Etcétera

Le mois des vendanges, René Magritte

Un cuento de Bruno Feliciani

Tendido en el suelo. Desnudo. La gata, argentina y esbelta, se acurruca sobre sí entre sus piernas. El miembro flácido, los brazos extendidos, el pulso regular, la transpiración constante. El sol, inapelable, presiona en las ventanas, desgarra las cortinas. La basura en el cesto abierto, volcado, rebalsada sobre las baldosas; la bacha llena de platos, de vasos, de moho, de moscas; papeles rotos, hechos bollos, en el piso: libros, cuadernos, biromes, cuchillos, cucharas, cucarachas y grillos, tenedores, migas, colillas, hormigas, cenizas, polvo y tierra. Sin electricidad. Sin aire. Silencio.

Afuera, allá, apenas a pocos metros cruzando la cocina y detrás de la puerta, dan las dos de la tarde. Algún hombre igual a él, su misma cara, sus ojos, su nariz, sus labios, sus orejas, en concurso con todos los demás, escandaliza el espacio. Obligado y convencido. Se agita, se mueve. Trabaja. Desespera. Se afana y se ufana: se desvive. Vive como debe. Le palpita el corazón, se inflan sus pulmones, un reloj le amarra la muñeca, un teléfono le abulta el pantalón: tiene metas, obligaciones, sueños, intenciones, etc.

En algún lado, más lejos, en un negocio de ropa en el centro, una mujer preciosa elije un pantalón, chupín, blue-jean. Paga en efectivo y le sonríe a la cajera. Y cuando saluda a la vendedora agregando una última confidencia al salir, sus pulseras tintinean simpáticas, dejando una expectativa pendiente del aire al cerrarse la puerta.

En la casa de dos pisos, cerca de la cocina, lejos del patio, en el comedor bajo la luz de las tulipas, frente al centro de mesa con jazmines, una mujer hermosa de pelo blanco lee a Flaubert desde los lentes de marco dorado que acaba de limpiar. Y llora. Y sus ojos hermosos pasan de azules a grises, jóvenes de nuevo.

Un hombre se pasea a los tumbos por una calle rota. Irregular. Sin nombre. Un cuerpo de alambre. Vencido. La ropa rota. La barba sucia. La mirada perdida. Llora, pero no sabe por qué llora, y vuelve a besar el porrón caliente que lleva a siniestra.

En un recinto cerrado como un sueño ella coge con otra por primera vez. Frente a un espejo, frente a una ventana, frente a una foto familiar. Frente a un plácido sol amoroso de voyeur. El aire es ligero y la sombra es fresca. Y todo es suave. Y las voces, a media voz, son un festejo sonrosado. Un exceso de verano.

En la avenida un caballo se desploma. Muerto. Las moscas zumban en su hocico y zumban en su rabo. Y el hombre llora cruzado sobre su cuerpo noble e inútil. El mundo no se importa. Las bocinas estruenden. El nene no comprende.

Un profesor, algo calvo, recién afeitado y gordo, vestido con blazer y camisa, y pantalón de gabardina, termina su clase y se retira sin saludar. Estricto y enervado, se reviste de una dignidad viril y, por eso, vulnerable. Pero cuando ella lo llama se le escapa una sonrisa y se avergüenza, íntimamente, de haber sonreído.

Tendido en el suelo. Desnudo. La gata no se encuentra. El miembro flácido. Los brazos, histéricos, empujan haciendo torpe palanca. El sol se duerme primero: un hombre viejo. El interior se desgarra, está desgarrado. Duele. De modo incierto. En un solo lugar. En todos lados. Afuera. La mano levanta una colilla. Un fuego chiquito. Erecto tropieza al baño en una bocanada de humo. Escupe. Rojo. Orina en la pileta, sin abrir la canilla. En la última pitada, el olor húmedo y rancio, ácido y fugaz, le despierta alguna memoria. Un mosquito lo pica en la espalda pero no se da cuenta. El cigarrillo le quema los dedos y él dice algo que no comprendo.

Más allá, el mundo está de vuelta. Una silueta, apenas un efecto de la luz, se acuesta una siesta en vez de comer. El pantalón envuelto para regalo descansa en un placar cerrado, con un moño. La cocina se llena de hogar mientras Flaubert se repite por siempre en la soledad y el silencio de lo cotidiano. La botella se desencuentra, aterrada. El terciopelo cubre todas las cosas, sonriendo a cuatro manos. El techo se deshace en lágrimas de mujer: el nene comprende. Los apuntes, tan eruditos como son, no dicen nada.

Tendido. Suelo. Cuerpo desnudo. Miembro. Brazos. Pulso. Piernas. Respiración. Luna. Luz de luna. Antropofagia. Hombre. Hambre. Desesperación. Se consume. Muerde lento. Mastica. Busca. Despacio. No es un jardín. Discreción. Violencia. Alivio. Imágenes que son recuerdos. Imágenes que son. Mentiras. Contorsión. Espasmo. Espasmos. Curva cóncava. Curva convexa. Movimiento de sombras en la sombra. Repetición. Llanto. Agitación. No hay imágenes. Luces, movimiento. Sombras, movimiento. Destello fugaz. Palabras que ocultan palabras. Elaboración. Belleza. Banalidad. Alivio. Momento. Pausa. Desliz de la lengua. Rosado. Seco. Reloj sin agujas. Pausa. Imposible. Repetición. Movimiento. Crujir de dientes. Golpe. Golpes. Devoción. Pregunta. Ojo abierto en la luz. Bramido. Saliva. Hilo de plata. Fuerza. Tensión. Fuerza. Presión. Grito. Saliva. Espuma de mar. Agobio. Auxilio. Pregunta. No hay palabras. Pasión. No es cosecha. Furia. Movimiento de sombras en la luz. Espacio. Silencio.

El júbilo de vivir correctamente, para la desdicha, lo ahoga.

Un hilo de sangre le cruza meridiano el pecho cuando el brote rompe la piel y ve al tallo elevarse lentamente y erecto florecer, coronarse de blanco, declinar, doblarse y morir. Cuando el último pétalo ennegrecido vacila y se abandona y cae, él sonríe, se ríe como un chico. Y creo que llora.

Y desaparece.

Entre las paredes y debajo del techo no hay nada. Ni deseos, ni metas, ni sueños, ni ambiciones, etc.

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