
Sobre la obra Opus 1. Pequeña pieza de una bailarina, de y por Albertina Andrés, con dirección de Renata Moreno, en su función en el Museo de la Memoria de Rosario

Por Sol Maguna
Me cuesta mucho saber desde cuáles puntos de vista narrar mi experiencia como espectadora de la función de Opus 1. Pequeña pieza de una bailarina en el Museo de la Memoria de Rosario. ¿Por dónde empezar? Estoy en el punto donde siento que cualquier intento de escribir fracasará; por eso, intentaré empezar por el principio.
Para llegar a la obra sabía que tenía el tiempo justo. Caminando rapidísimo llego y me dicen: “Se agotaron las entradas”. Me estaban diciendo con amabilidad que, si esperaba… Cuando entra un señor, estira su brazo por detrás de mi nuca y ¡zaz!: “Hola, vengo a devolver una entrada”. Miro, iluminada, a las jóvenes de la recepción. Me miran, se sonríen, asienten con la cabeza. La entrada era mía.
Bajando unas escaleras, en el escenario, frente a las sillas y almohadones donde nos vamos acomodando los espectadores, hay una bailarina (Albertina Andrés) haciendo la entrada en calor. Automáticamente, sin querer, sentimos los gestos y movimientos en nuestra cabeza: es la empatía kinestésica, la capacidad de experimentar el movimiento de otra persona sin realizarlo, porque se activa la imaginería motora. Después, si uno intenta copiarlo, o ejecutar eso que vio, imagino que salvo alguien muy entrenado, es muy probable que no salga igual; puede ser similar, pero el control fino y sutil requiere más o menos práctica, entrenamiento y repetición.
Luego de entrar en calor, la bailarina inicia su relato contando sobre su estrecho y cercano vínculo con la música. Baila porque la siente, y la música es donde su cuerpo se sostiene. Se mueve como si hiciera equilibrio en la música. Con delicadeza, como si sus dedos estuvieran tecleando un piano celestial, su mano se deslizaba por el pelo; sutil, con un exquisito control fino para la realización de esos movimientos, detallado y minucioso, de una mano que comenzaba a recorrer la nuca para pasar al hombro y luego el brazo. No era un piano lo que tocaba en ese arácnido movimiento, era su propio cuerpo. Ella era el instrumento.
Se podía ver la música que tocaba. Se podría imaginarla como sonido. El lenguaje es movimiento. Escribimos con el cuerpo, bailamos con el cuerpo como escribimos, el cuerpo escribe como baila. El lenguaje es el motor. Abertina también habla, cuenta su historia con un hermoso sentido del humor. El humor es creador de subjetividad. La risa, escuchar un historia, lleva a pensar en la identificación: “A veces yo también me siento un poco así. Qué hermosa puede ser la vida cuando se comparte una danza”, pensaba al verla y escucharla.
Ahora, alejada de la experiencia de la obra, sigo teniendo ecos de las palabras y los gestos que pronunció. El lenguaje es obligatoriamente movimiento. La forma se almacena como movimiento, como un mapa en el espacio para la ejecución de algo, del mismo modo en que escuchar una historia mueve nuestras inquietudes.
Me encanta cuando alguien cuenta una historia en la que estoy yo, y de la que no recuerdo nada. En mi familia jodemos con que tenemos recuerdos implantados (teníamos un establo con caballos, o viajábamos seguido en helicóptero…) Pero era tanta la exageración que sabíamos que era imposible, y reímos con eso. Hoy, días después de ver Opus 1. Pequeña pieza de una bailarina, empiezo a pensar en la delicadeza de la construcción de la memoria. ¿Habrá que protegerla, como suele decirse? Siento que esa palabra me lleva a imaginar a la memoria en una cajita de cristal. Por eso, luego de ver la obra, entiendo que hay que moverla.

Tal vez por la locación en el Museo de la Memoria (se montó en uno de los espacios del subsuelo) peco de querer plasmar cosas que quizá no van al caso, con la obligación de hablar de ciertos temas, pero lo hago porque me desvela el no poder trasmitir lo intensa que puede llegar a ser (y la felicidad que genera) la experiencia colectiva, aquello que mi memoria guardó y cuidó de forma independiente a mi voluntad.
El cuerpo aprende de dos formas: por repetición o por la intensidad de eventos fuertemente vinculados con lo emocional.
En Albertina desenvolviéndose hay de las dos, y también algo propio que se escapa a estas categorías, produciendo un nuevo movimiento posible. Esta obra de teatro documental creó memoria tierna, cuidada, con sentido del humor, demostrando que los grandes sitios de memoria existen porque existen miles y miles de pequeños lugares donde la memoria se practica todos los días.
FICHA:
Título: Opus 1, pequeña pieza de una bailarina. Intérprete y dramaturgia: Albertina Andrés. Iluminación: Pablo Pizarro. Arreglos musicales y composición: Santiago Lagar. Reelaboración de vestuario: Natalia “Cachita” Arrua. Diseño de audiovisuales: Nicolás Zanni. Asistencia técnica: Marianela Zanet. Entrenamiento vocal: Ethel Koffman. Dirección coreográfica: Alejandra Valdes. Dirección y asesoramiento dramatúrgico: Renata Moreno. Función del 25 de julio de 2026 en el Museo de la Memoria de Rosario.

Descubre más desde Revista Belbo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.