En torno a Horacio González

Foto de Revista Cabal.

Por qué le debe la parte más importante de su formación a Horacio González (1944-2021) alguien que no fue lector de su obra.

por bruno feliciani

Es, quizás, una falta de respeto. Me refiero a la ironía de escribir el lamento por un hombre con el que me sentí siempre más distante que próximo, a tal punto de ignorar activamente la virtual totalidad de su obra, pero al que sin embargo le debo, tal vez, la parte más importante de mi formación.

Horacio González siempre fue ilegible para mí. Palabrero, inflaba los temas hasta el punto de disolverlos con el vicio de la cita, de la referencia erudita constante que siembra de nombres propios incluso las ideas más generales: me era incluso insoportable de oír. Políticamente, sin embargo, me caía simpático, me parecía el más cercano de lo menos ajeno, aunque ajeno al fin.

Horacio González, un hombre que nunca me desveló, ni para bien ni para mal, hoy quizás me desvele.

Un empezar de nuevo, no tan solos

Su labor editorial como director de la Biblioteca Nacional es, tanto para mí como para mis congéneres, de una importancia innegable. La colección de antologías facsimilares de las grandes revistas críticas y culturales que circularon en nuestro país (cuyo catálogo lamentablemente está incompleto en la página de la biblioteca, pero que llegó a publicar desde Los Folletos Anarquistas en Buenos Aires hasta La Rosa Blindada, por nombrar algunos) no fue una tarea de bibliófilo patológico sino el intento de suturar la fibra misma que la dictadura genocida desgarró por la bruta fuerza criminal: estas ideas, la recuperación de estas ideas, con sus conflictos y sus derivas, son una victoria parcial contra la devastación. Walsh dijo una vez que “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia… Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Esta labor de González supone la intención de ruptura de ese silencio mordaza que marcó las distancias generacionales que todos nosotros conocemos, que sufrimos y que vemos crecer todavía: nosotros, los hijos del menemato. Y en un sentido muy material, también, si se quiere, una federalización del capital cultural de nuestra biblioteca madre. Una especie de entrega de la cabeza de Goliat, con todo lo que implica a favor y en contra, sí. A través del mercado, desde ya, con todas las exclusiones que implica. Pero a la vez, materializando, reproduciendo físicamente, esos saberes, esos disensos, esas discusiones por el pasado, el presente y el porvenir. Volviéndolos disponibles, en el espacio y en el tiempo, para cada institución menor y cada interesado particular: un modesto progreso; palabra desagradable pero que entendemos como un paso adelante, un paso en una larga marcha de la cual creemos se quiere heredera y que se cifra en las huellas de nombres como Eudeba, CEAL, Vigil, Mangeri y, en resumen, por qué no, Spivacow, pero progreso al fin. (En esta línea argumental no queremos dejar de recomendar al lector quizás desinformado pero interesado el Archivo Histórico de Revistas Argentinas).

De una manera más personal

Pero si sólo fuera eso, quizás no habría escrito nada. Lo que pasa es que González, como director de la Biblioteca, se me figura responsable de la edición, a cargo de Cristián Sucksdorf y Diego Sztulwark, de las obras completas de León Rozitchner: si dijera que le debo una pierna sería casi un desaire: le debo un aliento, un alma si se quiere, una posición.

Las categorías del terror, terror que persiste en las cosas y subsiste en la gente, herencia sorda del miedo que nos congela en el gesto mismo del acercamiento al otro, a los otros, impidiéndonos conocer un cuerpo común y formar una contraviolencia de carácter diferente a la criminal violencia de los asesinos, los represores, los dictadores; de la historia subjetiva de la entrada a la Historia como intento de recomponer a un sujeto que tanto puede vivir separada la cabeza del cuerpo como sustituir a este último por uno hecho de palabras, y perder lo más próximo: el colectivo, la materia, el suelo, la carne, la matter; siendo otros tantos intentos de recomponer la historia del hueso, de las múltiples fracturas de la historia argentina, de la lucha de clases, de sanar aquel silencio cruel, brutal, estando o no de acuerdo, me devolvieron de la orfandad menemista: no se robaron la música, se llevaron los instrumentos: no estamos solos, sólo estamos separados. ¿Cuestión irresoluble? Tal vez. Pero no deja de ser pertinente. “Si el pueblo no se mueve, la filosofía no piensa”, es otra forma de recuperar el cuerpo.

Entonces…

Un viejo querido dijo que la vida de un hombre era la suma de sus actos, nada más. Que al morir, si se quiere, se trazaba la línea y se hacía la suma. La acción de Horacio González, esta porción casi insignificante que refiero, perdurará latiendo como un corazón oculto entre las cosas: en nuestras bibliotecas, en nuestro aliento, en nuestros actos. Pequeño acto de enfermería, creemos que pueda ayudar a sanar ese desconocimiento mutuo general que, irónicamente, en lo particular es el mismo que me separaba de él.

Tiene su gracia: hasta ayer nunca hubiera pensado que hiciera falta la muerte para reconocer a un amigo.

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