Cine en la caverna

Amor y odio en una laberíntica función “a sala vacía” de Argentina, 1985

Por Miguel Erre

—Una poeta oriental escribió: “Dios es un problema que no existe”.

—Yo le respondería a esa mujer que por el solo hecho de nombrarlo confirma su existencia.

—Pero con ese criterio podemos dar por sentado que existen el Heliogábalo, los dragones y el unicornio azul.

—Aunque no te guste, igual sos una criatura de dios.

El diálogo es con una profesora de filosofía (estudió para monja) en un bachillerato LGTTB plus: viene a cuento porque ese lugar de freaks (yo uno más) posibilitó una salida grupal (a la que no concurrí) para ver Argentina, 1985

Frases como: “Milagro Sala es una ladrona”, “Esa Hebe es una vieja de mierda”, “¿Existe cine en Rusia?”, junto con reivindicaciones de la dictadura, han sido moneda corriente en este tortuoso último año. A la clase siguiente del intento de asesinato contra CFK, la profesora de Sociales (un faro de lucidez en el charco de mediocridad de otros docentes) instala el tema y una trava, airada, espeta: “Si le hubiera pasado a Macri no harían tanto escándalo.”

A esa misma profesora, en un grupo de Whatsapp, intentaron denostarla por el hecho de hablar de la historia del peronismo en una clase.

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“Su niñez estaba poblada de nombres, su propio cuerpo era como un salón vacío poblado de ecos de sonoros nombres derrotados. No era un ser, una persona, era una comunidad.”

El epígrafe de ¡Absalón, Absalón! de Faulkner es citado en la película M de Nicolás Prividera. El film indaga en la búsqueda del director-protagonista tras las huellas de su madre desaparecida. Pero se encarga de aclarar lo arquetípico de la búsqueda, que siendo personal no deja de ser colectiva.

—¿Estás enojado? —le preguntan en un tramo de la película.

—Por supuesto que estoy enojado, y no solo estoy enojado, creo que todos deberíamos estar enojados: esta es la cuestión. No es un enojo personal por algo que me hicieron —responde.

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“Fue conmovedor”, suelta en clase una compañera de 50 años, cuyos referentes son Mirtha y Susana, tras ver Argentina, 1985.

No vi ni El secreto de sus ojos, ni veré Argentina,1985, ni ninguna otra película pochoclera hija de puta. Darín es un actor que me resulta repelente. Pero más allá de mi subjetividad, la pregunta es: ¿A quién conmueve esa película? ¿Qué viene a legitimar? No la lucha de las madres y abuelas. Se me dirá que es una ficción. Pero con pretensiones de documento. Y todo recorte histórico es político.

A comienzos de noviembre se proyectó en CABA, en uno de esos maxikioskos de películas que se denominan multicine, una función de Argentina, 1985, “dedicada a la memoria de los desaparecidos, protagonistas de esta historia que no pudieron ver la película”:

“La imagen de la película proyectándose para nadie en una sala de cine vacía pero simbólicamente llena será impactante y nos recordará sin lugar a dudas las últimas palabras del alegato final del fiscal (Julio César) Strassera: ‘Nunca Más'”, señalaba el comunicado de prensa.

Spot de Cines Multiplex

En otra escena de M de Prividera, ante una placa sin nombre a la memoria de desaparecidos, el director hace notar que toda ausencia de nombre es una victoria de los desaparecedores. En el vomitivo video promocional de la función a sala vacía (que recuerda a Discépolo, cuando después del golpe a Perón la dictadura compra todas las entradas de una función suya para que la sala esté vacía) aparecen sendos titulares elogiosos publicados en Clarín y La Nación, justo los grupos económicos que no sólo se beneficiaron sino que apañaron y apoyaron la dictadura del 76…

Yo desconfío de quien descubra azorado a través de esta peli la aberración de la dictadura. Salvo que tenga 15 años.

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En la última clase de Filosofía del EEMPA Queer, la profesora puso un video de YouTube, hablado por una gallega, sobre la alegoría de la caverna de Platón, y después preguntó qué habían entendido. “Nada”, dijeron casi a coro. Le pregunté si no era un disparate poner un tutorial y si se iba a perder la oportunidad de hablar ella misma. Respondió que daba la clase como se le cantaba y que yo no era nadie para decirle nada. Fue mi última clase.

Pensaba en esa función a sala vacía ponderada por Clarín y La Nación (y también por Página/12) y el asco que ya me da la frase “El amor vence al odio”, esa consigna pasiva casi hermana del “poner la otra mejilla”: ¿Qué amor abstracto pudo vencer las atrocidades de la dictadura asesina? ¿Qué amor pudo vencer el cipayismo entreguista? El odio no es una categoría en sí, ni siquiera algo a vencer: es también una toma de postura. Y de defensa. No es el odio: es qué se odia, cómo se odia, qué se hace con el odio.

Pensaba, también, en todos los zombies que, como en la caverna de platón, se quedan mirando, conmovidos, el paisaje de sombras chinescas pergeñado por manos interesadas.

Página/12

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Y todas estas cuestiones me remiten a la frase famosa de Marechal: “De todo laberinto de sale por arriba”.

Nacemos y vivimos en un laberinto: a veces permanecemos en la oquedad de un rincón, reflexionando sobre nuestra condición o simplemente mirando las manchas de humedad. A veces deambulamos pasando varias veces por el mismo lugar sin percatarnos, girando en círculos, mareados y cansados. A veces alguien vuela y escapa, pero el laberinto sigue allí.

Habría que reformular la frase de Marechal y postular que de todo laberinto se sale rompiendo las paredes. Y también que para martillar esas paredes habrá que prescindir de muchos, siempre diligentes para avisarle al Minotauro. Porque el Minotauro es un mito, y los mitos (gracias a los poetas) van encarnando diferentes formas a través de sucesivas reinterpretaciones…

Quién sabe si el guardián de este laberinto no es más que un prestidigitador que, como el de la alegoría de Platón, proyecta sombras en la pantalla y nos muestra no solo un mundo que aparentemente nos conmueve sino que, y sobre todo, oculta aquello de lo que nunca iremos a hablar.

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