
Foto: Lucía Benetti.
La obra Caballito de batalla, escrita y dirigida por Gastón Díaz, exhibe con ternura, preciosismo fotográfico y actuaciones destacadas las penosas instancias de una ruptura amorosa

Por Andrés Maguna

Calificación: 4/5 Tatitos
Domingo 25 de octubre del 2026, a las 19.55. Recién cayó la noche. Mientras en Brasil se pelea cabeza a cabeza el balotaje entre Lula y Bolsonaro Jr., en este rincón del sur del continente llamado Rosario está por dar su última función la obra Caballito de batalla. En la vereda del Teatro de la Manzana, mientras estaciono la moto, se me acerca un muchacho de gorrita, con piercings en los labios, y me saluda: “Hola Pipi, ¿cómo andás? ¿Venís al teatro?”. “Hola Pupu, yo ando bien. ¿Vos?”, le contesté, y entablamos una amable conversación en la que me dijo que se llamaba Josué Ezequiel. “Qué nombres –le comenté–. Josué y Ezequiel, dos famosos profetas del Antiguo Testamento”. “¡Sí, es cierto! ¡Qué loco!”, me contestó, y le conté que a mí me habían puesto los nombres del primero de los apóstoles y el del primer mártir del cristianismo (mi segundo nombre, Esteban), pero por alguna razón esta información pareció sobrepasarlo y se limitó a decirme que me cuidaría la moto, y que después, al terminar la función, si tenía algo de dinero, todo bien, y si no también.
El teatro de la vida es así, incongruente y pleno de sorpresas cuando hay disposición de apreciarlo, por más que uno trabaje un domingo a la noche y que ese trabajo sea el de crítico teatral, que viene a ser como una rareza en la rareza (soy consciente de ello). Pero el comienzo digresivo de este texto, que intenta ser una crítica, tiene que ver con algo fortuito que pasó al final de Caballito de batalla y que ya les contaré.
La síntesis de este drama queer es simple: la pareja conformada por Ivi (Felipe Haidar), bailarín, y Sebastián (Juan Nemirovsky), fotógrafo, atraviesa un punto de quiebre con la aparición de Alcides (Emiliano Dasso), un maestro mayor de obra que trabaja en una construcción junto a la casa de los tortolitos y seduce a Sebastián.
Tanto la caracterización de los personajes (fruto de la dramaturgia) como su composición (mérito de los intérpretes), resultan lo mejor de la obra, y también destaca el encuadre escénico por su tono eminentemente fotográfico, el que con cierta originalidad acompasa un juego de entradas y salidas de escena que difuminan la percepción del paso del tiempo ficcional, así como la transiciones.
Por su estructura, el guion no ahonda en la psicología de los personajes, sino que retrata de manera discreta las particularidades de cada uno de ellos, cargando las tintas en el factor de lo que sugieren, con microgestos y mínimos retruécanos discursivos que aluden a la intencionalidad irónica, o humorística, y a las sensibilidades implicadas.
En la función a la que asistí, el público (unos 50 espectadores) pareció disfrutar de la “amabilidad” propuesta por Caballito de batalla, y muchos se rieron con ganas en unos cuantos pasajes, sin que hasta ahora pueda entender por qué motivo, porque se trata de un drama sin visos de comedia ni de burlesque, aunque sí puedo admitir que alguien se identifique con la tierna ironía que a veces surge, y queda expuesta, en quienes sufren el abandono amoroso.
La única contra, en mi poderación parcializada (el Tatito que falta para la excelencia), radica en la vuelta de tuerca que le falta a la dramaturgia del director Gastón Díaz para ajustar eso que insinúa sobre la irrupción de lo impensado, la volubilidad de las relaciones que no evolucionan y el hastío existencial cuando uno se empeña en establecer espacios de confort. Pero a la vez lo entiendo, a todos nos pasa (creo, tengo la sensación): el modo lineal, paradigmático, unívoco, monocorde, previsible, con que la IA va imponiendo los modos de narrar va permeando hasta los intelectos más resilientes, y aunque nos resistamos a reconocerlo, nos vamos debilitando en la carrera creativa y aprovechamos algunos “descansos”, como recurrir a palabras que “son las que van”, como “permeando” y “resilientes”. Siendo así, aunque nos demos cuenta en el acto, no podemos evitar la sonrisa que no cuestiona o el silencio que elude la crítica, porque no se puede poner en jaque al contrincante que juega sin imaginación para ganar por cansancio.
Tras los 68 minutos que duró la puesta en escena, el público aplaudió de manera moderada, bastante brevemente, y subió el director al escenario para saludar, agradecer al público y nombrar a los otros integrantes del staff, con lo que se reanudaron los aplausos, pero justo cuando volvían a menguar el actor Dasso, que se había ido tras bambalinas unos segundos, exclamó, radiante de alegría: “No sé si alguno sabe, si alguien está conectado a redes, pero ¡ganó Lula!”. Entonces los aplausos arreciaron, hubo hurras de victoria, una apoteosis celebratoria, como si todos los presentes fuéramos brasileños del PT.
Saliendo a la calle entre gente que se abrazaba con lágrimas de alegría en los ojos (no exagero), le comenté, sin ánimos sarcásticos, a un periodista conocido: “La noticia del final fue lo mejor de la obra”. “Sin dudas”, me contestó.
En la vereda, mientras le daba dos míseros billetes a Josué Ezequiel por el cuidado de la moto, se me ocurrió preguntarle: “¿Te enteraste que ganó Lula?”. “¿Y ese quién es?”, fue su respuesta.

Ficha:
Título: Caballito de batalla. Dramaturgia y dirección: Gastón Díaz. Actuaciones: Felipe Haidar, Juan Nemirovsky y Emiliano Dasso. Asistente de producción: Gastón Miranda. Asistente de dirección: Dana Maiorano. Fotografía: Lucía Benetti. Difusión: Gisela Sogne (Pulpo). Coproducción de Teatro de la Manzana (Rosario) y Liebre de Marzo (Gualeguay). Sala: Teatro de la Manzana.
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