Diego detrás del espejo

Por Fidel Maguna

1

Sólo ahora compruebo que no era mi viejo. Cuando terminé de recibir el impacto pensé en Piazzolla encerrándose en una habitación para componer Adiós Nonino, minutos después de conocer la noticia de la muerte de su padre y en gran medida esa escena fue la que me trajo a la computadora. Creí que vendrían torrentes de palabras, pero me doy cuenta que no vendrán, porque Diego no era mi viejo. Y entonces pienso en Rodolfo Walsh componiendo la ascética y perfecta bajada del diario Noticias el día de la muerte de Perón y creo que mi dolor puede ser puesto en una imagen parecida, pero rápidamente me doy cuenta que tampoco, porque Diego no era Perón y entiendo de pronto que tendré que dejar el salvavidas de las evocaciones y enfrentarme a mí mismo. Otra vez Diego Armando Maradona nos obliga a enfrentarnos a nosotros mismos, otra vez nos obliga a sacarnos la careta.

2

Salí a la calle con la excusa de darle la noticia a Eduardo, mi amigo carpintero que vive a una cuadra. Crucé la puerta con miedo de que el mundo siga siendo el mismo, que el día no acuse recibo, que algún concheto del pueblo esté haciendo chistes como si nada hubiese pasado. Pero en la cuadra que me separa de la casa de Eduardo no me crucé a nadie. No llamé a mi amigo: la tranquera y las ventanas estaban abiertas, pero no se lo veía. De adentro salían sombras y la misma canción que yo estaba escuchando en casa: Para verte gambetear, de La guardia hereje. Eduardo ya sabía, el mundo ya sabía. De regreso me crucé con una señora que limpia casas; venía llorando. Ella también perdió a Diego, pensé, ella también estará tratando de saber qué forma del amor lo unía a él, ella también estará empezando a entender cómo se lo llora.

3

Entré a casa y mi compañera estaba en su estudio, contagiada de tristeza. Seguí con el ritual de las canciones y los sahumerios, con la desdoblada escritura de estas palabras en las que intentan convivir la admiración intelectual con el amor desmedido. Porque entre otras cosas despertabas eso, Diego: tu muerte duele así porque te quería y tu ausencia es la peor de las ausencias porque eras necesario. Nadie puede explicar cómo gambeteaste a los ingleses y nadie puede explicar cómo gambeteaste la corona de laureles que envejece y mata. Pero hiciste las dos cosas y asumiste el terrible papel que te tocó en esta historia. Por eso nunca estarás del todo muerto y por eso este pueblo, y con este pueblo quiero decir el mundo, está en completo silencio. No pasan autos, ni el más concheto entre los conchetos levanta la voz, no sopla el viento. Hasta el peor de tus detractores está en silencio. ¿Cómo no vamos a estar en silencio si a todos se nos rompió el espejo? Te decimos Dios, porque como Dios sos un espejo en el que se miran hasta los ateos.

4

No sé cómo va a seguir el mundo después de esto. Un país sin su espejo va a ser un país distinto. Por mi parte puedo escuchar canciones sobre él, mirar el autógrafo que le dio a mi padre en 1994 y retardar la espesa realidad en esta liviana realidad del texto. Pero lo que no puedo hacer es mirar detenidamente sus fotos, escuchar su voz, recordar las dos veces que lo vi de lejos. Tengo 27 años, lo quería y lo admiraba. Siempre nos obligó a enfrentarnos a nosotros mismos y tal vez por eso todavía no pueda mirarlo directamente. Tengo la impresión de que si lo miro me veré a mí mismo sin la máscara y tengo la certeza de que descubriré a un hombre envejecido. Con esta muerte temo que muera mi juventud: él la hizo hermosa, incluso en los peores momentos.

5

Sé que cuando pueda volver a verlo, cuando tenga el coraje, voy a poner el video de 1992 en el que está cantando el tango Cucusita en un acto benéfico en Tres Arroyos. Ese video me lo mostró mi hermano Manuel la noche que Maradona cumplió 58. No sé si pasaron dos años o una eternidad, sólo sé que el más grande de nuestros peleadores seguirá quitándonos las máscaras, joven y fuerte, pidiendo humildemente que no se rían de él porque desafina.

Diego cantando Cucusita.

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