

Por Julio Cano
Hace un tiempo reproducimos un pasaje del psicoanalista francés Borys Cyrulnik a efectos de reforzar lo que queríamos decir en ese momento a propósito de la importancia del presente como tiempo vivido, es decir, del presente como momento decisivo de esto que llamamos nuestra existencia. La intuición, trabajando de continuo en un modo prerreflexivo, nos induce a comprender nuestro estar en el presente no como un momento entre el pasado y el futuro sino como la única experiencia humana de la cual podemos echar mano cuando deseamos saber auténticamente de nosotros mismos. Vamos a reproducir nuevamente estos memorables pasajes del pensador francés, ya que, seguramente, no tienen desperdicio:
“No somos dueños del sentido que atribuimos a las cosas. No somos dueños de las catástrofes naturales que nos tocan en suerte. No somos dueños de la historia de nuestros padres que explica sus emociones. Tampoco somos dueños de las reacciones de las personas que nos rodean ni de los relatos que hace nuestra cultura de lo que nos ha sucedido. No somos dueños de las interacciones precoces que modelaron nuestro temperamento y nos hicieron sensibles a determinados hechos e indiferentes a otros. Y sin embargo la convergencia de todos estos factores determinantes caóticos proyectará en nosotros la película que elaboramos de nosotros mismos y que llamamos la historia de mi vida”.
(Boris Cyrulnik, “Autobiografía de un espantapájaros”, p. 124)
“La verdad narrativa no es exactamente la verdad histórica. El historiador parte en busca de archivos que se sostengan recíprocamente gracias a una teoría que les da coherencia. Mientras que el relato que cada uno elabora de su existencia sólo está compuesto por acontecimientos relacionales en los que uno vuelve a ver la película de sus encuentros amistosos, de sus rituales familiares o de los conflictos con el prójimo. Los cimientos de nuestras autobiografías están compuestos por lo que hemos extraído de nuestro contexto: nuestro mundo íntimo está poblado por los otros”
(Boris Cyrulnik, op. cit. p. 181)
Lo que llamamos “historia de mi vida” es una narración en la cual importan los sucesos que son notorios para mí, sea racional cuanto emocionalmente, mas allá de que ellos tengan o no importancia para los demás o engrosen o no los datos significativos de la historia de mi cultura. Es decir, son una cadena procesal de narraciones que contienen significado interno, endógeno, que únicamente adquieren valor para mí. Y ello toda vez que yo los rememore, los vuelva a narrar para mí o para otros. Estas evocaciones no guardan relación con la verdad histórica. No importa en ellos la verdad sino la vivencia.
Nuestra historia personal es una narración que incluye de continuo sucesos que causalmente no son de elaboración propia y que sobrevienen sin orden ni sentido, caóticamente. Somos nosotros los que, posteriormente, les otorgamos sentido, pero el mismo es una interpretación que pergeñamos para dar orden a lo que, visto desde fuera, no lo tiene. El texto de Cyrulnik lo advierte: la verdad narrativa no es la verdad histórica.
Esto se imbrica con esto otro: no relatamos la historia sino una historia.
Sin embargo, no es esto lo que sucede habitualmente en nuestra cultura, vivimos en una realidad que actúa como si tuviéramos que hacer todo lo que imaginamos como posible de imaginar. No nos damos cuenta que al actuar así simplemente no dejamos que las cosas sean. Nuestra cultura otorga a la imaginación el mismo poder que otorga al Mercado, se privilegia la acción que se impone a sí misma la realización de lo imaginado, sean cuales sean los caminos que se elijan para lograrlo. Notemos que solapamos la búsqueda de la verdad con la impostación de una imaginación que cosifica todo lo que se le aparece como deseable. Es lo que pensadores actuales califican de pornografía de lo deseable. Pornográfico porque lo muestran todo, en una paradoja de la imaginación que no permite que se imaginen deseos irrealizables en absoluto. Lo imaginado, en esta sociedad, pertenece al Mercado. Puede ser comprado. Es una cosa, un ente, tan tangible como un auto, una póliza o una persona.
En nuestros relatos genuinos, por el contrario, encontramos una imaginación con procesos que escapan plenamente a lo que pudiéramos hacer. Es, otra vez lo señalamos, el sentido que otorgamos posteriormente a esos relatos quien pone límites a la imaginación (si es que esto es posible).
La imaginación humana tanto como los procesos del deseo dependen de lo que la naturaleza proponga de antemano. Ambos son productos de nuestra estructura biológica, se revelan a posteriori de lo que ella vaya proponiendo y nunca resultan ser antecedentes de la misma. Esta dependencia de las estructuras biológicas no significa un determinismo sino una causalidad profundamente compleja de la que no se puede negar la pregnancia natural.
En la filosofía taoísta china existe un concepto que viene al caso de esto que estamos considerando y es el de wu wei, que no significa, como se le traduce habitualmente, como “no hacer” sino “no hacer nada que vaya en contra de la naturaleza”. En el Tao Te King se puede leer: “El Tao nada hace y, sin embargo, nada queda sin hacer”. Esto no es una aceptación de la inacción sino de la acción que se ajuste a los procesos del entorno, al cual hay que estar atento permanentemente. La atención taoísta es, pues, ecologista. Es más, para ella la acción humana sucede en una interrelación profunda entre biología y cultura, o, si se quiere, entre biología y política.
Esta es una muy buena interpretación que podemos equiparar a lo que nos dice Cyrulnik, puesto que los sucesos a los que otorgamos sentido vienen dados por la dinámica de la naturaleza, que no es caótica en un sentido negativo sino que supone un conjunto de procesos fisicoquímicos y biológicos situados más allá de nuestras alternativas humanas. Dicho así, esta concepción se opone a los criterios neoliberales por la poca o nula importancia que otorga a nuestras expectaciones dejadas a su libre albedrío.
No se trata de anular las expectativas o no hacer planes para el futuro sino de asumir que ellos son subsidiarios del entretejido hipercomplejo de que está constituida la realidad, una realidad que, como lo hemos dicho, muy frecuentemente no depende de nosotros.
Para la sociedad actual, sin embargo, siempre se trata de plegar las iniciativas a lo que puede ser planificado para el futuro. Y tal planificación es no solo posible sino imprescindible. Las historias han sido sustituidas por los data. El filósofo coreano Byung Chul Han llama a este fenómeno “dataísmo”. El dataísmo, dice, es una ideología digital que reduce el conocimiento a la mera cuantificación y el cálculo, anulando el pensamiento crítico y la narración. Esta forma “pornográfica” de conocimiento (el calificativo señala el hecho de mostrar demasiado sin narración que lo fundamente) sustituye la comprensión profunda por datos. Han argumenta que el exceso de información despoja al conocimiento de su densidad narrativa, limitándose a sumar datos sin sentido. El verdadero pensamiento, amen de la sumatoria de datos que necesita, requiere asimismo tiempo, demora y prudencia. La situación actual está llevando a la aparición de un “Homo Digitalis” dotado de una serie de cualidades que se encuentran en la vereda de enfrente de las cualidades verdaderamente liberadoras.
La imaginación tanto como el deseo dependen de lo que la biología disponga y proponga de antemano. Esta alternativa ineludible se encuentra actualmente interpelada, considerándola obsoleta. Las alternativas que se planifican, proponen y llevan a cabo actualmente se oponen (y niegan) la demora, es decir, la reflexión.
Se proyectan de tal modo hacia adelante que lo único visibilizado es el futuro. Se deja de reconocer lo que “realmente existe”, es decir, lo presente. O, en todo caso, el presente es subsidiario del futuro. La experiencia humana colectiva deja de ser acumulada para ser proyectada.
¿Una larga vida es algo bueno si diariamente la vivimos con el temor a la muerte o en la búsqueda constante de la satisfacción de un mañana que nunca llega? Más en general: ¿Es el progreso tecnológico una especie de enfermedad sintomática de la incapacidad de concentrarse en el presente y disfrutarlo?
La intención es habitualmente comprendida como un proceso mental que pretende obtener un determinado resultado de una determinada acción y que acaba convirtiéndola en un medio para alcanzar un fin. La acción se lleva a cabo, pues, con la intención puesta en sus consecuencias. Y aquí, actualmente, llegamos a una bifurcación, sea que tomemos el rumbo de los criterios dataístas de la actual sociedad, sea que asumamos que queremos vivir con intensidad en la otra perspectiva, a saber, que queremos vivir con la única realidad de la que tenemos genuina certeza: el presente. Según esta ultima opción, cuando cada instante es vivido de un modo pleno, no es preciso buscar sentido alguno para la existencia proyectada en el futuro.
No se trata de no intentar alcanzar objetivos, eso lo estamos procurando de continuo. La ejercitación con la fuerza del presente corre por el lado de saber cómo manejar el involucramiento de nuestra mente con diversos tipos de búsqueda: si ella le otorga mucha importancia a objetivos a largo plazo, esto le impide darse cuenta de que lo que quiere es alcanzarse a sí misma. En el momento que lo obtiene, ya quiere otra cosa. Y lo realmente irónico es que eso es lo único que jamás podrá alcanzar. ¿Por qué? Porque nuestra mente no es un ente sino un proceso. Esto supone comprenderla como momentos sucesivos hilvanados sin solución de continuidad. Comprender esto, a propósito, puede evitarnos el tremendo lastre de la ansiedad. Y la disolución de la ansiedad es, como se sabe, uno de los resultados de la meditación.
Sugerimos entonces estar atentos al sólo por hoy.
Atentos a la tarde de hoy. No más allá de ella.

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