Una micronoche molecular

Fotos: Zoe Maguna

Acercamiento al Microteatro rosarino a través de tres de sus obras (Los motivos del hombre, Como animales y El pecado de Víctor) que permitió apreciar el principal atractivo de la “experiencia”

Por Andrés Maguna

Desconfiando del carácter netamente privado, comercial, del emprendimiento nombrado Microteatro, durante un largo tiempo me resistí a concurrir con mi crítica ínclita a cuestas para ver de qué iba el asunto, pero finalmente esa resistencia se transformó en otra cosa, opuesta, y pude apreciarlo, sorprendiéndome con lo inesperado, con lo que se descubre molecularmente, experiencialmente, porque así como la gastronomía molecular, el arte escénico microteatral dispone su producción y ofrece el producto de su trabajo, la representación teatral, experimentando con las transformaciones que ocurren en los componentes de su propuesta, atendiendo en especial a lo que sucede en tres planos: social, artístico y técnico. Al menos así nos lo pareció el jueves 21 de marzo de este 2024 bisiesto, a la noche, cuando fui acompañado por Zoe, mi hija más nueva y fotógrafa de la Revista Belbo, a ver tres de las microobras en cartel: Los motivos del hombre, Como animales y El pecado de Víctor.

Plano social

El Microteatro sentó sus reales en la calle San Lorenzo casi esquina Entre Ríos, vereda de los impares, en dos de las plantas superiores de una vieja “casa de altos” donde hubo, anteriormente, un complejo de oficinas que era de Eduardo López, el ex presidente del club Newell’s Old Boys fallecido en junio del 2018.

Para trasponer una vieja puerta alta de dos hojas que da a la calle, que está abierta, debe subirse una breve escalera de mármol blanco, desembocando en un pequeño hall donde nace otra escalera que circunscribe el hueco de un ascensor. Nosotros preferimos la escalera, y en el primer piso encontramos otro pequeño hall que da al interior: de frente, un pequeño espacio convertido en boletería, a ambos lados de la cual se abren otros espacios; hacia la izquierda, un amplio pasillo lleva al bar, con mesas, barras y taburetes, y un balcón accesible, aunque angosto, donde hay algunos banquitos de madera. Hacia la derecha el amplio pasillo lleva a otras dos habitaciones donde hay mesas, sillas, bancos y sillones. Y están señalizadas dos puertas, una de acceso a los baños y otra a la Sala 1.  

Llegamos a las 21, al inicio de la primera sesión (va hasta las 22.30, siendo la segunda hasta las 24), y en la boletería el boletero, llamado Mauro, nos explica cómo va la cosa: por una entrada de cuatro mil pesos (los viernes y los sábados, 4.500) podemos elegir tres de las microobras (con una duración de entre 15 y 20 minutos) en los horarios disponibles de acuerdo a la capacidad de las seis salas, que tienen entre 19 y 25 butacas. Conseguimos, así, un ticket para ver la primera de nuestras elegidas a las 21.35, la segunda a las 21.55 y la tercera a las 22.55.

Así, tuvimos unos minutos para recorrer el lugar, de una punta a la otra, admirándonos de la acogedora y sutilmente iluminada ambientación, donde unas cuantas personas, en su mayoría jóvenes, departían bebiendo cervezas, aguas, jugos y gaseosas.

En un momento, por curiosidad, me acerqué a la boletería y le pregunté a Mauro quién era el dueño de la franquicia (hay 15 microteatros en el mundo, desprendidos del inicial en España). Me dijo que se llamaba Federico Fernández y que andaba por ahí, que era “un pelado”. E incluso salió de su habitáculo para tratar de señalármelo, pero no lo vio, aunque detectamos a un pelado que estaba en el balcón y a otro que caminaba por el ancho pasillo.

(En total, esa noche vimos entre el público a seis pelados, y a dos entre los actores. Así se lo hice notar a Mauro, cuando nos íbamos, y me dijo: “Cierto, no fue una buena referencia. Pero mirá, ese que está allá sentado es Federico”. Era este último pelado que veíamos en la noche el dueño de la franquicia, que estaba con la que parecía ser su compañera y una niña pequeña que parecía ser su hija, y no me pareció buena idea molestarlo con estúpidas preguntas sobre el funcionamiento y la historia del Microteatro. Así que pensé en dejarlo para otra ocasión, y bajamos las escaleras, nos fuimos).

Arriba, la cosa seguía movida, con grupos de entre 12 y 22 personas entrando y saliendo de las salas (aparte de la “1”, las otras cinco están en el segundo piso, al que se accede por el mismo ascensor y la misma escalera). En el transcurso de las dos horas que estuvimos no encontramos otros conocidos que cuatro de los actores (los dos citados más Matías Tamburri y Luciano Matricardi, uno de los ocho pelados de la velada), y la encargada de la técnica de Los motivos del hombre, Yerutí Marturet. Pero el clima era amistoso más allá de que había concurrentes solitarios, en yunta o en pequeños grupos de tres o cuatro. Así, compartiendo “la experiencia microteatral”, las conversaciones entre desconocidos se veían propiciadas, y ocurrían. Además, les empleades del bar atendían cordialmente, con simpatía, como también lo hacía Camila, la encargada de recibir a los grupos, perforar los tickets y conducirnos a las respectivas salas.

Además, en ningún momento de esa micronoche dentro de una noche nos sentimos en una burbuja, en un mundo aparte, a resguardo de lo que se nombra ahora como “las peligrosas calles de Rosario”, quizá por estar todas las puertas de acceso abiertas, convidativas, sin custodios ni seguratas en ninguna parte. Desde el balcón veíamos a la gente que esperaba el colectivo, iluminada por los ventanales de la farmacia de esa esquina (que también era de López), y nos sentíamos parte de un mismo y pintoresco paisaje en el que las amenazas y los peligros fueran apenas las notas discordantes de una melodía natural e ineluctable.

Plano artístico

¿Una microobra está hecha especialmente para un micropúblico? ¿Busca cosechar mircoaplausos, quizá microovaciones? Si hay un micropúblico, ¿existimos las micropersonas? ¿Los microdeseos, la micronecesidades de arte, de experimentación estética? ¿Será el Microteatro un mero curro para juntar guita, será teatro, será una “experiencia gastronómica” adornada con teatro, barnizada de cultural?

Preguntas como estas alimentaron mis prejuicios un par de años largos, los mismos prejuicios que me impidieron ir en busca de respuestas, hasta que Bosco y Fumiato me invitaron amablemente. Y ahora puedo decir que la “experiencia Microtearto” sí me pareció que es, en esencia, teatro, con el aditamento de una oferta de comidas y bebidas (a precios para nada zarpados) variada, sabrosa y atractiva.

La primera pieza teatral que vimos, en una pequeña sala de aproximadamente 5×4 metros, con veinte sillas, fue Los motivos del hombre, escrita por Liza Carrillo, con dirección de Martín Fumiato e interpretación de Matías Tamburri y Luciano Matricardi. En su concepto de teatro del absurdo, la obra breve cuenta con tres puntos de impacto: en la introducción, durante el nudo y en el desenlace, consiguiendo los dos actuantes instalar el clima de paralelismo palpable de la irracionalidad de la realidad ulterior, que subyace, y sale a flote en el desquicio de la psique de un tipo que vive encerrado en su casa y su locura (Tamburri), con una madre tal vez postrada, tal vez imaginada, tal vez loca como él, según se desprende de su disparatado discurso, o en su diálogo con el tipo “que se le aparece” (Matricardi), y parece desaparecer, y desaparece.

Luciano Matricardi y Matías Tamburri en “Los motivos del hombre”.

Sí, es una obra loca, condensadamente loca y absurda, bien desarrollada, hablada y mostrada, llena de “chiches” teatrales (escenografía, vestuario y objetos; juegos de luces).

Luego de los aplausos, todos los del público volvimos al primer piso, y algunos nos quedamos esperando cerca del hall porque a los siete minutos comenzaba Como animales y debíamos volver al segundo piso, a otra pequeña sala, en la que actuaría la dupla de Cecilia Patalano y Martín Fumiato bajo la dirección de Ornella Garella y Nicolás Piazzo.

En esta segunda obra que vimos pasa de todo, de todo lo que puede pasar en una escena conyugal en la que confluyen los desencadenantes de varios conflictos. Pues se trata de un matrimonio que llegó a su punto de quiebre, ya quebrado el hombre por su lado, y quebrada la mujer por el suyo. Es un drama íntimo, con un subrelato en tercera persona en determinados momentos (ora en boca de él, ora en boca de ella) que ofrece un enfoque de distanciamiento netamente literario. Las actuaciones son precisas en su ajuste a la trama, y la identificación se instala pronto. Se reconoce enseguida quiénes son esos personajes, qué representan, y quiénes somos nosotros, qué representamos.

Cecilia Patalano y Martín Fumiato en “Como animales”.

Una interesante manera, la de Como animales, de interesarnos. Por eso tras el final aplaudimos, no con microaplausos, sino con vigor. Luego salimos de la sala, volvimos al primer piso y notamos que faltaban 38 minutos para el comienzo de la tercera y última microobra que veríamos en la micronoche: El pecado de Víctor.

Fuimos al balcón, me prendí un Liverpool mentolado y Zoe fue a la barra a buscar un jugo, un café, unos nachos. Allí charlamos de lo que habíamos visto, y hasta tuve tiempo de aburrirla con la engorrosa anécdota de noviembre de 1997, cuando el flaco Fumiato trató de animar, bajo contrato, la fiesta de cumpleaños número cuatro de mi hijo Fidel, y…

Puntual, a las 22.55, comenzó El pecado de Víctor, escrita por Mauro Lemaire, con dirección de Matricardi y actuaciones de Fumiato y Miguel Bosco, cuyo resumen publicitario reza:  “Versión de fábula de Frankenstein o el nuevo Prometeo y del encuentro final entre el creador y el monstruo en donde se confunden los roles”.

Como la fábula de Mary Shelley, el monstruo (Fumiato, extraordinariamente caracterizado) acusa de monstruo a su creador, el doctor Frankenstein (Bosco, compenetrado sensiblemente en su personaje, como casi siempre consigue hacerlo), y éste, carcomido entre la culpa y el odio, trata de refutar, de pedir perdón, de entender qué fue lo que lo llevó a la perdición paradojal de la humanidad.

Martín Fumiato y Miguel Bosco en “El pecado de Víctor”.

En esta ocasión la microobra se respalda en el conocimiento previo, universal, de la trama y los personajes, sus caracteres y problemáticas, por lo cual todo el peso dramático recae en las actuaciones. Y como hay buena química entre Bosco y Fumiato la cosa fluye, el tiempo pasa volando y el final, tras 16 minutos de tensión e intensidad, llega pronto como un remanso de paz y aguas calmas.

Resulta ser, El pecado de Víctor, una “obra de actuaciones” sobre una escena de un clásico, bien dirigida e interpretada, muy entretenida y ágil, sin recurrir a otras profundidades del pensamiento como no sean otras que las que podemos manejar el común de los mortales. Ficción y acción teatrales. Apenas eso, y todo eso. Ni mucho menos, y mucho más.

Plano técnico

El análisis de todos los aspectos materiales y concretos que intervienen en la construcción de la “experiencia Microteatro” requeriría varias páginas, así que me limitaré a mencionar aquello que notamos en esa micronoche dentro de una micronoche de un jueves, a saber: que toda la infraestructura teatral, gastronómica y de atención al cliente funciona a la perfección, que los recursos empleados (actorales, intelectuales, de confortabilidad, espaciales, intelectuales, dramatúrgicos) están direccionados en un mismo sentido, el que lleva a un funcionamiento no forzado ni encorsetado, a una fluidez de las obras en sí, de su apreciación, de los espectadores, de la relación entre espectadores y artistas, de los alimentos y bebidas por las gargantas, favoreciendo las buenas digestiones: la física-estomacal, y la mental-estimulada por el hecho artístico.

Cuando nos fuimos, cuando salimos a la calle San Lorenzo, antes de separarnos para seguir cada uno con la noche por su lado, intercambiamos unas últimas impresiones, y Zoe me dijo que no importaban ciertas imperfecciones que yo le señalaba, que a fin de cuentas eran cuestiones que se podían corregir porque había una base netamente saludable.

Me fui pensando en eso, en que tal vez las fallas que había notado en el Microteatro sólo eran microfallas, y a mí eso debía importarme un microrrábano.  

FICHAS

Título: “Los motivos del hombre”.  Autora: Liza Carrillo. Director: Martín Fumiato. Actúan: Lucky Matricardi y Matías Tamburri. Asistencia técnica: Yerutí Marturet. Título: “Como animales”. Directores: Ornella Garella y Nicolás Piazzo. Actúan: Cecilia Patalano y Martín Fumiato. Título: “El pecado de Víctor”. Autor: Mauro Lemaire. Director: Lucky Matricardi. Actúan: Miguel Bosco y Martín Fumiato.

NOTA: Las funciones de Microteatro son los días jueves, viernes y sábados, en presentaciones rotativas de ocho obras (seis por día), con renovaciones mensuales de parte de la cartelera, en la calle San Lorenzo 1329.

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