Las narraciones y nosotros

Feria Tristán Narvaja en 1920. Portal Montevideo Antiguo.

La literatura en el escenario de preguntarnos quiénes somos y por qué nos contamos historias

Por Julio Cano

¿Quién es cada uno de nosotros? Nuestra identidad se edifica y va tomando forma con las historias que contamos —o las que otros cuentan— acerca de nosotros, sea que relaten lo que nos ha pasado, o lo que nos pudo o lo que quisimos (o no quisimos) que nos pasara. Y cuando lo que nos pasa es hecho narración ya no pasa sino que queda, nos queda y nuestro yo se hace uno y se crea y recrea con nuestra narrativa  

Jerome Brunner

Digamos que, en tanto solidaria de su tiempo histórico, una persona humana es histórica en cuanto a su modo de ser. A ello debe agregarse que todo individuo es cambio, proceso en curso, sucesión de aconteceres (en relación a los cuales se habla de su historia). Por modo histórico de ser o historicidad habría entonces que entender una consecuencia de la forma particular de estructurarse temporalmente la existencia humana.

                                                                                    Mario Sambarino

Tenemos a la vista dos frases que nos van a permitir profundizar en lo que deseamos: las narraciones y la historicidad en la conformación de lo que somos como humanos. Sigmund Freud observó que cada uno de nosotros se parece bastante al reparto de personajes de una novela. Lo dice en el texto El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen.

El psicoanálisis, dice, trabaja en ese sentido de una forma similar a la de los novelistas, que construyen sus obras descomponiendo su propio reparto interior, poniendo estos personajes en la página para explicar sus relaciones recíprocas. Estos, además, pueden ser percibidos en las entrelíneas de muchas autobiografías.

—Pero llamar “personajes” a nuestras múltiples voces interiores —dice Andrea—  es quizás una exageración, aunque esas voces están constantemente ahí y se dejan oír, tratando de arribar a acuerdos o disputando.

—Una construcción narrativa de la subjetividad de un alcance vasto tratará de hablar en nombre de todos, pero nosotros ya sabemos que no existe una sola buena historia  que sea capaz de hacerlo. Porque la interrogante dominante es esta: ¿a quién se le narra y con qué finalidad? La respuesta remite a una construcción narrativa extremadamente compleja y sin solución de continuidad que implica procesos recursivos, abiertos —esta reflexión pertenece a José, quien intenta desde hace un tiempo aplicar los conceptos principales de la complejidad a temas psicológicos.

Interviene Jonia:

—Admitimos que nos vamos construyendo y deconstruyendo a nosotros mismos por medio de narraciones, luego: ¿por qué es tan esencial la narrativa, por qué necesitamos de ella para definirnos, especialmente en la estructura social? Los antropólogos avalan esto cuando señalan que el talento narrativo es un rasgo distintivo del género humano tanto como lo son la posición erecta y el pulgar oponible. Además,  y esto no es un asunto menor, parece que la narrativa es nuestro modo de usar el lenguaje para caracterizar esas desviaciones omnipresentes de las regularidades (a las que llamamos situaciones inesperadas). Haciéndolo, conjugamos el temor o, al menos, le fijamos límites.

—Ninguno de nosotros conoce exactamente la historia evolutiva de su origen (su ontogenia) pero ello no es óbice para seguir investigando de manera narrativa nuestras peripecias anteriores y actuales y cómo ellas se conectan orgánicamente con nuestras identidades (por provisorias que éstas sean). Estas investigaciones existenciales (llamémosles así) son imprescindibles para mantener el sentido de la subjetividad. Tanto que se puede afirmar que su construcción progresiva no puede avanzar sin la capacidad de narrar —esto lo señala Rodrigo, quien se esfuerza por estudiar el rol de la cultura en la conformación de las subjetividades—. Ahora bien —sigue diciendo—  se señala con potentes argumentaciones que las narraciones, sea las que nos contamos a nosotros mismos, sean las que vamos construyendo, o las que se cuentan de mí o sobre otros, todas ellas extraen sus fuentes de la cultura, no de lo imaginario.

Preguntas pertinentes: ¿Las narraciones tienen su fuente en la cultura como acabamos de señalar? ¿O son el resultado de complejas interrelaciones entre lo cultural y lo biológico?

Sobre esto encontramos respuestas variadas que defienden una u otra tesitura. Nuestros filósofos se decantan por la segunda alternativa, defendiendo que somos el resultado de múltiples articulaciones biológico-culturales y que no podemos analizar nuestras narrativas con criterios dualistas. Que nuestras historias deriven de fuentes culturales no supone que dejemos de tener en cuenta el rol de la biología. Ahora, ¿cómo exponemos lo biológico en nosotros a la hora de narrar? No podemos hacerlo, claro está, apelando a la directa biología. El argumento supone referir al papel de lo inconsciente, ese inmenso universo que nos constituye en el mismo sentido en que lo hacen los procesos conscientes y  racionales.

Nota: El papel que juega en este escenario la literatura es enorme. Tanto que se pueden extraer de algunas obras un detallado panorama de nuestras características psicológicas y culturales. Aunque los escritores no se propongan hacer filosofía, sucede que en sus trabajos terminan por decantarse múltiples aspectos de los personajes que refieren a su sentido existencial. Sirva de ejemplo la novela de Italo Svevo «La conciencia de Zeno«, donde la intención de describir los estados de animo del protagonista son declarados ya desde el título. Esto tienta a pensar en detenerse en obras literarias para estudiar nuestras narrativas, lo que haremos en otra ocasión.

Sigamos. Tenemos que la interrelación biológico-cultural es la fuente de nuestras narraciones y de las narraciones de otros que, a su vez, conforman buena parte de lo que constituye nuestra subjetividad.

—Hay algo que me lleva a enunciar que soy un conjunto de narraciones que se van encarnando en una historia dentro de otras historias —dice Andrea—. Eso es genial, pero… ¿Se concreta en una personalidad definida? Digámoslo de otro modo: ¿somos una sucesión de narraciones que no tiene centro?, ¿o, por el contrario, existe un núcleo aglutinador de nuestras historias narrativas?

—Para la filosofía budista —explica Elisa— no existe una personalidad central, un yo que sintetice en un núcleo que no cambia esas historias que, por su parte, están precisamente  cambiando de continuo. Por ejemplo, si miro antiguas fotografías mías, desde que era un bebé hasta ahora, pasando por mi juventud, puede ser que se me ocurra evocar una personalidad, un yo que actúe como núcleo duro y que permanezca a lo largo de las peripecias que las fotos ilustran. Dicen los budistas que suponer que exista tal yo permanente por detrás de los cambios es una ilusión. Lo que existe es la impermanencia, el cambio continuo.

—Pero —interviene Jonia— puedo preguntar ¿Cómo es que siento con tanta fuerza que existo como una continuidad, como una personalidad por encima y más allá de los cambios? ¿No seré una Historia (con mayúscula) que aglutine todas las historias?

—Para mí —dice José— es así como me experimento y como experimento a los demás. Y uso la palabra “experimento” con total conciencia, ya que me involucra en todo lo que soy, no sólo en mi racionalidad. Son dos posiciones contrarias. O existe un centro que aglutina en nosotros una sola historia (por cambiante que sea) y que podemos llamar “personalidad” o “yo”. O sólo existen experiencias cambiantes que semejan contener tal centro pero que no lo tienen sino que la realidad es la de historias que se van sucediendo continuamente sin referencia a un centro.

Nuestros amigos filósofos no logran llegar a un acuerdo que compatibilice ambas posiciones. En definitiva, se trata de optar por una u otra. Aunque no es esta una alternativa cómoda, ya que no nos otorga una base conceptual sólida que permita adecuar nuestras concepciones a lo que sostiene el sentido común. ¿Es esta manera de asumir la situación una postura con fundamentos? Dice un conocido texto acerca del sentido común: “El sentido común no es otra cosa que nuestra historia corporal y social” (Varela, F., E. Thompson y E. Rosch, De cuerpo presente, p. 178); vale decir, lo que nuestro cuerpo y nuestra cultura admiten como evidentes.

—Con lo cual —señala Andrea— se nos está invitando a asumir una posición basada en lo que habitualmente asume nuestra cultura como cierto. Mejor dicho: como evidente.

—Vemos —dice José— cómo se mantiene en estas reflexiones lo señalado en el fragmento de Sambarino del principio: en tanto solidarias de su tiempo histórico, las personas son históricas en cuanto a su modo de ser. Se posicionan en referencia a su tiempo histórico en el que se sitúan como procesos. Es un posicionamiento relativo, que no nos otorga más certezas de las que tiene nuestro propio contexto, nuestra propia cultura. Dado que esto nos sitúa en un relativismo conceptual, es necesario seguir reflexionando.

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