

Por Andrés Maguna
Luisito había nacido con los pulmones y el corazón pegados, lo que había retrasado su crecimiento y agigantado su sensibilidad, además de dotar cada centímetro de su piel (incluso bajo las uñas) de un azul índigo de varias tonalidades entre la palidez y la turbulencia. Por eso en el barrio donde vivía se lo conocía como el Niño Azul.
Luisito era frágil como papel de seda mojado, y pasaba la mayor parte del día en cama, al cuidado de su madre, llamada Rosa, una mujer de ánimo jovial que llevaba las riendas de su humilde hogar con esa hidalguía propia de la gente nacida y criada en las buenas intenciones y los nobles sentimientos.
Lo que Rosa tenía para decir, el ejemplo que podía darle al mundo, se manifestaba en la pulcritud de la casa, en el florido jardincito del frente y la pequeña pero nutrida huerta del jardín trasero, con todas sus plantas floreciendo y fructificando sin cesar (transmitían, invariablemente, la idea del frescor del agua y de un mundo soleado), en la comidas que cocinaba, las mermeladas y conservas que sus manos elaboraban, pero, sobre todo, en la apariencia física de su amado Luisito, quien en su etéreo desvanecimiento azul lucía hermoso, limpio, santo, especial y gracioso.
La familia del Niño Azul y Doña Rosa la completaban un marido y padre que trabajaba en el ferrocarril y una hermana mayor que trajinaba largos turnos en un supermercado. Era una familia feliz a la que el inminente deceso de Luisito (desde su nacimiento los médicos dijeron que era un milagro que siguiera respirando), lejos de los sombríos signos, recubría de un estado de gracia, de beneficios angelicales, gozos extraterrenos. Porque ese niño había pasado del rojo uterino, primigenio, al azul profundo de la dimensión eterna de las almas sin detenerse en la estación intermedia, breve y dolorosa, de la corporalidad atrapada entre las ilusiones de los cuatro elementos. Y estaba allí, vivo como un fantasma poderoso, manejando un sosiego natural ante el detenimiento a la vez que una firme voluntad de aceptar las peculiaridades del camino hasta el domicilio divino.
El padre ferroviario de Luisito, a quien todos nombraban como Don Carponi, había construido una jaula al fondo del jardín trasero de la casa. Allí convivían unos cuantos pajaritos que iba trayendo de su trabajo. Jilgueros, cardenales, reinas moras, siete colores, tordos, churrinches, viuditas, entre otros, alegraban las alboradas y los atardeceres con sus cantos y sus conversaciones. La familia estaba muy orgullosa de la pajarera, que era la atracción principal de los pocos vecinos y familiares que la visitaban. Doña Rosa los alimentaba dos veces al día y limpiaba con delicadeza las heces del suelo y los posaderos, y mientras lo hacía conversaba con los pajaritos, a los que distinguía por su nombre, pues cada avecilla tenía un patronímico que Doña Rosa y Luisito habían escogido.
Un atardecer de primavera, mientras la madre llenaba los comederos de las aves con gajitos de duraznos y peras, su hijo, que estaba sentado frente a la pajarera, se quitó con cuidado la gorrita anaranjada que tenía puesta y, entornando sus párpados azulinos, casi traslúcidos, como si la prístina claridad del día fuera demasiado fuerte para enfrentarla con los ojos abiertos, aunque estaban a la sombra de un limonero enorme que sombreaba esa parte del jardín en la que estaba la jaula de las aves, le dijo a su madre, con su vocecita de mínimo volumen que le insumía todo el aliento del que disponía:
—Me parece que Simón se siente muy solo.
Rosa miró a su hijo con extrañeza, y buscó con la mirada a Simón, un bailarín azul que estaba quieto en un rincón, antes de preguntarle:
—¿Por qué lo decís? Si vive con un montón de amiguitos. Y también nos tiene a nosotros, que nunca dejamos de hacerles compañía.
Y Luisito, volviendo a colocarse la gorrita con esfuerzo, como si fuera de plomo y no de ligera tela, dejó escapar unas desvaídas palabras:
—Porque es el único de su especie en la pajarera. Casi no come. Y nunca canta.
A Doña Rosa esta observación de su hijo la golpeó con la fuerza de un rayo. Porque era cierta: de todos los otros pájaros había dos, tres, y hasta cuatro, pero Simón resultaba ser el único bailarín azul. Pero nunca se había percatado de su comportamiento retraído, de su soledad en la compañía.
—Tenés razón. Le voy a decir a tu papá que le consiga una pareja.
El sol se ponía en el horizonte y sus rayos rasantes teñían el cielo sin nubes de un color pálido y envolvente. Un rosado que flotaba en el aire como si estuviera hecho de micropartículas. Era ese instante que algunos llaman la hora del caos. Un instante que pasa tan veloz que el tiempo parece detenerse, fijando en la memoria del universo escenas como esa, la del Niño Azul y su mamá un atardecer de primavera, en un fulgor rosa que disipa la sombra del limonero, compadeciéndose de un pajarito solitario.
Poco después de aquel día, Don Carponi llegó a la casa con un bailarín azul hembra, y cuando lo soltaron en la jaula la algazara de Simón se hizo evidente en un corto y frenético batir de alas, en unos prístinos trinos de saludo. Luisito sonrió y juntó las palmas de sus manos en un aplauso sin choque ni sonido. Estaba feliz, y al verlo así Rosa rio con unos gorjeos similares a los de Simón.
Luisito murió a comienzos del otoño de 1976, cuando en su país comenzaba la noche de una feroz dictadura que habría de durar siete años, al día siguiente de que Rosa descubriera un pequeño huevo en el nido de Simón y Alegría (Luisito había propuesto el nombre, y Rosa le había dicho: “Me parece genial, porque en verdad se le puede decir la alegría de Simón”). Poco antes de apagarse su débil llama, Luisito hizo un postrer esfuerzo y musitó:
—Al hijito de Simón y Alegría podríamos llamarlo Celeste, si es nena, y si es nene, Néstor, como papá.
Don Carponi, que estaba a los pies de la cama, se emocionó tanto que no pudo evitar que unos gruesos lagrimones le saltaran a los ojos mientras intentaba decir algo gracioso como “qué ocurrencia”, pero las palabras se le atragantaron y apenas pudo farfullar “sí, hijito, sí”. Doña Rosa, que estaba a un costado sujetando su manita azul entre las suyas, solo pudo reír, y la risa de su madre fue lo último que escuchó el Niño Azul en los once años que habitó en este mundo.

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