Los trabajos y los días

Portada de la edición del 2012 de El violento oficio de escribir

La prensa actual, la belleza y la política en esta lectura de El violento oficio de escribir, volumen que reúne gran parte de los textos periodísticos de Rodolfo Walsh.

Por Bruno Feliciani

Leyendo El violento oficio de escribir me parece que el momento de mayor precisión y belleza de Walsh está en las crónicas por el norte argentino. Desde Carnaval Caté hasta Kimonos en la tierra roja y El remate del siglo. Es el balance lo destacable: la cantidad de información sumada a la belleza de la escritura y la fórmula narrativa, quiero decir entramada, que va desarrollando, dando relieve al paisaje, densidad a la gente y sustancia a sus relaciones. Después, sea por motivos de eficacia o de preservación, la prosa se ajusta hasta lo casi impersonal. Es, sí, la meta del periodista, pero yo tengo para mí que está mal. Las mistificaciones de la objetividad no son más que pantomimas: aunque se cosan la boca las sombras las dibujan con las manos, y las manos no se mueven solas.

Más allá de eso, se me podría decir que es el carácter político, el acento de «mal marxista» el que subordina al artista, al virtuoso. Pero me parece una falsa dicotomía. Porque las crónicas del norte son tan políticas como podrían serlo, y no menos que las siguientes. Porque la literatura, la narrativa, la poesía en una palabra, nunca resta y siempre suma. Porque la belleza no es un accesorio, un adorno, el inesencial cuestionable, el vicio del superfluo o el ademán del frívolo; la belleza, entendámonos, ni siquiera es la lindura; es, como la línea, el camino más corto entre dos puntos: el yo que escribe y el vos que lee. Y no hay contradicción: un informe o un telegrama, un impuesto o una noticia de La Capital, por más limitados que sean, siempre son más largos: la fealdad es una inmensidad que fatiga, inconmensurable. Porque los corazones y las cabezas no hablan el lenguaje de las moscas. La belleza, restitución del subjetivo ineludible, es nuestra lengua materna: suprimirla de un lado es exigir su restitución del otro. Por eso cansa la fealdad: como a los alucinados, nos condena a la soledad. Pero la belleza es el carácter social de la lengua.

La diferencia de prosa es, creo, seguimiento de la diferencia de ubicación: las crónicas del norte suponen al escritor en contacto directo con su materia y sostenido por interlocutores diversos que facetan el motivo de la experiencia, que completan sus tres dimensiones: el dato, la vivencia, la escritura. Las crónicas siguientes parecen resituadas en otros aspectos: algunas se fían del testimonio único del especialista; otras surgen de la emergencia política; unas deben responder al apuro económico; las últimas al carácter editorial de turno. En cualquier caso, que no pasa de ser una especulación fundada, no deja de ser interesante ese movimiento para pensar lo siguiente: si podemos acusar un deterioro en la fuerza escrita de uno de los mejores, y suponiendo el deterioro jerárquico del periodismo profesional y su precarización laboral y aceleración productiva, desde entonces y hasta nuestros días, ¿qué adjetivo calificaría la producción periodística de los grandes diarios, de las grandes usinas, hoy?

El pensamiento se cocina lento. Y la escritura no es otra cosa: es pensamiento hecho forma. Nuestros diarios, apurados, subordinados al interés de su firma, lo consideran al revés: es forma, con pensamiento… en el mejor de los casos.

Tal vez no sería mala idea una ley de etiquetado para los McMedios: «Esta nota fue escrita en tres horas bajo consigna ideológica y con pago diferido, sin edición y a destajo con otras tantas»; nos ahorraría el disgusto, la ingrata sorpresa al leer algunas notas de La Capital, por lo menos.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. brxnxtx dice:

    Tal vez es una falta al decoro o la modestia (o al momento), pero me gustaría agregar algo que quedó detrás de lo escrito: La Capital da vergüenza. La campaña contra el pibe L-Gante es sólo una línea más en el perfil lamentable, y cada vez más nitído, de esta ciudad de propietarios, de gente bien, encerrados entre bulevares. Una ciudad donde el barrio de la sexta todavía no tiene títulos y donde a nadie nos da vergüenza. Donde los alquileres son criminales pero La Capital habla de «sobreoferta de inmuebles en venta» como la causa; donde la necesidad de alquilar dos ambientes es cada vez mayor curiosamente: La Capital describe el cuerpo pero el corazón del monopolio no lo toca. Prefiere, porque es más importante, hablar en contra de un pibe, un músico popular que aparece en una foto junto a algún personaje cuestionable. A mí me es indiferente si es o no un visitante distinguido: está en la potestad del municipio distinguir en bienvenida a quien quiera. Y se comprende, aunque con sorpresa, que quiera hacerlo con un personaje cultural después de tanta tristeza (sería momento de recordarle, sin embargo, que destruyó todos los bares y lugarea culturales de la ciudad, desde antes de la pandemia, que muy bien les vino como manto de sombra). Ésta ciudad que supo bullir de crimen y brillar de interés vive ahora el crimen con vergüenza, ¿por qué? Porque el crimen pasado tiene romance, el crimen contemporáneo es demasiado coherente, demasiado simple: el narcotráfico es la organización de los desorganizados, la inclusión en el sistema de los excluídos. Esta ciudad que crece por la panza, por el centro, bueno, yo quisiera decir que ni siquiera ella se merece un diario así. Pero capaz me equivoco.

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