

Por Sergio Albino
Estafado. Esa es la sensación que me invade desde hace algún tiempo. Nacido y criado en barriadas humildes durante la década del flower power, estaba condenado a que la pelota fuera casi el juguete exclusivo de una niñez feliz. El fútbol era el elemento socializador por aquellos años. Un solo juguete para un montón de chicos jugando a un juego que nos divertía cumpliendo un rol, de acuerdo a nuestras capacidades, dentro de un equipo. Una sociedad en miniatura. No necesitábamos árbitros. Había un pacto de reglas que se respetaba a rajatabla. Aprendíamos a vivir en sociedad jugando, aceptando las reglas. De lo contrario no había juego.
Seguramente esas características provenían de la educación de nuestras casas y nuestros barrios. El valor de la palabra era la mayor riqueza de aquella sociedad de hace más de medio siglo. Familiares, amigos y vecinos tenían la misma escala de valores y fuimos formados en esa ética. Incumplir un compromiso o defraudar la palabra era penado con el escarnio público, con el mote de “cagador”. Los partidos políticos, en las pocas situaciones que hubo elecciones, debían presentar una plataforma explicando las ideas que llevarían a cabo en caso de ser electos. Y esas ideas eran respetadas.
Sin embargo, lentamente, incumplir un compromiso o faltar a la palabra se volvió una práctica habitual. Salvo honrosas excepciones (pueblada del 2001, por ejemplo) generalmente no nos indignamos, masivamente, con esas prácticas. La sinrazón se apoderó de la razón. La lista de frases como “los argentinos somos derechos y humanos…”, “el que apuesta al dólar pierde…”, “estamos ganando…”, “con la democracia se come, se cura y se educa…”, “revolución productiva y salariazo…”, “se acabó la fiesta para pocos…”, “el que depositó dólares, recibirá dólares..”, “la patria es el otro..”, son un ejemplo del empobrecimiento social, cultural y económico que sufrimos con la mentira como estandarte.
El fútbol fue el refugio popular de tanto engaño. El profesionalismo tardó 36 años en depurarse, y con la masificación de la televisión las manipulaciones de los poderosos se redujeron y, así, Estudiantes, Vélez Sarsfield, Chacarita, Rosario Central, Newell´s Old Boys, Quilmes, Ferro Carril Oeste, Argentinos Juniors, Lanús, Banfield, Arsenal y Platense pudieron festejar campeonatos de la máxima categoría. El hincha de fútbol sabe que cabe la remota probabilidad de que un equipo peor la gane a uno mejor. Las reglas del juego lo hacen posible. Es lo extraordinario de este deporte extraordinario. Sobran los ejemplos en la historia. El maracanazo de Uruguay en el Mundial de 1950 o la sorpresiva victoria de Alemania contra la naranja mecánica de Johan Cruyff son los casos típicos de selecciones nacionales. El triunfo del Vélez de Carlos Bianchi al Milan de Fabio Capello debe ser la máxima sorpresa a nivel clubes. Un equipo de barrio derrotando al emporio económico de Silvio Berlusconi. Las reglas del juego hicieron posible esos milagros.
La incertidumbre en cuanto al resultado es lo más atractivo del fútbol. Si a eso le sumamos la pertenencia a los colores, en un hecho casi tribal que nos retrotrae a los orígenes naturales, tenemos un combo perfecto para la felicidad. La incertidumbre genera esperanza que se comparte con otros. La parábola del burro y la zanahoria.
Sin embargo, abruptamente, incumplir un compromiso o faltar a la palabra se volvió una práctica habitual también en el fútbol. No alcanzó con manipular partidos a través de otorgar penales dudosos o determinar expulsiones vergonzosas de árbitros que debían administrar justicia con sus decisiones. Esas injusticias a veces no alcanzaban a generar los resultados deseados por el poder. Entonces la sinrazón se volvió a apoderar de la razón. Incumplir el compromiso o faltar a la palabra se volvió una práctica habitual en fútbol: empezaron anulando descensos en mitad de campeonatos y, en el cenit de la soberbia ridícula, otorgaron un campeonato a un equipo que no salió campeón según las reglas.
Un ídolo del fútbol argentino, controvertido como todo ídolo, presidente de un club, tuvo la osadía de cuestionar el título otorgado en un escritorio y entonces la razón de la sinrazón volvió a escena con una virulencia pocas veces vista. Los injustamente beneficiados se hicieron los distraídos y se ofendieron. Los injustamente perjudicados cuestionadores fueron obligados, según un apócrifo reglamento, a reverenciar a sus rivales. La humillación como castigo para mantener el control social y la estabilidad del imperio como en la antigua Roma. Siglos de evolución hacia la democracia para acabar en el principio. Se comieron la zanahoria y mataron al burro. La reverencia de espaldas a la obligación fue una jugada maestra y una demostración de que el rey está desnudo.
Lo triste de todo esto es que el día que se acabe la incertidumbre sobre el futuro y todos los resultados estén digitados, tanto en el fútbol como en la vida, nada tendrá sentido. Por eso me siento estafado. Me enseñaron que con esfuerzo y honradez alguna vez se puede salir campeón. Los resultados están marcando lo contrario.

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