Las demoras necesarias

Busto del filósofo griego Aristóteles.

La prudencia de Aristóteles: del Bhagavadgītā a Byung-Chul Han. ¿Qué sucede hoy? ¿Qué nos sucede hoy?

Por Julio Cano

Desde hace un tiempo venimos pensando en la posibilidad de escribir sobre la prudencia, en un momento del mundo en que todo parece volverse más difícil, intrincado y sin esperanzas. No intentamos referirnos a cualquier forma de prudencia sino a la que, en el mundo antiguo, alcanzó una madurez capaz de seguir influyendo más allá de su época, por su profundidad y por su capacidad de ser traducida a la práctica cotidiana. Se trata de la prudencia tal como la pensó y escribió Aristóteles en La ética a Nicómaco.

A propósito de la influencia de los autores clásicos en la filosofía contemporánea, se señala que llegan a ser autores de textos fecundos en enseñanzas para nuestro presente cuando se los considera en su contexto, esto es: cuando se los le y estudia como antiguos. La distancia de su tiempo es desde donde pueden decirnos algo sobre el propio contexto en que vivieron y pensaron y, de ese modo, permitirnos pensar nuestra propia peripecia vital con ese espejo de antaño enfrentándonos. No hacer que los clásicos se transmuten en modernos, sino que continúen manteniendo su estatuto de clásico, de aquel que aún no ha dicho todo lo que tiene para decir.

Así tenemos nuevamente algunos interrogantes filosóficos que suponen la base desde la cual reflexionamos: ¿Qué sucede hoy? ¿Qué nos sucede hoy? A los que solapamos interrogantes referidos al contexto aristotélico y al propio filósofo: ¿Qué sucedía en época de Aristóteles? ¿Qué lo llevó a encarar el problema de la prudencia de la forma en que lo hizo?

¿Qué es lo que supone la prudencia para nosotros? A pesar del texto anterior, no iremos enseguida a encontrarnos con Aristóteles, sino a preguntarnos qué supone para nosotros, hoy. ¿A qué llamamos un comportamiento prudente?

Nos parece que dos elementos integran la prudencia: la demora en la acción, una demora que llamaremos justa; y la lucidez del camino medio.

La demora justa evita —o intenta hacerlo— dos plagas: la indecisión y la precipitación. Como se observa, apela a un accionar situado en un justo medio. Antes de la acción se debe asumir la detención reflexiva.

El que busca actuar prudentemente sabe, con lucidez, que solamente puede moderar su propia práctica, no la de los otros, de manera que se mantiene alerta respecto de ella. Tal demora justa está íntimamente vinculada a lo que llamaremos el alerta del guerrero:

Por lo que se cuenta en un texto clásico de la cultura japonesa, el samurái que se apronta para el combate tiene su atención consciente enfocada solo en su oponente. Sin embargo, tal atención es simultánea con la percepción (no–consciente) del entorno del enfrentamiento: los que rodean en círculo a los combatientes, sus gritos de estímulo o de desafío, el panorama del bosque cercano, el sonido del viento, la temperatura ambiente y un sinnúmero de otros fenómenos que no están en el foco de la atención del samurái pero que son tenidos en cuenta por su subconsciente. Estos elementos no lo distraen, pero actúan sobre él como un ruido que debe ser contenido, puesto que de otro modo jugarían en contra suyo. Es ahí que actúa la demora dada de otra manera: la demora supone un poner entre paréntesis lo que le sucede contextualmente. Lo imprescindible (o sea: ganar el combate) entra en tensión con lo que lo conforma como contexto. Este distanciamiento del mundo es tan imprescindible como lo otro, ya que si se distrae, aunque sea momentáneamente, puede ser segado en un instante.

Como acontece en la cultura clásica japonesa, en el libro fundamental de la cultura de la India, el Bhagavadgītā, sucede lo mismo: el héroe central, Arjuna, dialoga con el sabio Krishna antes de entrar en combate. En este texto la demora es muy larga y debemos interpretarla como una muestra detallada de las dificultades que encuentra Arjuna, tanto en el mundo como en sí mismo, para alcanzar la liberación. Y el texto es una mostración de los caminos que debe seguir. La apelación de su consejero es una convocatoria hacia un camino justo, camino plagado de dificultades (por eso es que el texto se refiere simbólicamente a una batalla).

Tanto en los ejemplos señalados como en nuestro propio posicionamiento, se trata de algo así como poner los acontecimientos que se avecinan entre paréntesis. Como las demoras que se pueden procesar de esta manera tienen que ser de muy corta duración, diremos que la acción enfrentada por el prudente está pautada por microdemoras. Para poder lidiar con estas situaciones se necesita práctica, una gimnasia prolongada referida al control de los pensamientos y los comportamientos; una tarea ardua, como se ve. ¿Esta situación es solo alcanzada por algunos elegidos?

La respuesta es que este modo de ser en el mundo está abierta para cualquiera y la fundamentación que de inmediato nos viene en mente es que todo esto forma parte orgánica de la reflexión, la que (defendemos esto enfáticamente) está abierta a cualquiera. De modo que la lucidez es justa en la medida que pone provisoriamente entre paréntesis lo que se le enfrenta para dilucidar qué camino tomar.

Justa significa equilibrio (siempre provisorio) entre posiciones que pueden resultar excesos o insuficiencias. Lo dejamos para más adelante, y dejamos también en suspenso lo de la lucidez como asunto central de la prudencia. (Sobre ambos conceptos avanzaremos más cuando nos dediquemos específicamente a la ética aristotélica).

El individualismo actual y su relación dialéctica con la prudencia

Con el auge del individualismo actual, la prudencia semeja una exigencia, pero del individuo sobre sí mismo (ver La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han). Vean cómo esta exigencia se opone punto por punto a la que estamos describiendo, de corte netamente social, colectivo y, como anotaremos enseguida, vinculada al orden del universo, al Cosmos que, como se sabe, significa orden.

Entonces esta exigencia contemporánea plegada sobre el individuo puede llegar a ser justamente lo contrario de sí misma, de lo que se propone como finalidad si se encierra en la subjetividad. Es decir: si asume sus límites en función de los límites del individuo.

Frente a esto, en la antigüedad, el concepto de prudencia, de mesura, de equilibrio, tenía relación directa –y de subordinación– con el orden del universo, el cosmos. Y con la modernidad se ha perdido ese orden: ya no tenemos que apoyarnos y responder a un orden mayor a nosotros. No existe un orden dado. Y desde esa alternativa se procesan exigencias sobre el sujeto que no poseen contenidos trascendentes al mismo.

La deriva de la reflexión nos ha llevado, quizás, a asumir la desmesura como constituyente de la actitud prudente ¿Puede ser?

Frente al orden del mercado nos comportamos como ciudadanos consumidores, o asumimos la desmesura de no hacerlo. La imprudencia de no hacerlo.

¿Cuándo tendremos que salirnos de la prudencia así instituida con sello neoliberal?

Se ha señalado que, precisamente, lo que tenemos enfrente es la progresiva construcción de una sociedad de la desmesura, y hay una verdadera batería de respuestas orgánicas a ella: drogas, consumismo,  violencia en todas sus formas y, lo que es de una gravedad inusitada, el olvido de la estructura social de la subjetividad.

El modelo de la ética neoliberal constituye un nuevo orden precedente.

¿Se puede ser prudente hoy en día sin conocerse a sí mismo? Ahora, lo de “sujeto” o “subjetividad” va quedando chico porque para que alguien se transforme en sujeto hay procesos muy fuertes, que no cesan jamás… ser sujeto es ser un proceso. Proceso en el cual está implicado el conocerse a sí mismo…

Entonces, ¿cómo puedo ser prudente si ni siquiera sé quién soy ni lo que quiero o deseo?

Y además hay excesos, desmesuras, que resultan ser funcionales al sistema (porque no lo cuestionan a fondo).

El prudente no es quien se abstiene de la acción, sino quien demora a favor de acciones menos conflictivas. Tal demora no responde a la ausencia de compromiso, sino a la percepción atinada de circunstancias previsibles que supongan un peligro para otros y/o para sí mismo. No es un cobarde, como puede llegar a serlo el mediocre. Es un prudente que calla o se abstiene de actuar.

El compromiso actual es solo con las propias actitudes; la sociedad es solo un marco opaco.

“El sujeto de rendimiento actual está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera no está sometido a nadie; mejor dicho, solo a sí mismo” (Byung-Chul Han, ob. Cit. P. 30).

En esta alternativa, la acción es dominante, todopoderosa. Ya no hay lugar para el ocio ni para las que hemos llamado necesarias demoras. El precio que estamos pagando por la acción es la depresión en cualquiera de sus manifestaciones. La ausencia de la capacidad de establecer paréntesis para poder pensar y actuar con prudencia. Nuestras sociedades se van convirtiendo en sociedades hiperactivas y depresivas. Es la supremacía de la vida activa contra la vida contemplativa, la supremacía del desasosiego. Ante esto es que reivindicamos los comportamientos prudentes.

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