Andrew Wyeth y la belleza de todos los días

Andrew Wyeth.

Veinte puntos para un pintor americano y realista

Por Bruno Feliciani

1. La primera vez que vi un cuadro de Andrew Wyeth tenía veinte años y estaba hojeando un libro de arte. El cuadro era El mundo de Cristina, que tiene la extraña cualidad de un horizonte alto, tan alto que parece cambiar el sentido de la inmensidad, como si lo inconmensurable estuviera, siempre y realmente, debajo de los pies. La mujer, Cristina supuse, en pose patética, echada sobre el pasto amarillo, contempla su casa, que parece una proa de barco, una iglesia, una cárcel. Es difícil definir el sentimiento. A mí me gusta, por mi tendencia a la vagancia, imaginar que acaba de levantarse de una siesta. Simplemente.

El mundo de Cristina.

2. Otro cuadro con el nombre de Cristina, La habitación de Cristina, es un esbozo en escala, del blanco de las paredes, el gris de las esquinas y el negro de la cortina ajada y del gato acurrucado sobre el colchón. La vida de Cristina parece de una virtuosa modestia, pero me imagino que haya quien lo lamente bajo el signo de la miseria.

La habitación de Cristina.

3. El mismo suelo de hierba amarilla, La hierba pisada, por lo que me entero después, gracias a otro cuadro, son Botas náuticas. Larga tradición desde Van Gogh hasta Magritte. ¿Pero cómo, es que hay un puerto cerca? No conozco un solo mar en Wyeth, una sola gota de agua. Ahora calzadas, luego descalzadas. La pauta es la misma: una vida que se mueve, trabajando, dejando huellas. ¿Y esta belleza? Todo esto, que sucede ostensiblemente en el mismo lugar, es tan diferente. Esta belleza es la presencia de una, en una comunidad.

4. Andrew Wyeth; pintor realista; rural americano; regionalista. Pavadas de los críticos. Como decir que Klee fuera cromático y geométrico. (¿Qué no sería una abstracción?) Si no inventaran categorías no podrían promover un mercado y venderse en él. Los tópicos son inesenciales. Los comentarios son inesenciales. Primero, la contemplación humilde. Sin embargo, la palabra realismo tiene otro peso con él. Parece exacta. Es un asunto de luces. También de emociones, una especie de silencio, de relieve.

5. Contemplación y precariedad. Toda discusión cultural es en verdad una discusión de medias, de medios, no de fines. La discusión cultural sobre el contenido es la legislación sobre un media, la discusión verdaderamente cultural es sobre la difusión y el acceso. Porque lo que llamamos cultura es la forma en que una sociedad se socializa a través de lo que produce. O sea, es la forma de esa socialización. Y no lo que produce. La pretensión siempre fue un lujo de clase: no hay obra tan opaca que nadie la pueda entender, pero no todos tienen miles de pesos para la entrada, cientos de horas para contemplarla, ni títulos diversos para legitimar su impresión. En este sentido cabría entender lo que dijo Goethe de que “los críticos no le sirven al arte, pero si a la sociedad”. En este sentido, también, las críticas puramente formales hoy no son más que una condena a la soledad para los críticos, los artistas, el público. Soledad de Academia. Falsa presencia de Mercado. Artista autista. Solos estando solos y solos en la multitud. Charla de sordos y gritos mudos. Pero la cultura, en lo que importa, es otra forma de la amistad. De la conversación.

6. Se puede gozar de un cuadro. De su reproducción en un libro. De su espejo digital. Con alguna pérdida, sí. Pero nunca tanta como la de los ojos que no ven. (Habría que leer y recuperar el librito de Benjamin sobre La obra de arte en la era…)

7. ¿Regionalista? ¿Americano? Ahí están los cuadros de Helga, alemana o vikinga o mujik rusa, sobre todo, personaje de Dostoievsky. Bellísima, embellecida por la luz, por el color, por la atención con que la mira en el detalle. Erótica en un sentido estúpidamente biológico: es una mujer, ahí, desnuda. Nada más. Pero su trenza y sus tetas y el trigo del pubis, la contundencia de su carne, seducen. Sin embargo, es mentira, no son más que ilusiones de la vista: ahí no hay más que óleos o temperas, aquí tan solo píxeles. Esto también es realismo, una especie de ternura. Extraño espiritismo de las cosas.

8. La corona de flores, ¿Helga tal vez?, sentada en una iglesia o en un ayuntamiento, con una corona de flores. La imagen, por el fondo, sería kafkiana, si no fuera por la luz (¿es ésta la fórmula de Kubrick?). Cara de ensueño. Crista sin cruz, se inclina hacia su izquierda. ¿Qué es ésta inquietud? ¿Una boda fallida o demasiado íntima? ¿Un trámite banal? ¿Un momento incierto en un romance? ¿Un domingo de iglesia? Podría ser la pía Sonia de Crimen y castigo. Y, también, el agua que brotó de la herida…

La corona de flores.

9. Helga desnuda, echada, como una sirena entregada a la orilla. Múltiples cuadros. Helga sentada, en la cama, en un taburete, cerca a una ventana. Múltiples cuadros. Travesura hermosa de 15 años clandestinos, de espaldas a su mujer, de espaldas a su marido. Helga dijo: “él siempre se pintaba a sí mismo sobre mí”. No Helga, no. Nadie se pinta a sí mismo 250 veces sobre el mismo objeto. No importa la vanidad. Pero respeto el decoro. Ya bastante traidores son los cuadros…

10. Helga durmiendo desnuda en lo que parece la habitación de Cristina. Amante infiel. Mentiroso. Pero es que ese es tu cuarto, ¿no es cierto? Amores diversos en un mismo lecho. Somos todos culpables. Realismo: la luz, sí. Pero también esta ternura atenta, la de ver de cerca y de cada lado, a cada grado, tu objeto.

Helga.

11. Me molesta la etiqueta de realismo. Siempre es equívoca. ¿Que representa la realidad? Ingenuidad pura. Cualquier cosa la “representa”, y todo es parte de la realidad. Pero en Wyeth es exacta. La feliz ligazón a un lugar, la habitación de una vida singular, con sus vistas, sus objetos… Lo que admite esa etiqueta es el carácter narrativo de esos cuadros. La falta de distancia, si se quiere: el cuadro es el ojo que habita el mundo, nada más. No haría falta ni el artista. Y justamente, esto es inevitable. Está ahí. Sustraído. Intentando sustraerse. Y en su devoción por el objeto se delata. Tímida presencia: esto es un artista.

12. En su Autorretrato todo es más ligero, más difuso. El ojo que habita se dobla sobre sí, ¿cómo podría reconocerse? Reconoce, sí, el eterno amarillo de la luz, el peso de la ropa, la mano que hace, pero, ¿a sí mismo? Imposible verse.

Autorretrato.

13. Relaciones entre Wyeth y Hopper. Formales, sensibles, etcétera. (Ahora no).

14. Un joven vende castañas asadas al lado de lo que parece ser un camino. Yo soy ese vendedor de castañas. Y a veces desearía no ser más que eso. ¿Es que hay esa belleza en mí también? ¿En todos nosotros? ¿En el que vende garrapiñada, en el heladero, en el churrero, en la pareja sentada en el parque? En esta luz pueril. En esta proximidad tan inmediata. Es un secreto sin secreto, como la carta robada.

Castañas asadas.

15. Andrew Wyeth fue frágil de salud y sobreprotegido. Con una vida de ligazón familiar, de lecturas y tareas, debió de heredar la labor de su padre, N. C. Wyeth, también artista e ilustrador. Nació el mismo día que Thoreau, 100 años después. Murió en el 2009. Por entonces yo estaba viendo aquel libro y quería ser un pintor. Pero desvíe mi camino. Por vagancia, por pobreza, por falta de talento. Condena de crítico, pero no. Nunca sería tal cosa. Sólo comparto lo que me gusta, lo que me conmueve, sin pretensiones. Esta otra forma del amor es lo que llamamos cultura. Jamás hablaría en contra de una obra. La única objeción es el silencio.

16. Relación entre Wyeth y Thoreau, de quien el padre era aficionado. ¿Esto es lo que educó la mirada? Quizás, quizás no. Ésta podría ser, sencillamente, la mirada primera de un niño o de un enamorado. Maravilla ignorada de lo cotidiano. Nada es tan extraordinario como dos ojos, encima de una nariz y tan cerca de una boca. Nada es tan asombroso como un hombre que mira, que realmente mira a su alrededor. (Propuesta: leer o releer Caminar, de H. D. Thoreau. O Una vida sin principios.)

17. Arándanos, un estudio para “Trueno distante”, éste mismo y El recolector de arándanos. El trabajo y el descanso. Pero Trueno distante es superior. No vale la pena hablar de la relación campo-ciudad o de especulaciones sobre la neurosis del tiempo reglado, pues todo tiempo es regla. Pero la impresión es de que el trabajo y el descanso estuvieran trenzados en una vida, una sola vida, sin compartimiento. Incluso el perro puede participar, acompañar o convivir. Incluso el clima es un habitante. Habría que admitirle el título de americano a este cuadro tal vez, pero siempre puede ser que “lo americano” se haya apropiado antes de Wyeth. ¿O acaso la impresión americana no nos viene de la industria cultural, sea cine o televisión, siempre propaganda de exportación? ¿Qué de ese cuadro no hay en todos lados? (Su americano, en todo caso, son recuerdos de Mark Twain). Podría ser la pampa. O el litoral. O cualquier lado.

18. Andrew Wyeth es extraordinario porque en la limitación del espacio, sea el campo siempre situado, los cuartos interiores o los puntos de vista cerrados, algo miopes, a pesar de la pobreza o la modestia del punto de vista y del objeto, de la composición, crea una especie de inmensidad inmediata. Logra integrar y reproducir la condición más sutil de la realidad: la apertura, además de la carga específica de los objetos. Y es como si la vista tuviera que seguir y seguir hasta saltar el marco y mirar al mundo. En ese sentido, su realismo es sincero. Tiene solución de continuidad con lo real (y no solo por ser real). Pero, restringido al marco, palpita ahí como empujando las escuadras. Es paradójico, porque evidentemente pinta cosas, cuerpos, espacios, con su espesor y su peso, y sin embargo siempre hay algo volátil, en fuga constante, libre. Esta ambivalencia es, precisamente, lo que más se merece el nombre de realismo. In extenso: En vuelo y su estudio (ahí está el agua) Viento del mar (el agua es el viento, y esto también es realismo), Pentecostés.

19. Quizás todo lo que quiero decir es que su obra es una escuela para aprender a ver la belleza de todos los días.

20. Quizás, aún menos: que lo cotidiano es bello.

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