

Por Sergio Albino
A principios de la década del 70 del siglo pasado comenzó el idilio más prolongado de mi vida. Descubrí el fútbol y aquel niño de seis años perdió el interés por los juguetes. El único que captaba mi interés era la pelota y cualquier accesorio que tuviera que ver con ella. Figuritas, revistas deportivas y audiciones radiales pasaron a ser el centro de mi existencia. Para ser más exacto, el año 1971 fue el comienzo de ese idilio. En aquel metropolitano me hice hincha de Vélez que perdió el torneo inexplicablemente en la última fecha. Sin embargo, mi simpatía por los colores no me impedía admirar el buen juego de los otros equipos.
El campeonato nacional de ese año encontró a mi equipo languideciendo por la mitad de la tabla y a los dos equipos rosarinos animando el torneo. Eran épocas donde solo se veían dos partidos de cada fecha por televisión. Uno, en directo, los viernes y otro, en diferido, los domingos. Gracias a eso descubrí que el horizonte futbolero no se reducía a Bianchi, Benito y Bentrón. Un día apareció Newell´s y la mágica zurda de Mario Zanabria me deslumbró. Otro día apareció Rosario Central y la tremenda movilidad de Aldo Pedro Poy me alucinó.
Pasaron un par de años y mis ojos de niño quedaron fascinados con un equipo que parecía invencible y que con el correr de las fechas quedaría para la historia como el Huracán de Menotti. La belleza del juego de Miguel Brindisi, el inglés Babington y sobre todo el loco Houseman fueron un tsunami de sensaciones para mi perspectiva infantil. El creador de la maravilla venía de la más profunda idiosincrasia del fútbol rosarino. Pelota al pie, juego a dos toques, rotación, gambeta.
Esos fueron mis primeros contactos con Rosario. Ni Manuel Belgrano, ni el monumento a la bandera, ni la zamba de Lito Bayardo y Agustín Irusta. Eran el flaco Menutti, el loco Fenoy, el negro González, el cucurcho Santamaría, el lobo Carrascosa, el mono Obertti o el chango Gramajo entre tantos otros.
Eran épocas donde la selección nacional se constituía, casi íntegramente, por el futbol porteño y su zona de influencia (Avellaneda, La Plata). Ocasionalmente algún futbolista del interior era convocado como una rareza. A pesar de que Rosario Central había sido campeón de aquel nacional y Newell´s semifinalista, camino a las eliminatorias del mundial de Alemania ´74, el plantel de Argentina solo convocó a Aldo Pedro Poy para lo que luego se conoció como la selección fantasma que venció a Bolivia en La Paz. Leprosos y Canallas animaban todos los torneos pero sus jugadores era ignorados en el conjunto nacional. Sin embargo, la desorganización era moneda corriente en la política de AFA a nivel selecciones y cometieron un error grave para ellos y fundamental para el desarrollo futuro del fútbol vernáculo. Pocos meses antes de la cita mundialista organizaron un amistoso preparatorio entre la selección nacional y un combinado rosarino dirigido por Carlos Griguol (campeón nacional con Central en 1973) y Juan Carlos Montes (campeón metropolitano 1974 con Newell´s). Cinco integrantes de cada equipo más el Trinche Carlovich, ídolo de Central Córdoba, como nexo en la mitad de la cancha. El resultado de ese juego fue un antes y un después en la historia. La leyenda habla de un baile fenomenal y un pedido de los técnicos nacionales para evitar una humillación mayor.
Argentina atravesó el mundial, papelón con la naranja mecánica mediante, con una nueva frustración como resultado. Rosario tenía el mejor técnico y los mejores equipos del fútbol argentino. Entonces la entidad rectora tomó la decisión de convocar a Menotti como entrenador de la selección y la historia cambió para siempre. El flaco rosarino reorganizó el talento. Hasta entonces Argentina había participado en cinco mundiales de diez, con un subcampeonato y desde entonces en trece de trece, con seis finales y tres títulos.
Nada de esto hubiera sido posible sin las condiciones de organización que implantó Menotti, desde su asunción hace medio siglo, ni el aporte del futbol rosarino a través de sus jugadores. Oriundos o consolidados allí nos dieron gloria. A vuelo de pájaro podemos nombrar a Kempes, Valdano, Di María, Gallego, Killer, Giusti, todos campeones mundiales. Si agregamos a Balbo, Bauza, Simón, Sensini, Dezotti, Garay, Maxi Rodríguez, Lavezzi, Lo Celso, Licha Martínez, todos subcampeones mundiales, la lista se hace notable. Casi medio siglo entre los primeros y los últimos.
La frutilla del postre es Lionel Messi. Joya rosarina abandonada por una sociedad egoísta e hipócrita que no pudo retenerlo entre nosotros, pero su corazón rosarino hizo que nos eligiera y volviéramos a tener alegrías mundiales en el único tema que somos los mejores.
El postre venía con dos frutilla y Lionel Scaloni vino a rescatar la historia del comienzo. La del flaco Menotti que sugirió sostenerlo en el cargo contra todas las críticas de los supuestos expertos, gestionó el talento y volvimos a ser campeones.
Por todo lo expuesto, gracias Rosario. Gracias por el fútbol. Un porteño escobarense se rinde a tus pies.

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