

Por Andrés Maguna
Un picolo grillo canta en el jardín diminuto. La luna llena sale por tercera noche consecutiva entre la hojas ralas de las plantas esmirriadas que superan la pared con vidrios rotos cementados en el borde. Mamá salamandra le enseña a su hijo los mejores modos de cazar insectos. Le habla con la mente a través de la mirada. Le dice que no se meta con los grillos cantores, que son difíciles de comer.
El viejo que escucha el canto del picolo grillo a través de la ventana abierta que da al jardín diminuto puede ver la luna entre las plantas esmirriadas y a una mamá salamandra que le enseña a su hijo a cazar insectos sobre la pared rematada con vidrios rotos. Entre la ventana y la cara del viejo hay un monitor encendido que ilumina con su luz blanquecina las penumbras del interior.
En el monitor que también ilumina la cara del viejo se reproduce una película en blanco y negro de Kaneto Shindô de 1960 llamada La isla desnuda. El viejo mira abstraído la película como si fuera apenas el centro de una periferia en la que pasan la luna y las salamandras, y donde las plantas apenas se agitan con una leve brisa, como la que sacude las escuálidas plantas de la isla desnuda en la que Shindô filmó la película, que no tiene diálogos pero sí una bella música de Hiraku Hayashi que dos parlantitos junto al monitor emiten en volumen bajo y se combina a la perfección con el canto del grillo, que pareciera estar en Japón hace 66 años, o así lo siente el viejo, que se deja abstraer para incluir en una misma percepción la película, el influjo de la noche de luna, con su grillo cantor y sus salamandras, y muchos recuerdos que se van asociando con facilidad, como el de aquella tía suya que las noches de verano se levantaba de su cama para silenciar a los grillos asesinándolos con insecticida para cucarachas; o el de la salamadra que habla con el estudiante Anselmo en la novela de E.T.A. Hoffmann El caldero de oro, que había leído cuando joven.
Los recuerdos que se van sumando a la abstracción del viejo incluyen sueños que tuvo en la infancia y en la juventud a los que había categorizado, en su momento, como “recuerdos del futuro”, porque en ellos se veía en la ancianidad, interactuando con hijos, nietos y bisnietos, pero había llegado a viejo sin tener hijos, y esos vívidos sueños recurrentes en los que era padre, abuelo y bisabuelo fueron desapareciendo, o no aparecieron más.
Cada tanto, una hoja seca de plátano arrastrada por la brisa hace un ruido de fricción ocre contra el piso, y aunque no alcanza a verla se la imagina como parte de todas las hojas secas de plátano que no pasaron en vano por su vida, y que ocuparon su lugar en la partitura del concierto audiovisual indefinido e inconcreto que toma formas, por momentos, algunos días, algunas noches, de ilusiones y melancolías inseparables en sus horas enajenadas.
El tiempo parece pasar. Enredado en preguntas de difícil respuesta el pensamiento del viejo se extravía, la deriva de su abstracción gira en remansos sobre sí misma, y se da cuenta de que la luna se ocultó tras la pared de los vidrios astillados, que el picolo grillo cesó su canto, que las salamandras se mandaron guardar y que en la pantalla discurren los ideogramas de los títulos finales de La isla desnuda.
Mira las estrellas en la porción de cielo ya sin luna que ve desde su ventana, pone un disco de Tom Waits que le aparece en YouTube, se levanta, va a la cocina, pone yerba en el mate, le agrega agua tibia sin colocar la bombilla, enciende la pava eléctrica y prende un sahumerio de Siete magias africanas. Vuelve a la ventana y a mirar la porción de cielo sobre el jardín diminuto, y le parece distinguir unos rostros infantiles entre las azules brumas estrelladas. Le parece escuchar cantarinas risas infantiles que provienen de lo alto.
Fuerza la mirada, aguza el oído, y las caritas se transforman en cuerpitos que corren y juegan, y las risas se vuelven coro de algarabía. Embelesado por el espectáculo, se sobresalta cuando la pava anuncia con un pitido que el agua está lista para pasar al termo.
Mientras se ceba el primer mate de la madrugada intuye vagamente que esos niños que vio y escuchó eran, o quizá fueran, los hijos, nietos y bisnietos que no tuvo, y que le hubiera gustado tener, pero entonces el picolo grillo vuelve a cantar, esta vez como si fuera parte de la banda que acompaña la voz de Tom Waits. Ahora el viejo, solo en la vida, solo en la noche con su abstracción, siente un conforto entrañable, como si todos los males del mundo pudieran ser expulsados del universo por el cri-cri de un grillo, el rumor de una hoja seca, el amor del viento hecho suave brisa, o los ojos de ángeles hechos de estrellas que ríen y juegan.


Descubre más desde Revista Belbo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.