
En La función de los invisibles el grupo Esse Est Percipi, sobre un texto y bajo la dirección de Gustavo Di Pinto, ensaya una magia, o alquimia, para subvertir la realidad de lo que no se ve, junto con la percepción de lo que se va perdiendo

Por Andrés Maguna

Calificación: 4/5 Tatitos
Imagino el siguiente diálogo:
—¿Fuiste a ver alguna obra el fin de semana?
—Sí. El sábado fui a ver La función de los invisibles.
—¿Pudiste verlos?
—Sí.
—Entonces no eran tan invisibles.
—Cierto. Pero no podían serlo. Al menos no del todo, porque el acento en la obra está puesto en desentrañar cuál es la “función” del arte y los artistas invisibles, a la vez que sumar a los espectadores a su propia invisibilidad.
—¿Y lo logran?
—Bastante. “Funciona”.
El diálogo lo imagino en base a lo que hubiera contestado si alguien (en mi mente, alguien invisible) me hubiera hecho esas preguntas, y me sirve para rever lo que vi y lo que no vi el sábado pasado en La Orilla Infinita, durante el estreno de La función de los invisibles, del grupo Esse Est Percipi bajo la dirección y la dramaturgia de Gustavo Di Pinto.
¿Cuál sería entonces el cometido (la función) del arte y los artistas invisibles según la nueva propuesta de este grupo llamado Ser Es Ser Percibido? Por lo que pude entender, luego de examinar atentamente lo ocurrido en escena durante los 58 minutos que dura La función…, la mejor manera de acceder a lo que no se ve puede hallarse en hacerlo perceptible, como lo señala el viejo proverbio latino per visibilia ad invisibilia. Y una vez establecido el modo, por medio del uso específico de las más básicas herramientas del arte escénico (en especial las actuaciones) el intento de avanzar hacia la simbolización de la interioridad, tanto individual como del colectivo, que permita la captación del sentido, a la vez que el sinsentido, del arte y las vidas dedicadas al arte.
De eso trata la obra, de las preguntas existenciales que se hacen nueve artistas circenses, la mayoría viejos, todos pobres y en “situación de vulnerabilidad”, que se ven varados en el medio de la nada, un desierto beckettiano, cuando se detiene el astroso Fiat 600 en el que viajaban a la zaga de una caravana, que los deja atrás, los abandona, como si nunca hubieran existido.
En ese tiempo sin tiempo, como percibiendo la circularidad del vacío en que quedaron atrapados, los invisibles empiezan por verse entre ellos con mayor atención, y descubren dos trapecios que cuelgan desde el cielo, y unos cuantos carteles señalizadores que, en principio, nada indican ni señalan. Sin embargo la situación en que se encuentran no constituye el centro de sus devaneos, y sus diálogos y acciones, en duetos o grupales, siguen líneas divergentes, partiendo de un pasado que no se cuenta, del que nada sabremos, hacia un futuro que poco interesa… Hasta que uno de los invisibles comienza a padecer uno de los efectos no deseados de la invisibilidad: el de ser borrado.
Pero ya estoy contando mucho y vagamente, que por otra parte, creo, es lo que busca el dramaturgo y director Di Pinto con su creación, que también cuenta mucho con deliberada vaguedad, pues La función de los invisibles condensa y sintetiza, exprime su razón de ser con el artilugio de la exageración de los gestos nimios y la ampulosidad de las palabras que se sueltan al aire como si no tuvieran otro destino que la incomprensión. Hasta un punto, a la mitad de la obra, en que al colectivo se le entromete, se le aparece, otro colectivo de invisibles: el público. A partir de allí entran a jugar emociones y sentimientos que empiezan a plasmar, a materializar, una ternura que toma lo real y lo lleva, en andas, hacia un final en el que se demuestra que la alegría que les quisieron quitar, aunque invisible, puede tener la consistencia suficiente para seguir en el camino con confianza, incluso sin dejar atrás a los borrados.
Así como Ad Reinhardt dijo “el arte es el arte en cuanto arte y todo lo demás es todo lo demás (lo que no es arte)”, se me ocurre decir, a propósito de La función de los invisibles, que “lo invisible es lo invisible en cuanto invisible, y todo lo demás es todo lo demás, es decir lo visible”, porque esa fue la conclusión a la que llegué luego de meditar, con mis limitados alcances de comprensión, sobre la experiencia que me significó esa noche en La Orilla Infinita. Amén de otras consideraciones respecto de la importancia de mantener actualizados los vínculos afectivos para sobrellevar trastornos inevitables y dramas habituales, más allá del grado de invisibilidad en que nos encontremos.

Para cerrar: La función de los invisibles me pareció otro de los grandes hallazgos a los que nos tiene acostumbrado el teatro independiente rosarino, esos que nos sorprenden cuando pensamos que ya nada puede sorprendernos, cuando empezamos a perder la capacidad de notar lo que no se ve porque nuestra propia invisibilización le resta empuje a la acción transformadora y nos encaminamos, resignados, hacia la desaparición.
El Tatito que falta en la calificación para alcanzar la excelencia se debe a pequeñas falencias propias de todo estreno: cierta debilidad en el guion (quizás indefiniciones en proceso de definirse) y un par de actuaciones que están fuera de registro, como desajustadas respecto de una marcación que se supone muy precisa, en función de lo expuesto, para realzar (por medio de las mencionadas exageraciones y ampulosidades vanas) el sentido del sinsentido, es decir la visibilidad de lo invisible. Y claro que tamaño propósito resulta de una ambición expresiva considerable, propia de Esse Est Percipi, lo que me lleva a colegir que no cejarán en su intento y lograrán confundir con éxito lo que es, lo que no es y lo que debería ser. Para bien de toda la humanidad.

FICHA:
Título: La función de los invisibles. Dramaturgia y dirección: Gustavo Di Pinto. Actuaciones: Clara Galindo, Santiago Pereiro, María Florencia Echeverría, Analía Saccomanno, Juan Manuel Raimondi, Juan Alberto Pereiro, Lorena Salvaggio, Laura Fuster, Galo De Lorenzo y Manuel González. Diseño y realización de vestuario: Lorena Salvaggio. Realización vestuario para acrobacia: Marcela Yanez Castillo. Diseño de escenografía: Gustavo Di Pinto. Plástica señales de tránsito: Pamela Martínez. Diseño de iluminación: Ignacio Almeyda. Arreglos musicales: Esteban Pereiro. Entrenamiento actoral: Santiago Pereiro. Entrenamiento y coreografía aérea (trapecio): Clara Galindo. Asistencia de dirección y técnica: Manuel Berbari Sforza. Sala: La Orilla Infinita. Funciones programadas: los sábados de septiembre de 2026.
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