
Atardecer (fragmento), óleo sobre terciopelo; Titus Smodlaka, 1927
Vida, obra y búsqueda del pintor montenegrino Titus Smodlaka

Por Julián Axat
a Cristina della Croce
La pintura es de 1927 y está firmada por Titus Smodlaka. Pasó de mano en mano en la familia, hasta que hace pocos años me tocó en suerte. Su dueño original: Federico della Croce (1883-1941), mi bisabuelo materno, una figura destacada del círculo social de la ciudad de La Plata. Escribano y periodista, dueño del influyente diario La Opinión que funcionó entre 1922 y 1945, organizaba todo tipo de exposiciones en el ámbito local, copia a escala reducida de lo que eran esos mismos encuentros en el ámbito porteño.
En esa época, Federico no solo compraba óleos para su colección privada, también solía recibirlos de los propios artistas, ya sea por difundirlos, por ejercer su mecenazgo o porque directamente los hospedaba: ellos le obsequiaban obras como devolución de gentileza o se las dejaban a muy bajo precio. Benito Quinquela Martín, Koek Koek, Valentín Roberto Guevara, Maricartú, son solo algunos nombres de los que pasaron por su diario. La mayoría artistas inmigrantes europeos, dandys, errabundos, bohemios y malditos; algunos de los cuales –con el tiempo– se hicieron conocidos, mientras que otros pasarían al olvido. Muchas de sus pinturas quedaron en el acervo familiar como legado, otras se vendieron o, directamente, desaparecieron.
Yo sabía que allí había historias escondidas, mundos perdidos en los cuadros heredados que me causaban fascinación. Salía a buscar las pequeñas pistas sobre las telas: la fecha, la firma o cualquier cosa que dijera el bastidor o el marco. Los cuadros familiares hablaban. También recogía las anécdotas de algún tío o primo: en qué paredes habían estado colgados, cuál era su verdadero origen, etcétera. Las galerías de arte que consultaba me aportaban información, aunque no siempre. El resto era aprender a contemplarlos de otra manera; porque tras una larga pesquisa, la imagen de la pintura se me hacía diferente; de algún modo se incorporaba a la experiencia, se convertía en una historia cercana.
Lo primero que hacía era buscar en Internet nombres y rastreaba catálogos de las muestras. Con Stephan Robert Koek Koek (1887-1934) hice varias investigaciones y encontré que mi bisabuelo había organizado una resonante exposición en La Plata, allá por 1928, y que el pintor inglés, en realidad descendiente de una saga de pintores holandeses, había vivido en una pocilga frente a la estación de la calle 1 y 44, pensión que mi ancestro le había costeado de su bolsillo a cambio de varios óleos de diversas formas y tamaños.
Del paso de Koek por la ciudad de las diagonales, los diarios de la época cuentan varias leyendas. La que más destaca es haber sido testigo privilegiado del suicidio del joven poeta Francisco López Merino en el viejo Jockey Club, hecho que Jorge Luis Borges va a recoger para inmortalizar en un poema: …Camina por la calle 49 / …subirá por unos escalones de mármol… / Bajará al lavatorio; / en el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. /…Dócilmente, mágicamente, ya habrá apoyado el arma contra la sien…
Entre la telas de Koek que se repartió la familia, muchas quedaron y otras se vendieron (en el anecdotario familiar se cuenta que el hijo de mi bisabuelo, mi abuelo materno, dilapidó varias para apostar en el hipódromo). La única que quedó es la que mi abuela no le dejó llevarse el día que se divorciaron, y eso permitió que haya llegado sana y salva a mi presente. El óleo en cuestión es de una serie de pescadores que zarpan del puerto de Amberes.
La historia de Stephan Robert Koek Koek es bastante conocida en el mundo de las galerías de arte de Buenos Aires y también de Chile. Se trataba de un pintor extravagante con aire de loco y maldito. En su biografía registra un tránsito por el Hospital Borda pintando cuadros de Napoleón (él mismo en esa etapa creía que era el Corso), tras lo cual su destino se pierde y reaparece pobre y suicidado en un hotel de los arrabales de Valparaíso. Eso fue en 1934.
La leyenda de este Van Gogh del Río de La Plata, y la revalorización de sus obras en el tiempo, tienen que ver con la incidencia de un nombre: Carlos Pedro Blaquier, el poderoso y siniestro empresario azucarero implicado en graves crímenes cometidos durante la dictadura militar, quien llegó a la obsesión de imprimir calendarios con el logo del grupo LEDESMA ilustrados con imágenes de la etapa más oscura de Koek (llamada: Los Obispos). La mayoría de aquellos cuadros formaban parte de su colección privada.
Por alguna razón –que es absolutamente aleatoria– asocio a Blaquier con la madrugada que desaparecieron a mis padres en 1977. El grupo de tareas que ingresó al domicilio de mi abuela esposó y colocó a ambos contra la misma pared donde estaba colgado el Koek, herencia de mi bisabuelo. Cuando se los llevaron secuestrados, ni se percataron de la existencia del mentado cuadro. Tampoco tenían el deber de hacerlo. ¿O sí?
*
La pintura es de 1927, y está firmada por Titus Smodlaka. Supuse que Titus había sido parte de este tipo de sagas de pintores que, como el caso de Koek, eran artistas tan extraños como fascinantes. También era la existencia de otro cuadro viajero. Había estado en casa mi abuela, otro testigo de desapariciones, y tampoco había llegado a ser dilapidado por su esposo, aunque luego terminara arrumbado en una pieza dentro de un armario envuelto en paños.
El día que tomé conciencia de su presencia entre mis cosas, decidí encontrar su identidad, la mía, saber algo más de él. Pero no fue fácil, ninguna leyenda encontré sobre el tal Titus. A diferencia de Koek, nadie de mi entorno registraba anécdotas o el modo en el que mi bisabuelo lo había obtenido. Entonces puse manos a la obra en mi rally detectivesco.
Hallé una referencia en el catálogo de la Fundación Espigas de Buenos Aires. Decía: “Artistas que pintan sobre terciopelo”. Solicité visitar el archivo de mención y di con la fecha de la exposición: 1926. En los biblioratos no había ninguna imagen de los cuadros, aunque sí el título de una pintura: Atardecer, que, supuse, podía corresponder a mi cuadro heredado, aunque estaba fechado en 1927 y no en 1926, con lo cual –lógicamente– podría ser otro.

Debo confesar que, para esa altura, el cuadro en cuestión me causaba bastante intriga. Efectivamente estaba pintado sobre terciopelo, material que con el tiempo se había gastado y el óleo había perdido bastante pigmentación. Aunque resaltaban el color azabache, los tonos verdosos, azul oscuro, rojizo y línea blancas. Causaba la sensación de que el día y la noche batallaban en su interior. Un punto intermedio marcaba la tensión: el sol sobre el horizonte era el resplandor en el terciopelo estallando sobre la superficie de un lago. Por alguna extraña razón, emanaba como energía propia; de modo que, si oscurecía la sala donde estaba expuesta la tela, seguía iluminado. Como si absorbiera la luz del entorno. Una especie de efecto endiablado.
Busqué entonces, en hemerotecas, el nombre de Titus Smodlaka. Finalmente pude dar con una nota periodística del diario Crítica, firmada por un cronista que entrevistaba al pintor en torno a la exposición de 1926 en Casa Grim & Kern (no me quedaba claro si en Chile o Argentina). A partir de esa breve información escribí una suerte de poema, en el que imaginaba a mi bisabuelo comprando el óleo durante la muestra. Aquí lo transcribo, el mismo me sirvió para poder volver la mirada al cuadro desde otra perspectiva:
Hacía más de 13 años que Titus vivía en Buenos Aires
y nunca estuvo vinculado a los ambientes artísticos
Fue la distinguida Casa Grim & Kern
que el 21 de abril de 1926 abrió su salón para exponer sus cuadros
Nacido en Kotor, Yugoslavia, Titus Smodlaka se recibió de ingeniero civil en Praga
No sabemos si alguna vez se cruzó con Franz Kafka o Max Brod
pero seguro que coincidieron en bares y calles de la ciudad
De su vida profesional tenemos solo algunos datos
Que proyectó y dirigió la construcción de la fábrica de Cemento Portland Maydane-Austria
Que construyó la fábrica Yvon-Francia
Que diseñó y ejecutó el acueducto Vir Pazar-Montenegro
Ejecutó once cartas geográficas del reino de Montenegro
formando un atlas completo que se reprodujo en París con tirada de 100.000 ejemplares
Que terminó siendo jefe de Ministerio de Obras Públicas de Montenegro
creador del sistema de casas baratas
Durante la primera guerra estuvo en el frente
luchó con los aliados desde las trincheras
lo hizo por la liberación de los pueblos ante el sometimiento del Imperio Austrohúngaro
Su fervor patriótico lo llevó a cuidar de la vida del Rey Nicolás de Montenegro
para ello improvisó un instrumento de precisión
con el cual podía detectar la dirección que iban tomando los aviones de bombardeo
indicando la posición exacta donde vendría el peligro
Al final de la guerra colaboró con la construcción de un puente
tenía algo más de 100 metros que se hizo en solo 7 horas
Así los fugitivos soldados montenegrinos pudieron atravesar el río Drina escapando de Bosnia
Por esta acción Titus fue condecorado con la cruz de oro de Danilo
también por cuidar de la vida del Rey
Finalizada la guerra decidió dejarlo todo y embarcarse a la Argentina
Alguien le dijo que allí sería más fácil desplegar su vocación oculta: la pintura
Llegó en 1913 al puerto de Buenos Aires y se diluyó entre los miles de inmigrantes
obreros y anarquistas
Desde entonces se desconoció su paradero
Ahora sabemos que en esos años
estuvo pergeñando un método
Como no le convencía pintar sobre telas
ensayó y probó en diferentes soportes
hasta que se le ocurrió hacerlo sobre retazos de terciopelo negro
El óleo sobre terciopelo oscuro logra efectos alucinantes
el azabache se torna tiniebla
noche profunda
y el despertar de su imaginación es la luz de un panorama
figuras
contrastes luminosos
tonalidades
La preparación del terciopelo que emplea Smodlaka le exige tiempo
y una vez pintado
abreva baño químico con sustancias que solo él conoce
y del que la imagen sale tocada de lo imprevisto
Dice Titus:
“No necesito mirar un paisaje, me basta con cerrar los ojos para que el film de experiencias desfile ante mi vista. Es como una actitud mediúmnica ante el telón negro de la tela que va conformando el cuadro que tiene algo de cosa entrevista, de panorama extraído de alguna leyenda. Detrás de un árbol legendario, de una puesta de sol que parece instaurar cada momento con renovada fuerza. Aguas de un arroyo del cual puedo recoger emanaciones vespertinas y que parecen dotadas de un fulgor antiguo, como si en vez de líquido condujera a resplandores, fluidos extraterrenos. Hay quien opondrá que detrás del cuadro hay una lámpara eléctrica, efecto que sería innoble en esta pintura que no necesita de ningún recurso externo”
En 1926 Smodlaka reaparece en Buenos Aires con una exposición
fue en la selecta Casa Grim & Kern
Los diarios de la época que cubren la muestra dicen que se trata de un extraño señor
que parece haber sellado un pacto con el Diablo
Mi bisabuelo Federico della Croce
compró un cuadro
y ese cuadro pasó un día a mi abuelo
y de mi mi abuelo a mi madre
y de mi madre a mi tía
y de mi tía a mi casa
y así 99 años después
cuando a Titus parece habérselo tragado la historia
escribo su nombre

*
El poema lo subí a mi blog (https://elniniorizoma.wordpress.com/2025/07/17/pintar-sobre-terciopelo-titus-smodlaka-casa-grim-kern-buenos-aires-1926/) con una captura de la foto del rostro de Titus que estaba en el diario. Con estas cosas uno tiene la sensación de que arroja botellas con mensajes al mar del olvido, pero a veces –muy pocas– ocurre que alguien las recoge. Entonces sucede como un milagro. Y eso ocurrió el día que me entró un mensaje en la casilla de Instagram de una persona que decía llamarse Pablo Smodlaka.
Se presentaba como bisnieto de Titus, el pintor. Me decía que había leído la entrada en el blog, que estaba muy sorprendido por la información y que quería conocerme, hablar del cuadro: quería verlo; con sus hermanos y primos estaban tratando de reconstruir la historia de su lejano familiar y el poema les aportaba información de la que carecían. Fue así como quedamos en juntarnos
Al tiempo la visita de Pablo me permitió rearmar el rompecabezas Titus Smodlaka, o “Tito”, como lo llamaban en familia. También fue una manera de organizar de nuevo la percepción que tenía sobre la pintura, porque –acaso– esa manera de mirar se modifica, siempre es dinámica.

Medía 1,82. Ojos azules. Eso dice la ficha de su legajo de inmigrante. Llegó de Yugoslavia en 1925 junto con Antonia Prokes, su esposa. Antes de pisar suelo argentino desembarcó en Chile vía Londres-Panamá (aquí mi poema comete errores de información) y paró un tiempo en Antofagasta, donde ofició de ingeniero para una Minera. Más tarde decidieron emigrar hacia Buenos Aires, donde compraron un chalet en el barrio de Floresta, sobre la calle Bahía Blanca.
Del matrimonio Smodlaka nacieron tres hijos: José, Pedro y Filomena. José, también “Tito”, fue el abuelo de Pablo. Entre Chile y Argentina la vida de Titus estuvo plenamente dedicada al arte.

Además de locutor de radio, Pablo estudió bibliotecología, por lo que está acostumbrado al trabajo de archivo. Con esa profesión se da manija con genealogías. La búsqueda de la historia de su bisabuelo lo obsesiona y está embarcado en reconstruirla lo más que se pueda. En un momento de la charla me exhibe una foto de Titus y Antonia junto a sus tres hijos, delante de la casa de calle Bahía Blanca, en la década del 30. Se trata de una diapositiva que él pasó a foto a través de un artefacto que consiguió. También me exhibe el árbol genealógico de los Smodlaka: allí aparece uno de los hermanos de Titus, Josip Smodlaka (1869-1956), alto funcionario y miembro del gobierno de Dalmacia, el verdadero creador de la actual bandera yugoslava,
Hay una foto que hallé en Internet en la que se ve a Josip junto al Mariscal Tito (Josip Broz 1892-1980), de quien, curiosamente, el mito dice que llegó a la Argentina (vía Chile) en la década del 30 y que recaló en Berisso para trabajar en el Frigorífico Swift. Este dato me inquieta, porque increíblemente coincide con la época en que también llegó Titus Smodlaka a Buenos Aires. No tengo mayores certezas al respecto, pero quizás sea esta rebuscada conjetura la pista que más acerca a nuestros dos bisabuelos en relación con el mismo cuadro. El puente entre quien lo pintó y quien lo conservó en el tiempo. Entre mi historia y la de Pablo.

Pablo también está armando el rompecabezas de su bisabuelo. Golpea puertas a primos y tíos y no todas se abren como él quisiera. Pero de a poco va avanzando. Tampoco puede dar con todos los cuadros. Hay muchos perdidos.
En su casa quedaron solo dos, después sabe que una paciente de su hermana odontóloga conserva otro (del que se enteró por pura coincidencia). Su primo y sus tíos conservan varios más. Alguna vez llegó a tener en sus manos un catálogo, que armó el propio Titus, en el que estaba la descripción de cada una de sus obras. Ese archivo es la piedra fundamental para reconstruir el corpus y reunir –tarde o temprano– toda la obra de Smodlaka. Pablo sabe que puede estar en manos de alguien de su familia y en algún momento eso va a llegar.
Un dato me estremece. Quizás sea la razón por la que la memoria de esta familia no logre abrirse con facilidad. Corre 1944, Titus se entera que en la localidad de San Vicente se venden unos extensos campos a la vera del ferrocarril. Según me cuenta, el pintor anhelaba un paraje ideal para poder contemplar la puesta y salida del sol, su especialidad sobre el terciopelo. Entonces se dirigen allí junto a un amigo, supuestamente para ver los terrenos. Pablo saca un recorte del periódico que conserva, y me lee:
—En las vías del ferrocarril del Sur, a la altura del kilómetro 44, se produjo un accidente en el que resultaron muertos dos hombres, embestidos por un tren de pasajeros, que corría hacia Constitución. A las 11.20 aproximadamente, transitaban por las vías del ferrocarril Tito Smodlaka, yugoslavo de 62 años; y Cristóbal Hovacelic, de igual nacionalidad, de 46 años, y Ramón López, español de 60, todos domiciliados en esa capital. Cuando la locomotora se aproximaba al grupo, dio repetidos silbatos, con el objeto de prevenirlos, y en vista del peligro que corrían, López y Hovacelic bajaron del terraplén hacia un costado, mientras que Smodlaka siguió caminando por el centro de las vías, sin advertir la cercanía del tren. En vista de ello, Hovacelic corrió para auxiliarlo, pero la locomotora no le dio tiempo a cumplir su propósito y ambos fueron arrollados por el convoy. Arrastrados varios metros…

Tengo varias preguntas, pero Pablo me mira y no tiene respuestas. Es también absurdo para él y –supongo– para su familia. No sé por qué de repente vienen a mi mente los lugares que diseñó Smodlaka: la fábrica de Cemento Maydane en Austria, la Yvon en Francia, el acueducto Vir Pazar en Montenegro. En algún momento busqué las fotos de esas construcciones en Internet. Obras majestuosas, faraónicas. Vuelvo pensar en la muerte de Titus y en su destino demasiado sudamericano.
Por lo pronto observo el cuadro Atardecer. Y ya no es el mismo. Hay una metamorfosis entre la mirada y la sensación que transmite, después de toda esta historia.
Nos tomamos una foto con Pablo, ambos a cada lado de la tela. Le propongo dar con más cuadros perdidos de Smodlaka con la idea de armar una muestra en la embajada de Montenegro. Necesitamos al menos seis o siete obras, con ese número alcanza. Seis o siete magníficos y endiablados óleos sobre terciopelo oscuro firmados por Titus Smodlaka, que nos sirvan de excusa para hacer reaparecer su esplendor en estos tiempos de miseria y defección.
City Bell, noviembre de 2025

El autor de la nota, el cuadro de Smodlaka y el bisnieto del pintor

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