Monje atado, marica suelta

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Foto: Caro Tacca

Teatro danza político y religioso de “La cura, memorias invertidas”, tragicomedia unipersonal de Gastón Onetto maravillante y redentora

Por Andrés Maguna

La obra teatral La cura, memorias invertidas, creada e interpretada por Gastón Onetto, llegó desde la ciudad de Santa Fe al rosarino Teatro de la Manzana y dio el ejemplo de que una puesta escénica de teatro danza puede alcanzar la perfección conceptual (decir de manera inmejorable lo que tiene para decir) en una redondez sin fisuras.

Desde lo personal, en esta crítica que intenta ser formal, puedo decir que La cura le dio el tiro de gracia al homófobo en mí al que hace años estaba matando, y liberó definitivamente a la marica que éste ahogaba. O sea: el personaje del monje que “ata” Onetto en escena desató algún viejo y enrevesado nudo mental. Me reconcilió, digámoslo así (reconciliar viene del latín reconciliare, “hacer volver a alguien a la asamblea, a la unión y al acuerdo con otros”), con la esencia humana de lo diverso en la infinitud de las orientaciones sexuales, todas válidas a los ojos de la universal libertad básica y común a todos los mortales.

Estrenada en la capital provincial (sala Marechal del Teatro Municipal 1° de Mayo), con apoyo del INT y el Fondo Nacional de las Artes, el 8 de julio del año pasado, desde sus inicios La cura se planteó ser la narración, en palabras de Onetto, de “las memorias de la marica que pude ser. Así de cierto, como potencial y como acabada realidad. Una es lo que pudo, lo que quiso dentro de lo que pudo, lo que pudo querer dentro de lo que quiso. Y aquí estamos intentando sernos, mientras venimos siéndolo”, a la vez que un espectáculo tragicómico de teatro danza que recupera una biohistoria marcada por las “terapias de conversión”, las denominadas Ecosig (Esfuerzos por cambiar la Orientación Sexual y/o la Identidad de Género).

“La puesta disidente está dirigida a todo público, pero encontrará quizá mayor recepción entre las personas que empaticen con la ampliación de derechos de la comunidad LGBTQI+, ya que uno de sus propósitos es provocar la reflexión sobre los mecanismos de sobrevivencia de nuestras existencias, desde el cruce de lenguajes”, afirmó Onetto, quien vivió en carne propia la experiencia de las Ecosig, al diario El Litoral en la nota titulada “Des-exorcismo desde el humor y la hibridación”, firmada por Ignacio Andrés Amarillo y aparecida el 6 de julio de 2022.

Pero de todo esto, de quién era Onetto y del denso recorrido que desembocó en La cura, me enteré después de ver la obra en la primera función de las dos que dio el viernes 9 de junio en La Manzana, cuando bajo los efectos del maravillamiento por lo que había visto, por efectos de la liberadora experiencia a la que había sido invitado a participar, me puse a buscar información en la web y me enteré de la historia y la lucha de este artista circense, actor, bailarín, cantante, psicólogo y militante de los derechos humanos, quien en una nota que salió en El Ciudadano el 9 de julio del año pasado (con firma de Luciana Mangó y titulada “Relato de un sobreviviente: violencia y discriminación en «terapias de reconversión» religiosas”) explicaba que a fines de 2004 (por entonces Onetto tenía 19 años, estudiaba Psicología y era católico practicante) había empezado una terapia con un psicólogo de Rosario que viajaba a la ciudad de Santa Fe, de donde es oriundo:

“No fui planteando un problema con mi sexualidad. Fui por otros temas y, a la tercera sesión, le conté que estaba saliendo con un chico. A partir de ahí construyó un problema con mi sexualidad. Yo sabía que él era evangélico, y como yo también era religioso me hablaba de Dios, me alcanzaba bibliografía y apuntes que aún conservo. Según este profesional era necesario desarrollar nuevas amistades saludables con varones íntegros que me afirmen en las conductas masculinas, y vincularme sexoafectivamente con mujeres”.

Y fue ese psicólogo evangélico quien lo instó a participar de unos campamentos en Córdoba donde se practicaba “la cura gay” por medios de “terapias de conversión”, viviendo una experiencia espantosa que expurga cada vez que se la juega poniendo en escena La cura, memorias invertidas.

Y ya que estamos hablando de redención, y política y religión, y porque redimir significa “librar a una persona de una obligación, de un dolor o de una situación penosa”, podría decirse que el psicólogo que intentó “convertir” a Onetto tenía intenciones redentoras, toda vez que quería librarlo de lo que él consideraba “una situación penosa”, pero lo que ocurrió fue lo contrario: lo cargó con más penas y culpas de concepción evangélica, y quién sabe por qué mágico mecanismo de la psique la subjetividad de Onetto resultó fortalecida a tal punto que dio por resultado la unión con otros compañeres artistas para crear La cura, memorias invertidas, una obra redentora, política y religiosa, como trato de explicar.

La representación empieza cuando aparece en el proscenio un monje con hábitos antiguos, la cara ensombrecida totalmente por la capucha, cantado lo que podrían ser salmos gregorianos, que deteniéndose de cara al público recita con voz lúgubre: “En 1501, cuenta López Gomorra que en la batalla toma preso al hermano de Torecha en hábito real de mujer y convoca a las familias a llevar a sus invertidos a la plaza mayor para un gran acto de purificación: allí les laceraron y les dieron a devorar a sus perros mastines, dejando inaugurado el pecado nefando, pecado que ni debe nombrarse. Así se instala la culpa basada en la sexualidad y se asienta el poder de la Iglesia en estas tierras”.

Luego el monje se quita la capucha y, tomando a los presentes como la audiencia de una charla sobre las terapias de conversión de género (para que todos seamos “como Dios manda”) expone los lineamientos del método, enredándose en algunas fundamentaciones, entrando en contradicciones insalvables y mostrando la hilacha de lo que subyace en su interior, la marica que en realidad es.

Foto: Mauricio Centurión

Durante los 50 minutos que dura la obra la cosa va de menor a mayor, primero con la palabra, el texto hablado, que va mechándose con gestos, mínimas danzas que “se le escapan” al monje, y a los 25, 30 minutos, hay un quiebre y el monje “crucifica” el hábito (luego de construir una cruz en escena), poniéndole cara y piernas con los colores del arco iris de la diversidad de género, y ya con la ropa de La Marique se pone a bailar sobre la voz de Chavela Vargas (con algunos retoques) cantando su impresionante versión de “No soy de aquí, ni soy de allá”, el tema que compuso en 1970 Facundo Cabral, en un rapto de inspiración y de un tirón, a pedido de Jorge Cafrune.

Luego, hasta el final, todo es una danza estilizada sobre una música sincopada, en un alarde de ingenio coreográfico y manejo del cuerpo que incluye pequeños objetos y artilugios luminiscentes, juegos de sombras y una expresividad gestual trabajada al mínimo detalle. Con el resultado de que ese baile sin palabras logra profundizar el mensaje, aclarándolo, como si en las profundidades estuviera la fuente de luz.

Sí, La cura puede redimirnos con nosotros mismos, resulta ser una invitación amorosa a escuchar la voz de nuestro ser genuino, al que muchas veces sometemos a la “situación penosa” de la negación. En ese sentido termina siendo una propuesta política a través de la ritualidad del hecho teatral, una religión nacida de la religión para escapar de los efectos nocivos de la religión.

La cura demuestra que ser fervientemente lo que uno es, lo que nació para ser y lo que morirá siendo, y luchar por ello con lo que se tenga a mano, vale el esfuerzo. Quizá por eso (seguro hay otros motivos) esta “tragicomedia de teatro danza”, unipersonal de “una orgullosa pute” secundada por un equipo de notoria sensibilidad y cualidades creativas elogiables, resultó transformadora, según pude comprobar, para los 20 espectadores que participamos de esa primera entrega en La Manzana, y no dudo de que haya ocurrido lo mismo con los 35 que asistieron a la siguiente, que se habrán reído y conmovido con la manera en que La Marique ata al monje y lo convierte en lo que es, en lo que soy, en lo que somos, gracias a Dios, para bien de todes.

FICHA

Título: La cura, memorias invertidas. Creación y dramaturgia: Gastón Onetto. Dirección general: Nati Fessia, Viviana Quaranta. Dirección danza: Antonio Rocha. Asistencia en dramaturgia: Viviana Quaranta. Asistencia en construcción de personaje: Nati Fessia. Poética visual: Ariel Costanzo. Producción musical: Vicky Barr y Edu Figueroa. Interpretación: Gastón Onetto. Vestuario: Tora x Lautaro García Fontana. Diseño gráfico: Nati Fessia. Audiovisuales: Caro Tacca. Colaboraciones: Mariana Mosset (por su entrenamiento actoral en el inicio de la puesta), Mauricio Centurión (por sus aportes fotográficos) “y muches más”. Dos funciones en el Teatro de la Manzana, de Rosario, el viernes 9 de junio de 2023.

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