
Un encuentro casual con Carlos Santillán Nolasco

Por Julián Axat
a Demetrio Iramain y Carloncho Sánchez Viamonte
Suelo comer en Buenos Aires por la avenida Santa Fe. Casi siempre en los mismos lugares. Esta vez había pasado por una librería de usados, una de esas que sobreviven como pueden. Luego caminé pocos metros hacia Pueyrredón y entré en el bar de la esquina, un local grande que ocupa toda la ochava, nuevo. Nuevo es en realidad un decir, porque es el mismo bar de siempre que cada tanto cambia de dueño, de nombre, de decoración, de pintura. Los propietarios de ahora creen que pueden inventar un bar donde ya existía uno. Por eso cambian las mesas, la iluminación y la configuración de los baños.
Elegí una mesa y me senté a almorzar. Detrás mío entró una pareja se instaló cerca de la puerta. El hombre era alto, de tez oscura, llevaba una gorrita, parecía calvo. Andaría cerca de los setenta años. La mujer era bastante más joven, acaso unos quince años menor. No había nada particularmente llamativo en ellos. Una pareja que había salido a almorzar un día cualquiera por Buenos Aires.
Sin embargo, el rostro del hombre me resultó familiar. Lo miré de reojo. Volví a mirarlo. No podía ser. ¡Era el Perro Santillán! El mismísimo Carlos, el Perro Santillán, el dirigente de los municipales jujeños, el hombre que durante los años noventa había conseguido parar una provincia, enfrentarse a Menem, poner en jaque a la Gendarmería y convertirse en una de las figuras más importantes de las luchas sociales de aquella década.

El Perro en 1995
El Perro estaba sentado a solo unos metros, miraba el menú con atención mientras yo lo relojeaba de costado. Sentí una alegría bastante infantil. Como si de pronto hubiera encontrado a un personaje que había salido de una de las canciones que escuchábamos cuando éramos jóvenes. Porque el Perro era también el de la Bersuit, el que aparecía en Señor Cobranza, aquel tema de Las Manos de Filippi que el Pelado Cordera cantaba en un cover como si estuviera por incendiar el país:
«Ay, ay ,ay, uy, uy, uy, /¿qué me dicen del dedito que le meten de Jujuy? / Este es el Perro, / el Santillán, / si no lo pueden voltear lo van a querer comprar / Con discursos sino le sale/ Son capaz de dar acciones / A los grandes mercaderes / Eso no importa, porque el Perro / Va dejando otro perrito / Que le mete a este sistema / El dedito en el culito…».
Para mi generación esta no era cualquier letra. H.I.J.O.S. había nacido en aquellos años, en medio de los escraches, las marchas, los piquetes y una especie de insubordinación general contra el menemismo. Mientras nosotros salíamos a buscar a los genocidas que paseaban libremente por las calles, tal como dice la letra del señor Cobranza, en Jujuy el Perro organizaba a los trabajadores, cortaba las rutas y parecía dispuesto a no dejar piedra sobre piedra.
No éramos lo mismo, pero algo nos unía. Una forma de entender la lucha, quizá. Una desobediencia. El convencimiento de que había que salir a la calle cuando la política institucional se había convertido en un negocio de los que mandaban.
Me acordé de haberlo visto por televisión, en Hora Clave, frente a Mariano Grondona. Creo que fue en 1997. El Perro tenía un cinta en la cabeza pelada, parecía un karateca, y decía que le iba a parar el país a Menem. No parecía intimidado por el estudio, las cámaras ni por el propio Grondona. Hablaba con una seguridad extraña, la de alguien que sabe que detrás suyo hay miles de personas dispuestas a hacer lo que anuncia.
Y ahora estaba allí, sentado en una mesa al lado mío, a unos metros de distancia esperando que le trajeran el almuerzo. Entonces saqué el teléfono y llamé a Demetrio Iramain.
—Che, Demetrio, no sabés a quién tengo acá, cerca de mi mesa.
—¿A quién?
—Al Perro Santillán.
—No me jodás…
—Te juro, es el Perro. Está almorzando con una mujer en un bar de Avenida Santa Fe.
Demetrio empezó a hablarme de Hebe de Bonafini. Me dijo que Hebe lo adoraba, que durante mucho tiempo había tenido una relación extraordinaria con él. Me recordó uno de aquellos viajes a Jujuy, cuando las rutas estaban cortadas y la provincia prácticamente militarizada. Había piquetes por todos lados, gendarmes, enfrentamientos. Eran los años en que empezaban a sucederse los muertos de la protesta social. Demetrio me habló de Víctor Choque, el obrero asesinado en Ushuaia en 1995, y de aquella represión que había comenzado a extenderse por todo el país. En su relato los acontecimientos se mezclaban, como suele ocurrir con los recuerdos de una época vivida con demasiada intensidad.

Pero había una escena que conservaba intacta. Hebe había decidido ir hasta Jujuy para abrazar al Perro. Viajaba con Demetrio y Schoklender. Antes de cruzar desde Salta le aconsejaron que no siguiera. El propio Santillán les había advertido que la situación estaba muy complicada, que la Gendarmería no dejaba pasar a nadie.
—Vamos igual —había dicho Hebe.
Y fueron. Cuando llegaron al retén, los gendarmes vieron que una mujer mayor con el pañuelo blanco avanzaba hacia ellos. Nadie se atrevió a detenerla. Demetrio recordaba haberla visto caminar delante suyo hasta encontrarse con el Perro, que la esperaba del otro lado, entre los trabajadores. Se fundieron en un abrazo.
Mientras me contaba esa escena yo miraba al hombre de la gorrita que tenía a unos metros. Trataba de imaginarlo treinta años antes, rodeado de sindicatos y piqueteros, recibiendo a Hebe en medio de una ruta cortada. Pero el Perro seguía mirando la carta. Corté con Demetrio y me quedé pensando en qué habría sido de su vida. Hacía años que había dejado de verlo en los medios. Había atravesado disputas políticas, peleas con Milagro Sala, rupturas, reconciliaciones que uno ya no sabía si habían ocurrido o si eran solamente versiones. Durante un tiempo su nombre había circulado con una fuerza extraordinaria. Después, para quienes vivíamos lejos de Jujuy, empezó a desaparecer. Se lo tragó la tierra.
Pensé que a ciertos personajes se los traga la historia antes de que se mueran. No necesariamente porque hayan sido derrotados. Puede ocurrir que la historia simplemente deje de necesitarlos, que encuentre otros protagonistas, otros rostros, otras consignas. Los dirigentes que antes salían todos los días por televisión terminan haciendo la fila en un banco, tomando un colectivo, entrando a un bar. Nadie los reconoce.
El Perro había sido uno de los hombres más famosos del país, durante una época. Duró lo que tenía que durar, pensé.
Mientras esperaba mi comida, lo busqué en Google. No había nada, notas de hace muchos años. Solo encontré una de La Nación donde contaba aspectos de su vida privada, su segundo matrimonio con una mujer más joven llamada Fernanda. Leí que se habían conocido en la universidad y que ella también militaba. Miré a la mujer sentada enfrente suyo. ¿Sería Fernanda? No tenía manera de saberlo. Tampoco quería incomodarlos. Había algo extraño en toda aquella situación. Podría levantarme, acercarme, saludarlo. Pero también podía quedarme quieto, terminar mi almuerzo y salir a la calle. A veces uno prefiere no conocer a sus ídolos. Hay una distancia que ayuda a conservarlos.
Sin embargo, no sé por qué la idea de irme sin decirle nada empezó a resultarme insoportable. Pasó un rato. Pedí la cuenta. Cuando vino el mozo, un muchacho de unos treinta años, le dije que también quería pagar lo que había consumido la pareja de la mesa de al lado.
—¿Los conoce? —me preguntó.
—No.
Me miró sorprendido.
—¿Entonces?
—Porque ese hombre es mi ídolo de los años noventa.
El mozo volvió a mirar hacia la mesa.
—¿Quién es?
—El Perro Santillán.
No hizo ningún gesto.
—¿El Perro qué?
—Sí, el Perro Santillán. El de Jujuy. Un dirigente sindical, de los piquetes. ¿No lo conocés?
Me miró como se mira a un loco que acaba de entrar en un bar y pretende pagarle la comida a un desconocido. Después hizo una cuenta y me dijo cuánto era. No insistí.
Pensé que cuando el Perro había hecho temblar a Menem ese muchacho recién había nacido, o estaba por nacer. No tenía por qué conocerlo.
Pagué las dos cuentas. Me levanté y caminé hacia la mesa.
—¿Vos sos el Perro, no? —le pregunté.
El hombre se echó hacia atrás en la silla. Fue un movimiento muy rápido. Instintivo. Como si al escuchar aquel apodo hubiera reconocido una amenaza. Por un instante me pareció que el cuerpo todavía conservaba los reflejos de tantos años de enfrentamientos, de policías, de servicios de inteligencia, de desconocidos que se le acercaban en la calle.
—Sí —me dijo, con cierta desconfianza.
—Mirá, te quería saludar. Vos fuiste mi ídolo de los noventa. Yo militaba en H.I.J.O.S. y nosotros te admirábamos muchísimo.
—¿En H.I.J.O.S.? —El hombre empezó a sonreír.
—Sí. Y recién hablaba con Demetrio Iramain, no sé si lo recordás a él. Me contó una historia tuya con Hebe, cuando ella fue a Jujuy a verte —al escuchar el nombre de Hebe de Bonafini, algo le cambió en la cara. Se le iluminaron los ojos.
—¡Hebe! —dijo.
La mujer intervino.
—Yo soy de La Plata, como ella. Tengo un hermano desaparecido.
Entonces entendí que aquella mujer sí era su pareja y tenía una relación con mi mundo, con La Plata. El Perro no estaba tan lejos. Podía haber pasado muchas veces por mi ciudad, haber caminado sus calles, haberse sentado en cualquiera de los bares que yo frecuentaba. Pero el Perro se puso a hablar de Hebe con algo de entusiasmo.
—Con la Hebe hacíamos un radioteatro —me dijo.
—¿Cómo un radioteatro?
—Sí, en Radio Universidad, en La Plata. Con Carloncho Sánchez Viamonte. Nos matábamos de risa…
No lo podía creer. Resulta que a fines de los noventa, cuando la televisión mostraba a Hebe denunciando militares y a Santillán enfrentando gendarmes, los dos participaban de un radioteatro humorístico. El programa se llamaba Desafinados. Tenía una ficción, Luca y Aurelio, en la que aparecían unos personajes bastante extravagantes.
El Perro me contó que en uno de esos episodios Hebe hacía de inspectora de policía. Él interpretaba a un camionero empresario que había pasado por una operación de cambio de sexo y circulaba por las rutas. Un noche Hebe como policía se lo cruza y le hace señas para que se detenga. El camionero obedece. Entonces la inspectora procedía a interrogarlo y le anunciaba que iba a detenerlo por alguna infracción. El personaje del Perro empezaba a pedir clemencia. Le suplicaba que lo dejara continuar, intentaba conmoverla, terminaba ofreciéndole coimas. Hebe se indignaba.
Toda la escena era por teléfono. Una desde Buenos Aires o La Plata, el otro desde Jujuy. Ninguno veía al otro. Los dos improvisaban frente a un micrófono, mientras Carloncho al aire trataba de conducir el programa sin tentarse.
El Perro empezó a reírse al recordarlo. Yo parado al lado de la mesa, también. ¿Hebe de policía? Era desopilante en serio. El Perro de camionero operado. La madre de Plaza de Mayo que se había enfrentado a todos los jefes de las fuerzas de seguridad nacionales representaba ahora a una agente de tránsito que intentaba detener al hombre que había cortado todas las rutas de Jujuy. Nadie hubiera podido imaginar un mejor reparto.
—¿Y Carloncho se acuerda de todo eso? —le pregunté.
—¡Claro que se acuerda!
—Entonces lo voy a llamar —se lo dije como quien quiere recuperar toda la historia, para después escribirla.
Seguimos conversando un rato. Le hablé de los escraches, de H.I.J.O.S., de lo que había significado su figura para nosotros. Le mencioné al Pelado Cordera, al Señor Cobranza. El Perro escuchaba y se reía. No era una entrevista. No quise preguntarle qué pensaba de la política actual, ni de los conflictos de Jujuy, ni de sus viejos compañeros y adversarios. Tampoco quise preguntarle por qué había desaparecido de la escena pública. Seguramente tenía muchas cosas que decir. Pero no me interesaba convertir aquel encuentro en un interrogatorio. Estábamos en un bar. Yo había salido de una librería de usados y me había encontrado con uno de mis ídolos de juventud. Eso era todo.
Antes de irme le dije que había pagado su almuerzo y el de su compañera. Se sorprendieron.
—¿Pero por qué?
—Porque alguna vez me hiciste feliz, Perro. Y porque en los noventa eras un ídolo para nosotros.
Nos dimos un abrazo. También abracé a su mujer. Después salí a la avenida Santa Fe con una alegría difícil de explicar. Había invitado a almorzar al Perro Santillán.
* * *
Un rato después manejaba por la autopista rumbo a La Plata. Pensaba en aquella historia en el estudio de Radio Universidad, en Carloncho frente a una consola, en Hebe con el teléfono en la mano haciendo de poli. Me preguntaba qué habría pensado cualquiera que escuchara esa emisión sin saber quiénes eran los actores. De repente mandé una serie de audios a Carloncho, que enseguida respondió.
—Che, no sabés con quién me crucé recién.
—Con el Perro Santillán —me contestó.
—¿Cómo sabés?
—Porque me acaban de llamar ellos. Me contaron que te encontraron en un bar.
Nos empezamos a reír.
—Era una cosa desopilante— me dijo Carloncho. Hebe hacía de policía y el Perro del camionero. No te imaginás lo que eran esos dos. Yo no podía seguir el programa porque me tentaba.
Me contó que la semana siguiente Hebe había interpretado a María Julia Alsogaray.
—¡Le salía igual! ¡Igual! —gritaba Carloncho—. Vos no sabés cómo imitaba a María Julia. Era una cosa impresionante.
Yo seguía manejando y riéndome. Todas estas cosas se escapaban de la historia. Entonces se me ocurrió preguntarle a Carloncho:
—Che, ¿vos tenés las grabaciones de esos programas?
Del otro lado hubo un silencio.
—No, Julián.
—¿Cómo que no?
—Las perdí.
—¿Todas?
—Todas. Me quiero matar.
No dije nada. Hebe ya estaba muerta. El Perro seguía vivo, pero casi nadie lo reconocía. Y las grabaciones de aquel radioteatro se habían perdido.
—Me quiero matar —repitió Carloncho.
Seguimos un rato en silencio. Miré por el parabrisas. Ya estaba llegando a La Plata.
—Bueno, Carloncho —le dije—, entonces esta es la nunca contada de toda esa historia.

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