

Un cuento hasta ahora inédito de
Hansel Germán Monzón*
Oscar cerró la ducha, sacó la mano del otro lado de la cortina y sin mirar, con un movimiento casi automático, tomó el toallón que colgaba del gancho de la pared. No podía dejar de pensar con cierta preocupación mientras se secaba la cabeza.
Continuó con el resto del cuerpo y luego, con la palma de la mano, desempañó parte del espejo. Se miró un rato y se perdió en lo más profundo de sus pupilas.
No era la primera vez que ella quería hablar y sabía que probablemente no sería la última, pero de todos modos no dejaba de inquietarse. ¿Y si me deja? Ni bien le surgió esa pregunta la abortó. No, eso no podía ocurrir. Hasta hace muy poco habían estado más que bien y ella se lo sabía demostrar. Sabía cómo hacerlo sentir amado sin necesidad de decírselo. O por lo menos eso creía él.
Ya vestido se dirigió a la cocina. Abrió el horno y, deslizando un poco la bandeja, hundió los dientes de un tenedor para verificar si la carne estaba cocida.
Cocinar no era lo suyo, pero se defendía.
Cerró el horno y giró la perilla de gas para dejarlo al mínimo.
No era un fanático de la limpieza, pero tampoco le gustaba la mugre y el desorden.
Tenía el departamento decorado, sin nada de lujo, pero con delicado buen gusto.
Su afición al arte se podía percibir en los detalles y hasta en cierta displicencia a la hora de acomodar algunos objetos.
Terminó de poner la mesa, prestando especial atención en las distancias entre platos y cubiertos y colocó la botella de vino en el centro.
Se acercó a la mesa ratona del living, tomó un sahumerio de palosanto y lo encendió.
Puso The B.B. King Blues Band en el equipo y se echó en uno de los sillones.
Comenzó a escucharse la voz ronca del cantante.
Se echó hacia atrás, cerró los ojos y se dejó llevar por la música. Al menos por un rato, hasta que sonara el timbre. Se preguntaba por qué carajo tenía que pasar una vez más por eso, por la angustia que le producía ese “tenemos que hablar”.
No había motivos para preocuparse. Pero tampoco los había cuando, en relaciones anteriores, lo dejaron colgado sin más. Los tipos nunca la vemos venir”, reflexionó.
Desde que estaban juntos nunca habían pasado tantos días sin comunicarse. Si bien esta vez no discutieron, o por lo menos no la recordaba, sabía que no habían estado en sus mejores momentos. Por algo ella quiso tomarse un tiempo y a él le pareció muy oportuno.
Siempre había creído que, con los años, las relaciones de pareja serían más tranquilas, sin sorpresas, que se aprenderían las reglas básicas de la permanencia. La cosa es que, con varios años más de cincuenta, seguía padeciendo casi como cuando era adolescente.
También se preguntaba si esas parejas grandes que, aparentemente, tenían una relación tranquila, incluso conviviendo, disfrutaban del sexo tan intensamente como lo disfrutaban ellos. No creo, se respondía. No. Ni a palos.
El blue seguía sonando. Oscar abrió los ojos. Frente a él, sobre la mesa, estaba la botella de vino. Se incorporó, abrió su teléfono y miró el Whatsapp.
La ansiedad no lo dejaba relajarse.
Fue hasta la mesa, tomó la botella y el sacacorchos. Destapó el vino, se sirvió una copa y regresó al sillón.
Bebió un sorbo, cerró los ojos y lo saboreó antes de tragarlo.
El fuerte ruido del timbre lo trajo nuevamente a su presente. Aunque tenía llave, solía anunciarse, sobretodo cuando suponía que él estaba. Para Oscar era un acting, un respeto exagerado, ya que si a él le pudiese molestar su irrupción jamás le hubiera dado las llaves de su casa.
Bajó el volumen de la música, a la ligera se acomodó la ropa, dejó su copa vacía sobre la mesa y se dirigió a la puerta.
Cuando abrió la vio hermosa, más que otras veces. Tenía el pelo húmedo y un poco revuelto. Un vestido escotado y corto, que le marcaba el trasero y dejaba las piernas descubiertas. Esas piernas que tanto lo volvían loco.
Sobre el vestido tenía un saco de hilo y en los pies unas sandalias con taco que él le había regalado durante el último viaje que habían hecho a la costa.
Tenía una impronta casual que escondía tiempo y dedicación. Esa onda, aparentemente descuidada, a él le encantaba.
Ella le sonrió y lo saludó con un pico. Él le respondió con naturalidad pero disimulando el enorme alivio que ese simple gesto le produjo.
Además de su cartera, traía un envoltorio que, se notaba, era una botella.
Él se la recibió.
—Ey, te dije que no traigas nada. Hay suficiente vino.
—Es un champangcito… Para después.
Oscar llevó el champán a la heladera. Ella se sentó en el living. Estaba con los hombros encogidos. No se quitó el saco y ni siquiera había dejado su cartera. Cuando él regresó se quedó mirándola, sin entender. El teléfono de Adriana sonó. Lo buscó en la cartera y se lo acercó al oído para escuchar. Oscar se puso a servir vino en las copas. Ella respondió el mensaje.
—Hola, no estoy en casa, pero sí, creo que voy a poder…
Luego, como disculpándose, le explicó a Oscar:
—Mi hija.
—¿Y? ¿ Cómo va todo?
Ella levantó los hombros sin saber qué decir. Oscar se acercaba con las copas cuando volvió a sonar el ringtone. Adriana le hizo un gesto indicándole que espere. Abrió el teléfono y se lo volvió a colocar cerca del oído.
Oscar se quedó parado frente a ella con una copa en cada mano.
—Ahora no, estoy por cenar en lo de Oscar. Mañana te aviso.
Dejó el teléfono y recibió su copa.
—Perdón, es mi hija que necesita que mañana a la mañana le dé una mano.
—¿Cómo está?
—Bien, dentro de todo.
—¿Y vos… cómo van tus cosas?
Ella lo miró y se sonrió un poco.
—Bien… Qué sé yo, como siempre.
Oscar, que continuaba parado frente a ella, chocó su copa para brindar.
—Chínchín.
—Chínchín…
Adriana brindó, pero no le sostuvo la mirada. Él meneó la cabeza.
—Podés dejar la cartera… y sacarte el abrigo. Parece que te estás por ir.
Adriana hizo un gesto de aceptación. Dejó la cartera en el sillón contiguo y se quitó el abrigo con cierto desgano. Mientras tanto, Oscar se dirigió a la cocina para sacar la carne del horno y desde ahí le preguntó:
—¿Cómo está tu papá?
—Bien… Bah… con sus achaques…
—¿Pero qué te dijo el médico? ¿No lo habías llevado al médico?
—Sí, bueno… es la artrosis… tiene que seguir medicándose.
Cuando Oscar apareció en el comedor con la cena en la fuente, ella, con la copa de vino en la mano, observaba los detalles de un cuadro que estaba en la pared. Oscar acomodó la fuente en la mesa. Luego se acercó a Adriana y la abrazó por la espalda. Ella se puso rígida. Él la quiso besar, pero ella lo esquivó.
—Perdón… no te quise incomodar —le dijo él.
Ella se apartó y cruzó sus brazos cerrándose en sí misma. Luego le dijo:
—Me parece que seguís sin entender nada.
Oscar se dirigió a la mesa y se puso a acomodar todo.
—¿Qué tengo que entender?
Adriana descruzó los brazos y suspiró con gesto de tener que explicar lo obvio.
—Quedamos que teníamos que hablar… para eso vine.
Oscar apoyó en la mesa una servilleta que acababa de doblar y le pasó la mano como tratando de plancharla. Tomó su copa y la miró a ella.
—Bueno, ¿qué me querías decir?
Ella miró hacia arriba con fastidio.
—No es que yo quiero decir algo. Te dije que tenemos que hablar… ambos. ¿No te
parece?
A esta altura Oscar se sentía bastante desorientado, dudaba qué decir. Temía que una palabra de más o fuera de lugar pudiese arruinar ese encuentro en el que había puesto tantas expectativas. Después de pensar un rato, tragó saliva y le dijo:
—Yo solo puedo decir una cosa. Te extraño. A pesar de todo.
Adriana largó una carcajada.
—¿A pesar de todo? Sos terrible… por no decir caradura.
—Sí, soy terrible, caradura, soy un desastre, pero me quiero acercar y me rechazás. Ni un
abrazo, ni un beso te puedo dar… pero vos sos divina.
—Te di un beso cuando llegué.
—¿Entonces? ¿Vos sola decidís cuándo podemos darnos un beso?
Ella se quedó un instante sin saber qué decir. Luego contestó.
—Bueno, fue la inercia… llegué y te di un pico. Pero eso no significa nada.
Oscar se dirigió a la cocina a buscar algo y desde allí continuó hablando.
—Claro, me diste un pico en la boca, trajiste un champán. Y yo soy el desubicado que te quise abrazar.
Mientras hablaba abría los cajones y las alacenas buscando algo. Después de un silencioso impase, Adriana apareció en la cocina y se apoyó en el marco de la puerta mirándolo con actitud conciliadora.
Luego de un rato le dijo:
—¿Y vos…? ¿Qué hiciste en estos días?
Oscar encontró lo que buscaba: una cuchara para servir la cena. La levantó triunfante y, mientras se dirigía al comedor, le contestó.
—Nada… bah, de todo…
Él comenzó a servir los platos.
Adriana se acercó a la mesa sin dejar de mirar un cuadro en la pared.
—Esa pintura no estaba —le dijo ella.
—No estaba colgada, pero hace mucho la pinté. Vos ya la conocías.
—Sí, la había visto, pero creo que no estaba terminada.
—Hace rato la terminé. Aunque hasta que no está colgada no está terminada. Pero está igual que antes, solo le puse ese marco que tenía y la colgué. No le pinté más nada ni la retoqué.
—¿Y qué se te dio por colgarla? ¿No era que no te gustaba y por eso la tenías
tirada por ahí?
—Entre todas las cosas que hice esta semana fue limpiar y ponerme a ordenar y bueno… la
encontré y la verdad no me termina de convencer, pero con ese marco que le puse es
como que levantó un poco… y colgada ahí no queda tan mal, ¿no?
—Para nada, a mí siempre me gustó.
Oscar sirvió más vino y ambos se dispusieron a comer.
—Mmmm, se la ve buenísima a esta carne.
Él sonrió.
—Pero no debe estar tan buena como la que hacés vos.
Ella terminó de probar el primer bocado y agregó:
—Está riquísima.
Adriana tomó la copa y volvió a brindar. Él respondió chocándola con la suya.
Comieron en silencio, acompañados por la voz de King.
Adriana comenzó a masticar cada vez más lento. Pensativa.
Se puso triste. Estaba por llorar. Él dejó su cubierto y le tomó la mano.
—¿Qué pasa?
— Nada, nada…
Oscar la siguió mirando.
—¿Cómo que nada? Algo te pasó.
Ella no le contestó.
—Ey —exclamó él.
—Ya está, ya se me pasó.
Oscar continuó mirándola.
—¿Me querés contar?
A ella le costaba hablar, buscaba en su mente las palabras justas para expresarse lo mejor posible. Si la noche no terminaba bien no quería ser la responsable. O, al menos, no de manera consciente.
—Siento mucha tristeza —dijo con la mirada perdida.
Oscar comenzó a sentirse incómodo. No sabía qué decir. Se refregó los ojos y le habló.
—Sabés que te amo… Lo sabés.
Ella lo miró. Le hizo una pequeña sonrisa negando con la cabeza y le apretó la mano que aún sostenía. Luego se quedaron un rato mirándose. Cada vez con más intensidad.
Sus miradas se hundieron tanto en el otro, que creyeron ver todas las sinapsis que se producían.
Ella volvió a sonreírle. Soltó su mano para acomodarse unos pelos que tenía sobre la cara, luego tomó la copa y sorbió un poco de vino.
Continuaron con la cena en silencio, tratando de sobreponerse. La música se escuchaba suave.
Ella se llevó un bocado de carne a la boca. Él la observó. Sus labios se abrían abarcando lenta y suavemente la carne. No se perdía ningún detalle. De pronto irrumpió con una frase.
—¡Qué hermosa boca!
Ella se rio espontáneamente a pesar de no haber querido. Era evidente que le había gustado.
Se miraron. Él la vio más bella aún. Luego se dieron beso húmedo.
Cuando despegaron sus bocas él la abrazó y ella se quedó apichonada contra su pecho. Estaba feliz.
—Sos un hijo de puta. No me podés hacer esto…
—¿Perdón?
—Así no vamos a poder cortar nunca.
—¿Y por qué querés cortar?
Sin decir nada, se acomodó mejor contra su pecho.
Oscar estiró el brazo, tomó su copa y bebió un sorbo de vino. Entonces ella se incorporó e hizo lo mismo. Después, con gesto automático, se acomodó el pelo y el vestido.
—No es que quiero cortar… Es que no podemos estar así —respondió ella.
—¿Así cómo?
Adriana suspiró.
—No estábamos bien. Por algo nos separamos.
—Yo no, nunca me separé de vos.
Adriana lo miró con incredulidad.
—Oscar…
—Yo nunca me separé, solo respeté el tiempo que me pediste.
—Te lo pedí porque no estábamos bien… y lo sabés.
Permanecieron en silencio.
Ella, callada y con la mirada perdida, parecía hundirse otra vez en la tristeza.
Al rato Oscar le contestó:
—Sí, claro, no estábamos como al principio… pero, aun así, nunca dejé de elegirte.
Adriana sonrió y Oscar le cambió de tema.
—¿Qué tal si comemos antes de que se enfríe?
Estaban cenando más distendidos cuando Oscar rompió el silencio.
—¿Cómo va el negocio?
Adriana se encogió de hombros mientras continuaba manipulando los cubiertos.
—Igual…
—¿Pero se vende?
—Muy poco. Está difícil. A fin de año se vence el contrato.
—¿Y qué van a hacer?
—No sé.
Oscar se quedó sin saber qué decir. Ella no estaba pasando un buen momento económico y él sintió que seguir hablando de eso no era lo más conveniente. No esa noche.
Luego de un rato le propuso algo.
—Hagamos un viajecito.
—¿A dónde?
—No sé… podríamos ir para el lado de la montaña. Córdoba, o San Luis.
—La verdad me vendría muy bien.
Continuaron cenando.
Oscar sirvió más vino. Después se inclinó sobre ella y la abrazó. Ella se dejó abrazar.
De pronto ella recordó algo.
—Te mandó saludos Sergio.
Oscar hizo una pequeña mueca como restándole importancia y no le contestó nada.
—Los encontré los otros días en el super. Sergio y Graciela. ¿Sabés de quién te hablo, no?
—Sí, sí… decile que me chupe un huevo.
Adriana se incorporó, alejándose de él.
—No podés ser así. Tan forro. ¿Qué te hicieron?
Oscar respiró hondo, pensó y luego respondió.
—Nada. Solo que no me lo banco.
—Ella es mi amiga.
—No tengo nada contra ella, es a él al que no me lo fumo. Es un imbécil.
—Pero, ¿por qué? Si no te hizo nada.
—Obviamente que no me hizo nada, solo que es un pobre desclasado.
Adriana se rio burlonamente.
—Claro, no lo querés porque no piensa como vos.
—Nada que ver, conozco más de uno que no piensan como yo y los respeto, pero este es
el típico facho pobre. Encima habla como si supiera. La soberbia del ignorante.
Ambos se quedaron pensativos.
Ella, que todavía estaba sentada a la mesa, se tiró hacia atrás y se pasó los dedos de una mano por el pelo.
Luego se levantó y caminó hacia el living. Él la siguió con la mirada mientras golpeaba los dedos en la mesa como jugando. Adriana se movía con la copa de vino en la mano. Oscar la observaba. Luego le habló.
—Ey. ¿Qué pasa? ¿No comés más?
Adriana hizo un chistido.
—No.
Oscar sintió que la había cagado. Se reprochaba ser tan pelotudo. Conocía bien su genio de mierda, ese que lo llevaba a irse de boca con lo que sentía, sin pensar lo que podía provocar. Ese rasgo de su personalidad que odiaba y que se prometía cambiar, pero que al parecer le era imposible. O tal vez no lo odiaba tanto y de alguna manera lo disfrutaba: “Ese sos vos”, le había sentenciado uno de los tantos terapeutas que había conocido.
Ella continuaba paseando, con la copa en la mano, mirando los objetos que estaban sobre los estantes. De pronto giró mirándolo a él y le dijo:
—Mirá, puede que tengas razón. Él es medio raro.
Él, olvidándose por completo de lo que acababa de reprocharse, tal vez por el tono conciliador de ella, volvió a demostrar su genio áspero.
—Medio raro no, es un imbécil.
—Bueno, pero ella es mi amiga desde hace años.
—¿Y?
—Y nada. Espero que no me hagas quedar mal con ella. Es lo único que te pido.
Él levantó los hombros.
—¿Por qué te voy a hacer quedar mal? Te lo digo a vos nomás.
—Es que quedamos en cenar juntos un día de estos.
Oscar comenzó a reírse. Adriana no lo miró y trató de permanecer seria.
—Esas cosas no soporto de vos —dijo ella.
Él, que todavía estaba cenando, dejó de comer.
—¿Qué cosas?
—Esa actitud de mierda que tenés. Te ponés en un lugar de superioridad. ¿Quién te creés que sos?
Oscar, sosteniendo su pera con la mano, miraba a la nada y escuchaba.
Ella seguía hablando.
—Si supieras lo mal que me cae.
—Tenés razón… Tal vez debería ser más tolerante. Pero no puedo.
—Claro que no podés, si sos un jodido.
—¿Sabés que pasa? Si bien siempre hubo gente que no sabía o no le interesaba la política,
ahora es diferente. Los medios han empoderado a esa gente. Ahora se te paran de
manos y te discuten todo. Y no lo digo por mí: un profesor de Historia contó que un
taxista le discutía. Y así estamos. ¿Te acordás las barbaridades que decía la pareja de tu
amiga?
—Sí, pero ella no es así.
—Es increíble. Y se lo garcha.
—Bueno… debe tener algún encanto oculto.
Luego ella giró sobre sí para volver a recorrer el living mirando la biblioteca con su copa de vino en la mano. Al rato le llamó la atención un libro. Lo tomó y vio que la autora era la ex de Oscar.
—Ah… tu ex ya publicó el libro.
—Si, el jueves fue la presentación.
—Fuiste.
—Claro, cómo no iba a ir. Y me hubiese gustado ir con vos.
—¿Y yo qué tengo que ver?
—Nada, como la mayoría de la gente que estaba ahí. Es más, me preguntó por
vos.
—¿Cómo iba a ir si nadie me avisó?
—No te avisé porque me pediste que no te llame por nada.
Adriana hizo un movimiento de negación con la cabeza a la vez que sonrió con sorna. Él sentía que con ese gesto pretendía dejarlo en falta; lo hacía siempre, pero ahora estaba bien claro que fue ella quien había decidido no tener comunicación por unos días.
Esta vez pudo controlar su genio y no acusó recibo de lo que para él había sido un agravio. A continuación del gesto y con el mismo tono burlón, Adriana le dijo:
— Cómo te gusta todo eso.
—¿Qué cosa?
—Esos eventos, las presentaciones de libros, las vernissages. Todo ese circo.
—Na… voy a tomar vino nomás.
Adriana, sin mirarlo, continuó con la sonrisita burlona.
—Te encanta todo ese… glamour.
—Jaja… la verdad sí. Me encuentro con conocidos, con gente del palo, copada… y de paso
bebemos.
—Lo sé… Todo un caretaje.
—Cuando has ido la pasaste bastante bien. ¿O no?
—Sí, claro, cuando es gente que conozco.
—Y bueno, yo conocía a bastante. Y si hubieses venido me conocías a mí, a Alicia…
también estaban algunos amigos que conocés.
Adriana , sin dejar de mirar los estantes, agregó:
—Está bueno…
—¿Qué cosa?
—Eso, que cada uno tenga sus espacios.
Oscar se sonrió como no creyéndole.
—¿Y vos qué hiciste en estos días?
—Fui a una orgía.
—Buenísimo… pero cómo no me invitaste, yo no te pedí que no me llames.
—Ni en pedo, quería ir sola.
Adriana dejó de husmear los estantes y se acercó a Oscar con su copa en la mano.
Mientras intentaba sacar, con la uña, una pequeña cosita pegada en el mantel, le habló sin mirarlo.
—Qué voy a hacer… laburé todo los días… Encima estuve a mil todo el tiempo con el tema de mi viejo. Que la obra social. Que el médico.
Adriana acercó su rostro al de Oscar.
—¡Puto!
Oscar sonrió. Luego, con su rostro a escasos centímetros del de ella, le contestó.
—¡Ey! ¿Por qué esa agresión?
—Porque sí. Sos un puto. Vos siempre tenés tiempo para estar de joda.
Ambos se quedaron sin alejar sus rostros.
—Es cierto. Siempre estoy de joda. Siempre tengo alguna invitación. Pero igual te extrañé
y mucho.
—Mentira.
—Sabés que no. Siempre prefiero estar con vos. Tomando un vino, escuchando música…
Garchando…
—En ese orden.
Se dieron un beso.
El ringtone del teléfono de Adriana interrumpió el momento.
Se apartó de él, fue hasta el sillón donde había dejado sus cosas y abrió el celular.
Miró una foto que le enviaron y se sonrió. Luego se dirigió a Oscar sin dejar de sonreír y de mirar la pantalla del teléfono.
—Mirá… es la ahijada de Sol. ¿No es hermosa?
Él miró la foto.
—Sí, re linda.
Oscar resoplaba con disimulo. Trataba de ser simpático, aunque no podía entender el funcionamiento de ella, ese pasar de un clima erótico a tener que atender el teléfono sí o sí, encima después enternecerse con la foto de la criatura.
—Es muy linda… ¿Viste esos ojazos?
—¡Impresionante!
Adriana respondió la foto con un mensaje de voz.
—¡Es muy hermosaaa!
Oscar optó por no decir nada y comenzó a llevar los platos a la cocina. Adriana guardó el teléfono en su cartera. Luego se dispuso a levantar algunas cosas que quedaron sobre el mantel.
Cuando entró a la cocina lo vio a Oscar escribiendo algo en su teléfono.
Adriana se quedó mirándolo seria. En la bacha estaban los platos sucios. Mientras la canilla seguía abierta y el agua corría, Adriana se dispuso a lavar.
Oscar dejó su teléfono sobre la mesada.
—Dejá, lo lavo después —le dijo Oscar.
—Como quieras . Pero cerrá la canilla.
Oscar no le respondió y, apoyándose con los brazos en la mesada, se quedó mirando el chorro de agua. Estaba un poco molesto. Sabía de su consciencia ecológica, que para él era por momentos exagerada, y no quería ceder. O mejor dicho, quería desafiarla.
—Estás derrochando un montón de agua —dijo ella haciendo un gesto de fastidio con la cabeza y avanzó hacia la bacha.
Oscar continuaba mirando el chorro de agua sin contestar.
—Dejame que yo lavo —insistió ella.
—Te dije que lo lavo mañana.
—Lo lavo en un segundo.
—No.
Adriana se dirigió al comedor.
Él cerró finalmente la canilla.
Oscar apareció en el living con el champán en una mano y dos copas en la otra. Lo descorchó y sirvió. Le acercó una copa a Adriana, que estaba sentada en uno de los sillones, y brindaron.
Ella chocó su copa no muy convencida.
Él se sentó en el sillón grande. Adriana saboreó el champagne y luego de pensar un rato le dijo:
—No me gusta que seas así.
Oscar levantó los hombros como queriendo decir decir es lo que hay.
—Tenés que tener un poco de conciencia.
Oscar se reclinó y le contestó.
—Bueno, cortala… La ecología sola, si no es parte de un proyecto político, no sirve para
nada… Bah, sí… para que la gilada new-age sienta que hizo algo por el planeta.
—A mí no me importa, yo voy a hacer mi parte.
—Está bien, hacé tu parte, pero también tratá de convencer a tus amigas que voten bien.
—No sé a quién te referís… Ya te dije que mis amigas no votan a la derecha.
Oscar la miró risueño.
—No votarán a la derecha pero más de una votó en blanco. ¿O no?
—Pero ninguna votó esto.
—El voto en blanco también facilitó que gane alguien que niega el cambio climático.
Adriana se echó hacia atrás contra el respaldo con actitud de estar hastiada. Sabía que, muy en el fondo, él podía tener razón, pero no podía soportar esa manía de él de analizarlo todo. Esa era una de las cosas que más le molestaban. Todo tenía que tener una razón exacta y coherente, como si las personas fuesen puro intelecto, sin nada de emoción ni contradicción. Eso, además de cansarla, la asustaba un poco.
Ambos se quedaron un rato en silencio.
Ella estaba tumbada mirando el cielo raso. De a ratos, y sin que se diese cuenta, Oscar la miraba de reojo.
Luego, y sin dejar de mirar el cielorraso, ella le preguntó:
—¿Con quién chateabas?
Oscar la miró sin entender.
Ella le clavó los ojos.
—Estabas chateando.
Oscar negaba con la cabeza sin entender.
—Te vi. Estabas chateando con alguien.
Oscar se dio cuenta a qué se refería y le contestó:
—No estaba chateando. Me preguntaron por el escritorio que publiqué.
—Y tenías que contestar ahora —dijo mirando nuevamente el techo.
—Quiero venderlo.
Ella permaneció un rato en la misma posición. Luego habló sin dejar de mirar el cielorraso.
—Cómo te gusta romper el clima.
Oscar resopló enojado. Luego le respondió:
—¿Vos sos la única que puede atender el teléfono?
—Era mi hija.
Oscar se levantó y se dirigió hacia el equipo para poner otro tema. Luego se echó nuevamente en el sillón. Estaba cansado de discutir.
Al rato Adriana se levantó con su copa. Se acercó sugestivamente a Oscar y se detuvo frente a él.
—¿Qué pasa?
—Nada, te miro.
Oscar sonrió. Estiró un brazo y ella le tomó la mano. Él tiró para traerla hacia él. Quedaron cara a cara y se dieron un beso en la boca. Luego ella se echó a su lado y se quedaron en silencio escuchando la música.
Oscar, que tenía su mano bajo el vestido de Adriana, tocó algo sobre la piel.
—La cicatriz — le aclaró ella.
—¿Cuánto hace de la operación?
Adriana sonrió como recordando algo lindo, después lo miró y le pasó el dorso de la mano por la mejilla mientras le dijo:
—Cinco años… Estuviste todo el tiempo al lado mío.
Oscar le tomó la mano y la cerró sobre su pecho. Luego le dijo:
—Me encantaría que volvamos a estar así.
Adriana suspiró mirándolo. Se llevó la mano de él a su boca y la pasó suavemente por sus labios.
—Armate un fasito… Dale… —le dijo ella mientras le soltaba la mano.
Oscar se levantó lentamente y se dirigió al dormitorio. Ella se levantó también. Eligió otro tema en el equipo y le dio play. Luego se puso a mirar los libros que estaban en la biblioteca. Tomó uno cuyo título le llamó la atención. Lo abrió, lo hojeó y, en el momento que volvió a dejarlo donde estaba, cayó algo de entre sus páginas. Se agachó para recogerlo. Era una foto de ella que él le había sacado mientras dormía casi desnuda.
Ella se quedó mirándola un rato. Sonrió. Giró la foto y vio que en el dorso él había escrito una poesía que no recordaba. La leyó.
Amo tu mujeridad
Que no es femenidad.
Es tu cuello de leño seco que arde con mis besos.
Es sudor con pensamiento.
Amo tu mujeridad.
Que no es femenidad.
Ni ardid.
Ni tips de revista Para Ti
Terminó de leer con una sonrisa en el rostro. Dejó la foto dentro del libro. Oscar regresó del dormitorio con una cajita de madera y se sentó en el sillón. Abrió la cajita sobre la mesa ratona y comenzó a desplegar todo. El pedazo, el picador, el papel. Adriana, en silencio, continuaba mirando los libros y objetos del estante.
Oscar terminó de armar, tomó el encendedor y trató de encenderlo.
Adriana encontró un papel con un escrito y se puso a leerlo. Sonrió con asombro y sin dejar de leer se acercó a Oscar y se sentó a su lado.
—¿Te acordás de esto…? ¡Qué bueno que lo guardaste!
— ¿Qué cosa?
—Cuando jugamos al Cadáver Exquisito —dijo ella.
Oscar terminó de pegar una pitada profunda y le pasó el faso reteniendo el humo. Antes de pitar ella continuó.
—Es increíble… Si hubiésemos querido escribirlo no nos salía tan bueno.
Ella pegó una profunda pitada y comenzó a toser.
—Sí, por eso lo guardé. Leémelo que me acuerdo que estaba bueno pero no me acuerdo lo que escribimos.
Adriana se incorporó y cambió su postura como para poder leer bien.
Carraspeó.
A él lo único que le interesaba era estar con
ella solo quería cumplir un sueño, conocer un
lugar intrigante como ese no había, pero estaba
dispuesto a intentarlo, era lo que siempre había
deseado siempre, desde que la vio por primera
vez como sos? siempre querés tener la razón,
aunque a veces me acuerdo de ella dibujé su cara
en la pared había un espejo en el que se
reflejaba su imagen cansada, agotada de esperar
una señal es todo lo que ella necesitaba para poder
quedarse sin energía pero feliz después de tanto
amor intenso en un mundo tibio, lavado,
monocromático y apocalíptico, así será el fin
del mundo a mi pequeño lugar, a mi más profundo
interior de su consciencia lo desvelaba, a tal
punto de partida de un viaje interminable que
quería amarla tal como era, aunque no era tarea
fácil no es, pero estaba dispuesto a intentarlo
nuevamente volvieron a intentarlo.
Se quedaron un rato en silencio pensando en el texto.
Ella se echó sobre él y él la abrazó.
Luego, colgado en su pensamiento, Oscar repitió:
—Aunque a veces me acuerdo de ella dibujé su cara en la pared…
—¿De quién?
— ¿De quién qué?
—Dijiste: “Aunque a veces me acuerdo de ella…” ¿De quién te acordás a veces?
—De “ella”.
— ¿Y quién es ella?
—Ella… una mujer que conocí… hace unos años…
— ¿Y cómo era esa mujer?
—Bella, como vos… Dulce, como vos también.
Se volvieron a quedar en silencio.
Al rato ella pegó otra pitada y le dijo:
—Está buenísimo ese texto.
—Sí, está bueno, pero viste que yo hablaba de querer estar con vos, mientras vos
solo hablabas de irte… de viajar…
Adriana bamboleó la cabeza como mareada.
—Ja… Siempre quiero huir…
Oscar agachó la cabeza entristecido, o borracho.
Al rato le respondió.
—A veces me pasa… a veces… pero me gana el amor.
Adriana lo miró con ternura. Le pegó otra pitada al faso y comenzó a toser.
—Hacía un montón que no fumaba.
Oscar la veía toser y se reía.
—En serio boludo.
Luego le pasó el faso a Oscar.
—Yo tampoco… —le respondió él.
Adriana, con los ojos irritados, seguía tosiendo y contestando.
—También.
Oscar volvió a pitar y le pasó el faso a ella que lo pitó pero esta vez más despacio.
— ¿También qué? —le preguntó él.
—Yo también.
—No te entiendo… ¿Vos también qué?
—Yo te dije que…
Oscar la miró intrigado.
—¿Qué te dije? —le preguntó ella.
Ambos se miraron y comenzaron a reírse.
Se contagiaban la risa cada vez más.
De a poco comenzaron a controlar esa tentación.
Se seguía escuchando la música.
Oscar se levantó tomándole ambas manos, tratando de que ella también se pare.
Ella intentaba pararse pero le costaba.
—Pará, pará… despacio que me re pegó… —le dijo ella.
Ambos consiguieron pararse. Él la abrazó y comenzaron a bailar lentamente.
Bailaban el blues abrazados. Se estaban calentando. Se besaban.
Él le acariciaba todo el cuerpo, levantándole el vestido. Ella de pronto lo separó y le dijo:
—Voy al baño.
Él se quedó parado, expectante en medio del living. Fue hacia la mesa y se sirvió champagne. Bebió un sorbo. Volvió a encender el faso que se había apagado. Le pegó unas pitadas y se tiró en el sillón. Miró el techo. Veía que todo se movía. Miró el reloj de la pared que parecía de goma. Todo lo veía ondulante mientras sonaba la música instrumental.
Intentó erguirse pero no pudo. Cada vez se hundía más en el sillón. Se rio. Escuchaba el sonido de la orina de Adriana como si estuviese amplificado. Era el meo más largo que había escuchado en su vida. Mucho tiempo después escuchó el drenaje del botón del inodoro que se le hizo aturdidor e interminable. Miraba el cielo raso. Se reía.
La música continuaba.
Adriana estaba sentada en el inodoro y bamboleaba su cabeza. Se escuchaba la música que llegaba desde el living. Se quiso parar pero no pudo. Al rato, después de algunos intentos, lo consiguió. Se quiso subir la bombacha pero se le enredó en el taco de una de sus sandalias. Luego de intentarlo un rato decidió quitársela.
También se quitó las sandalias. Se paró frente al espejo. Se enjuagó la cara. Se acomodó el pelo. Se miró y se rió. Dejó la bombacha en el piso junto a las sandalias. Se acomodó el vestido y salió.
En el living lo encontró a Oscar dormido en el sillón.
Lo miró con ternura un rato.
Luego se acostó acurrucándose en él.
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*Hansel Germán Monzón egresó de la Escuela Provincial de Cine y Televisión de Rosario. Realizó varios talleres de escritura narrativa con los profesores Marcelo Scalona, Andrea Ocampo y Javier Núñez. Escribió y realizó distintos cortos como Negación, el videoclip oficial de la Orquesta Familia Sarrasani y el largometraje La vida que siempres soñaste.
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