Gramsci: el poder se conquista en el terreno de las ideas

Introducción a la vida y obra de un célebre desconocido, cuyas ideas son citadas por la derecha y la extrema derecha, muy a menudo de manera parcial o deformada

de Alexandre Lacroix*, para Philosophie Magazine
Traducción para revista belbo: Susana Sherar

«Intelectual orgánico», «hegemonía», distinción entre «dominación» y «dirección», diferencia entre «guerra de movimiento» y «guerra de posición»… El filósofo marxista italiano Antonio Gramsci forjó algunos de los conceptos más eficaces para pensar el proceso por el que se gana el poder. Problema: es un célebre desconocido, su obra, fragmentaria y sutil, es poco leída, aunque sus ideas son citadas por la derecha y la extrema derecha –a menudo de manera parcial o deformada. Para descubrir ese destino y este pensamiento fuera de serie, entremos en el contexto de la Italia fascista de entre las dos guerras y despleguemos la visión del mundo de este pensador, tan útil para aprehender nuestra época.

«Tenemos que impedir a ese cerebro funcionar por veinte años»: es con esas palabras que el procurador Michele Isgro, en uniforme en el Tribunal especial fascista, concluye su requisitoria contra Antonio Gramsci, dirigente del Partido Comunista Italiano, el 2 de junio de 1928. Parece que el juez, también en uniforme, lo tomó al pie de la letra: la sentencia pronunciada dos días más tarde condena a Gramsci a veinte años, nueve meses y cuatro días de reclusión por incitación a la guerra civil, llamado a la insurrección y apología del crimen. La frase no es absurda y los fascistas no se equivocan viendo en la inteligencia de Gramsci un arma política temible. Efectivamente, la vida y obra de este hombre pueden ser tomadas en un solo bloque, como una ocasión de meditar sobre el poder de acción y de transformación histórica de la filosofía.

Extracto de un tweet del Presidente argentino, 16/2/24, en el marco de su obsesión con Lali Espósito

¡Turín para nosotros!

Antonio Gramsci nació el 22 de enero de 1891 en la pequeña ciudad de Ales, en Cerdeña. Es el cuarto de siete hermanos. Lo menos que se puede decir es que su vida comienza en desventaja: hacia los 18 meses contrae una tuberculosis oseosa, o mal de Pott, que lo dejará jorobado y obstaculizará su crecimiento adulto: Gramsci no superará el metro cincuenta. A los 4 años sufre de convulsiones y hemorragias, el médico de la familia lo da por muerto, su madre confecciona una mortaja y compra un féretro de formato pequeño. Sobrevivió. Cuando llega a los 7 años, su padre, que trabaja como inspector en una oficina del Registro Civil y que se vio involucrado en fraudes electorales, fue condenado a 5 años de cárcel. La familia cae en una miseria negra. Después de la primaria, el joven Antonio está obligado a trabajar como mensajero diez horas por día, seis días a la semana, en la Oficina de Cadastro de Ghilarza, mientras que su madre realiza trabajos de costura con su máquina Singer.

Recién después de la liberación de su padre su situación económica mejora y Antonio puede retornar a la escuela. Sus resultados son brillantes y, con el bachillerato en el bolsillo, se gana una beca que le permite inscribirse en Letras en la Universidad de Turín.

Pero su beca es insuficiente, apenas le permite alojarse y comer, pero no calefaccionarse: «La preocupación por el frío era tal que no me permitía estudiar, porque tenía que caminar dando vueltas en la pieza para calentarme los pies», recuerda en una carta.

Si bien no llega a obtener la Lauréa, que en Italia da el prestigioso título de Doctor, Gramsci se hace amigo de otros estudiantes con fuertes ideales socialistas, en particular Palmiro Togliatti–sardo como él– y Ángelo Tasca, que serán más tarde junto con él, miembros fundadores del Partido Comunista Italiano.

También en Turín debutó en un oficio que ejerció de 1914 a 1926: el periodismo. Primero en el Grido di Popolo (Grito del Pueblo), luego en L’Avanti!, semanario del Partido Socialista Italiano. En mayo de 1919, funda con Togliatti y Tasca una revista de periodicidad variable, L’Ordine nuovo (El orden nuevo). El aporte de esta revista, que lanza la corriente de pensamiento llamada “ordinovista”, es de querer tejer lazos entre los intelectuales y los obreros.

Recordemos que Turín, principal ciudad del Piamonte, es en esos años después de la guerra el corazón de la industria siderúrgica y automovilística de Italia en pleno boom, y los ordinovistas se esfuerzan en aportar a los obreros una educación política y cultural. Los alientan incluso a crear «consejos de fábrica». Según el proyecto ambicioso de Antonio Gramsci, expuesto en su artículo «Democracia obrera» (editado en junio de 1919), esos consejos no deberían solamente reagrupar a los obreros sindicalizados, sino que deberían ser abiertos a todos; su rol era el de dar a los obreros los conocimientos necesarios para pilotear ellos mismos la producción, de manera cada vez más autónoma, para luego servir de base para la formación de un futuro estado socialista. Mucho más tarde, en los años 60, este programa ordinovista inspirará el operaísmo italiano, de donde surgirá el filósofo contemporáneo Antonio Negri.

La URSS, el amor… y el Duce

Mientras que la aventura de la URSS ejerce una fascinación sobre la izquierda de la Península, se crea el Partido Comunista Italiano, resultado de la escisión interna del partido socialista en su XVII congreso, en Livurnia, el 15 de enero de 1921. ¿Qué rol pudo jugar ahí Antonio Gramsci? No tiene una estatura de orador, su físico parece descalificarlo para hacer campaña, no obstante deviene delegado en la Internacional Comunista, lo que le vale para partir a Moscú el 26 de mayo de 1922.

Cuando llega a la capital soviética está tan agotado que debe internarse en una clínica del distrito de Ivanovo. Ahí encuentra a una joven, Eugenia Schucht, y se liga con su hermana Gulia, de quien se enamora. «Pensé mucho en vos, entraste en mi vida y me diste el amor y me diste todo lo que me había faltado siempre y me volvía malo o trastornado» (carta del 30 de junio de 1924).

Sin embargo el idilio no es simple: la unión dura solamente cuatro años, se ven con mucha intermitencia, probablemente no se casaron (aunque este punto se discute) y tienen dos hijos: Delio, nacido el 10 de agosto de 1924, y Giuliano, nacido el 30 de agosto de 1926. A éste último, Antonio Gramsci no lo vio nunca.

Pues, a pesar de este paréntesis romántico, la situación política en Italia se degrada. Después de la «marcha sobre Roma» de 1922, el rey de Italia, Víctor Manuel, encarga a Benito Mussolini formar un nuevo gobierno; éste deviene presidente del Consejo. Los fascistas ganan las elecciones legislativas del 6 de abril de 1924, en las cuales Antonio Gramsci, presente en una lista comunista, es elegido. Eso le permite volver a Italia, puesto que se beneficia de la inmunidad parlamentaria. Sin embargo, el Estado fascista se afirma. El diputado socialista Giacomo Mateotti, quien denunció numerosos fraudes e irregularidades en la conducción de las elecciones, es asesinado por los fascistas el 10 junio.

    “Hay que atraer violentamente la atención sobre el presente tal como es si queremos transformarlo”. A. Gramsci. Cuaderno IX, julio-agosto de 1932

Los diputados de la oposición cometen el error de practicar la política de la silla vacía, no ir más a la Asamblea para protestar, y el régimen aprovecha esta ventaja para proseguir su endurecimiento.

En 1926 se votaron las leyes «fascistísimas»: el partido de Mussolini se vuelve el único, los otros se prohíben y sus diputados son licenciados, los sindicatos no fascistas prohibidos, la prensa es amordazada. Gramsci ya no es protegido por la inmunidad parlamentaria, lo detienen con varios dirigentes comunistas el 8 de noviembre de 1926. Después de su proceso y su condena a 20 años de cárcel, es transferido a la prisión de Turi en Apulia (al sur de Italia).

«Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad»

Abandonado por el Partido y la Internacional Comunista, del cual ya no comparte la línea, Antonio Gramsci se encuentra casi solo. Aparte la amistad con su cuñada Tatiana Schucht, que le procura un sostén constante, recibirá muy pocas visitas de sus parientes, espaciadas de varios meses, incluso de años, según el registro de la prisión. Sin embargo, es ahí que encuentra la fuerza para hacer un trabajo filosófico de envergadura.

El 8 de febrero de 1929, el detenido matrícula 7047 de la prisión de Turi obtiene el derecho a escribir, en conformidad con el reglamento del establecimiento penitenciario. Desde entonces, no cesa de consignar sus pensamientos en los cuadernos, con una escritura fina, clara, metódica. Las condiciones de su encarcelamiento y su salud muy precaria no le permiten componer una obra sistemática, menos aun terminar un libro. Sin embargo, va a llenar casi 29 cuadernos hasta abril 1935, prosiguiendo una reflexión apasionante y proteiforme sobre la historia italiana, Maquiavelo, la obra de Benedetto Croce –el introductor de Hegel en Italia– renovando completamente la teoría marxista-leninista.

Pensar en la cárcel no es tarea fácil, y Gramsci no se hace ninguna ilusión con respecto a esto, sabe que el aburrimiento y el encierro corren el riesgo de llevarlo a devaneos áridos: «La prisión es una lima sutil que destruye completamente el pensamiento; o bien actúa como un maestro artesano a quien se envió un lindo tronco de olivo seco para que haga una estatua de San Pedro: él talla aquí, saca de allá, corrige, tantea… al final saca un mango de punzón». (Cuaderno IX, junio de 1932).

Una de las expresiones más célebres de esos cuadernos, la que es conocida incluso cuando se ignora todo sobre Gramsci y que los militantes de todo borde repiten aún hoy como un mantra, es: «Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad». Esta fórmula lleva a dos reflexiones: primero, su paternidad es incierta, puesto que la encontramos también en la obra del escritor francés Romain Rolland. Y después, el malentendido es frecuente sobre el sentido que Gramsci da a estas palabras. Para él, no se trata para nada de describir una actitud un poco esquizofrénica que permitiría, por ejemplo, a toda persona comprometida en un combate político, de consolarse por tener poca acción sobre lo real, de no cambiar gran cosa en el mundo. En efecto, la apuesta no es tanto psicológica como temporal: para Gramsci, la inteligencia es una herramienta para escrutar el presente, la voluntad, una facultad de proyectarse en el futuro. Lo que sería un error a sus ojos, sería no partir del presente tal como es, de no hacer su análisis minucioso y lúcido, así sea desesperante. Porque si no se hace ese esfuerzo, nos condenamos a tomar nuestros sueños por realidad. En ese caso, «todo es fácil. Se puede lo que se quiere y se quiere una serie de cosas de las que estamos privados en este momento. En el fondo, es el presente invertido que se proyecta en el futuro. Todo lo que se reprime, se desencadena. Al contrario, hay que atraer violentamente la atención sobre el presente tal como es, si se quiere transformarlo. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad» (Cuaderno IX, julio-agosto 1932)

El sentido de la fórmula aparece así en las líneas precedentes: se trata de rehusar la utopía, que no es más que «un presente invertido que se proyecta en el futuro». El punto de partida de toda acción política debe ser la situación histórica determinada en la cual nos encontramos, así sea sombría.

Unir la teoría y la práctica

Pero el aporte más decisivo de Gramsci se encuentra en el Cuaderno IX, donde explicita el rol de las ideas o más bien de los intelectuales y de la filosofía en la historia.

Recordemos brevemente que antes de Gramsci existieron dos filosofías de la historia gemelas y opuestas a la vez. Según Hegel, la historia de la humanidad es la de la realización del Espíritu, del advenimiento de la Razón, procesos para los cuales el nacimiento del Estado y del derecho moderno representan una etapa clave. Pero, según Marx, la historia es el producto de la lucha de clases; los intelectuales y sus ideas pertenecen a la superestructura, la cual reposa sobre una infraestructura, sobre las relaciones efectivas de dominación, de producción y de explotación.

La primera concepción de la historia es idealista –las ideas ejercen una fuerza motriz sobre los acontecimientos–, la segunda, materialista –son las leyes económicas y las dinámicas sociales que deciden el curso de los acontecimientos. Sin embargo, en los dos casos tenemos que vérnosla con una especie de dualismo, en la medida en que la esfera de las ideas y la esfera material parecen desligarse una de la otra. El gran mérito de Gramsci va a ser de relacionarlos, de colmar el vacío entre la infraestructura y la superestructura, de interesarse a las interacciones concretas entre la teoría y la práctica. ¡Pero cuidado con el malentendido! Gramsci no propone una simple enmienda hegeliana del marxismo, no se trata de decir simplemente que la superestructura –las ideas, los intelectuales, la cultura– tienen, como sea, un poder de acción sobre la historia. Es mucho más sutil, y la argumentación que propone es desplegada en un largo fragmento del Cuaderno XI fechado en junio-julio de 1932 (salvo mención expresa, todas las citas del resto de este artículo provienen de ese fragmento). Desarrollemos el razonamiento que nos lleva al corazón de la visión del mundo gramsciana. 

    «Todos los hombres son intelectuales, pero todos los hombres no ocupan en la sociedad el rol de intelectuales»

(Antonio Gramsci. Cuaderno XII, mayo-junio 1932)


El punto de partida es el siguiente: «Todos los hombres son filósofos» o, en todo caso, tienen acceso a una filosofía espontánea. En otra parte, en otro fragmento célebre, Gramsci afirma aun que «todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres ocupan el rol de intelectuales en la sociedad» y justifica esta afirmación observando que «en cualquier trabajo físico, incluso el más mecánico y el más degradado, existe un mínimo de actividad intelectual creatriz» (Cuaderno XI, mayo-junio 1932).

La filosofía espontánea que todos los hombres reciben de manera compartida, está hecha de retazos, que comprenden: 1. Las categorías de lenguaje. 2. El sentido común. 3. La religión popular, es decir las diferentes creencias, supersticiones, opiniones dentro de las cuales hemos crecido y nos hemos empapado, lo que se podría llamar el folklore. Para Gramsci, «somos siempre conformistas de un cierto conformismo», no pensamos nunca solos y de manera independiente porque somos «hombres-masa», «hombres-colectivo».

El filósofo, sin embargo, es aquel que va a emprender un trabajo crítico, que se lanza en un vasto «conócete a ti mismo», una introspección metódica, para sobrepasar las incoherencias de su filosofía espontánea. Donde se encuentran mezclados «elementos del hombre de las cavernas» y «principios de la ciencia más moderna» para arribar a una concepción del mundo «críticamente coherente». Esta es la tarea de la filosofía: «Criticar su propia concepción del mundo significa volverla unitaria y coherente y elevarla al punto donde ella encuentre la filosofía mundial más avanzada».

Intelectuales orgánicos sin saberlo

Esta perspectiva, según la cual se piensa siempre a partir de un sustrato inicial disparatado e incoherente, va a permitir a Gramsci forjar uno de sus conceptos más importantes, el de intelectual orgánico. El intelectual orgánico no es, contrariamente a lo que se podría suponer, el órgano dirigente de un partido.

Orgánico hay que entenderlo aquí en un sentido biológico, ligado a la vida: un intelectual crece y se educa en el interior de su grupo social, piensa en su seno. Toda la dificultad o la ambigüedad tiene que ver que todos los intelectuales de profesión –los sabios, los teóricos, los filósofos– que “perciben con un espíritu de cuerpo, el sentimiento de su continuidad histórica ininterrumpida y de su calificación”. Dicho de otra manera, un filósofo se siente ligado a Platón, a Spinoza, a Kant o a Nietzsche, más allá y por fuera del hecho de que no pertenece ni a la misma época ni al mismo grupo social que ellos. Así los intelectuales «se ubican como autónomos e independientes del grupo social dominante» (Cuaderno XII, mayo-junio 1932): es lo que Gramsci llama la autoposición de los intelectuales, o sea la ilusión muy idealista de estar encargado de amplias misiones, como descubrir verdades matemáticas o de escribir una poesía universal, estando desligado de toda atadura sociopolítica.

Es la razón por la cual los intelectuales mismos no comprenden cuál es su verdadero lugar y función en su época: la mayor parte, ¡no se saben ellos mismos orgánicos!

Para precisar la función de los intelectuales, Gramsci medita el ejemplo del clero cristiano. Lo que le parece remarcable en la Iglesia romana es que llegó a impedir que se formen dos religiones: la de las «almas simples» de un lado –a la que se le da un catecismo dogmático y básico–, y la de los intelectuales, del otro –es decir los teólogos, los escolásticos. «La fuerza de las religiones y especialmente de la iglesia católica consistió y consiste en que sienten enérgicamente la necesidad de la unión doctrinal de toda la masa religiosa y que luchan para que las capas intelectualmente superiores no se desprendan de las capas inferiores». Hablando de la Iglesia, Gramsci apunta implícitamente a la Internacional Comunista, en cuyo seno se opuso al comienzo del proceso de stalinización; siendo siempre fiel a la línea de la URSS, a la ortodoxia marxista-leninista, no estaba a favor de la exclusión de Trotsky y consideraba que era vital, para la experiencia del comunismo, que un debate, una discusión abierta y profunda fuera posible en las esferas intelectuales superiores del Partido. Su gran modelo en la materia son los jesuitas, capaces de prodigar una formación intelectual del más alto nivel y de producir ideas nuevas sin jamás dirigir su inteligencia contra los intereses de la Iglesia, ni contra la masa de fieles. Ninguna organización puede progresar ni mantenerse si pierde contacto con la investigación y la chispa del pensamiento, es de hecho la condición necesaria para unir la teoría y la práctica, y formar un bloque cultural y social.

Experimentar visiones del mundo

Acá llegamos al umbral de la gran noción gramsciana, la más discutida y comentada hasta hoy, cuando él no le dedico más que algunos párrafos, a veces bastante elípticos: la hegemonía. Esta noción, que pertenecía ya al léxico marxista-leninista pero a la que Gramsci va a dar un nuevo alcance, la convoca antes que nada para resolver un problema preciso.

Se puede entender fácilmente que a nivel individual pueda haber una contradicción entre el pensamiento y la acción –es cuando se habla de mala fe. «La mala fe puede ser una explicación satisfactoria para algunos individuos tomados aisladamente o incluso para los grupos más o menos numerosos, pero no es satisfactorio cuando la contradicción se verifica en las manifestaciones de vida de grandes masas»

En síntesis, el enigma que quiere resolver es el siguiente: ¿Por qué el proletariado parece a menudo apropiarse de los valores de la burguesía y no aspirar más que al enriquecimiento, a la propiedad privada, al consumismo? ¿Por qué los dominados se alían tan fácilmente al capitalismo que los explota? ¿Por qué la política de altos salarios aplicados por el fordismo en los EEUU eludía a los obreros, al punto de modelarles una mentalidad corporate? Respuesta de Gramsci: eso significa que «ese grupo social –los obreros– por razones de sumisión y de dominación cultural copió de otro grupo –la burguesía– una concepción que no es la suya, que es esta que se afirmó en palabras, la que también cree seguir, dado que la sigue “en tiempo normal”», es decir en tiempo de huelga o de protesta. La capacidad que tiene un grupo social de imponer su ética y su cultura a los otros es precisamente eso: la hegemonía. Hay que anotar que un grupo puede conservar su hegemonía sin tener las riendas del poder –fue un tiempo el caso de los cristianos, bajo el imperio romano antes de la conversión de Constantino. Por eso la hegemonía prepara la toma de poder, al mismo tiempo que es indispensable para mantenerse en el ejercicio de la dominación y obtener el consentimiento de las masas.

Por eso, para Gramsci, no hay una sola sino varias filosofías en competencia para ser hegemónicas; no hay uno solo, sino varios sistemas de pensamiento compitiendo y sostenidos por diferentes grupos sociales. La tarea del intelectual orgánico, si no quiere dirigirse solamente a sus pares sino actuar políticamente, es la de elaborar, a partir de la situación de su propio grupo, un sistema coherente que permitirá a ese grupo ejercer una influencia ética y cultural, y luego política.

Es por lo que Gramsci considera «que no hay organización sin intelectuales» o, aún más, que los partidos políticos deberían ser considerados como «experimentadores históricos» de visiones de mundo, suerte de catalizadores de la hegemonía.

Bienvenido en el “inter-reino”

La noción de hegemonía es completada y enriquecida por otras dos distinciones conceptuales que están ligadas con ella. Gramsci distingue la dominación –el hecho de poseer los medios de coerción, especialmente la policía y las fuerzas armadas– de la dirección –el hecho de estar adosado a una visión del mundo hegemónico. «Si la clase dominante perdió el consentimiento, es decir si no es más «dirigente» sino únicamente «dominante», y solamente poseedora de una pura fuerza de coerción, eso significa precisamente que las grandes masas se separaron de las ideologías tradicionales, que ellas no creen más de lo que creían antes, etcétera» (Cuaderno III, junio-julio 1930).

Es un poco la imagen del árbol muerto cuyo tronco se pudrió en su interior pero que se mantiene siempre parado. Esta situación, que puede ser la nuestra hoy, puesto que el poder se ejerce sin tener en su activo ninguna ideología precisa –ni el neoliberalismo ni la defensa del Estado providencia–, Gramsci le da un nombre: la llama la crisis o también el inter-reino.

Los dirigentes ejercen un pleno control, pero navegan sin rumbo y no disponen casi de aprobación de las masas, que se alejan de ellos. De donde esta fórmula que parece describir la situación de muchos países del mundo occidental en el 2022: «La crisis consiste justamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: durante este inter-reino se observan los fenómenos mórbidos más variados». Tales fenómenos mórbidos proseguirán hasta que uno de los grupos sociales presentes llegue a forjar un sistema de pensamiento hegemónico –actualmente, los teóricos de la ecología, pero también la extrema derecha y el autoritarismo se preparan, sin haber por ahora alcanzado ese resultado.

Es por lo que Gramsci retoma por cuenta propia una distinción clásica de la estrategia militar que opone la guerra de movimiento –en política se puede tratar de la huelga o de la conquista del poder, llevadas por militantes organizados– y la guerra de posición –donde la apuesta es sentar las bases de un sistema de pensamiento potente, tarea que incumbe a los intelectuales. Gramsci da, como ejemplo de una guerra de posición, la resistencia pasiva de Gandhi en India británica (Cuaderno I, febrero-marzo 1930).

En abril de 1935 Gramsci consigna en sus cuadernos su última nota. Está al final de su vida. Al mal de Pott, del que sufre desde siempre, se agregaron la gota y la hipertensión. Transferido a una clínica de Roma, obtiene una liberación completa por razones de salud el 21 de abril de 1937. Sueña con retirarse a su Cerdeña natal, pero muere en Roma siete días más tarde, la madrugada del 27 de abril, a causa de un ACV. Es incinerado al día siguiente en presencia solo de Tatiana y de su hermano Carlo. Pero poco importa este fin tan humilde, su pensamiento es casi una profecía autorrealizadora, en la medida en que las ideas de Gramsci son hegemónicas después de la Segunda Guerra Mundial, constituyendo una fuente de inspiración mayor para los pensadores tanto de izquierda como de derecha –si la hegemonía es precisamente el hecho de crear una filosofía tan fuerte que sus adversarios se verán obligados a adoptarla.

Espontaneidad y dirección consciente

Todo movimiento social es una mezcla ambigua de impulso espontáneo y de dirección consciente (ejercida por una organización política). La dirección consciente sola, sin la espontaneidad, no puede nada –salvo quizá en Rusia, donde a los bolcheviques les bastó llegar a ocupar el núcleo duro del poder zarista, ultracentralizado, para controlar el país. Inversamente, movimientos como Nuit debout** o los chalecos amarillos***, muestran que no es posible apostar a la espontaneidad sola, que sin dirección consciente no llega a cambios políticos perennes.

Intelectuales

Por fuera de los intelectuales tradicionales –sabios, filósofos, escritores– todos los grupos sociales tienen sus intelectuales especializados: «El empresario capitalista engendra al mismo tiempo el capitán de la industria, el sabio en economía política, el organizador de una cultura nueva, etcétera» (Cuaderno XII).

Hoy hablaríamos de teóricos del «management», de consultores, de encargados de la comunicación… De esta manera, toda una capa de cada una de las clases sociales brinda un trabajo intelectual, y éste resulta estrechamente ligado a las lógicas de producción.

Bloque histórico

Para Marx, la superestructura –el derecho, la cultura, el arte, la filosofía– está determinada por la infraestructura –la economía, las relaciones sociales. Gramsci insiste en el hecho de que superestructura e infraestructura hay que tomarlos como un todo, un «bloque histórico»: «Las fuerzas materiales son el contenido y las ideologías la forma, distinción de forma y de contenido puramente didácticas, puesto que las fuerzas materiales sin forma serían inconcebibles históricamente y que las ideologías sin las fuerzas materiales serían fantasías individuales» (Cuaderno VII).

Hegemonía

¿Cómo explicar que les clases populares voten a menudo contra ellas mismas, por los partidos de derecha más bien que por la izquierda, para mantener el orden burgués que los explota, incluso para sostener la extrema derecha represiva? Es que los valores de la derecha son hegemónicos. Difundidos por los medios, por la cultura y por las costumbres de vida concretas de la clase dominante, son adoptadas por el grupo dominado. La hegemonía es algo previo a la dominación política efectiva –pero también una condición de su mantenimiento.

Concepción del Estado

En su Cuaderno VI, Antonio Gramsci medita sobre la opinión de François Guichardin, filósofo florentino del siglo XVI, según el cual dos cosas son necesarias para un Estado: las fuerzas armadas y la religión. Lo que lo lleva a esta fórmula célebre: «Estado=sociedad política + sociedad civil, es decir una hegemonía acorazada de coerción». La sociedad política en su léxico es la fuerza armada, la administración, la policía, o sea las herramientas de coerción. Pero la sociedad civil son las costumbres, la cultura. Un Estado no se sostiene más que si une los dos. Si él pierde sobre el terreno de la hegemonía, el Estado debe compensar con cada vez más coerción –y así nacen las derivas represivas o fascistas.

Guerra de movimiento y guerra de posición

La victoria política no puede ser considerada como adquirida simplemente cuando se toma el poder, y el objetivo estratégico es alcanzado. «La lucha política es mucho más compleja: en un sentido, puede ser comparada a las guerras coloniales» (Cuaderno I) –el objetivo es obtener el consentimiento de las masas y, para eso, se tienen que reconocer durablemente en los valores morales y culturales de la clase dominante. Por lo que se puede oponer en política la guerra del movimiento (dirigida hacia la toma del poder) y la guerra de posición (trabajo de los intelectuales orgánicos para proponer teorías y valores susceptibles de devenir hegemónicos).



* Alexandre Lacroix: filósofo, universitario, director de la revista Philosophie Magazine (este artículo se publicó en dicha revista, en el número 157, de marzo de 2022)

** «Nuit debout»,  « Noche despierta» : movimiento popular que a la manera de un forum, ocupaba las plazas públicas de las ciudades de Francia desde la tardecita en la primavera del 2016. Compuesto principalmente por intelectuales y jóvenes, se agotó en pocas semanas.

*** «Los chalecos amarillos»: movimiento popular de las clases más perjudicadas por la suba del precio del combustible que empezaron reuniendose en las rotondas en las rutas, luego acampando allí para subir a París y manifestar de a cientos de miles. Esas manifestaciones fueron violentamente reprimidas. Y ahogadas en una oferta que hizo el gobierno de organizar en las municipalidades una lista de pedidos. Se llenaron 300 y algo de cuadernos en toda Francia.

Post navigation

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *