

Por Sergio Albino
Un cuarto de siglo antes de que Lionel Messi llegara a este plano, la UC Press editó The Teachings of Don Juan: A Yaqui Way of Knowledge, la tesis de maestría en antropología de Carlos Castaneda. Años más tarde, ya en su versión castellana, publicada como Las enseñanzas de Don Juan, los lectores pudimos acceder a un texto tan polémico como revelador. Don Juan, “hombre de conocimiento”, convierte a Castaneda en su aprendiz, transmitiéndole, mediante diversas técnicas, sus saberes. Con el fin de corroborar su conocimiento, hace uso de tres plantas en las cuales era experto: Lophophora williamsii, conocida como “peyote”; Datura inoxia, o “toloache”, y un hongo perteneciente al género Psilocybe. A través de la ingesta de cada alucinógeno, Castaneda experimentó estados peculiares de percepción distorsionada, también mencionada como “conciencia alterada”, a los cuales llama “estados de realidad no ordinaria”. Lionel Andrés Messi Cuccittini transitó los dos caminos, el de Castaneda como aprendiz y el de Don Juan como hombre de conocimiento. Y los que fuimos espectadores del fenómeno disfrutamos del resultado.
En la hipótesis del libro de Castaneda, para llegar a ser un hombre de conocimiento, la persona debe vencer cuatro barreras internas y sucesivas:
1. El miedo. Es el primer enemigo. Desafiar el miedo sin huir fortalece el propósito del aprendiz.
Messi atravesó todos sus miedos con un coraje propio de otros tiempos. Cuando nuestra sociedad abandonaba todo lo importante (niñez, vejez y educación); él, con el respaldo de su familia, siguió adelante sacrificando su lugar y sin perder su argentinidad, en pos del sueño. Dejó una sociedad compleja, sin abandonarla, para poder concretar su anhelo.
2. La claridad. Surge cuando se vence el miedo y se entiende el mundo. Puede volverse una trampa si ciega a la persona y la lleva a la arrogancia o al estancamiento.
Messi fue claro cuando muchos de sus contemporáneos, ídolos y dueños de títulos y blasones, se le pusieron en el medio para opacarlo. Dejó que el tiempo transcurriera y que los hechos dieran un veredicto sobre sí mismos. La realidad desnudó a los hipócritas que cuestionaban su genialidad. Era el más grande y no necesitaba expresarlo por sí mismo. Sin grandilocuencias ni espectáculos circenses. La realidad lo convirtió en verdad.
3. El poder. Es el enemigo más grande. Si el hombre domina el poder pero olvida la humildad, se vuelve rígido y termina derrotado.
Cuando el mundo estaba rendido a sus pies y su propia gente lo cuestionaba por una campaña indigna desde los medios de comunicación, él apretó los dientes y aguantó hasta que no pudo más y terminó renunciando ante esa sociedad que le pedía un milagro para aliviar su propia mediocridad. Renunció bajo emoción violenta y volvió bajo emoción meditada, mostrando que no era rígido ni terminaría derrotado. Entonces ganó y nuestra sociedad hipócrita lo adoptó como el genio que era, que es y será. Fue flexible ante el poder propio y el poder ajeno. Su genialidad terminó acomodando las piezas de esta historia.
4. La vejez. Es el último enemigo. No se puede vencer, pero se acepta sin amargura como el momento final de claridad antes de que la vida termine.
Lionel Andrés Messi Cuccittini, días después de la muerte de su padre y de la finalización del mundial futbol, anuncia que deja de jugar en la selección. Los mismos hipócritas que lo cuestionaban, ahora proponen quitar la camiseta diez de la selección como un homenaje. Antes lo intentaron con Diego: Lionel hubiera perdido la oportunidad de usarla. El futbol es más grande que los jugadores y todo lo que termina recomienza. Antes de Messi estuvo Maradona. Antes de Maradona estuvieron Onega y Rojitas, y antes Sívori y antes Moreno y Pedernera y antes el Nolo Ferreira. La vida es una carrera de postas donde nadie es imprescindible. Lionel nos vino a despertar de la parálisis que nos daba el retiro del Diego. Pero no se puede con la vejez, y Lionel lo entendió.
Hoy Messi es un hombre de conocimiento y nos va llevando a estados de realidad no ordinaria, donde nuestra percepción distorsionada llega a lugares increíbles sin necesidad de alucinógenos externos; alcanza con ese mágico juego que produce el milagro en nuestros cerebros. Quizás por eso lloran tanto los hipócritas, quizás se les acabó la droga. Por eso lloramos tanto los que amamos el fútbol, porque sabemos que, aunque venga uno distinto, no habrá ninguno igual, no habrá ninguno.

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