

Dependo de ella para vivir. La veo todos los días sacar y meter su cuerpo menudo a través de las rejas que me cierran la ventana, aún abierta. Su escote o su cuello abierto, su escote servido cuando se inclina colgando, el cuchillo entre los dientes, colgando las bolsas de los víveres, una en cada mano; a veces dos o tres en una y nada en la otra; a veces… etc., cada vez que vuelve. Las costuras de sus jeans o el pliegue de sus polleras, la simetría de sus glúteos, la simetría de sus pantorrillas, su pie derecho despegándose del suelo, o al revés, su pie izquierdo, a veces también… etc., cuando asoma su cuerpo al irse.

Las primeras semanas me distraje, feliz, leyendo novelas. Novelas de aventuras, novelas de capa y espada, novelas de ciencia ficción, novelas eróticas también y, sobre todo, también, novelas policiales. Los libros no se mueven, apilados alrededor de la cama, también desparramados, a veces abiertos cara al suelo, o sobre otro libro, a veces también abierto, o no… etc., cubiertos y rodeados por las cáscaras de los huevos duros que ella cuece para alimentarme, pelándolos sentada sobre el borde de la cama y sirviéndomelos en los labios, de a uno por vez, a veces enteros, a veces sólo la clara, a veces sólo la yema o también… etc., y de las naranjas, más regulares, y de las mandarinas, más raras, y de los pomelos, rarísimos, que también pela, sentada sobre el borde de la cama, y me sirve en los labios, de a un gajo por vez o… etc.

Cuando se terminó el jabón, cuando se terminaron el shampoo, las ampollas de acondicionador y el detergente, me aficioné en rascarme la mugre acumulada en el cuerpo haciendo pelotas negras de piel muerta y sudor seco con los dedos, como amasando un moco, y lanzarlas contra la pared frente a la cama: después de varios días, aburrido de perderlas de vista, empecé a chuparlas y cubrirlas de baba para que, al impactar, quedaran pegadas, se pegaran a la pared vasta y blanca, formando “constelaciones”, según dijo: “Es como un cielo en negativo –susurró contra mi axila–, como el negativo del cielo –el hocico hundido en mi sobaco, abrazada a mi barriga– pero  más lindo” – “¿Más lindo que el cielo de verdad?”, le pregunté pegando en la parte baja de la pared por lanzar incómodo con el brazo izquierdo. “Las estrellas –bostezó– son horribles”.

El olor de las cáscaras secas de naranja, o pomelo, o mandarina, semipodridas, se vuelven dulces cuando uno se acostumbra. Por suerte las cucarachas no llegan a esta altura, aunque un poco lo lamento; me resultaría simpático ese movimiento en las sombras, ese crujir de sus patas como púas tocando un disco. Hay moscas, sí, pero son muy pequeñas y hay que prestarles mucha atención para oírles un zumbido. Pero de tarde en tarde se escuchan. Se escuchan…

Me da miedo que ella quiera hablar. Desde hace algunas semanas ella venía espaciando las salidas, las excursiones, de todos los días a día por medio, a cada dos días, cada número primo, a intervalos irregulares: a veces quincenas seguidas de una cantidad par, otras impar, de días, meses con una, a veces dos… etc., hasta que ayer me dijo, desnudándose, desnuda, piel y pelo, “No quiero. No voy a salir más. No importa. No hay nada”. De lo único que podríamos hablar es del pasado. ¿Para qué? ¿Y si llegáramos a conocernos? ¿A creer que nos…? No quiero, no quiero ni pensarlo. Por suerte no pasa, no pasó todavía: se pasa casi todo el tiempo empujando la nariz hundida, pegada contra mi axila. Durmiendo. Todavía ayer, anoche incluso, nos buscábamos los genitales hurgando con los dedos el pelo, sin mediar palabra, como a escondidas, indiferentes sin resistencia y sin pasión. Por suerte, ya pasó.

¿Cuántos días pasamos, unidos por el costado, sin decir palabra ninguna, dejando que la luz se deslizara acariciante sobre nosotros y sobre la superficie de las cosas, por intervalos al paso de las nubes, cerrándonos el cielo en el intento de alcanzar otro cielo? Las piernas y los brazos trenzadas. El movimiento acompasado del mar que respira en su pecho y que respira en el mío y el olor a sal y la suave presencia amenazante de las bestias submarinas que habitan los abismos, “¿Estás dormida?”, le pregunté, “Sí, no –corregiste– ¿qué…” –“Creo que acabo de entenderlo. Lo de las estrellas” – “Son horribles”, terminaste.

Los brazos del hombre me cargan sobre sus mangas de hule amarillo, infladas de fuerza. Detrás del visor hay un rostro que, aunque no veo, intuyo, y no es el mío, que sí veo, reflejado, incomprensible, saltando sobre mis tetas descansando sobre mi vientre. “¿Dónde está?”. La luz del sol serpentea entre las hojas de los árboles. Mis pies cascabelean a cada paso, colgando al final de mis piernas, dobladas sobre, colgando del borde de… etc., “Había una chica, viviendo conmigo…”. A esta violencia de la luz y la transparencia ellos la llamaron rescate, después, en sus informes. “¿Quién soy yo para discutirle la verdad a ningún hombre? Pero, ¿sería mucho pedir que se les reserven las matemáticas, a los matemáticos?” – “Aquí: éstas son su nuevo juego de llaves. Por favor –dijo, juntando los pies y enderezando la espalda– procure no perderlas de nuevo”. Fue todo lo que obtuve por respuesta.  

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