
La obra Pleurotus fulminaris, del Grupo Laboratorio El Rayo Misterioso, se abre al espectador para incluirlo en los arcanos de cierto existencialismo escénico

Por Andrés Maguna

Calificación: 5/5 Tatitos
No más entrar al Teatro del Rayo ya estábamos en la puesta en escena de la obra Pleurotus fulminaris, que había comenzado bastante antes de las 21.05 que marcaban los relojes, ese jueves 19 de febrero de este primer año del segundo cuarto del Siglo XXI. Porque en el bar antesala ya estaban los trabajadores teatrales del Rayo ocupando sus activos puestos (en la boletería, Ada, detrás de la barra, entrando y saliendo de la cocina, el dramaturgo y director Aldo El-Jatib, la asistente de dirección de Pleurotus, Leticia Beux, la actriz y directora María de los Ángeles Oliver, el actor Marcelo Lavatelli, en su papel de mozo, y un par más de integrantes del Grupo Laboratorio, también a cargo de la producción de la obra).
En el interior de la sala, sobre el piso escénico, había dispuestas cinco mesas con sus sillas: una cuadrada para cuatro personas en el centro, y cuatro largas, para ocho comensales, en formación de estrella de cuatro puntas radiadas en línea con los vértices de la mesa del centro, en la que no había nadie, encontrándose unas veinte personas sentadas aleatoriamente en las mesas rectangulares.
Cuando entramos en busca de tres lugares (fui acompañado por Fidel y Sol, dos de mis hijes) fue como si hubiéramos entrado a un set y escuchado la orden “acción” para que comenzáramos a actuar de espectadores junto a los otros veinte que ya estaban sentados, la mayoría de ellos bebiendo, algunos comiendo.
Nos sentamos y se acercó a tomarnos el pedido Lavatelli, en su doble rol de mozo de la ficción teatral y de la realidad gastronómica. Le pedimos una pizza, y mirando en derredor vimos a unos conocidos, en otra mesa, a quienes saludamos. El clima social era afable como el de un bar tranquilo, con música ambiental en volumen bajo, hasta que a las 21.20 se empezó a escuchar, en volumen más alto, la canción “Chamarrita de los milicos“, de Zitarrosa, al tiempo que se intensificaba la luz cenital sobre la mesa cuadrada y vacía del centro. Expectativa por dos largos minutos zitarroseados hasta que ingresaron las cuatro protagonistas de la historia y se sentaron en torno de la mesa epicéntrica.
Ellas, llamadas Ortensia (Claudio Muntaabski), Chichita (José María Ochoa), Laura (Juan Andrés Mollo) e Ivonne (Daniel Sanzberro), cuatro señoras, muy bien montadas, exultantes de femineidad en sus cuerpos masculinos travestidos, se reúnen para otro ensayo de la Escuela Estable Coro Femenino Eco (EECFE), y desde ese momento, durante 50 minutos, la atención se concentra en la charla de estas cuatro, apenas interrumpida para la entonación a coro de la canción infantil que ensayan, una versión básica de Fray Santiago.
En este punto abandono la crónica para no afectar futuros descubrimientos de potenciales espectadores (la función a la que fuimos fue la penúltima de las programadas, y aunque al momento de publicarse esta crítica la pieza de marras ya bajó de cartel, no dudo de que volverá a anunciarse su reposición) y le entro de lleno a la crítica, que no es, no puede ser otra cosa que una ponderación, en tanto “examen de un asunto con cuidado”.
Ponderada entonces, Pleurotus fulminaris se erige en la consideración de este crítico como una especie de “milagro teatral”, en el sentido de que la magia de su efectiva alquimia no se puede explicar desde la razón, o considerando sus elementos constitutivos por separado, o indagando en los orígenes de su proceso creativo, ni en sus “intenciones de nacimiento”, y tampoco se puede atribuir al azar que de la mano de Aldo El-Jatib el grupo El Rayo Misterioso haya conseguido nuevamente montar una genialidad.
El guion, el texto dramatúrgico de Pleurotus, escrito por El-Jatib en base a inquietudes y experimentaciones de cuatro actores del Rayo a comienzos de siglo (su estreno fue en 2003), resulta tan sólido en su estructura, en su simplicidad, que aquello que “dice” reclama la misma libertad de pensamiento y apertura mental que la exposición de sus temas (el tratamiento de los conflictos abordados) ofrece, y pobre de aquel espectador que no se atreva a rasgar el velo de lo aparente abandonado prejuicios, desestimando estereotipos, porque no encontrará ninguno de los luminosos nuevos paradigmas que Pleurotus esboza, como que los seres humanos no nos dividimos, necesariamente, en géneros, no somos ni enteramente masculinos ni enteramente femeninos, ni puramente binarios, o bisexuales, andróginos, hermafroditas, transexuales… O sí, podemos ser todo eso y mucho más, pero no es algo que refiera a lo esencial de la naturaleza del espíritu, al que, sin embargo de su insondable misterio, podemos asomarnos a través de la psicología.
Dotadas de caracteres psicológicos prototípicos, Ivonne, Ortensia, Laura y Chichita manifiestan a través de una cháchara banal que la tragicomedia existencial necesita de la interacción con otros, y que el grupo supone mucha más compañía que el par, pues en el toma y daca de las emociones y los afectos siempre termina siendo benéfico el intercambio aleatorio de roles para protagonizar, atestiguar, asistir, ayudar, compadecer, pedir perdón o perdonar, acusar o defender, sufrir o gozar.
En fin, que le puse cinco Tatitos de calificación por este guion que sugiere tanto a las interpretaciones de cada quien que resulta casi imposible explicarlo (el lector se habrá dado cuenta de ello), pero también por las actuaciones, conmovedoras y ajustadas en función de facilitar su apropiación identificatoria por parte del espectador; por la dirección, que se percibe generosa; por todos los aspectos técnicos y escenográficos puestos al servicio de la ternura que dimana la puesta en escena que, como dije, incluye a los espectadores no como claque sino como actores secundarios y partícipes privilegiados de un ágape que puede aliviar, a quien se preste, de pesados lastres que solemos arrastrar cotidianamente.

FICHA:
Título: Pleurotus fulminaris. Actuaciones: Claudio Muntaabski (Ortensia), Juan Andrés Mollo (Laura), Daniel Sanzberro (Ivonne), José María Ochoa (Chichita), Marcelo Lavatelli (mozo). Producción: El Rayo Misterioso. Operación técnica: Martín Recalde. Asistencia de dirección: Leticia Beux. Dramaturgia y dirección: Aldo El-Jatib. Sala: Teatro del Rayo.
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