Toda la locura del mundo

La obra Apurate, hermoso traidor, creada e interpretada por Paula Luraschi, obliga a una complicidad con quienes se oponen, desde los extremos máximos de la cordura, a ser lobos del hombre. Y da un ejemplo.

Por Andrés Maguna

Dos cosas sabemos, con certeza, de Jorge Marcheggiano: que está muerto y que era paciente psiquiátrico, una persona que padecía un trastorno tan profundo que lo habían diagnosticado como “enfermo incurable”. Jorge era uno de esos “locos” que encerramos, ocultos a la vista de todos, en esos enormes desvanes sociales que llamamos “manicomios monovalentes”, y murió el viernes 22 (el loco) de mayo de 2020, mientras transcurrían los peores días de la pandemia, luego de ser atacado por una jauría de perros mientras paseaba por los jardines del Borda, la tristemente célebre institución psiquiátrica de Buenos Aires, sin dudas el más emblemático de nuestros desvanes sociales, nuestras horribles y paupérrimas prisiones para los locos desamparados.

Que todos lo somos. Locos desamparados, digo. Nacidos desamparados y alienados, de padres desamparados y sin cordura desde siempre, desde el origen de las generaciones. ¿Quién puede negarlo? ¿Y cómo no sentir empatía, entonces, con los que son los mejores de nosotros, los locos más locos, los más rechazados, los más antihéroes que están encerrados en lúgubres nosocomios estatales?

Preguntas como estas me asaltaron luego de ver Apurate, hermoso traidor, obra de teatro unipersonal de Paula Luraschi, en el Cultural de Abajo, la noche del 12 de agosto, a horas de que triunfara en las PASO presidenciales un político que promete, en la negación de lo que todos somos (incluido él), convertir el país es el más inmenso manicomio, privatizado y dolarizado, de la historia; un perverso sin filtros que aprendió a cabalgar sobre la psicosis negadora colectiva.

Pero vuelvo a la noche del sábado 12, a mi butaca del Cultural lleno (poco más de 60 personas), cuando me siento confundido durante los primeros minutos de la representación escénica (que dura menos de una hora) porque no entiendo bien quién es el hombre que habla a través de esa mujer, esa actriz, ni qué trata de decir, porque su discurso está totalmente deshilachado y no se escuchan bien sus palabras, en especial cuando habla de espaldas al público. Hasta que de a poco, en las repeticiones y recurrencias (ahora les dicen loops), empiezo a engancharme, a escuchar entendiendo, y con la comprensión se me ilumina la mente: el que habla es el fantasma de un loco, abandonado junto con otros en un espantoso hospicio, y lo que cuenta tiene que ver con las circunstancias de su asesinato, con pájaros y jaulas, con un enfermero, con un psiquiatra, con unos perros indómitos.

Entrados “en calor” todos, espectadores e intérprete, se instala en el ambiente una especie de comunión religiosa-teatral con la locura común y generalizada, manifestada por el Jorge de la ficción de Luraschi en su conmovedora exposición de las verdades primeras y últimas que subyacen en la emoción enajenante, en la dimensión de la pureza, la inocencia máxima que dimana de quienes cargan con el peso de todas las reducciones de la bondad humana.

De eso trata la obra escrita e interpretada por Luraschi, con dirección de Mauro Lemaire (secundados ambos por un sólido equipo): de expresar a través de una puesta en escena algo que no puede ser expresado si no es con el lenguaje del teatro, que no tendría la misma pegada si no es contado, y mostrado, a través del teatro, aunque más no sea en su papel de encuentro vincular entre realizadores y espectadores atentos a un tema, a un conflicto, inherente a nuestra esencialidad humana y nuestra responsabilidad como sociedad de seres gregarios.

Mucho más se podría decir, y no se dice, y otro tanto se podría hacer, y no se hace, sobre la falta de condiciones propicias para que prospere la salud mental, para entender la enfermedad de los ultraconscientes, los que viven en otras dimensiones (ven cosas que la mayoría no podemos ver, escuchan aquello a lo que estamos sordos), enfermedad que tal vez sea uno de los males más flagelantes y menos comprendidos que afectan a las personas dotadas con un exceso sensibilidad, o situadas más allá del principio de la conveniencia. Por ello, por su cálido acercamiento a ese universo de ternura máxima (por su estructura superyoica deconstruida), y por poner el acento donde nadie piensa puede haberlo, el unipersonal de Luraschi excede la cuestión teatral y se proyecta como el vuelo posible (mínimo, casi insignificante) de una lucecita que vive libre, y subsiste, y perdura entre las arbitrarias negruras de lo inconcebible, lo abismal, lo que da miedo por su impenetrabilidad.

En un texto de difusión de 22 de abril del año pasado, a poco de su estreno (fue el 7 de mayo), los realizadores de Apurate, hermoso traidor,dicen:

“¿De qué va la obra? Decir que una obra de teatro está basada en hechos reales es una redundancia. Nos preguntamos, entonces, sobre la complicidad como posible, la poética de la ternura, el miedo como opuesto al placer, la violencia institucional en loop, el testigo y el espectador como necesidad, la salud mental ante todo, el amor que se parece a la rabia, pero no lo es, pero no lo es. Un cuerpo es una huella de un espectador, de un cazador, un enfermero, un médico, un traidor. Para eso nos encontraremos en mayo, para celebrar que no se puede sobrevivir sin el otro/cómplice/testigo/espectador/amigo. Y esta obra está llena de amigos, amigas, amigues y amores.”

Al finalizar la obra, luego de recibir sostenidos y prolongados aplausos la intérprete, ya despojada de Jorge, del pájaro, el enfermero, el psiquiatra, los trastornados compañeros del Borda, los perros, dirigiéndose a nosotros, los otros/cómplices/testigos/espectadores/amigos, invita a sus compañeros de aventura creativa a acompañarla en escena, bajo las luces, para presentarlos; dice unas pocas palabras de rigor, como “si les gustó recomiéndenla; esta fue la única función de agosto, pero volveremos algunos días de septiembre”, para finalizar:

—La obra está basada en algo que pasó con un interno del Borda, y una jauría de perros, hace tres años. Pueden buscarlo en Google.

Esa noche, al llegar a casa, todavía bajo los efectos hechizantes de lo que había sido testigo y cómplice, seguí la recomendación y busqué la información sobre Jorge y la jauría asesina, y me enteré de muchas cosas más que tienen que ver con la lucha por hacer valer la Ley de Salud Mental, con la situación que se agrava minuto a minuto en los manicomios públicos, y también en los privados, y en las calles todas donde estos adelantados, los locos como Jorge y muchos de nosotros, se niegan a ser el hombre lobo del hombre, o el lobo hombre del lobo, y dicen: “Tranquilitos, tranquilitos, la música siempre suena, sólo tenemos que escucharla y dejarnos bailar”. Y por ello son mal vistos, prejuzgados, acosados, vilipendiados, maltratados, apartados, torturados, encerrados, asesinados.

Apurate, hermoso traidor no denuncia ni acusa, ni alza ningún dedo índice, y se contenta con recrear una intimidad posible de una persona hermosa que a sus 70 años, mientras paseaba por los jardines del Borda, entregó la belleza de su existencia a las demenciales fauces de un sistema que crea Gólems a cada rato, tengan forma de perro o no.

Ficha:

Actuación y dramaturgia: Paula Luraschi. Dirección actoral y montaje: Mauro Lemaire. Asistencia de dirección: Cecilia Pesoga y Vande Guru. Dirección de arte y montaje: Valentín Duvini. Iluminación: Pato Maggioni, Fla Cisera, Agus Rous. Dibujo: Sebastián Bona. Asesoría coreográfica: Mercedes Luisetti. Vestuario: Lorena Fenoglio. Producción administrativa: Patricio Blanco. Producción de sonido: Alexis Leguizamón y Yanet Peralta. En la sala Cultural de Abajo, con funciones el 12 de agosto y “algunos días” de septiembre.

Post navigation

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *