El verano que tuvo un solo día

Marko Alexandrovich Gabinsky. Fotos y videos de Ciro Korol.

Una piedrita para la tumba del poeta Marko Gabinsky.

Por Ciro Korol

Marko Alexandrovich Gabinsky ama construir casas de muñecas en madera. Tiene nueve años y ya posee un destornillador, un martillo y una sierra. Pero lo que más desea en el mundo es un torno como el que maniobra aquel ebanista de la calle Pushkin. Estamos a comienzos de la década del 40 en Odesa, el mayor puerto de la Unión Soviética.

Un día Marko se entera que en la feria El Pasillo hay un hombre que vende un torno. El Pasillo es una vieja callejuela adornada con un arco en su entrada. Un domingo están paseando con su padre por la feria, cuando llegan hasta allí, y Marko le señala la anhelada herramienta.

Su padre, Alexander Davidovich Gabinsky, es un médico de renombre en el barrio de la Moldavanka. El entusiasmo de su hijo es indiscutible y por eso le promete que le comprará el torno al llegar el nuevo año.

1941 llegó abrigado con las esperanzas con que los años nuevos se defienden del General Invierno. En la mesa de los Gabinsky, Marko pregunta por el torno y su padre le dice que se lo regalará si termina el cuarto grado con buenas notas en todas las asignaturas. Los largos meses del invierno pasaron despacio. Luego la primavera se instaló en los damascos, ciruelos y cerezos de los barrios odesitas.

Mientras tanto Marko seguía construyendo casas de muñecas, ahora preparaba una para regalarle a su vecina, Marina. Ya iba dejando algunas partes incompletas para finalizarlas una vez que tuviera aquel torno. Incluso empezaba a concebir la idea de hacer una réplica de la Estación de Ferrocarriles de Odesa.

No tuvo problemas en terminar el curso con buenas notas. Por lo cual a mediados de junio de 1941 su padre le dio la noticia: “Este domingo iremos al Pasillo y compraremos tu torno”.

Los sábados eran el día más lento para la familia Gabinsky, pero ningún sábado transcurrió tan despacio como aquel. Marko contaba los minutos que lo separaban de esa giratoria maravilla.

Los primeros rayos del sol del domingo 22 de junio comenzaron a brillar en el mar de Odesa. Había un clima maravilloso, el cielo jugaba a ser el mar y éste resplandecía haciendo llegar el canto de las gaviotas hasta la ventana de Alexander Davidovich, que ya se acercaba a la habitación de su hijo para despertarlo.

Lo encontró vestido y haciendo flexiones de brazos. Lo agarró del hombro. Lo levantó, lo arrastró hasta la cocina, y le dijo: “Come, después vamos al Pasillo”.

Marko se devoró la Kasha, bebió el té negro, le dio un beso a su madre y salió junto a su padre rumbo al mercado de pulgas de Odesa.

Ahora bajan los dos las escaleras del edificio comunal, el pequeño salta de dos en dos los escalones. El padre va detrás de sus lentes redondos. Abre grande los ojos y le advierte: “Cuidado las rodillas, que te tienen que durar hasta el siglo próximo”.

Salen al patio interno. Alexander cubre con una mano el hombro de su hijo y así abrazados atraviesan en diagonal el desolado patio que otrora escuchó los pasos del gran cuentista hebreo Isaak Bábel. Marko miró hacia la ventana de su vecinita Marina. “Debe estar durmiendo”, pensó. “Esta misma noche seguro voy a poder sorprenderla con alguna pieza fabricada en el torno”.

No estaba Marina ni nadie más en el amplio patio del edificio.

–Es temprano –le dijo Alexander Davidovich a su hijo–. Si tenemos suerte nos alcanzará para darnos un baño en el mar antes de ir al Pasillo.

Marko saltó entusiasmado mientras salían a la calle. “¡Ven para acá!” le dijo su padre y lo tomó de la mano. En la calle tampoco se cruzaron a nadie. El pequeño Marko pensó que más tarde todos saldrían a disfrutar de la felicidad del primer domingo estival y entonces él se metería adentro de su casa para construir su mundo. Tenía un larguísimo verano por delante, con suerte podría hacer la Estación de Ferrocarriles de Odesa y una sinagoga en miniatura.

Caminaban cuesta abajo hacía la avenida cuando de repente la voz de una vecina asomada desde la ventana los cortó en seco. Era una época en que las paredes tenían ojos y el frío corrió por la sangre de Alexander Davidovich cuando oyó a su vecina gritar.

–¡Eh, ustedes dos! ¡¿Qué hacen?!

El padre apretó instintivamente la mano de su hijo. Era una vieja conocida pero su tono de voz le resultaba amenazante. No había pasado mucho del 37 y Alexander Davidovich sabía que por su nacionalidad hebrea tendría problemas con Joseph Stalin.

–¡¿No saben lo que pasó?! – exclamó la vecina.

–¿Qué?

–¡Estalló la guerra!

–¿Cómo?

–Con los alemanes –gritó la vecina y cerró la ventana, como si una voz la llamara de adentro.

Ellos se quedaron inmóviles en la vereda. La mano de Alexander apretando aún la pequeña mano de Marko; la otra, dentro del bolsillo, estrujaba los rublos que había ahorrado durante casi un año para comprar aquel torno.

De repente la calle pareció más vacía todavía. Las palabras de la mujer, rebotando en el aire entre las paredes amarillentas, se confundían con las gaviotas hasta ahogarse en el Mar Negro.

Ninguno de los dos dijo otra palabra. Volvieron a la casa. Un año antes el padre había estado en la guerra, pero había sido con Finlandia. Ahora, era con los alemanes.

La madre de Marko, Sara Arkadievna, estaba lavando los platos cuando regresaron y les preguntó: “¿Qué se olvidaron? ¿Se arrepintieron?”. El padre no contestó nada. Abrió la radio. El discurso del General Molotov ya había comenzado.

“…y el camarada Stalin me ha encargado realizar el siguiente anuncio: hoy a las 4 de la mañana, sin responder a un ataque de la Unión Soviética, sin declaración de guerra previa, las tropas alemanas invadieron nuestro país, atacaron nuestras fronteras en muchos sitios y bombardearon con sus aviones nuestras ciudades. Kiev, Kaunas, Minsk, y muchas otras”.

Los tres estaban abrazados. ¿Cuánto tardarían en llegar a Odesa? ¿Harían lo mismo con ellos que lo que habían hecho en Polonia? La voz del General Molotov rugía hipnótica:

“…esta guerra no es contra el pueblo alemán, ni contra los filósofos alemanes, o sus intelectuales, esta guerra es contra el fascismo…”

Tres días después Alexander Davidovich era acompañado por Marko y su esposa a la Estación de Ferrocarriles de Odesa.

–Ahora la vas a ver cuando lleguemos –me dice Marko–. Aunque los rumanos y los alemanes la destruyeron, después se reconstruyó y quedó más grande todavía, aunque no tan hermosa como era antes de la guerra.

Antes de seguir con la historia, Marko, a quien conocí una tarde de junio de 2015 después de haberme sentado a su lado en el vagón del tren que une  Kishiniev con Odesa, me dice en voz baja:  “¿Ves esos chicos que están allá?”, señalando una parejita de rubicundos mochileros que leen guías de turismo a tres butacas de nosotros.

–Son alemanes –me dice–. ¿Tú sabes las cosas que hicieron los alemanes?

Marko  Alexandrovich Gabinsky ha logrado que sus rodillas lleguen hasta el siglo XXI. Apoya sus manos en ellas, mientras contempla los campos de girasoles ucranianos pasando por la ventanilla del tren.

Marko  Alexandrovich Gabinsky

Tres días después del inicio de la Gran Guerra Patria, el 25 de junio de 1941, Marko se quedó con su madre en el andén de la estación de Odesa, mientras su padre, Alexander Davidovich, se alejaba en un tren con destino Moscú.

Sara Arkadievna, su madre, era enfermera y laburaba en el hospital de inválidos. En los subsuelos del hospital refugiaron a todos los enfermos que pudieron ingresar mientras los bombarderos rumanos y alemanes destrozaban la Perla del Mar Negro.

Sara Arkadievna sabía que aunque no debía contagiar el temor a su hijo Marko, tampoco podía demorar la partida. Desde el 22 de junio su vida estaba en riesgo, como la de todos sus correligionarios. Si seguían en la ciudad al arribo de las tropas alemanas, deberían coserse una estrella amarilla. Y luego con toda probabilidad les tocaría vivir el horror en carne propia. Cada día que pasaba el riesgo aumentaba. La línea de los invasores se acercaba a la ciudad. Los alemanes ahora estaban sólo a unos pocos kilómetros. Llegarían en cuestión de días.

Al fin, Sara Arkadievna consiguió que accedieran a llevarlos en uno de los últimos barcos de evacuados. En aquel buque iban todos los enfermos del hospital, incluidos, por supuesto, los niños inválidos. Si los dejaban en el hospital, los alemanes los matarían.

–Antes de abordarlo recordé la vieja tradición de besar el fondo del mar –me confiesa Marko–. Lo hice justo antes de subir al barco, me metí al agua y besé el fondo de nuestro Mar Negro. Es una tradición bastante arcana, secreta, pocos lo saben pero entre nuestro grupo de chavales teníamos esa costumbre, tocar el fondo del mar con los labios y pedir un deseo. Siempre creí que eso había contribuido a salvarme la vida.

Sus ojos brillan de emoción mientras recuerda que al barco lo escoltaba un caza submarinos, y que durante el trayecto hundió a un sumergible enemigo. Lo que más temían durante esos días eran las bombas subacuáticas. “Tú sabes que algo que recuerdo, también, es que mar adentro, el mar es negro de verdad; ahí fue que entendí por qué los antiguos marineros lo habían nombrado así”.

Desembarcaron en Sebastopol, y unos días después volvieron a embarcar hasta Novo-Sibirsk, donde le dieron un permiso para instalarse en el Cáucaso. Marko pasaría la Segunda Guerra Mundial entre Georgia, Kazakstán y Siberia.

Su padre había sido asignado como médico de un batallón de infantería destinado a la defensa de Moscú.

–Si se perdía Moscú iba a ser muy difícil –me dice Marko–. La primera mitad de la guerra fue muy triste. Cada día nos llegaban partes de guerra nuevos y cada día eran más decepcionantes. Los alemanes arrasaban todo. Lo peor fue cuando nos llegó la noticia de la masacre del 23 de octubre en Odesa. Habían metido a todos nuestros vecinos en una fábrica y los habían prendido fuego.

Desde Moscú, Alexander Davidovich les escribía cartas a Marko y a Sara. Desde allí hizo un envío postal que cambió para siempre la vida de su hijo. Fue una modesta encomienda que le envió envuelta en papel de cartón, con un cordón de zapato haciendo de moño.

En medio de esa gran catástrofe dos manos de padre envían por servicio postal hasta las manos de su hijo un libro. En los aciagos días de la defensa de Moscú, Alexander Davidovich hace el íntimo paréntesis para enviar un pequeño volumen de relatos a su pequeño Marko, sabedor de que quizá es el último regalo que le hace.

Cuando Marko abre el paquete descubre un libro de relatos: Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving.

Un niño judío en la Unión Soviética, refugiado ante el asedio de las tropas germano-fascistas, en una aldea perdida del Cáucaso, recibe de su padre, que está en el frente de Moscú, un libro de un escritor norteamericano que un siglo antes enamorado de la España arábiga escribió un puñado de relatos.

Marko me contó que a través de esas historias granadinas fue que empezó a amar la lengua española, “el amor a la carpintería se tornó, valga la expresión, un amor a las lenguas, por eso me hice lingüista, y poeta”, afirma Marko Alexandrovich Gabinsky.

Marko cantando una canción de la Guerra Civil española.

En 1943, el padre sería dado de baja por un largo período debido a una herida grave, y toda la familia se volvería a reunir para relocalizarse en Siberia. En ese entonces Marko comenzó a trabajar repartiendo periódicos. Era el primero en enterarse las últimas novedades del frente.

El 9 de mayo de 1945 gritó a viva voz, repartiendo el diario: “La guerra terminó. Este es el día de la Victoria”.

Poco a poco todo retornaría a la normalidad. En 1946 le otorgarían el permiso para volver a residir en Odesa. 

Cuando Marko volvió tenía 14 años, y en su ciudad faltaba mucha gente. La alegría de la victoria fue muy corta. De los 200.000 judíos que había antes de la guerra quedaban muy pocos. Era la misma ciudad, pero era otra.

También los prisioneros de guerra eran los mismos pero eran otros. La ciudad de Odesa, como tantas, estaba llena de prisioneros de guerra alemanes que trabajaban en la reconstrucción de los edificios que ellos mismos habían contribuido a destruir.

Una tarde estaban en la dacha de verano Alexander Davidovich y su hijo. Almorzaban a la sombra de la parra cuando sienten que alguien aplaude y grita en alemán. El padre se levanta y va hasta el umbral de la entrada. Marko lo sigue. El padre de Marko pregunta asustado qué es lo que ocurre.

–El hombre que estaba allí tenia una cara de SS imposible de confundir –me asegura Marko–; y allí estaba ahora, unos años después, pidiéndonos agua. Si nos hubiera a encontrado a nosotros antes, quién sabe las cosas que nos hubiera hecho. Mi padre volvió hasta la cocina sin decir una palabra. Y cuando vi que le llevaba una jarra llena de agua, exclamé: “¡¿Qué haces?! ¡Es un fascista!” Mi padre me dijo que la guerra ya había terminado y ahora había un hombre que tenía sed, y nosotros teníamos agua.

Marko observa por la ventanilla. “Llegamos, otra tarde nos reunimos a tomar un té, ahora ve a disfrutar de Odesa, y recuerda el secreto de los antiguos: besar el fondo del mar te traerá suerte.”

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