Un cuento de Bruno Feliciani

Ciudad del sueño – Paul Klee
Por Bruno Feliciani

I

Una silueta de hombre persiste en la ventana. ¿Desde cuándo? Quien la descubre no lo sabe. El paso de la luz, el cambio de color del cielo, la invasión de la sombra, en nada alteran lo dicho: cuando ya no pueden, es imposible verse, la silueta del hombre persiste en la memoria. (Por lo demás, nadie abandona su lugar)

II

Al salir de la cama, siete cuervos pesan sobre la soga. El tender está abierto en un cuadrilátero de sol. Al salir del baño, son doce los cuervos. Desayuno y rápida lectura: treinta y tres. Cuando sale a trabajar, la soga ya se ha roto: el suelo es todo una tenebrosa conmoción de aleteos inútiles. (Curiosamente, ningún ruido les sale del pico)

III

Este cuerpo, pálida piel de leche, se agita furioso o triste, tirando de sí. La habitación es blanca. Blanco es el piso y blanco es el techo, blancas son cada una de las paredes. Blanco es cada mueble y hasta cada objeto y las sombras que proyectan. Blanco es el ruido, también. Blanco sobre blanco. El cuerpo se empuja y se abre y agrega al cuadro. (¿No es indecente, la intimidad en el dolor?)

IV

Dos juegos de barajas distintos se desparraman sobre el suelo. Unas, de reverso rojo. Otras, de reverso azul. Él, o acaso es ella, construye castillos con criterios cambiantes: algunos, sólo rojos; otros, sólo azules; algunos otros, bicolores; el resto, declarando las figuras (que se corresponden entre las barajas). Cuando los termina, los patea. Y vuelve a empezar. (Parece insinuar una lógica secuencial, pero me aburre su énfasis: no hace falta la patada).

V

En una cuadra llena de camas iguales una distinta a las demás, que son ocupadas por cuerpos a la espera, en que desborda de rosas, de todos los colores en que se dan las rosas, con tallos siempre y a veces con hojas, con sucesivas mariposas y abejas que zumban y figuran al vuelo el vacío inmediato. (Un alegato en nombre de Dios).

VI

En algún rincón oculto, detrás de la heladera, debajo de la taza del inodoro, en el desagüe de alguna pileta, sobre la grasa acumulada bajo la cocina, en algún tramo imposible de la cañería subterránea: una gorda cucaracha hembra eleva con sus patas capilares el grueso vientre de su convexo cuerpo negro amarronado, ciudadano prehistórico y eterno del mundo, y escupe por la punta, con ritmados movimientos de excreción, múltiples corpúsculos color blanco anémico que ya agitan las patas, moviendo las antenas siempre, mostrando las alas a intervalos. (La furiosa tentación de también llamarla madre).

VII

El fin es por falta de aliento. Una debilidad en la sangre. Ella conoce mejor que él la frustración. Él, mejor que ella, el resignarse. El mundo se sostiene sobre estas asimétricas ternuras. El beso de los labios cerrados contra los labios cerrados. Se empujaron un beso. Es jueves: mañana será otro día. (En verdad, seguirá siendo jueves…)

VIII

El tramontina se hunde en el vientre y baja torpe, romo, expectorando sangre. Una porción de entraña cuelga, una porción de víscera. El estómago prolapsa por la apertura, se vuelca, herniando la herida. Una linfa blanca se desliza. Pero nadie ve el asco: es sólo una diferencia de tonos en una escala de rojos, de rosados. Lo van a encontrar más tarde, o en apenas un momento, todavía tibio, con el gato ronroneándole en el pecho o mordisqueándole la oreja. (Aceptemos el orden arbitrario de las cosas).

IX

La silueta de un hombre se recorta sobre el fondo celeste de un cielo azul nítido, limpio de nubes. Es una hoja de diario o un sueño. La posición relativa de sus brazos y sus piernas me dice que cae. (El fin se anuncia o no se anuncia).

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