«Ya no se puede escribir como antes de Borges»

Entrevista radial, hasta ahora inédita en castellano, a Julio Cortázar: los orígenes de lo fantástico

Traducción al castellano: Susana Sherar

Esta es una traducción de dos emisiones radiales de Nuits de France Culture del 11 y 12 de febrero pasado. Son podcasts de un viejo programa llamado Las horas pico en las tardes de France Culture, y corresponden a las emisiones del 14 y 15 de junio de 1976. Forman parte de una serie de homenajes a Cortázar. Estas son las dos primeras partes de la entrevista al escritor argentino, que comenzaba con esta presentación:

«En el paisaje literario mundial, es corriente asociar las letras argentinas al registro de lo fantástico: Cortázar, Borges, Bioy Casares y otros dieron a esta literatura algunas de sus más grandes obras. Tanto es así que hoy en día, muy lejos del Río de la Plata, los autores del mundo entero se refieren a lo fantástico argentino como un modelo del género. Nos podemos interrogar sobre el origen de esas afinidades electivas. ¿Habría en la historia y la cultura argentina elementos que la convertirían en una tierra providencial del relato fantástico? El escritor argentino Julio Cortázar –él mismo una de esas grandes plumas de la literatura fantástica– se interroga sobre esas correspondencias en el micrófono de Jean Montalbetti, sin aportar respuestas precisas, pero al menos enuncia esta interrogación».

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Jean MontalbettAunque nació en Bruselas en 1914 y vive en Francia desde hace 25 años, Julio Cortázar es un escritor argentino. Tiene también otra patria: la de lo fantástico, donde ganó un lugar al lado de su compatriota Jorge Luis Borges. Acaba de aparecer su nueva compilación de ocho nouvelles editada por Gallimard, que se llama Octaedro. Ganó por esa obra, recientemente, el gran Águila de Oro del Festival del Libro de Niza. Esto le dio la ocasión a otro escritor latinoamericano, el mexicano Carlos Fuentes, de decir allí que Octaedro, como todos los libros de Cortázar, era una peligrosa invitación lanzada al lector: «El autor abre una puerta, la de un vagón de subte, de una pieza de hospital, de una casa de campo, y nos desafía a arrojar un puente sobre el abismo que nos separa de personajes ausentes y presentes que nos tienden la mano más allá de los escombros de la razón». Julio Cortázar había ya obtenido, por El libro de Manuel, el premio Médicis del mejor autor extranjero. Así explica él la irrupción de lo fantástico en su obra:

Julio Cortázar— Creo que nunca busqué lo fantástico: lo encontré. Se podría pensar que lo fantástico me busca a mí, es decir que, a su manera, que es múltiple, se abre camino para llegar finalmente a mí. Todo eso no es literatura, porque desde la más temprana edad, desde mi infancia, viví en un mundo donde los límites entre lo que se llama real y lo que se llama fantástico no estaban claros para mí. Ya he hablado muchas veces de esto. Es decir que había una especie de fantástico cotidiano en la casa de mi infancia, en lo que yo veía, en lo que sentía todo el tiempo. Me acuerdo muy bien que una de mis primeras experiencias penosas de la infancia fue el hecho de que cuando iba a la escuela primaria y hablaba con mis compañeros –con los que, por otra parte, me llevaba bien– me chocaba contra un muro de incomprensión y de desconfianza desde que yo me ponía a señalarles cosas que para mí eran evidentes, cosas que yo creía haber visto –no hablo de fantasmas, por supuesto–, es decir ciertas maneras de interpretar la realidad, y cierta visión de la realidad. Me acuerdo de la tristeza con la que yo chocaba ante la incomprensión de ellos, el hecho de que ellos rehusaran, ya siendo muy chicos, de lo fantástico. Me daba la impresión de que ya habían entrado en la huella de las tradiciones, de realismo, de aceptación total de la realidad. No sé de dónde me venía a mí esa especie de lucidez especial, de acercarme al mundo de una manera diferente, por un sesgo diferente. Quizá haya sido una cuestión de cromosomas, de genes… Lo único que puedo decirle es que durante mi infancia siempre tuve una tierna complicidad con mi madre, que es una mujer de gran sensibilidad, de gran imaginación, que, sin empujarme para nada en esa dirección, era la única que trataba de comprender ciertas reacciones que yo tenía frente a la realidad cotidiana.

Se daba perfectamente cuenta de que yo era un niño que atravesaba ciertas puertas que otros niños no atraviesan habitualmente… Entonces era bastante normal que, llegada la adolescencia, es decir la edad en que sentí que mi verdadera vocación era la de escribir, esta carga de lo fantástico tenía ya en mí esta familiaridad de frecuentación con lo que en general se rechaza por encontrarlo ilógico o absurdo o inquietante, y que se haya manifestado enseguida en mi escritura.

Es evidente que, si comenzamos por aceptar lo fantástico, es una manera de abrirle la puerta, entonces lo fantástico entra. En ese sentido, no se lo busca, se lo invita. Y yo creo que pasé mi vida invitando lo fantástico a entrar. Y lo hizo a menudo. Todos los comienzos de mis nouvelles, de mis cuentos, se basan siempre en un pequeño episodio cotidiano que en sí no tiene mucha importancia y dejaría indiferentes a otras personas a quienes les podría pasar, pero en mi caso, ese pequeño episodio pone en marcha lo que podríamos llamar «la irrupción de lo fantástico», y ahí, en ese momento, yo estoy en terreno familiar… Y lo que escribo es como si me lo dictaran, usted sabe, no sé si es una paradoja o una falsa modestia: si bien yo creo ser el autor de mis novelas, no estoy seguro de ser el autor de mis nouvelles. Siempre pensé que un escritor es una especie de medium y que algo pasaba a través de mí. Yo escribí la mayor parte de mis cuentos, por ejemplo, sin tener la menor idea de cómo iban a terminar. El cuento llega a su fin por un mecanismo de autocreación del que yo soy el primer lector, el primer espectador.

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El tiempo que pasé en Europa siendo chico fue mínimo. Porque finalmente, habiendo nacido en Bruselas al comienzo de la Primera Guerra Mundial, mi familia pudo salir de Bélgica ocupada por los alemanes para refugiarse en Suiza y de ahí pasar a España. Y ahí, en España, viví los cuatro primeros años de mi vida, y de allí, ni bien terminó la guerra, la familia se embarcó para Argentina. Entonces, las influencias europeas serían quizá más importantes del lado de España. Pero no creo que sea éste un país muy amante de lo fantástico, al contrario, en ese país lo fantástico en literatura dio muy pocas cosas verdaderamente interesantes. Así que, a menos que un psicólogo de la infancia pueda decirme que las experiencias de cosas que un chico de uno o dos años haya podido escuchar de los padres o de las gobernantas –en esa época, los chicos tenían gobernantas– haya podido influenciar su inconsciente –lo cual es posible–, debo decir que yo abrí los ojos al mundo en Argentina, en Buenos Aires, más precisamente en un suburbio de Buenos Aíres. Es ahí que yo descubrí ese sentimiento extraño, indefinible, de familiaridad con cosas que no me enseñaban en la escuela o lo que mis padres querían hacerme creer. Es un problema al que no le encontré la solución: ¿por qué lo fantástico tiene, no solamente, buenos escritores en Argentina y Uruguay sino también un público ávido de eso, que siempre aceptó eso, contrariamente a otros países de América Latina, donde el porcentaje de lo fantástico es menor en la obra literaria? Países como Colombia y Perú abundan en literatura fantástica, pero con relación a lo que no es fantástico, se hallan en minoría. Mientas que en el Río de la Plata la literatura fantástica ha estado verdaderamente a la cabeza de toda la literatura. Incluso hoy continúa siendo cultivada por jóvenes cuentistas. A menudo leo en los diarios, en las revistas, cuentos que son decididamente fantásticos y que continúan esta línea.

En cuanto a las influencias directas, aquí en Francia al comienzo, cuando ciertos autores argentinos empezaron a ser traducidos y publicados después de Borges, el único punto de referencia que tenían los críticos era él. Comenzaban siempre por hacer una especie de punto de apoyo alrededor de Borges, y después se preguntaban quién era X, o Cortázar, en mi caso. Creo que es útil tratar de esclarecer ese problema, porque en lo que me concierne, la influencia que Borges tuvo sobre mí no fue, digamos, nunca una influencia temática. Es decir, la atmósfera fantástica de Borges, que yo admiro enormemente, no es mi atmósfera. Es una atmósfera completamente intelectual y, yo diría, casi geométrica, es un gran juego del espíritu, pero como pasa seguido en esos casos llega a tocar muy lejos y muy profundamente. Pero en mi caso, lo fantástico es mucho más simple, mucho menos concertado, menos compuesto. Ya le dije que no lo invento, que viene. Es lo fantástico que llega en cualquier lugar y en cualquier momento, en la calle, en un café o en medio de una fiesta, y que no tiene relación precisa con lo fantástico de Borges.

Quiero agregar que yo tuve una gran influencia de Borges en lo que concierne al rigor, creo que la verdadera lección que nos dejó a los argentinos es de escribir con esa economía de medios maravillosa que tiene. Que, sin imitarlo, porque Borges es inimitable, hay que tener en cuenta esta economía, porque ya no se puede escribir como antes de Borges, es decir no se puede escribir con frases largas llenas de adjetivos a la manera española del siglo XIX. Se escribía así antes de Borges y continúan escribiendo así a menudo… los malos escritores. Pero todos los que vinieron después de Borges comprendieron que la gran lección de Borges fue una lección de lenguaje más que una lección de temas.

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Para el público francés es evidente que mis nouvelles fantásticas se sitúan en un terreno muy, muy diferente del terreno al que el lector está acostumbrado en general. Muy a menudo yo hablaba con amigos franceses de autores como Lovecraft, por ejemplo, que los franceses aman y admiran mucho. Hay mucha gente que confunde, mezcla la impresión que el relato les produce en tanto historia, olvidando completamente cómo está escrito ese relato, es decir una escritura que no soportarían sobre otro plano que el fantástico, la aceptan, la digieren sin la menor discusión.

Pareciera que están completamente hipnotizados por el terror, la fe en la lectura de los cuentos de Lovecraft. Ahora, la pregunta que yo siempre me hice desde que empecé a escribir, es la siguiente: desde el momento que lo fantástico me sucedía de forma muy natural, a tal punto que de chico yo aceptaba mucho más naturalmente cosas aparentemente ilógicas –mientras que cosas lógicas, que me enseñaban que yo debía hacer, las aceptaba con mucha dificultad porque iban en contra de mi naturaleza–, en el momento de ponerme a escribir, con ese tipo de irrupción de lo fantástico, ¿por qué yo habría complicado las cosas? ¿Por qué no habría hecho como Lovecraft, que condiciona y prepara al lector con una especie de puesta en escena, donde empieza por crear un paisaje que se presta a las peores incursiones del horror, donde describe pantanos con un vapor pestilencial y casas viejas en ruinas y personajes extraños que se deslizan por aquí y por allá antes que el gran terror o el gran horror aparezca?

No era mi caso. No me pasó nunca. En mi caso aparecía de la manera más natural. Nunca pasó; lo fantástico podía ser a veces terrorífico, a veces maravilloso, hermoso. Lo repito una vez más, llegaba de la manera más natural. Y en el momento en que me ponía a escribir cuentos que tenían un tema, un sujeto fantástico, entendí –lo entendí de entrada siendo muy joven– que la mejor manera de hacer pasar eso en la escritura era la de reproducir las condiciones o las cosas que me pasaron a mí, personalmente. Es decir: si yo me encontré en la situación que se puede calificar de fantástica, sin sorprenderme demasiado, sin desfasarme de la realidad, entonces había que escribir de la misma manera. Por eso ya en la primera serie de cuentos fantásticos que escribí, que se llamaba Bestiario, son cosas que empiezan de la manera más cotidiana, la más vulgar: hay una familia, una pareja, una estancia, sin ninguna invitación, nada más que la vida cotidiana, algo completamente normal y lógico. Y en ese momento, lo fantástico hace su irrupción.

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Lo fantástico entra en mis cuentos de la misma manera que entra en mi vida, yo siempre fui fiel a la experiencia de lo fantástico y simplemente traté de transportarla a un nivel literario, un nivel de escritura sin traicionarla, sin falsearla. Creo que mi escritura no es realista en el sentido que se puede entender el realismo como la minucia en los detalles, la descripción precisa de las cosas, digamos la descripción de una pieza vista por Emile Zola, por ejemplo, o un tal Flaubert. Ese realismo me resultó siempre extranjero, porque lo que cuenta para mí son los movimientos psicológicos, lo que pasa en los seres. En mis cuentos, en principio, yo los sitúo siempre en una casa, una calle, un café, cuya descripción es muy somera y resulta más de lo que dice el personaje y de la acción misma, de lo que sucede sin que yo pierda tiempo –yo considero una pérdida de tiempo ponerme a describir la escena en la que va a pasar la acción. De ese punto de vista, no soy realista, pero al mismo tiempo creo que lo soy, porque el marco en el que aparece lo fantástico es absolutamente realista. Los argentinos siempre admitieron –incluso los que más me criticaron– que el marco de mis cuentos es muy argentino, de Buenos Aires, es decir que se puede reconocer cada piedra, cada cosa, cada elemento, es absolutamente típico de mi país. No hay nada inventado, es una forma de ser realista.

Lo fantástico se encuentra en los seres, en todo caso para mí; pero no hay que excluir la presencia de lugares como factor desencadenante de lo fantástico. Ocurre en uno de mis primeros cuentos, que fue muy leído, paradojalmente, porque yo lo consideraba imperfecto: Casa tomada. El verdadero protagonista de la historia es la casa y no los seres que la habitan; es una casa que obliga a sus habitantes a salir, que los expulsa por medio de fuerzas que no son nunca definidas, que son evidentemente elementos fantásticos, que son cómplices de la casa.

La casa quiere quedarse sola, abandonada, y quiere morir de muerte natural, sola. Lo fantástico no ocupa solamente los seres, sino que se encuentra también en los lugares.

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