El que recibe las bofetadas

Leónidas Andréiev

En su última nota Bruno Feliciani proponía la lectura del ruso Leónidas Andréiev (1871-1919) como una forma de vanguardia. Con la intención de seguir argumentando su postulado, transcribió de una viejísima edición la obra El que recibe las bofetadas, que iremos compartiendo por entregas.

EL QUE RECIBE LAS BOFETADAS

Estrenada en 1917

Personajes por orden de aparición: POLI / TILI / BRIQUET / MANCINI / ZINIDA / ARTISTA 1° / ARTISTA 2° / ATLETA / AQUEL / JACKSON / CONSUELO / BEZANO / BARÓN REGNARD / UNA ARTISTA / UN SIRVIENTE / PALAFRENERO 1° / EL SEÑOR / PALAFRENERO 2° / PALAFRENERO 3° / ANGÉLICA / EL DIRECTOR DE LA ORQUESTA / ARTISTAS, CLOWNS, MÚSICOS

ACTO PRIMERO

Es de mañana. Al levantarse el telón se oye el restallar de un látigo que llega desde la pista, donde se está ensayando el espectáculo nocturno. Se oyen gritos. Aparecen Tili y Poli, tocando pequeñas flautas. Atraviesan la escena varias veces caminando de la puerta hacia la ventana. La tonada es alegre. Tocan débilmente. Son de la misma estatura, sus rasurados rostros tienen un parecido. Visten de saco, Tili, el más joven, lleva una bufanda al cuello.

POLI. – ¡Alto! De nuevo equivocado. Escuchá. (Toca él solo. Tili escucha rascándose la nariz.) ¿Te das cuenta? (Los dos reemprenden la caminata y al llegar a la puerta tropiezan con el Director y Mancini, que lo sigue mordiendo el bastón. Los payasos ceden el paso. Briquet, el Director, mira a Poli como preguntando. Poli añade.) Es la marcha de la pantomima…

BRIQUET. – ¡Ah!… (Tili y Poli desaparecen de la escena, pero este último vuelve, seguido por Tili.)

POLI. – Papá Briquet, Tili no va a poder trabajar.

BRIQUET. –  ¿Por qué?

POLI. – Le duele mucho la garganta. Mira lo que tiene.

BRIQUET. – Ven para acá. Abre la boca un poco más. (Lo lleva hacia donde hay un poco de luz, cerca de la ventana. Y le mira la garganta.) Ponte un poco de yodo,

POLI. – Yo ya le había dicho que no era nada. (Se van tocando la marchita. Briquet se sienta. Mancini sonríe irónicamente.)

MANCINI. – ¿También los curas? Si no tienes diploma, papá Briquet.

BRIQUET. – Son cosas de nada. Ellos son muy miedosos.

MANCINI. – Lo que pasa es que tienen quemada la garganta por el ajenjo. Se emborrachan todas las noches. Me extraña en ti. Vigilas muy poco a tu gente. (Ríe).

BRIQUET. – Me estás cansando, Mancini.

MANCINI. – El conde Mancini está a sus órdenes.

BRIQUET. – Te repito que me estás cansando Mancini. Andas por todos lados y no dejas trabajar a los artistas. El día menos pensado te van a romper las costillas y no me opondré.

MANCINI. – Como hombre de casta y educación no puedo conducirme con los artistas como con mis pares. ¿Qué es lo que te has pensado, Briquet? Te hago un honor hablándote con familiaridad y sin orgullo…

BRIQUET. – Bien, bien…

MANCINI. – Me río de ellos. Pero si se les ocurriera meterse conmigo, ¿has visto esto? (Saca del bastón un estoque y hace unos pases.) ¡Una cosa muy útil! Tienes que ver qué linda muchacha encontré anoche en el pueblo. (Ríe.) Sí. Sí. No te gusta. Cada cual tiene sus gustos. Pero escúchame, tienes que darme cien francos.

BRIQUET. – Ni un centavo.

MANCINI. – Entonces me llevo a Consuelo y se acabó.

BRIQUET. – Todos los días repites lo mismo.

MANCINI. – ¡Repito, repito! Tu también lo harías si te hallaras tan necesitado como yo. Además debieras de comprender que tengo que conservar el brillo de mi nombre, y si la necesidad me ha conducido a esto, a que mi hija, la condesa Verónica, se haya convertido en una écuyère [i]… es simplemente porque hay que vivir. ¡Ganarse el pan! ¿Comprendes idiota?

BRIQUET. – Gastas demasiado en mujeres. Así irás a parar a la cárcel, Mancini.

MANCINI. – ¡A la cárcel, no! Tengo la obligación de  mantener el brillo de mi apellido. (Riendo.) Los Mancini son famosos en toda Italia como conquistadores de jovencitas. ¿Tengo yo la culpa de que ahora deba pagar grandes sumas por lo mismo que mis antepasados conseguían gratis? Tú eres una bestia, un advenedizo… Cómo vas a comprender lo que significa una tradición. No bebo, no juego desde aquel incidente… no, no te rías. Y si renuncio a las jovencitas, ¿qué quedará de los Mancini? ¿Sólo el esqueleto? Escucha, dame cien francos, aunque sólo sea por la tradición.

BRIQUET. – Te dije que no, y no te daré nada.

MANCINI. – Pero si la mitad del sueldo se lo doy a Consuelo, o es que piensas que no quiero a mi hija, mi única hija. El único recuerdo de su santa madre. Tienes un corazón de piedra. (Hace como si estuviera llorando y se limpia los ojos con un pañuelo roñoso, con una corona bordada.)

BRIQUET. – ¿Por qué no dices más bien que ella es una tonta, al darte la mitad de su sueldo? Me tienes aburrido. (Entra Mme. Zinida, la domadora de fieras.)

ZINIDA. – (Hermosa mujer. Es la amante de Briquet.) Buenos días Mancini.

MANCINI. – Madame Zinida, aunque el bárbaro desgarre con un puñal esta mísera alma no puedo dejar de expresarle la fuerza de mi amor arrollador. (Se arrodilla como un payaso.) Madame, el conde Mancini tiene el honor de pediros que seáis su esposa.

ZINIDA. – (A Briquet.) ¿Otra vez plata? (En tono bajo.)

BRIQUET. – Sí.

ZINIDA. – No le des. (Se sienta en un extremo de un sillón roto y cierra los ojos. Mancini se incorpora limpiándose el pantalón.)

MANCINI. – Señora, no sea tan severa. No soy un león, ni un tigre. No soy ningún animal salvaje de esos a que usted está acostumbrada a domar. Soy simplemente un manso animalito doméstico que quiere comer pasto verde.

ZINIDA. – Me dijeron que Consuelo tiene un maestro. ¿Para qué es ello?

MANCINI. – Son las preocupaciones de un padre, Zinida, las preocupaciones y las necesidades de un corazón amante. La miseria de mi situación ha provocado muchos vacíos en su educación, querida amiga mía. La hija del conde Mancini, la condesa Verónica, apenas conoce el abecedario. ¿Es posible permitir eso? Y tú, Briquet, tú, alma ordinaria, ¿todavía preguntas para qué preciso plata?

ZINIDA. – Son cuentos.

BRIQUET. – ¿Y qué le enseñas?

MANCINI. – De todo. Antes le enseñaba un estudiante pero ayer tuve que echarle: se enamoró de ella y maullaba detrás de la puerta como un gato. Le enseñaba todo lo que tú no sabes. Literatura, mitología, ortografía… (Entran dos artistas y se sientan a descansar en un rincón.) Yo no quiero que mi hija…

ZINIDA. – Son cuentos.

BRIQUET. – Eres un tonto, Mancini, ¿para qué lo haces? (Severamente.) Eres horriblemente tonto. ¿Para qué necesita ella sabiduría? Estando aquí, ¿qué necesidad tiene de saber eso? ¿Qué es la Geografía? Todo el mundo te va a decir que no es nada. Y yo sería el doble de feliz si no supiera geografía. Si fuera ministro prohibiría a los artistas toda lectura que no fuera la de los affiches [ii]. Los affiches y nada más. (Entran varios artistas y los dos payasos. Se sientan en un rincón.) Ahora tu Consuelo es una eximia artista, pero si te pones a enseñarle mitología, y ella comienza a leer, se volverá romántica y se envenenará. Yo conozco los libros, también los he leído… No enseñan más que romanticismos y decisiones estúpidas.

ARTISTA 1°. – A mí me gustan los folletines.

BRIQUET. – Eres un tonto, eso te va a perder. Créeme amigo mío, lo que hay en ellos tenemos que olvidarlo. ¿Acaso podemos comprender lo que sucede allí?

MANCINI. – Eres un enemigo de la educación, Briquet… un oscurantista.

BRIQUET. – Tú también eres un tonto. Tú que eres de ellos, a ver, dime: ¿qué es lo que has aprendido? (Ríen los artistas.) Pregúntale a Zinida, ella que sabe de todo, de todo lo que se sabe por allí, tanto de geografía como mitología, pregúntale si por eso es más feliz. A ver, dile, querida.

ZINIDA. – Déjame tranquila.

MANCINI. – (Enojado.) Vete al diablo. Sólo a mí se me ocurre escuchar la filosofía de un burro. Tendría que sacarte doscientos mil francos, no cien. ¡Dios mío!, tan burro y pensar que es el Director. Y lo digo delante de todo el mundo, pagas una miseria, a Consuelo deberías aumentarle por lo menos cien francos. ¡Oye, saltimbanqui! ¿Quién llena todas las noches el circo? ¿Ustedes dos, musicastros?… ¿Los tigres, los leones? ¿Quién viene a ver a esos gatos hambrientos?

ZINIDA. – Deja tranquilas a mis fieras.

MANCINI. – Perdóname Zinida, no quise ofenderte. Palabra de honor. Yo mismo soy un admirador de tus fieras, y beso tu mano. ¿Pero qué entienden ellos de cortesía? (Se oye desde la pista una música de tango que ejecuta la orquesta.) Escuchen… ¿Dime respetable saltimbanqui, no son Consuelo y Bezano los que atraen la gente todas las noches? Su tango sobre los caballos… eso es… eso es. ¡Qué diablos! Aquí no conservaría su santidad ni el Santo Padre.

POLI. – Es verdad. Es un buen número. Pero la idea es de Bezano.

MANCINI. – Qué idea, ni qué idea. El muchacho está enamorado como un gato, esa es toda su idea. Además, nada significa una idea sin una mujer.  Mucho vas a hacer tú con tus ideas. ¿No es así, papá Briquet?

BRIQUET. – (Aludiendo al aumento de sueldo.) Tengo un contrato.

MANCINI. – ¡Qué formulismo idiota!

ZINIDA. – Dale al conde diez francos y que se vaya.

MANCINI. – ¿Diez, solamente? De ninguna manera, cincuenta francos. A no ser terco papá Briquet. Por respeto a la tradición de la familia. (Conciliatorio.) ¿Veinte, eh? Por mi honor que no puedo menos. (Briquet le da veinte francos.) Mercí [iii].

ZINIDA. – Pídele más a tu Barón.

MANCINI. – (Con enojo forzado) ¿Al Barón? ¿Por quién me has tomado, mujer? Pedirle plata prestada a una persona extraña, a la que…

ZINIDA. – Seguro que estás preparando una canallada. Aún no te conozco mucho, pero eres un pillo redomado.

MANCINI. – (Riendo.) Una ofensa de labios hermosos… (Entra un atleta del elenco.)

ATLETA. – Papá Briquet; ahí pregunta por tí una persona del otro mundo.

BRIQUET. –  ¿Un fantasma?

ATLETA. –  No. Una persona viva. ¿Has visto que los espectros se emborrachen?

BRIQUET. – Si está borracho, Tomás, pregúntale si es a mí a quien busca, o al conde.

ATLETA. –  Te busca a ti. A lo mejor no está borracho y en verdad es un espectro.

MANCINI. – (Componiéndose) ¿Es una persona de la sociedad?

ATLETA. – Sí. Lo voy a hacer entrar, papá Briquet, y me voy. Hasta luego. (En la pista se oye el restallar de un látigo, gritería; los compases de un tango se apagan.)

BRIQUET. – (Apoyándose en la mano de Zinida) ¿Estás cansada?

ZINIDA. – (Desasiéndose.) No.

POLI. – ¡Tu león amarillo está hoy intranquilo, Zinida!

ZINIDA. – Tú lo haces rabiar inútilmente.

POLI. – Le he tocado algo de La Traviata [iv], y él me acompañaba. Podríamos ensayar este número, papá Briquet. (Tomás, el atleta, llega acompañado de un señor.)

ATLETA. – (Señalando.) Este es el Director. (El atleta se va).

EL VISITANTE. – (Acercándose sonriente.) ¿Tengo el honor de hablar con el Director?

BRIQUET. – Sí. Con él habla. Siéntese. Trae una silla Tili.

EL VISITANTE. – ¡No se molesten! (Mirando a su alrededor.) ¿Estos son todos sus artistas? Encantado.

MANCINI. – (Arreglándose y haciendo un saludo con la cabeza.) Conde Mancini…

EL VISITANTE. –  (Como extrañado.) ¿Un conde?

BRIQUET. – (Seco.) Sí. Un Conde. ¿Y yo con quién tengo el honor de hablar?

EL VISITANTE. – Ni yo mismo lo sé. ¿Todos ustedes han elegido sus nombres, no es cierto? Yo todavía no he elegido el mío. Más tarde espero me aconsejarán alguno. He pensado en uno, pero me resulta un poco literario.

BRIQUET. – ¿Literario?

EL VISITANTE. – Sí. Se nota que es muy artificial… (Todos lo miran extrañados.) Se me ocurre que estos dos señores son payasos. Permítanme que les estreche las manos. (Da la mano a los payasos.) Estoy muy contento. (Los payasos ponen cara de idiota.)

BRIQUET. – Acláreme, señor… ¿En qué puedo serle útil?

EL VISITANTE. – (Sonriendo agradablemente.) ¿Servirme, Ud.? ¡No! Yo soy el que le va a ser útil a Ud., papá Briquet.

BRIQUET. – (Extrañado.) ¿Papá Briquet?…

EL VISITANTE. – (Tranquilizándole.) Ya se arreglará. Después se dará cuenta. Los señores recién pusieron una cara admirable. ¿Quiere Ud. que la repita? Mire. (Pone la misma cara de idiota que los payasos.)

BRIQUET. –  ¿No está Ud. ebrio?

EL VISITANTE. – No. yo no bebo. Es simplemente una particularidad de mi talento.

BRIQUET. – ¿Dónde has trabajado antes? ¿Fuiste juglar?

EL VISITANTE. – No. Pero me alegra mucho que hayas visto en mí a un colega, papá Briquet. Lamentablemente no soy juglar. En ninguna parte he trabajado antes. Tengo una gran predisposición, nada más.

MANCINI. – Ud. parece una persona del gran mundo.

EL VISITANTE. – Ud. me halaga, Conde. Soy así, simplemente.

BRIQUET. – ¿Qué es lo que tú, (vacilando) lo que Usted quiere? Debo aclararle que todos los puestos están ocupados.

EL VISITANTE. – Seré un modesto clown [v], si Ud. me lo permite. (Briquet comienza a enojarse, los circunstantes sonríen.)

BRIQUET. – ¿Y qué es lo que tú sabes hacer? Curiosidad, nada más… ¿pero qué es lo que tú sabes?…

EL VISITANTE. – Nada. ¿No es esto risible? No saber nada.

BRIQUET. – ¿No sabes nada? No le veo la gracia. Cualquier vagabundo sabe lo mismo.

EL VISITANTE. – (Mira a su alrededor sonriente.) Se puede idear algo.

BRIQUET. – (Con ironía.) ¡Algo literario! (Silenciosamente entra el clown, Mr. Jackson, y se coloca detrás del Visitante.)

EL VISITANTE. – Se podría hacer algo literario. Por ejemplo, ¿qué diría Ud. de una breve pero buena conferencia? Aunque fuera sobre un tema religioso. O una pequeña discusión entre los payasos…

BRIQUET. – ¿Una discusión? A otra parte, querido. Esto no es una academia.

EL VISITANTE. – (Triste.) Lo siento… una sátira ligera acerca del gobierno… de los hombres… o…

BRIQUET. – ¿O el comisario? Eso no sirve.

JACKSON. – (Interviniendo.) ¿Acerca del mundo? ¿No te gusta? Dame tu mano. A mí tampoco.

BRIQUET. – (Presentándolo.) Nuestro primer clown, el célebre Jackson.

EL VISITANTE. – (Mirándole asombrado.) ¡Mi Dios! ¿Usted es Jackson? Permítame que le estreche su mano. Me he complacido muchísimo con su genial…

JACKSON. – Encantado.

BRIQUET. – (Encogiéndose de hombros.) Quiere ser payaso. Míralo Jackson. (Jackson lo examina con aire crítico.)

JACKSON. – ¿Payaso?… Hum… A ver, dese vuelta, hum… ¿Clown?… A ver, sonría. Abra más la boca… más… Eso es reír. Ahora. En realidad, hay disposiciones, pero muy poco trabajadas… ¿Conoces algún salto mortal, por lo menos? ¿Ni eso?

EL VISITANTE. – (Suspirando.) No.

JACKSON. – ¿Qué edad tienes?

EL VISITANTE. – Treinta y nueve años. ¿Ya es tarde? (Jackson se va silbando.)

BRIQUET. – No necesitamos de sus servicios, señor. (Silencio.)

ZINIDA. – (Por lo bajo.) Tómalo.

BRIQUET. – (Enojado.) ¿Pero diablo, qué haré con él si no sabe nada? Está borracho.

EL VISITANTE. – Palabra de honor que no estoy borracho. Y agradezco vuestra intervención, señora… ¿No es Ud. la famosa domadora de leones, Mme. Zinida, y además, reina de la belleza?

ZINIDA. – Sí. Pero no me gusta que me adulen.

EL VISITANTE. – No es adulación.

MANCINI. – ¡Cómo se nota que no estás acostumbrada a tratar con gente de su clase, alma mía! El señor expresa lo que siente en las más bellas palabras, y tú… (Entran Consuelo y Bezano.)

CONSUELO. – ¿Estás aquí, papá?

MANCINI. – Sí, hijita. ¿No estás cansada? (La besa en la frente.) Mi hija, respetable señor. La condesa Verónica, conocida en el ambiente como Consuelo, la “Reina del tango sobre los caballos”… ¿Se ha dignado verla?

EL VISITANTE. – (Inclinándose.) Estoy asombrado… maravillado.

MANCINI. – ¿Qué le parece su nombre? Lo he tomado de una novela de George Sand.

EL VISITANTE. – ¡Qué erudición!

MANCINI. – Bah, tonterías. Sin hacer hincapié en vuestra extraña petición, veo que Ud. es una persona de mi mismo rango. Sólo las grandes desgracias nos llevan a esto… Sic transit gloria mundi [vi]

CONSUELO. – Fastidias, papá. ¿Dónde está mi pañuelo, Alfredo?

BEZANO. – Tómalo.

CONSUELO. – (Al visitante.) Es de encajes venecianos. ¿Le agrada?

EL VISITANTE. – (Haciendo una reverencia a Consuelo.) Mis ojos se han cegado… tanta belleza. No, papá Briquet, cuanto más miro, más quiero quedarme con Ud. (Volviendo a poner cara de idiota.) De un lado un Conde, del otro…

JACKSON. – (Ablandado.) Eso no está mal. A ver, haz trabajar tu cerebro. Piensa quién puedes ser. Aquí cada uno piensa para sí. (Se hace silencio. El Visitante hace como que piensa llevando su índice a la frente.)

EL VISITANTE. – Pensar… pensar… ¡Eureka!

POLI. – Eso significa “encontré”. ¿No?

EL VISITANTE. – Yo seré aquí, “Aquel, el que recibe las bofetadas”. (Gran carcajada, hasta papá Briquet se ha sonreído.) ¿Ven? Todos ustedes se han reído. ¿Acaso es fácil lograr eso? (Todos vuelven a ponerse serios, Tili suspira.)

TILI. – Si, no es fácil. ¿Te has reído, Poli?

POLI. – Si. Mucho. ¿Y tú?

TILI. – Yo también. (Imitando un instrumento comienza una tonada alegre.)

JACKSON. – ¿El que recibe las bofetadas? No está mal…

EL VISITANTE. – ¿No es cierto? A mi me gusta mucho. Y es fruto de mi talento. ¿Saben una cosa, compañeros? Ya encontré un nombre. Me llamaré, ¡Aquel! ¿Les gusta?

JACKSON. – (Reflexionando.) ¿Aquel? No, no está mal…

CONSUELO. – ¡Qué cómico! Aquel, como un perro. Papá, ¿hay de esa clase de perros, no? (De pronto, Jackson da una bofetada al Visitante.)

JACKSON. – Aquel, el que recibe las bofetadas. ¿No has recibido?

POLI. – Dice que es poco. (El Visitante sonríe frotándose la mejilla.)

EL VISITANTE. – He sido sorprendido por la rapidez de los hechos. Pero es extraño, tú no me has pegado y la mejilla me arde. (Otra carcajada general. Los payasos imitan algunos animales. Gritan. Zinida se acerca a Briquet para decirle algo y luego se separa lanzando una mirada a Bezano. Mancini adopta la pose de un hombre triste y mira la hora. Los artistas van saliendo.)

JACKSON. – Tómalo, papá. Nos va a ser útil.

MANCINI. – (Sigue mirando su reloj.) Pero no se haga ninguna ilusión, papá Briquet es tan avaro como Harpagón [vii] y si usted piensa arreglar su situación está en un grandísimo error. (Ríe.) Una bofetada, ¿qué es una bofetada? Aquí es muy poca plata. La docena, un franco y medio. Vuelva a la ciudad y allí ganará más. Mi amigo el marqués Giusti recibió por una bofetada cincuenta mil liras.

BRIQUET. – No seas cargoso, Mancini. ¿Te podrás encargar de él, Jackson?

JACKSON. – Sí.

POLI. – Y la música, ¿te gusta? Por ejemplo una sonata de Beethoven en el peine. O a Mozart en botellas…

EL VISITANTE. – (A quién desde ahora llamaremos Aquel.) No. Pero les estaré eternamente agradecido si ustedes me enseñan. ¡Un payaso!, ese fue el sueño de mi infancia. Mientras mis amigos enloquecían, unos, con los héroes de Plutarco, otros, con la luz de la sabiduría, yo humildemente aspiraba a ser un payaso. ¡Beethoven en un peine! ¡Mozart en botellas! Eso es lo que busqué durante toda mi vida. ¿Y mi traje? Yo necesito rápido un traje…

JACKSON. – Se ve que no entiendes nada de esto. (Apoya un índice en la frente.) Un traje hay que pensarlo mucho. ¿Has visto mi sol en este sitio? (Se golpea el trasero.) Lo estuve pensando durante dos años.

AQUEL. – (Asombrado.) Pensaré.

MANCINI. – Consuelo, hija mía, ya es hora. Tienes que vestirte. (Como informándole a Aquel.) Comeremos en la casa del Barón Regnard. Un amigo mío… banquero…

CONSUELO. – No podré ir, papá. Alfredo me ha dicho que todavía tenemos que ensayar.

MANCINI. – (Alzando las manos, como espantado, aparatosamente.) Pero hija mía, en qué situación me colocas. Le prometí al Barón… nos está esperando, no, no es posible… le dí mi palabra…

CONSUELO. – (Parcamente.) Alfredo dice.

BEZANO. – (Seco.) Ella tiene que hacer. ¿Ya descansaste? Vamos.

MANCINI. – Escucha, Bezano… ¿Te has vuelto loco? En beneficio del arte te permití que te interesaras por mi hija, pero…

CONSUELO. – Deja, papá, qué tonto eres. Tenemos que trabajar. Ve tu a comer con el Barón. No has traído de nuevo pañuelo limpio. Ayer te lavé dos. ¿Dónde los has puesto?

MANCINI. – (Enrojeciendo.) Mi ropa es lavada por la lavandera. Y tú, todavía juegas a las muñecas. Qué tonta eres Consuelo. Charlas y no piensas. Y los señores quién sabe qué cosas pueden creer. ¡Tonta! Bueno, me voy.

CONSUELO. – Si quieres le escribo una cartita.

MANCINI. – (Irritado.) ¿Una cartita? De tu cartita se reiría hasta un caballo. Hasta luego. (Sale colérico, jugando con el bastón. Tili y Poli lo siguen tocando una marcha fúnebre. Jackson y Aquel ríen. Se van retirando los artistas.)

CONSUELO. – (Riendo.) ¿Tan mal escribo? Y a mí que me gusta tanto escribir. ¿Te gustó mi cartita, Alfredo? ¿O también te has reído?

BEZANO. – (Turbándose.) No. No me he reído. Vamos Consuelo. (Al salir tropiezan con Zinida, que regresa.)

ZINIDA. – ¿Aún quieres trabajar, Bezano?

BEZANO. – Si. Hoy ha sido un mal día… Y tus leones, Zinida, ¿cómo están? También ellos parece que sufren la influencia del tiempo.

CONSUELO. – (Gritando desde el interior.) ¡Alfredo!

ZINIDA. – Anda, que te llaman. (Bezano sale.) Y, ¿arreglaron?

AQUEL. – Parece que si.

JACKSON. – Piensa en tu traje hasta la noche, Aquel. Yo también pensaré algo. Y mañana te presentas a la diez. Sé puntual, de lo contrario recibirás una bofetada de más. Yo me ocuparé de ti. (Sale.)

AQUEL. – Seré puntual. (Lo sigue con la mirada.) Se me ocurre que es una excelente persona. ¡Qué buena gente se encuentra alrededor suyo, papá Briquet! Y el hermoso Bezano, seguro que está enamorado de Consuelo, ¿no es cierto? (Ríe.)

ZINIDA. – ¿Qué te importa eso? Para el poco tiempo que estás aquí te metes demasiado en lo que no te incumbe. (Refiriéndose al contrato.) ¿Cuánto quiere, papá Briquet? (Haciendo una pausa.) Espera. Escúchame Aquel: contigo no firmaré contrato.

AQUEL. – Lo comprendo. Como Ud. quiera… Sabe, mejor, no hablemos de dinero ahora. Tú eres una persona honrada, Briquet… Verás mi trabajo y entonces…

BRIQUET. – (Encantado.) Eso está muy bien de tu parte. (Volviendo hacia Zinida.) En realidad no sabe nada, Zinida.

ZINIDA. – Si esos son sus deseos… Bueno, hay que anotarlo. Dame el libro.

BRIQUET. – (Alcanzándoselo.) Toma. (A Aquel.) No es que me guste escribir. Sólo anotamos a los artistas por la policía. Puede suceder algún accidente o…  (Desde la pista llegan los acordes de un tango.)

ZINIDA. – ¿Cómo te llamas?

AQUEL. – (Sonriendo.) Aquel. Ya lo elegí. ¿O acaso no les gusta?

BRIQUET. – Si, nos gusta. Pero necesitamos el verdadero. ¿No tienes pasaporte?

AQUEL. – (Poniéndose serio.) ¿Pasaporte? No tengo pasaporte. Pero tengo algo por el estilo. No pensaba que entre ustedes la cosa sería tan estricta. ¿Para qué lo quieren? (Zinida y Briquet se miran silenciosamente. Zinida aparta el libro.)

ZINIDA. – Si es así no podemos emplearte. A causa tuya no podemos quedar mal con la policía.

BRIQUET. – Por si no lo sabes, ella es mi esposa. Y tiene razón. Un caballo puede golpearte o puede sucederte cualquier otro accidente. ¿Quién te conoce? A mi me da lo mismo… Pero allá… entiendes… allá se conducen de distinto modo. Para mi un muerto es un muerto y de él no pregunto nada. Esa tarea se la dejo a Dios o al Diablo. Pero ellos son distintos… seguramente lo precisarán para mantener el orden. ¿Por lo menos tendrás una cédula?

AQUEL. – (Se frota la frente pensativo.) ¿Qué hacer? En realidad tengo… (Sonríe.) Pero por nada quisiera que trascendiese mi nombre.

BRIQUET. – ¿Alguna historia?

AQUEL. – Si. Y para mi muy dolorosa… ¿Por qué no figurarse simplemente que no tengo nombre? ¿No podría haber perdido mi nombre como se pierde un sombrero? Cuando viene aquí algún perro extraviado ustedes no le preguntan el nombre, le dan uno nuevo. Dejen que yo sea lo mismo. (Sonríe tristemente.) El perro Aquel…

ZINIDA. – Nos lo dirás solamente a nosotros. Nadie más lo llegará a saber… Salvo que a ti no se te ocurra romperte la cabeza.

AQUEL. – (Preocupado.) ¿Palabra de honor? (Zinida se encoge de hombros.)

BRIQUET. – Allí donde las personas son honestas, cada palabra es una palabra de honor. Se conoce que eres de allí.

AQUEL. – Bueno, tomen. (Alarga a Zinida un carnet.) No se asombren por favor. (Ella lo mira y se lo entrega a Briquet.)

BRIQUET. – Si es el auténtico, respetable señor, y Ud. es el que figura acá…

AQUEL. – Por favor… Ese ya no existe, se ha perdido hace ya mucho tiempo. Es simplemente la constancia de un sombrero viejo. Le ruego lo olviden, como lo he olvidado yo. Ahora soy Aquel, el que recibe las bofetadas. Y nada más. (Silencio.)

BRIQUET. – Le ruego me excuse… pero tengo que preguntarle… ¿no está Ud. ebrio, honorable señor? En sus ojos veo algo que…

AQUEL. – No. No estoy ebrio. Yo soy Aquel, el que recibe las bofetadas. ¿Y desde cuándo nos tratamos de Ud., papá Briquet? Me estás ofendiendo.

ZINIDA. – Esas son cosas de él, Briquet. Pero en verdad que eres un hombre extraño. (Sonriendo.) Y ya te has dado cuenta que Bezano está enamorado de la écuyère. Y que yo amo a Briquet. ¿Se conoce?

AQUEL. – (Sonriendo.) ¡Oh, si! Tu lo adoras.

ZINIDA. – Si, lo adoro… Vete a dar una vuelta con él, Briquet. Enséñale la pista, las caballerizas… Yo tengo que hacer algunas anotaciones.

AQUEL. – (Dirigiéndose a Briquet.) Si. Si. Te lo ruego. Ahora que me han aceptado soy tan feliz. ¿Es verdad, no es cierto? ¿Ustedes no me han hecho una broma? (Con alegría.) ¡La pista, la arena de la pista! El lugar por donde correré recibiendo bofetadas… Si, si, vayamos Briquet. Hasta que no sienta la arena bajo los pies no creeré.

BRIQUET. – Bueno, vamos. (Besa a Zinida.) Ven. (Van hacia la puerta.)

ZINIDA. – Espera… A ver, Aquel, contéstame a esta pregunta. Tengo un peón que me limpia las jaulas, es un cualquiera a quien nadie conoce. Entra en la jaula de los leones cuando quiere, se encuentra en ella como en su casa. ¿Por qué es eso? En cambio, a mi me conocen todos, y cuando entro se ponen furiosos… Es un imbécil. Lo verás. (Ríe.) Pero no se te ocurra entrar en la jaula Aquel. Mi león amarillo te daría una  bofetada.

BRIQUET. – (Molesto.) ¿Empiezas de nuevo, Zinida?

ZINIDA. – (Riendo.) Si, vayan, vayan. Pero espera, mandame a Bezano, Luis. Tengo que arreglarle algunas cuentas. (Aquel y papá Briquet abandonan la escena. Zinida mira el carnet de identidad y lo guarda. Se levanta y pasea nerviosamente. Escucha atentamente los acordes del tango que llegan desde la pista. La música cesa de pronto. Zinida queda mirando la puerta, inmóvil.)

BEZANO. – (Entrando.) ¿Me has hecho llamar, Zinida? ¿Qué quieres? Habla rápido. No tengo tiempo. (Zinida lo mira seriamente. Bezano enrojece y se vuelve hacia la puerta.)

ZINIDA. – ¡Bezano!

BEZANO. – (Deteniéndose y con los ojos bajos.) ¿Qué deseas? No tengo tiempo.

ZINIDA. – Bezano. Hace tiempo que vengo oyendo que estás enamorado de Consuelo. ¿Es cierto?

BEZANO. – Trabajamos juntos.

ZINIDA. – No. Dime la verdad, ¿la amas, Alfredo? (Bezano la mira fijo en los ojos.)

BEZANO. – (Valientemente.) No amo a nadie. ¿Cómo puedo yo amarla? Hoy está Consuelo aquí y mañana el padre se la llevará… ¿Y yo quién soy? Un saltimbanqui, un saltimbanqui hijo de un sastre de Milán… Ni siquiera sé hablar. No encuentro palabras, igual que mi caballo…

ZINIDA. – ¿Y a mi me amas… un poco?

BEZANO. – No. Ya te lo he dicho.

ZINIDA. – ¿Ni siquiera un poco?

BEZANO. – (Después de un corto silencio.) A ti te tengo miedo. (Zinida quiere gritar, pero detiene su cólera y baja sus ojos tratando de ocultarla. Se torna pálida.)

ZINIDA. – ¿Soy acaso tan temible?

BEZANO. – Eres hermosa como una reina, tan bella como Consuelo. Pero no me gustan tus ojos… me ordenas con ellos que te ame y cuando me lo mandan, no puedo hacerlo. Te temo.

ZINIDA. – ¿Te lo mando? No, Bezano, te lo ruego…

BEZANO. – ¿Y por qué no me miras? Es que tu misma te has dado cuenta que tus ojos no saben pedir. (Ríe.) Tus leones te han perdido.

ZINIDA. – Mi león amarillo me quiere.

BEZANO. – No, no lo creo. Si ello fuera cierto, ¿por qué está tan triste?

ZINIDA. – Ayer me ha lamido las manos como un perro.

BEZANO. – Y hoy te ha buscado todo el tiempo con los ojos para devorarte. Y saca la cabeza y mira en tal forma, que sólo te ve a ti. Te teme y te odia. ¿Acaso quieres que yo también te lama las manos?

ZINIDA. – ¡No! ¡Yo te besaré las manos, Alfredo! (Exaltada.) Déjame besar tu mano.

BEZANO. – Hablas en una forma que me da vergüenza escucharte.

ZINIDA. – (Reprimiéndose.) No deberías hacerme sufrir como lo estás haciendo. Yo te amo, Alfredo. No, no te lo ordeno, mírame en los ojos… Yo te amo. (Bezano se vuelve hacia la salida.)

BEZANO. – Que te vaya bien.

ZINIDA. – ¡Alfredo! (Aparece silenciosamente Aquel.)

BEZANO. – Te ruego que nunca me digas que me amas de nuevo, o me iré de aquí. Dices de una manera “te amo”, que es como si pegases con el látigo. Y eso repugna… (Va hacia la puerta. Los dos se dan cuenta de la presencia de Aquel. Bezano sale enojado. Zinida, aparentando indiferencia, vuelve a su sitio en la mesa.)

AQUEL. – Perdona, yo…

ZINIDA. – Metes de nuevo la nariz, Aquel. Estás buscando una bofetada.

AQUEL. – (Riendo.) He olvidado mi capa. No escuché nada.

ZINIDA. – Me da lo mismo que hayas oído o no.

AQUEL. – ¿Puedo llevar mi capa?

ZINIDA. – Si es la tuya… Siéntate Aquel.

AQUEL. – Me siento.

ZINIDA. – ¿Te enamorarías de mi, Aquel? Contéstame.

AQUEL. – ¿Yo? (Riendo.) ¿Yo y el amor? Mirame Zinida. ¿Has visto enamorados con esta cara?

ZINIDA. – Con una cara así se puede tener mucho éxito.

AQUEL. – Es por eso que estoy alegre. Porque he perdido mi sombrero. Por eso parezco ebrio y no lo estoy. Todo gira ante mis ojos como ante los ojos de una jovencita que va a su primer baile. ¡Qué feliz me siento aquí! Dame pronto una bofetada. Quiero representar. Quizá ella despierte en mi el amor. ¡Amor! (Como escuchando algo interiormente.) ¡Sabes que ya lo siento! (En la pista ha comenzado de nuevo la ejecución de un tango.)

ZINIDA. – ¿Hacia mi?

AQUEL. – No. No lo sé todavía. Hacia todos. (Prestando atención a lo que sucede en la pista.) Ellos bailan. ¡Qué bella es Consuelo! Y qué hermoso es Bezano. Tiene la apostura [viii] de un Dios griego. Como si lo hubiera esculpido Praxíteles. El amor… (Callan. Se oye música.)

ZINIDA. – Dime Aquel…

AQUEL. – ¿Qué ordenas, reina?

ZINIDA. – Dime, ¿qué debo hacer para que me amen mis fieras?

TELÓN.


Notas de Bruno Feliciani

[i]   Écuyère: francés; significa: Caballeriza; Caballista; Jineta; Amazona de circo.

[ii]  Affiches: francés; significa: Afiche; Poster; Propaganda.

[iii] Reducción de “Mercí Beaucoup”: francés; significa: Muchas gracias.

[iv] Título original en italiano de una ópera de Giuseppe Verdi. Podría traducirse como “La Descarriada”.

[v]  Clown: inglés; significa: Payaso. En género circense: Payaso que con aires de afectación y seriedad, forma pareja con el augusto; Augusto: payaso que va vestido de modo estrafalario y forma pareja con el clown, haciendo el papel de tonto.

[vi] Latín; “Así pasa la gloria del mundo”. Se utiliza para señalar lo efímero de los triunfos.

[vii] Harpagón: personaje de ficción que, en El Avaro de Molière, es la figuración de la avaricia más impresionante.

[viii] Apostura: Elegancia y compostura de una persona, o Dios en este caso.

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