
Una versión rosarina de la obra Villa, del chileno Guillermo Calderón, dirigida por Gabriel Romanelli, rompe límites conceptuales ideológicos anquilosados y abre nuevos horizontes al teatro

Por Andrés Maguna

Calificación: 5/5 Tatitos
El prólogo original del libro Nunca más: informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, firmado por Ernesto Sabato y criteriosamente excluido de las ediciones contemporáneas, comienza así: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”, expresando la interpretación de aquello que ya se llamaba la “teoría de los dos demonios” con la cual se trataba de explicar en parte el trauma sufrido por una mayoría de la sociedad inocente al quedar atrapada entre dos violencias (demonios); y aunque más adelante en el mismo prólogo se aclara una diferencia (“a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”), la famosa teoría ya había sido expresada “oficialmente” y quedaba, de alguna manera, atada al concepto del nunca más, convirtiéndolo tanto en una advertencia indeterminada como en una expresión de deseos: “Ojalá que nunca más quedemos atrapados en el medio del violento enfrentamiento entre dos demonios”.
Aunque esta pobre y generalizante definición de los dos demonios como extremos (encarnados por extremistas, aunque no fundamentalistas, de izquierda y de derecha), o posiciones netamente ideológicas opuestas por el vértice, en este caso reviste un carácter político, también remite a una condición de carácter religioso del ser humano: por el pecado original todos somos imperfectos y nos vemos obligados a hacer uso del libre albedrío (o sea, no nos queda otra que mantener activo el debate entre lo que está causalmente determinado y lo que debemos atribuir al azar), lo que para algunos resulta ser una bendición, un don, o una potestad, y para otros todo lo contrario.
No fue sino hasta después de ver la obra de teatro Villa que me puse a trabajar en estas cuestiones, porque en ella se plantea que la pelea siempre fue, y tal vez será, no entre dos sino entre tres demonios: el que se pone a la izquierda, el que se pone a la derecha y el que se queda en el medio; o también el muy frío, el demasiado caliente y el tibio; o el blanco, el negro y el gris (como Sabato, por qué no). Lo que equivale a decir que la lucha se establece entre el bien, el mal y aquello que no es lo uno ni lo otro.
La obra Villa, escrita por el chileno Guillermo Calderón, fue estrenada en 2016 precisamente en la Villa Grimaldi, un lugar en la periferia de la capital chilena donde se instaló en 1973 el Cuartel Terranova, centro de detención, tortura y exterminio de la Dirección de Inteligencia Nacional Chilena. Adaptada con ligeros cambios por el docente y realizador rosarino Gabriel Romanelli, fue estrenada el primer sábado de abril de este 2026 en La Orilla Infinita, con actuaciones de Patricia Almada, Nora Silva y Natalia Trejo, quienes dan vida a tres personajes desprendidos a nivel cuántico de uno solo, llamado Adriana, pues cada una encarna a uno de los tres demonios internos de ese ser imaginario que representa idealmente a una persona enfrentada a su destino histórico.

Superpuestas en una misma dimensión al mismo tiempo, en tres cuerpos distintos pero muy parecidos, las tres Adrianas fueron designadas en una comisión que debe decidir qué hacer con el ex centro clandestino de detención llamado La Villa, que fue demolido sobre el fin de la dictadura: si deben reconstruirlo como era o erigir en su lugar un museo; y poniendo en debate la mejor manera de honrar y fortalecer la memoria se fuerzan a sí mismas a una votación plebiscitaria, secreta y anónima, colocando cada una su voto por el sí o por el no, según el caso planteado, en una urna de cartón.
A lo largo de la puesta en escena, que dura exactamente una hora, votan dos veces, y en el recuento los votos arrojan el mismo resultado: un voto por el “sí”, un voto por el “no”, y el tercero, que resulta impugnado, por el “nunca más”, lo que genera discusiones y acusaciones cruzadas, en un juego dialéctico que va transformando lo que parecían justificaciones y excusas en confesiones y recuerdos compartidos, porque las tres que son una quieren lo mismo aunque defiendan sus ideas y expongan sus sentimientos de manera diferente.
Si bien Villa no resulta una obra difícil de entender, sí puede requerir un gran esfuerzo el procesamiento de lo que plantea (al menos, a mí me sucedió), toda vez que abre interrogantes antes que cerrarlos, más allá de lo cual atrapa la atención del espectador con diálogos rápidos y fluidos, imperceptibles transiciones, actuaciones más que meritorias, un ambientación escenográfica arrinconada y muy ajustada al relato, muy bien iluminada con los claroscuros apropiados al drama.
En resumen, Villa terminó pareciéndome una genialidad (de ahí los cinco Tatitos de la calificación) tras un buen rato de reflexión, cuando me cayó la ficha del tremendo valor intrínseco del libro original de Calderón (guionista de las películas de Pablo Larraín El Conde y El club, entre otras, como también de la obra de teatro Neva, de la que el mismo Romanelli hizo una versión rosarina hace un par de años), porque no es poca cosa enfrentarse a temas que parecen heridas imposibles de cicatrizar, como la memoria ante el olvido, el perdón a la hora de la justicia, la validez del intento de comprender lo incomprensible.
Montados en esa inédita máquina dramatúrgica de Calderón, el director Romanelli, las actrices Almada, Trejo y Silva, más todos los embarcados en los rubros técnicos de esta versión de Villa, consiguen algo que amplía los horizontes de la función cognitiva del teatro: que no hay miedos, fantasmas ni demonios que no estén dentro de uno, que como sociedad tenemos que reconocernos como iguales que son aquejados por esos mismos demonios interiores (que seguro son más de tres), con los que debemos lidiar para no sucumbir; y que la representación escénica de tal conflicto latente puede servir para amigarnos con nosotros mismos en tanto prójimos de nosotros mismos y de los demás, sean prójimos o no de ellos mismos, porque no se puede obligar a nadie a que se enfrente con sus tres demonios, menos si se trata de aquellos que ya mataron a uno o dos de sus ángeles caídos.
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FICHA:
Título: Villa. Texto original: Guillermo Calderón. Dirección general: Gabriel Romanelli. Actúan: Patricia Almada, Nora Silva y Natalia Trejo. Diseño de vestuario: Ramiro Sorrequieta. Diseño y realización de escenografía: Rodrigo Frías. Diseño de Iluminación y técnica: Gabriel Romanelli. Música original: Santiago Pozzi. Producción: La Sanata Equipo Escénico. Sala: La Orilla Infinita. Funciones iniciales: los sábados de abril del 2026.
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