La doble sepultura

[Antología y reconstrucción de Antonio Montesanto]

Antonio Montesanto en el ciclo “Poetas del tercer mundo”. Foto: Alejandra Méndez Bujonok

Oculta detrás de una figura que se quiere marginal y maldita, a la sombra de especulaciones sobre su paso por la vida, la obra poética de Antonio “Nito” Montesanto (Rosario 1956-2014) todavía sigue inédita en libro. Río Belbo Ediciones intentó conseguir la autorización para su publicación, pero los derechos le fueron negados. La causa no era una futura publicación a cargo de otra editorial, sino el eco de la voz de un fantasma: “Nito no quería publicar”. Matías Rodríguez Ramos, curador y cuidador de más de cien manuscritos e inéditos del poeta, propone empezar a remediar ese estruendoso silencio en la historia de la poesía de Rosario, y antologa, como punto de partida, diez poemas del “Poeta Sepulturero”, como a Montesanto le gustaba ser nombrado

Por M. R. Ramos

No supimos ver que la persona que nos esperaba en el bar de Pellegrini no era la indicada. No solamente en términos legales (necesitábamos algo tan concreto como una firma); tampoco era la indicada para comprender nuestro trabajo, para el apoyo racional y emotivo de lo que creímos una necesidad: la publicación cuidada y rigurosa de la obra de un poeta como Antonio Montesanto. Pero la decisión, o más bien el obstáculo indiscriminado, ya estaba bien determinado y definido de antemano por un brujo cuya mano raspaba la ignorancia de la herencia con su filo indescifrable. Una coerción inefable que terminó por condenar al poeta en particular y a la literatura en general.

La motivación verdadera no es la que se deja ver. Nunca, cuando se trata de una figura rayana en la hipocresía, se puede ver tras el velo. Y no es un juicio antelado asociado a su nombre, sino la falta argumentativa que caracterizó la sucesión de candados que fue cerrando. Dimos la batalla como si tal cosa estuviese sucediendo, pero del otro lado sólo había una voz, ciertamente un ruido: “Nito no quería publicar”. Y esta es la forma en que se mata dos veces.

Volviendo al bar: ¿qué discusión puede darse con un interlocutor que no es quien habla? El consejo, como una orden, había nacido en la brutalidad adamantina de aquel que construye ideas radicales sobre la conciencia de los otros. Alimentando redes sociales para colectar “interacciones” y, en el mejor de los casos, pescar dólares de alguna publicidad, nos decía que estaba completamente en contra del negocio editorial y de que nosotros sacáramos algún rédito, económico o simbólico, del trabajo al que nos habíamos abocado con tanto compromiso y durante tanto tiempo. Algo real y poderoso, al fin y al cabo, y de dudosa recompensa fuera de la satisfacción del hacer lo que se ama.

Pero no es únicamente el trabajo comprometido el que pareciera no encontrar anclaje en una cultura que se reprime a sí misma. Una cultura que parece forjarse en el amiguismo, en el pedantismo social de te-veo-para-que-me-veas, te-leo-para-que-me-leas, te-oigo-para-que-me-escuches no sólo es esquiva a la mirada interpeladora, sino que le quita de antemano toda posibilidad a un muerto para participar de ella. Sin lengua no hay paraíso, al menos por acá, y así queda condenada al provincianismo, a pedir permiso montando arquetipos construidos por fuera de ella y a interpretarlos con falsedad y apuro, sentenciando el hundimiento y la condena a naufragar cerca de Montevideo, Buenos Aires o Santiago. Pero se regodea en la sensualidad del reconocimiento mutuo y así vive y así muere.

Si todavía algunos muertos se resisten a abandonarnos es gracias al interés que algunos círculos académicos han puesto en ellos. En este caso, la pregunta sería: ¿y qué tan dispuestos están por allí a velar por una apertura? A no quedarse en edificios viejos y cada vez más vacíos.

Por ahora Montesanto tiene su sentencia, y el epitafio, tallado con malicia, dice: “Nito no quería publicar. Punto.” Sin embargo esa afirmación de ningún modo puede sostenerse.

Umbral: un libro

Si bien es cierto que Antonio se mostraba reticente hacia algunos formatos serios de edición, no es verdad que se negara a la publicación. De hecho fue editor y difusor de su propia obra. Lector asiduo de su poesía en programas de radio y tertulias literarias, también se la pasó regalando textos impresos cada vez que encontró la oportunidad. Entre ellos –este fue un descubrimiento que hicimos junto a Fidel Maguna en el proceso de ordenar el material para una imaginaria edición–, una serie de poemas agrupados bajo el título Umbral, impreso en formato A4 pero con un espíritu muy cercano al de una publicación tradicional. En definitiva, Montesanto sí publicó su propio libro en vida.

Portada de Umbral, editado artesanalmente por el autor y distribuido por él mismo en sobres de papel madera. Se desconoce la cantidad de ejemplares publicados de este libro

Construir algunos mitos parece un acto irresistible para algunos. Así, muchos pornógrafos de la cultura rosarina han gozado con esa imagen provinciana del “poeta sepulturero”, del “poeta errante”, del “poeta borracho” que se niega a publicar. Pero ¿qué pasa si uno les quiere hablar del Poeta a secas?,¿qué pasa si uno quiere hablar del poema a secas? Regocijarse en la condena ajena es la condena: al idiotismo, por supuesto. Pero desde allí, nuestra labor seguirá siendo –porque nos tocó de cerca– librar a Montesanto de ese destino tan típicamente rosarino. En respuesta a Fito Paez: dejaremos de cantar en el baño el día que quitemos el inodoro.

“Sólo escribo para sobrevivir”

¿Cómo se configura simbólicamente la coexistencia de ese doble espacio escritura-publicación? ¿Cuáles son los motivos que pueden llevar a un autor a desestimar la idea de ver su obra edita? Aun si Montesanto no lo hubiese hecho, todavía estaríamos en un terreno escabroso y de difícil acceso, cuyas motivaciones en uno u otro caso son siempre arduas de acometer, y pueden ir desde el rechazo a cierto esquema comercial del libro hasta la insatisfacción ante la propia obra o al éxtasis de la neurosis. En Antonio aparecía un poco de todo, pero fundamentalmente, y basándome en una conversación que tuvimos al respecto, su motivación principal estaba marcada por una subestimación hacia el valor de su poesía. “Así está bien –me dijo–. No es para tanto; yo escribo sólo para sobrevivir”. No parecía ser un rechazo per se, sino una incomodidad, un miedo al compromiso de que lo tomaran verdaderamente en serio: “Yo también soy nadie / una lluvia de miradas / recorre mi Soledad /”.

Se me ocurrió un repaso por los autores que optaron que su obra, total o parcialmente, desapareciera junto con ellos. Enseguida me vinieron nombres como Kafka, Nabokov, Virgilio, Gogol, para mencionar a los más destacados. Kafka fue muy claro en una carta que le escribió a su amigo Max Brod antes de morir: “Querido Max, mi último deseo es que todo lo que está detrás de mí, sea quemado sin leer”. ¿Será que los guardianes de los muertos no leen a Kafka por respeto? Tampoco sería este el último inconveniente, ya que una mirada santoral de la literatura podría llevarnos a la configuración de una lista negra de magnitud insoportablemente destructiva. Yo tengo una postura que me permite leer sin el cargo de conciencia de estar profanando una voluntad ajena. Quién dice que ellos mismos, desde ese otro lado, ya no hayan revisado sus posturas.

Pero volviendo al mundo de los vivos: ¿cuál es la carga y el verdadero compromiso de quien asume la responsabilidad de la obra, una vez muerto el autor? ¿Qué pasa cuando los herederos no tienen ni la más puta idea de qué es eso que han heredado? Ahí es donde aparece el amigo, el consejero. Aquel que debe velar por el mejor destino para no dilapidar aquello construido con tanto esfuerzo y pasión. Y después de todo, Antonio no dejó nada lo suficientemente tajante en contra de una futura publicación –por lo menos que tengamos conocimiento– salvo un eco manoseado y convertido en sagrado testamento, que terminará por exponer una obra allí dónde no encontrará su mejor lugar.

La inocencia erotizante

No quiero dejar imagen de místico, ni que se saque nada fantasmagórico de todo esto, pero los muertos nunca están lo suficientemente muertos, a menos que alguien se empecine en el golpe de gracia y los sumerja al mutismo definitivo, a la doble sepultura. Pero de alguna forma los muertos se las arreglan para seguir hablando, para decirnos nuevas cosas y para presentarse de formas novedosas, siempre. Para demostrarnos que, al fin y al cabo, la muerte no es solamente límite. “Al levantarse el alba que te has muerto me dicen / como si, / irse del cuerpo, / fuese, / desbarrancarse al olvido y morirse”.

Y acá, el error de la concepción maldita al enfocarse en el dolor del escritor. El dolor, sí; pero el dolor solamente suelta al hombre al abismo. En Antonio no era el alcohol sino la poesía aquello que lo sostenía y significaba y, en todo caso, el alcohol aparecía como negación: “si no fuera / por esos / pedos / babosos / que te agarrabas / hubieras / sido / un hombre / (eso / que nunca / quisiste ser)”. Pero también aparece una apelación jocosa en el poema “A los borrachos…”, que no hace más que complejizarlo. Porque siempre, todo, tiene una múltiple significación y nos deja el riesgo de la tristeza: “el vino / tiene el poder / de / la palabra / la reflexión / y / (el riesgo) / de la tristeza”. Porque lo que no podía soportar Montesanto era la infancia olvidada sin querer; y hacia allí dirigió gran parte de su poesía, como dulce letanía. Puede verse un fuerte componente surrealista en su obra, producto de una posesión infantil al estilo Picasso –en el momento culmine de su etapa abstracta, el español dijo que por fin había logrado pintar como un niño–, como método para exorcizar la muerte: “me detengo sediento como un niño / cuando escucho el susurro inocente de la muerte”.

Si hay que adjetivar la poesía de Antonio, diría que es el poeta del erotismo de todas las cosas, empujado por el corrimiento que produjo su labor mortuoria. Hay una fuerte presencia (aún mayor que la del alcohol) de una especie de inocencia erotizante que atraviesa toda su obra. Una extraterritorialidad corporal, como carencia de límite, que lo mimetizaba con el universo íntimo de todo lo que puede ser nombrado y, así, abrazado poéticamente: “Un zapato viejo / a orillas de la vida / mi alma lo observa / / se mete en su piel quebrada de lluvia”.

Esa sensibilidad hacia los objetos a los que el mundo capitalista catalogó como “inanimados” y que nos remonta a la negación de este principio en la infancia, a la relación con los juguetes (y nos conecta al dolor primitivo que nos impide asumir el carácter obsolescente de las cosas), aparece en un poema que Antonio dedicó a una sartén olvidada en alguna calle de Rosario: “después de haberla tirado / en el viento // hacia el viento de la pena / comprendí // la tristeza / de su cuerpo abandonado”. Esto que se vuelve explícito en este texto aparece como carácter definitivo a lo largo de toda su composición y es performativo de su estilo. No sólo hacia aquello inanimado, también se interiorizó e hizo carne del dolor ajeno: “El niño lustrabotas / está cansado / apoyada / su mano // en la silla / (me habla / de la ternura / […] de repente / el niño / se para / me mira // descubre / sus ojos // en / mis ojos”.

Esta breve interiorización permite sostener mi defensa ferviente sobre la idea original: es a través de un abordaje riguroso de su obra que debe ser presentada la poesía de Antonio Montesanto. Lo contrario, la “difusión” bloguera y aleatoria, podrida de lugares comunes –que no deja de ser una publicación, y una muy mala, además–, no es más que un acto que nada tiene que ver ni con el cariño, ni la amistad ni, mucho menos, con la valoración de la actividad que define la vida de un hombre.

Sobre esta selección

Cuando un auto lo atropelló y se dio a la fuga, en agosto del 2014, Antonio llevaba en su bolso una lista con cien poemas que se había decidido a publicar. Días después de su muerte me fue encomendada, por algunos de sus amigos, la tarea de curaduría de los cien poemas, con sólo una torpe indicación: “en un mes tiene que salir”. La misma falta de compromiso, que desentendía el trabajo que había por delante, hizo que ese improvisado proyecto editorial cayera. Esto me dio la posibilidad de seguir trabajando con ese material, que sumado a las decenas de poemas que Antonio me había regalado, me permitió un diálogo más extenso con el autor. Ahora, seis años después, me convencí que era momento de empezar a sacar estos poemas a la luz.

Después de todo, nadie puede decir: “Nito no quería publicar. Punto.” Lo único que está a nuestro alcance de afirmar es: Nito escribió y nos legó su obra, y este es el único imperativo categórico que debiera movilizarnos. Teniendo esto en claro, en adelante, la verdadera discusión debiera ser: ¿cómo se publica? Y es esa la discusión que querríamos dar.

Por lo pronto la obra de Antonio Montesanto seguirá sin la publicación que se merece, y sólo podemos publicarla en un formato virtual. ¿Habrá que esperar setenta años para que pueda editarse en libro?

Hablar de literatura es, en definitiva, volcarse al universo reparador de la escritura; abrirle el plano de la existencia a todo aquello que no fue. Así, Revista Belbo mediante, podemos introducir algunos poemas de Antonio “Nito” Montesanto en esta crónica sobre la lucha por publicarlo. Porque sobre él y su obra nada mejor que su propia arcilla para que el lector pueda moldear una imagen del poeta. Esta brevísima selección apunta a complejizar esa imagen, la del hombre tras el texto –o mejor aún, la del hombre del texto–, y así salvarlo, brevemente, del olvido al que jamás ha pertenecido.

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