Andréiev para crecer el mundo

Lon Chaney en el film He who gets slapped, 1924

Un acercamiento a la vida y la obra de Leónidas Andréiev, a través de dos películas basadas en uno de sus libros. Una invitación para ir al cine, una propuesta de vanguardia.

Por Bruno Feliciani

Leónidas Andréiev

Leónidas Andréiev (1871–1919) fue un escritor ruso. Novelista, cuentista y, sobre todo, dramaturgo. Hijo díscolo de la literatura de su patria, próximo a las porciones más místico/simbolistas de Korolenko y Gogol, aunque no tan ajeno al realismo como él, fue relegado a la sombra de los grandes como Dostoievsky o Turguéniev, considerado un escritor de segundo orden por una intelligentzia que gusta de escalonar la cultura* (volveremos sobre esto). Con todo, no es despreciable el criterio de su contemporáneo Gorki, entendido como opuesto estético y quizás hasta ideológico, cuando lo triangula a la impar de Tolstoi y Chéjov en su libro Tres rusos. Tenido por escritor simbolista por unos, expresionista por otros, Andréiev se mantiene equidistante de todo juicio que se pretenda final, con una obra diversa en modulaciones, tonos y sentidos. Desde lo que podríamos llamar el realismo conjetural de su novela Los siete ahorcados, donde, como en un prisma, desarma la muerte en siete colores distintos; hasta la viñeta emotiva de un cuento como El gigante, donde el expresionismo altisonante está al servicio de una ternura luctuosa; pasando por una especie de diálogo platónico como comentario político en Las tinieblas, en la que un casto anarquista es tentado y cuestionado por una prostituta vencida, que le reprocha su pureza de terror idealista; hasta llegar al drama El Rey Hambre, donde las imágenes de El Hambre, La Muerte y El tiempo avisan sobre el levantamiento de los pobres, de los muertos de hambre contra sus opresores, entre la metafísica cristiana y la revolución social.

Cosa curiosa: Andréiev, que habría llegado a pegarse un tiro en el joven pecho con tal de sustraer su vida a la miseria, aparentemente será contrario a la Revolución de octubre, muriendo en el exilio de un paro al corazón. Su camino vital, sin embargo, en el detalle y en la garantía nos está vedado: no parece haber biografía de nuestro autor, y sus obras completas o escogidas por la editorial Aguilar, con el correspondiente aparato crítico, es inhallable tanto por la escasez como por la especulación (un ejemplar de las Escogidas, por ejemplo, pide en el mercado 13.000 pesos. Un delirio). Lo poco o mucho que sabemos, que podemos saber, es recuperado de los varios prólogos, de los precarios comentarios enciclopédicos, de las diversas opiniones a las que, indudablemente, sumamos, para confusión o esclarecimiento.

Leónidas Andréiev

El que recibe las bofetadas

Dijimos que Andréiev era, sobre todo, un dramaturgo. Juicio caprichoso, tal vez. Los siete ahorcados es una novela excepcional. Pero, a la vista del descubrimiento, aun parcial y precario como señalamos, tal vez no del todo injustificado. Tres obras dramáticas vienen a nuestra defensa: la ya citada El Rey Hambre; la sucinta El Pensamiento, de la que, contra toda elegancia, no diremos una palabra más que “búsquela”** y –la que nos inspiró esta nota–, El que recibe las bofetadas. En verdad debiéramos decir “las que nos inspiraron esta nota”, porque, conjunto al libro, queremos comentarles las versiones fílmicas que la sucedieron: He who gets slapped, de 1924, con Lon Chaney, y El que recibe las bofetadas, de 1947, con Narciso Ibáñez Menta. Apenas un comentario, como una invitación al cine.

He who gets slapped – 1924 – Película completa:

La obra original es de 1914; el éxito en tablas en Nueva York, de 1922. El argumento del drama, sin ahondar demasiado, es la historia de Ese, He o Aquel, hombre anónimo que aparece un día en la compañía de papá Briquet, director del circo, buscando trabajo como payaso. Sin talentos circenses se convierte en “el que recibe las bofetadas”, número de cruel parodia o sutil ironía que es un éxito inmediato en el público. ¡Cómo le gusta a la gente ver a un infeliz recibir su bofetada! Las cuentan por cientos, cada noche. Por cierto: el infeliz hace a veces de erudito, a veces de rico, a veces de cándido. Alrededor de esta idea básica se tejen los distintos triángulos amorosos de la compañía, todos con un punto en común: Consuelo, la Condesa Veronica Mancini. Hija del encantador crápula el Conde Mancini, decadente con veleidades de aristócrata, orgulloso aunque venido a menos y un poco miserable, quien la puso a trabajar en el circo para no tener que hacerlo él y quien, en el desarrollo de la trama, insiste en casarla con su amigo, el Barón Rostand, hombre con título y alcurnia. El tercer hombre es Bezano, trapecista o acróbata pareja de Consuelo, fuerte y torpe y perdidamente enamorado, pero resignado a su condición plebeya. Toda la obra sucede entre las bambalinas del circo. La intriga se las conservo. El final es detestable. Pero el juego de imágenes es bello. Un núcleo de verdad, si se quiere un no sé qué mítico, se encierra en la figura de ese que recibe las bofetadas. Una alegoría, si no le gustan los mitos: un concierto de metáforas. ¿Qué tan lejos puede llevar la abyección a la que nos someten, a veces, los demás? ¿A qué delirios, a qué cobardías, a qué verdades? ¿Cómo vivir sin saber; cómo vivir sabiendo? ¿Qué hay en un hombre, en un nombre y en su legado? ¿Justicia, amor, heroísmo o simple avidez? La obra, se imaginan ustedes, es una especie de muñeca rusa: en la realidad del mundo la obra de teatro representa un circo que representa un mundo que refiere al real, siendo este el más pequeño de la serie, refiriendo al más grande, sin salida de la espiral. Y, para colmo, después viene la película, que representa la obra donde el circo…

La película de 1924, protagonizada por el extraordinario Lon Chaney, que como ustedes saben hizo desde El jorobado de Notre-Dame hasta El hombre que ríe, del Fantasma de la Ópera al Hombre Lobo, apodado “el hombre de las mil caras” con toda justicia, es la mejor versión de esta historia. Sí, mejor que la obra original. Me ahorro los detalles comparativos y les pido confianza. Su calidad en la belleza de las imágenes; el dinamismo musical con que acentúa los tonos afectivos de una producción por lo demás silenciosa, muda, y la economía de diálogos consecuente; la maestría en la caracterización, particularmente de Chaney; la inteligencia de fundir elementos de la trama para que el drama sea más competente, sin intrigas accesorias, y, sobre todo, la modificación del final, la hacen la versión más placentera que conozco. Desconozco si los cortes y las fundiciones son recuperadas de la obra dramática del 22. En cualquier caso, son favorables al formato película. Si bien empobrecen la multiplicidad de sentidos que se pueden encontrar en la original, lo hacen al costo de conos de sombra, de puntos ciegos y no de claves secretas, de luces ocultas. Esto, dicho en la medida en que una lectura traducida, que algunos llamarían traidora, puede permitírselo.

El que recibe las bofetadas – 1947 – Película completa:

La versión de 1947, de producción argentina, es más fiel a la obra original. Con curiosas decisiones, sin embargo. Por un lado, conserva la fundición de algunos personajes en singular y el final modificado del 24; por otro, agrega personajes de factura propia y cambia el eje de la traición inicial que lleva a Ese a ser el que recibe las bofetadas. En un sentido, está bien logrado. Por otro lado, quizás por haberla visto a los pocos días de la anterior, parece innecesario. La sensación es que la norteamericana se sostiene sobre un pragmatismo que refleja la diferencia de clases, mientras la argentina gravita sobre el culto sentimental a la amistad y al amor como fidelidades: en una, la traición es del mundo; en la otra, es del hombre: una es moderna, la otra es romántica. Con todo, no deja de ser recomendable.

Aún si su sensibilidad les advierte que alguna de las versiones le será adversa, le insistimos como amigos: vea las dos y compárelas. Tenga una “Noche de cine Belbo”, ¿por qué no?

De cultura y de vanguardia

Al principio le contábamos que Andréiev había sido desconsiderado por cierta intelligentzia y prometíamos volver sobre el asunto: acá estamos. La discusión sobre los criterios de lo que es la cultura y lo que es la vanguardia están vigentes, qué duda cabe. Cantidad de libros han salido al respecto en los últimos años. Nuestra intención no es polemizar con ninguno, porque creemos que toda polémica busca adelantar un estatuto de validez que es variable de hecho y por derecho: cultura es lo que hacemos entre todos; vanguardia, apenas una disposición parcial de aquello. Relación de perímetros y experimentación. No tenemos matrimonio ni mercantil ni académico, ni nuevas versiones sociológicas de los viejos adjetivos de “baja” y “alta” cultura que nos comprometa. Sólo venimos a proponer. La cultura, como geografía; la vanguardia, como aventura. Definición provisoria: vanguardia es leer ahí donde no está leyendo nadie. Si los parámetros de nuestra cultura están demarcados por los rieles del prestigio y del precio, de la novedad y la necesidad, quizás un gesto de vanguardia pueda ser mirar hacia atrás o hacia los costados y perderse en las obras de aquellos autores olvidados o intrascendentes, como continentes oscuros, como tierras incógnitas, que forman el cuerpo mayor de todo arte. Quizás, frente a la especulación grosera de los monopolios editoriales, negociando con los carteles de usados o navegando las vastas rutas de la piratería que (casi) todo lo conserva, enterrado, redescubrir las obras completas de los viejos nóbeles, de autores oscuros y prolíficos, las colecciones de editores y editoriales ya fundidas, tal vez, digo, sean variantes de vanguardia. Buscar entre lo desprestigiado y conseguirlo barato. Levantar el juicio. Recuperar las viejas discusiones que nos aparecen cerradas y sentir el pulso de la incertidumbre que las habitaba. Incertidumbre que, en última instancia, es el pulso de toda obra, porque toda obra fue provisoria en tiempo presente. Pero no a la manera del teórico o del crítico o del profesor: no para definir nuevos mapas de fronteras terrenas o coordenadas celestes, no para tomar partido y hacer política del gusto, para conservar al mundo reducido sino, más bien, simplemente, para todo lo contrario: para crecer el mundo. Algo así como ser los Salgari de una nueva-otra Malasia.

Corolario a la definición provisoria para nosotrxs que somos lectorxs: vanguardia es leer ahí donde no está leyendo nadie; cultura es compartirla entre todxs, como amigxs.

Es sólo una propuesta. Como una invitación al cine.


*Sabato, por ejemplo, dijo en algún lado que luego de leer Los hermanos Karamazov,  Andréiev había pasado a parecerle una vulgar caricatura frente al alma o la realidad humana encerrada en aquél. Cualquiera puede comprobar, sin embargo, a la luz de sus prólogos al Nunca más y a Desde el silencio, escritos de jóvenes secuestrados desaparecidos durante la dictadura, que si en algo no tenía puesta la vena era en el pulso de la realidad. Es decir, más vale tomarlo con un grano de sal.

**Lamentablemente, si bien una porción enorme de la obra de Andréiev se encuentra por rutas piratas, esta pequeña obra maestra se ausenta.

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