
Los animales, pieza teatral escrita por Ludmila Bauk y dirigida por Felipe Haidar, se adentra en el psicodrama para pintar una experiencia vivencial con tintes posdramáticos

Por Andrés Maguna

Calificación: 3/5 Tatitos
Sí, sí y sí. Vamos a empezar con los síes, porque con los noes se suele arrancar con el paso cambiado, o con el pie izquierdo, y que me perdonen los zurdos, que no es con ellos la cosa.
Primer sí: la pieza teatral Los animales, escrita por Ludmila Bauk y dirigida por Felipe Haidar, que se estrenó el sábado 1° de agosto en el Teatro de la Manzana (la función a la que asistí fue la cuarta, el sábado 22), cumple con todos los requisitos formales para inscribirse en el universo del mejor teatro independiente de la ciudad de Rosario, empezando con su intención de nacimiento, la historia de su gestación, que empezó cuando esos dos jóvenes pero maduros amigos, realizadores unidos en la sensibilidad artística y el apego al teatro, se dan manija entre sí para sacar de su letargo de 10 años al grupo Enjambre P, para el que convocan a tres de sus actores originales, Emiliano Dasso, Dana Maiorano y Celeste Bardach, quienes suman su entusiasmo al de Bauk y Haidar para dar a luz, a través de cuantiosos ensayos, una criatura simpática y bien aspectada.
Segundo sí: La maquinaria puesta en marcha, incluidas las actuaciones, para desarrollar las acciones de esa creación escénica, y el despliegue de recursos concretos hacia la exposición del relato central, se nutre de indagaciones sobre la naturaleza de algunos de significantes del inconsciente, esos que están en el mismo lugar al que van a parar las negaciones de verdades evidentes y muchas veces dolorosas, junto con los traumas difíciles de olvidar que opacan la memoración de horas felices del pasado. Porque de eso trata Los animales, de mirar al pasado de la infancia para revisar lo que haya que revisar, sacando al sol esos trapos sucios que empañan la correcta visión con la que podemos entender quiénes somos realmente.
Tercer sí: El modo, la ternura extrema con que se ofrece ese viaje recreacional al sentir de los espectadores por medio de un psicodrama con visos de documental, de unos intensos 50 minutos, que juega con algunos de los postulados del llamado “teatro posdramático” apostando a una experimentación simple e ingenua, casi virginal.

Ahora bien, no obstante estos componentes positivos que me parecieron evidentes, cuando vi Los animales sentí que su atractivo iba de mayor a menor, como si un buen presentimiento no acabara de cumplirse, como la insinuación de una sorpresa que nunca llega. Sentí, al acabar la obra, cierta insatisfacción, aunque estaba seguro de no haber sido defraudado. Y mucho pensé en esto, en los noes que se resistían a cobrar forma y no podía acorralar con palabras, hasta que, buscando respuestas a mis inquietudes, encontré unas declaraciones de Ludmila Bauk al periodista Leandro Arteaga en una nota aparecida en el diario Rosario/12 el día anterior (viernes 31 de julio) al estreno de Los animales. Allí dice la dramaturga:
“Le pregunté a Feli qué le gustaría trabajar, sobre qué quería que escribiera. Y me habló de los veranos de su infancia, cuando los pasaba en la casa de unos familiares en Entre Ríos. «Todo ese universo me convoca y quiero trabajarlo, pero todavía no encuentro la manera», me dijo. A partir de ahí, empezamos a trabajar, muy en conjunto; él me fue contando cosas, fuimos recopilando material y buscando archivos familiares. A medida que fue avanzando ese proceso de investigación biográfica, se fue armando la obra. Una obra de la que nosotros decimos que es todo realidad, salvo las partes inventadas (risas); o sea, tiene esta doble cosa, es como un dispositivo teatral que de alguna manera quiere traer los instantes definitivos de la experiencia”.
Me llamó la atención la expresión “tiene esta doble cosa”, que, creo, se refiere al dislocamiento de la investigación biográfica por medio del dispositivo teatral para definir y resaltar “los instantes definitivos de la experiencia”, abriendo dos cauces a la percepción: lo visible y lo invisible, lo sabido y lo intuido, entre los recuerdos que se ficcionan y la ficción teatral que se ofrece al público. Y creo que lo que no me cerró, lo que impidió mi disfrute pleno de Los animales, fue que esa ambigüedad se termina convirtiendo en indefinición, en la tibieza que no alcanza las altas temperaturas de la pasión ni se vuelca a las frescas regiones de la razón.
Entiendo, por otra parte, que esta propuesta de Enjambre P está pensada para espectadores activos, loable intención toda vez que se niega a darles la comida en la boca con cuchara de plata, como se dice, pero en esto también se bifurcan sus caminos: por un lado se recalca lo demasiado explícito mientras por el otro discurren aliteraciones y corrimientos asincrónicos que distraen y llevan a una confusión, dificultando la aprehensión de aquello que debiera alcanzar el estatus de revelaciones.
Asimismo, creo que Los animales contiene los buenos genes de mutación propios del teatro, aquellos que llevan a que cada función de una misma obra sea distinta de la anterior, y que su mensaje llegue de manera personalizada a cada espectador, que nunca es uno ni finito, que puede pensar lo que le dé la gana, e interpretar o no lo que quiera o no quiera, sin la intermediación de la crítica, que pondera según lo que entiende y lo que siente, pero también sobre todo aquello que ignora.

FICHA:
Título: Los animales. Dirección: Felipe Haidar. Dramaturgia: Ludmila Bauk. Actuaciones: Emiliano Dasso, Dana Maiorano y Celeste Bardach. Música original: Agustín Alzari. Diseño y realización de objetos: Anabela Pais. Sala: Teatro de la Manzana. Funciones programadas: sábado 29 de agosto y todos los sábados de septiembre de 2026.
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