

Por Julio Cano
El pasado martes 1 de setiembre un estudiante intentó matar a una compañera con un arma blanca en un salón de la Facultad de Medicina de Montevideo, en presencia de otros compañeros de clase. El hecho no llegó a mayores por circunstancias diversas, entre las cuales se destacó la intervención de varios de los presentes. Pero este insuceso repercutió en toda la sociedad, mostrando facetas y caracterizaciones que no han bajado sus decibeles. Es que, debemos decirlo, un hecho de violencia de género de esta envergadura y en una institución universitaria, en el Uruguay, no había sucedido. Ahora nos ha mostrado, a todas y a todos, que no hay lugar preferencial en nuestra sociedad que quede al margen de la violencia de género. Esta constatación, por dolorosa que sea, rompe varios esquemas, algunos de larga data, y deja ver, sin anestesias, que la violencia social, en especial la violencia de género, existe y transcurre transversalmente a la sociedad entera.
Así, el argumento manejado por algunas autoridades, en principio que se trataba de un hecho fuera de lo común y que como tal debía de ser considerado, fue rechazado de plano por los principales involucrados. En los carteles que surgieron enseguida se daba cuenta de la relación directa entre él y lo que muestra la realidad uruguaya, es decir, que la violencia está instalada desde hace un buen rato en todas las peripecias del tejido social, vida universitaria incluida. Este no fue entonces un suceso fuera de lo común, sino uno que muestra a las claras lo que se viene incubando largamente. Y que, obviamente, no termina en los limites geográficos en que se encuadra. Parece de perogrullo señalarlo, pero esta situación de violencia instalada permea el conjunto de toda Latinoamerica.
Esta circunstancia no lleva a considerarla irrelevante, sino todo lo contrario: lleva a ubicarla en este ajetreado y violento momento presente, a mirar los hechos de violencia como fenómenos instalados. Esto no significa acostumbrarnos a ellos. No forman parte de lo que queremos, no formarán parte nunca del sentido común. Pero han conseguido instalar un nicho. Allí se encuentran, en un entorno patológico, porque tienen una congruencia muy fuerte con la enfermedad mental. Esta última también ha crecido en nuestra sociedad y se manifiesta en los índices de suicidios en el Uruguay, que han aumentado a un grado impredecible, así como en la violencia manifiesta en la vida cotidiana, en su incidencia en la conversación, y en un fenómeno hasta hace bien poco inexistente, a saber: que el deudor de una cuenta por droga pague con su vida. Actualmente, el ajusticiamiento por este motivo es un fenómeno cotidiano. En este caso, hay que agregar, no se trata de un fenómeno de género como tampoco de un fenómeno etáreo, ya que es frecuente la presencia de niños entre las victimas, dejando de lado las causas fortuitas.
Para los responsables de la circulación de la droga, el consumo supone un negocio: es un fenómeno económico, donde los dividendos suelen ser muy altos. Comprenderlo como un negocio no lo hace menos peligroso ni menos devastador en la salud mental de quienes están inmersos en su tráfico, ya sea como proveedores o como consumidores. Estamos señalando que en este fenómeno contemporáneo se interrelacionan orgánicamente la economía de mercado, la enfermedad y su derivada principal, la violencia. A ello se le suma, también orgánicamente, la violencia de género. Es una trama que no tiene un hilo conductor que no sea, a su vez, una serie derivada de procesos a los cuales en la mayoría de los casos no se le puede encontrar la etiología, es decir, un comienzo con algún grado de continuidad capaz de ser rastreado. Sin ánimo de ser fatalista, no existe, frecuentemente, un camino sino un círculo donde un elemento es, al mismo tiempo, causa y consecuencia.
Volviendo a la relación entre género y violencia, digamos que este circulo asume en ella la suma más alta y al mismo tiempo mas compleja entre patología y dominio de la mujer, por eso hemos dicho que es una trama sin hilo conductor.
Si se trata de pensar el modo más efectivo de luchar contra la violencia de genero, debemos salirnos de las tradicionales metáforas que se utilizan para referirse a la misma. El camino más directo es el de asumir que es el amor quien puede tener respuestas al respecto. El amor y sus correlatos de afectos y comportamientos comunitarios. Y ellos se expresan (o deben expresarse) en el hogar y en la escuela. Así que es necesario ahondar en las relaciones entre pares en el ámbito escolar. Esto nos parece fundamental, decisivo.
En un libro menos frecuentado de lo que debiera, Humberto Maturana hace referencia a las relaciones entre el amor y el juego: “Amor y juego. Fundamentos olvidados de lo humano”. Allí nos proporciona pautas para lo que estamos desarrollando al contraponerlos a la violencia interhumana.
“La mayor parte de las enfermedades que vivimos los seres humanos, si no todas —dice— surgen desde el desamor y se curan desde el amor en el amar. El amar es lo que ocurre en el vivir en las conductas relacionales a través de las cuales el otro, la otra o uno mismo surge como legítimo otro en convivencia con uno. El amar ocurre en el vivir relacional como un fluir espontaneo a través del cual el otro o la otra aparecen ante nosotros como diversos a lo que somos y como tales los tratamos. El convivir legitimo supone aceptar de entrada que ese otro que tengo adelante nunca se va a disolver en lo que yo soy ni va a subsumir todas sus inclinaciones a las mías. Para que el amar se mantenga como experiencia legitima debe ser un elemento negativo que interactúe conmigo sin desaparecer como tal”.
Mencionamos las relaciones entre pares en el ámbito escolar. Reforzar estos comportamientos resulta fundamental para contrarrestar la violencia. Recordamos que hace años, refiriéndose a los criterios dictatoriales que no habían prendido en la consideración conductual de los uruguayos, la maestra Reina Reyes señaló que ello era resultado de la influencia de la escuela publica, su honda pregnancia en los comportamientos sociales en nuestro país. ¿Podremos reforzar esa influencia en los actuales tiempos, tan difíciles y tan debilitados de lazos afectivos genuinos?

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