El lugar del Rey (2)

Extracto de Las meninas de Picasso.

Nueva entrega de esta sección dada en llamar Lectores en filosofía: el profesor Julio Cano, desde Montevideo, hoy nos trae una serie de lecturas de Foucault sobre Las meninas de Velázquez.

por julio cano

Dijimos en la nota anterior que el filósofo francés Michel Foucault podría integrar la lista de los tres filósofos de la sospecha (o de la ruptura, como quiere una de nuestras filósofas). Por esto, a continuación, reproducimos algunos textos del capítulo I de Las palabras y las cosas, titulado «Las meninas». Los paréntesis indican intervenciones nuestras, el resto es textual de Foucault (es imprescindible, además, tener a la vista una representación del cuadro):

(Velázquez representado pintando):

Su talle oscuro, su rostro claro son medieros entre lo visible y lo invisible.

Como si el pintor no pudiera ser visto a la vez sobre el cuadro en el que se le representa y ver aquel en el que se ocupa de representar algo. Reina en el umbral de estas dos visibilidades incompatibles. (P. 13)

Asi pues, el espectáculo que el pintor contempla es dos veces invisible: porque no está representado en el espacio del cuadro –se ve únicamente la parte de atrás del bastidor– y porque se sitúa justo en este punto ciego fuera del cuadro.

(Ese punto ciego es al mismo tiempo el de nuestra mirada y es en donde se sitúan los retratados, es decir, los monarcas, Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. Paradoja central: el punto central de la percepción de Velázquez, de los personajes del cuadro y de nosotros mismos posee una invisibilidad que no podemos superar).

Reflexiona Nora, una de nuestras jóvenes filósofas: aceptamos esta situación, que contradice la continuidad entre lo representado y lo real y que forma parte del imaginario cotidiano tanto del común de los mortales como del de los científicos. Otra vez el filosofar viene a importunar la tranquilidad de las certidumbres.

(Contemplar este cuadro):

En apariencia es simple; es de pura reciprocidad: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor. No es sino un cara a cara, ojos que se sorprenden, miradas directas (…) Y, sin embargo, esta sutil línea de visibilidad implica a su vez toda una compleja red de incertidumbres (…) El contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar. Ninguna mirada es estable (…) el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito. ¿Vemos o nos ven? (p. 14)

(Lo que se está pintado nos es hurtado):

De lo representado en el caballete no vemos más que el revés de color mate. El otro lado de una psique.

(El espejo del fondo):

De todas las representaciones que representa el cuadro, es la única visible, pero nadie la ve (…) No hace ver nada de lo que el cuadro mismo representa. Su mirada inmóvil va a apresar lo que está delante del cuadro, en esta presencia necesariamente invisible que forma la cara exterior, los personajes que ahí están dispuestos. En vez de volverse hacia los objetos visibles, este espejo atraviesa todo el campo de la representación, desentendiéndose de lo que ahí pudiera captar y restituye la visibilidad a lo que permanece más allá de toda mirada (…) Lo que se refleja en él es lo que todos los personajes de la tela están por ver, si dirigen la mirada de frente; es, pues, lo que se podría ver si la tela se prolongara hacia adelante (Nota mía: el espejo refleja lo no representado pictóricamente).

El espejo, en fin, permite ver, en el centro de la tela, lo que por el cuadro es dos veces necesariamente invisible. (Nota mía: no se ven los monarcas reales ni al espectador que pasa por delante en el museo y tampoco lo que está pintando Velázquez).

(Como correlato agregamos otra frase del texto):

Un maestro de Velázquez, Pacheco, decía: “La imagen debe salir del cuadro”.

(p. 18) Así pues, será necesario pretender que no sabemos quién se refleja en el fondo del espejo, e interrogar este reflejo al nivel mismo de su existencia.

(p. 19)

Rafael, otro de nuestros amigos filósofos, ante estas inquietantes reflexiones de Foucault, no desea agregar nada, sino que lee un fragmento de un poema de Borges:

Yo, que sentí el horror de los espejos

No sólo ante el cristal impenetrable

Donde acaba y empieza, inhabitable,

Un imposible espacio de reflejos

(…)

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

Paredes de la alcoba hay un espejo,

Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

Que arma en el alba un sigiloso teatro.

(…)

Dios ha creado las noches que se arman

De sueños y las formas del espejo

Para que el hombre sienta que es reflejo

Y vanidad. Por eso nos alarman.”

(«Los espejos», incluido en «El hacedor», 1960).

Rafael quiere insistir en ese sigiloso teatro, que le da la impresión que hace parte de esa enorme sala de El Escorial reproducida con tanto detalle por Velázquez. Volvemos al texto de Foucault:

(La figura del fondo, que no sabemos si está por entrar o salir):

El visitante que no sabemos si esta entrando o saliendo, en un balanceo inmóvil.

Dice Laura que el comportamiento ambiguo de ese personaje es indicio del planteo igualmente ambiguo del pintor.

(Las figuras del Rey, Felipe IV y su esposa, Margarita de Austria):

Estos dos personajes están ausentes y esa laguna es otro artificio del pintor.

(Foucault entonces amplia su análisis): quizá, en este cuadro como en toda representación en la que, por así decirlo, se manifieste una esencia, la invisibilidad profunda de lo que se ve es solidaria de la invisibilidad de quien ve).

(…) Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos con sus imágenes, las miradas, los rostros que hace visibles, los gestos (…) Pero allí, en esa dispersión (…) se señala un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta (los que posan para ser retratados tanto como cualquiera de nosotros que pase y contemple esta obra en el Museo del Prado).

(Y concluye:) Dada esta invisibilidad de lo central, la representación puede darse como pura representación.

(p. 25).

Esa frase final abre toda una crítica a la representación moderna, para la cual la representación es un espejo de la realidad que nos circunda. Si seguimos a Foucault (y a muchos otros pensadores contemporáneos) la representación moderna es una manera de encarar la realidad que se apoya en sí misma. Esta posición sigue vigente con mucha contundencia pero no supone que toda mirada de un humano hacia la realidad o hacia sí mismo como objeto tenga que ser verdadera y única.

Dice un autor contemporáneo: el mapa no es el territorio. Y nosotros lo que percibimos son mapas y no la realidad en sí misma. Decir esto es un radical desmentido entre la correspondencia clara y distinta entre el mundo representado y el sujeto que lo capta, que es una tesis central de la teoría del conocimiento moderna.

Por el contrario, captamos lo que las modalidades de percepción de nuestro mundo (de nuestra cultura, de nuestro lenguaje, de nuestros gustos, deseos, tendencias,…) nos constriñen a captar. No existe un modelo universal de captación perceptiva que funcione como tal para relacionarse con lo real circundante.

Concluyamos con una humorada. Uno de nuestros lectores es, además de aficionado a la actividad filosófica, profesor de dibujo. Hace un tiempo le tocó trabajar con un grupo nuevo en un liceo nocturno. Para entrar en confianza les dio una hoja de dibujo y les pidió que dibujaran y/o pintaran lo que les viniera en ganas. Al día siguiente se encontró con nosotros y, naturalmente, le preguntamos cómo le había ido. “Nunca había recogido, dijo, tantas casitas en un campo nevado y con pinos a su alrededor”

En un país donde la nieve es desconocida, claro. Y donde las casas de campo no son a dos aguas. Esos trabajos seguían las directivas de un sentido común por completo ajeno a las posibilidades propias. Un modelo generalizado representativo a ultranza.

Si le mostráramos Las meninas casi seguramente se dedicarían a lo más directo de lo representado. No lo interpretarían, pero no por ignorancia, limitaciones estéticas ni desinterés sino por la fuerza pregnante de lo que llamamos «sentido común» que, es , de suyo, no reflexivo. Y que constriñe a captar, con la fuerza de la costumbre.

Entre la costumbre instalada y el filosofar nunca hay buenas relaciones.

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