Un cuento de Bruno Feliciani

Francisco de Goya, El aquelarre

Estrella de la mañana

por bruno feliciani

A Big Juany

I

El pentágono de piedra se cierra sobre mí. Ninguna puerta. Ninguna ventana, exceptuando aquellos ventanucos que horadan en la oscuridad superior, necesarios para la supervivencia de los prisioneros, a quienes, ironía, se espera ver morir. El techo se pierde inalcanzable. En la sombra, en la claridad: la torre es inmensa, si no infinita.
Decidieron el crimen, dictaron la sentencia. Expeditivamente. «Prisión perpetua, por corromper a la juventud». Condenado. Sólo por decir que el alma es el cuerpo, que el cuerpo es el alma; que la prueba del amor somos nosotros, que amamos; que nada bajo el sol hay digno de desprecio, a excepción de las prisiones; que todo lo que se comprende está bien, que no hay nada que temer.

No importa a qué hora me recuerde, siempre hay una vasija con agua y una canasta con frutas y peces. Me vigilan, esperando el momento del sueño. No importa a qué hora me olvide, nunca veo a nadie. Se deslizan mientras duermo, por vías secretas. El misterio es parte del castigo.

La desesperación lleva a la desgracia y ésta a la reflexión, madre del empeño o madre del abandono. Decidí apurar el trago, adelantar el porvenir. No me abandono: voy a demoler esta piedra.

El primer cabezazo fue imprudente. Me dejé inconsciente en un golpe. Tengo que hacer las cosas con método: entrenar mi cuerpo, encallecer mi frente, endurecerme, perseverar. Golpear todos los días, constante; progresivamente, morder su cuerpo mineral. Ellos no van a interrumpirme. La renuncia es parte del castigo. Seguirán dándome comida, manteniéndome vivo: tengo tiempo, tengo todo el tiempo del mundo.
En el silencio y en la sombra. Empujar. Resistir. Volver a empezar. Todos los días: golpear. Todos los días: crecer.

II

Las sutilezas son el castigo. Mientras ellos sólo tienen ojos para lo grande, él realmente vive en el detalle. Es este silencio que abisma cada instante. Es este aburrimiento gris de piedra. Es las vías secretas por las que procuran mi supervivencia y, al mismo tiempo, instigan mi abandono. Es este orgullo que no debe claudicar. Morir sería un alivio, pero morir sería elegirlo. Y elegirlo, y no elegirlo, son parte del castigo.

La barba cuelga hasta el pecho; el pelo, hasta las rodillas. Cubierto de sangre, golpeo. Mis nudillos crecen. Las protuberancias de mi frente crecen. Con cada golpe. Crecen, milímetro a milímetro, poco a poco, con cada golpe. Los brazos. Las piernas. Cada milímetro que cede la roca es uno más que ocupo. Cada milímetro que crezco es uno más que retroceden. Con cada golpe lleno este vacío, con fuerza. Golpear, golpear sin cansancio. Cambiar su terror por el mío. Me llamaron mentiroso, embaucador, farsante. Dijeron que aquellas verdades eran, que estas verdades son falsas, ¿es que acaso es mentira mi corazón? No, porque golpea.

Cada golpe es una negación. Niego su juicio. Niego su criterio. Niego su derecho. Golpear, encallecer, crecer. Cada golpe es una negación. Me niego a la cobardía. Me niego al miedo. Me niego a la vergüenza. Golpear, golpear sin descanso. Para llenar con estruendo su silencio, para preservarme en el eco de mi esfuerzo, para no ser una víctima, para convertirme en adversario.

Un momento de duda, quizás. Quizás una mañana la apertura cenital del pentágono, de esta extraña prisión, torre de piedra de una tierra incógnita, brillara refulgente, inevitable, obnubilando los bordes y borrando los ángulos. Parecida a un ojo abierto o a un ojo que se abre. Quizás, el pobre diablo sintiera la debilidad como un nuevo miedo, la fuerza como un imposible, un infinito en el muro que lo encierra y un escalofrío indigno o una convulsión de llanto le tomara el cuerpo. Desesperando la canasta de comida, tumbando la vasija de agua. Desnudo. Atravesado por la luz, tal vez sintiera vergüenza. Y herido una y mil veces por aquellos gestos de amor sin amor, sin embargo, tal vez sintiera vergüenza de la vergüenza. Indignado, incontenible, al recuerdo del tiempo cuando los bordes de su deber coincidían con los límites de su libertad y su nombre era la palabra favorita de su padre, tal vez se preguntara si aquel odio que sentía no era, él también, parte del castigo. O, acaso, desde siempre, o como última defensa, un primer amor.

Tal vez: la duda, sí. Las marcas en la piedra. El suelo apelmazado. El íntimo cansancio. Solo, ¿durante cuánto tiempo? Solo, ¿y hasta cuándo? ¿Solo, y perdiéndose? El arrepentimiento, extraña virtud. Mañana, se diría que fue un sueño. Una pesadilla. El día después de mañana, se negaría aquello también. Ni siquiera un recuerdo.

Pero, ese día, ¿es olvido pasado o es olvido porvenir?

El odio es lo único que no es parte del castigo.

Extraño vicio, el orgullo.

III


El grito precede a la furia cuando la última embestida vence a la piedra, atravesando el muro. El cielo no tiene luna y el peso de los escombros sobre mí me parece muy dulce. Empujar, resistir, vencer al fin. El derrumbe estrepitoso de la torre me llena de alegría: lo escucharon. Chocan sus espadas. Vienen a mi encuentro llenos de temor, torpemente movidos por el deber. Vuelto temible, nada temo: soy libre; hacen bien en temer. «¿Quién es; quién vive; qué derruyó la torre?», gritan los esclavos en desorden. ¿Cuánto tiempo ha pasado? “Mi nombre —les respondo— es Bastardo”. Las estrellas son cómplices y testigos. Ellos hacen al orden y al silencio, y un delegado toma la voz del grupo, «¿Y qué es lo que quiere?». Son prudentes: no saben dónde estoy, no exactamente, no pueden verme. Temen que me esconda. Que me escape. Que les tienda una emboscada. Intentan encerrarme. Cerrar el círculo. Son sombras que se mueven en la sombra, otra noche dentro de la noche. «¿Qué es lo que quiere?», repite el delegado. El beso del viento me satisface, pero no me conmueve: esta noche no sopla, gime. Cerca. Es un perro al acecho. Cada vez más cerca. Una jauría con aliento a carroña. Desearía haber salido a un cielo con luna, en un tiempo con flores. «¿Qué es lo que… —repite, exasperando la esperanza de silbar la flecha y cortar la espada contra mí, de segar mi alma y destruir mi corazón: «Sencillamente —le interrumpo—, prender un fuego«.

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