
La obra Saqueo, escrita y dirigida por Alexis Muiños Woodward, parte de un momento histórico bisagra para derivar hacia un drama intrafamiliar con ribetes trágicos y pasos de comedia. Y lo hace con un elenco actoral que se luce.

Por Andrés Maguna

Calificación: 3/5 Tatitos
El sábado primero de agosto de este 2026 concurrí a presenciar la última función, de un total de ocho que dieron en el Espacio Bravo, de la obra Saqueo, escrita y dirigida por Alexis Muiños Woodward, y ni bien salí, luego de los aplausos y hasta ovaciones de los 45 del público, tras los 74 minutos de acción escénica, ya tenía la calificación exacta de mi ponderación: 3 Tatitos.
Dije en otras ocasiones que entiendo la crítica teatral como ponderación, esto es el examen minucioso de aquella obra que veo, con todas las herramientas de que dispongo, con todo el amor que tengo posibilidades de dar, basado en el respeto que me inspiran aquellos trabajadores del arte escénico que se la juegan en pos de un ideal comunicativo, expresivo y recreacional. Porque así como ellos se meten por puro placer en el difícil desafío de manejar una fragua de disímiles materiales (texto, dramaturgia, plástica, música o silencio, corporalidad, la voz humana, la luz y su ausencia o exceso), yo encuentro placer en el dificultoso abordaje de la crítica, en especial cuando intento ceñirme a cánones propios que logren distanciarme del dogma.
Hago esta aclaración porque en el caso de Saqueo, más allá de haber ajustado enseguida la calificación, me costó encontrar las palabras para definir algo quizás indefinible, algo que se sitúa entre el sujeto y el objeto, entre la conciencia y el inconsciente, y se resiste a ser atrapado por los tiempos verbales. Porque la obra se sitúa en un pasado reciente (para los viejos) y lejano (para los jóvenes), en una ciudad (Rosario) que sigue siendo la misma y a la vez es muy distinta, enfocándose en una familia de clase media de una sociedad argentina de aquel antaño que tanto se parece como se diferencia de la actual, revolución tecnológica mediante.
En la sinopsis de difusión puede leerse: “Año 1989 en Rosario. Clara, Facundo y Lisandro son tres hermanos treintañeros que viven juntos en una casa lindera al supermercado que heredaron de sus padres. Clara es ciega, Facundo es violento y Lisandro homosexual. En la ciudad se desata una ola de saqueos y Facundo decide armarse para defender el negocio familiar, pero la violencia estalla antes en el interior del hogar…”, y se aclara, además: “Género: Comedia negra”.
Por empezar, se trata de una tragedia con tintes de comedia que empieza con ribetes de teatro documental (a través del cuarto personaje, un televisor de espaldas al público que no emite luz pero sí audios en off de la época de los saqueos) y termina como drama-tragedia de una familia (los dos actores y la actriz, Julián Damiani, Nicolás Konstantinow y Sofía Fabello, interpretan alternativamente a los cinco integrantes de la misma, es decir los padres y los tres hijos) en la que se patentizan variados trastornos de la afectividad, en particular los relacionados con problemáticas referidas al incesto y la identidad sexual.

Si bien resulta ameno el relato situacional al recrearse de manera efectiva el momento histórico, hacia la mitad de la obra se abandona ese curso, o anclaje, y el cuento teatral termina alargándose, regodeándose, en el melodrama familiar. Y lo hace en exceso, porque cuesta mantener la atención a lo largo de una hora y cuarto en espera de una resolución que se avizora previsible, a la vez que ya no se espera nada de la trama situacional histórica que fue abandonada. Ahí, sin dudas, se cae el primer Tatito de la calificación.
Este error de la dramaturgia, llamémoslo ambigüedad no deseada, tiene, para mí, una explicación: el dramaturgo y director Muiños Woodward se engolosinó con la ductilidad actoral de su elenco y basó todo el peso de la comicidad en el intercambio interpretativo de los tres en escena, que juegan alternando encarnaciones, con mínimos cambios de vestuario, de cinco personajes. Un recurso tan viejo como el teatro, que sin embargo siempre resulta atractivo y entretenido cuando el espectador se presta al juego, pero que cuando se abusa de él pierde encanto, como sucedió en esta puesta de Saqueo. Y ahí se cayó el segundo Tatito.
Me gustaría cerrar este texto realzando el valor de los tres Tatitos de la calificación que supieron mantenerse en pie: la noble intención del nacimiento y el cuidado del guion, que permite un acercamiento muy vivaz a la Argentina de ese momento histórico bisagra de 1989, por medio de personajes muy asimilables; la dirección de actores y las actuaciones; y todos los aspectos técnico-materiales (luces, sonido, vestuario, escenografía), que fueron dispuestos para maximizar el aprovechamiento de la hermosísima sala del Espacio Bravo. Y agrego, aunque resulte un dato difícil de ponderar, que Saqueo supo proveerse (al menos en la función a la que asistí) de un público participativo, demostrativo y amoroso que le aportó calor humano a una fría noche de invierno en una ciudad, un país, donde el teatro independiente pugna por mantener encendida su llama madrina.
FICHA:
Título: Saqueo.Dramaturgia y dirección: Alexis Muiños Woodward. Actuaciones: Julián Damiani, Sofía Fabello, Nicolás Konstantinow. Vestuarista: José Antonio González. Fotos: Mario Caporali. Sala: Espacio Bravo.

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