
Una versión rosarina de Rojos globos rojos, de Tato Pavlovsky, actualiza una textualidad posible para el abordaje teatral de profundas problemáticas existenciales reflexionadas bajo la lupa de la ancianidad, y por medio del psicodrama

Por Andrés Maguna

Calificación: 3/5 Tatitos
Cuando vi Rojos globos rojos hace 30 años en el Centro de Expresiones Contemporáneas de Rosario, interpretada por su autor, Eduardo Tato Pavlovsky, quedé maravillado, transformado, y pensé que era una de las mejores obras de teatro que había visto en mi vida, de la que en aquel momento habían transcurrido 32 años (la cuenta es fácil: tengo 62). O sea que Pavlovsky, que nació en 1933 y murió en 2015, tenía al momento de aquella función la edad que tengo ahora…
En esto me puse a pensar la semana pasada cuando el actor rosarino Diego Bollero me invitó, con la mayor de las amabilidades, a la función estreno, para prensa e invitades, de su propia versión (con dirección de Francisco Alonso y dos compañeras actrices, Estela Argüello y Laura Fuster) de Rojos globos rojos en La Orilla Infinita, el viernes 1° de mayo.
Allí estuvimos, a la hora señalada, con Sol, mi hija más vieja, a la que ya le había contado, durante el viaje en moto a la sala, mi experiencia de treinta años atrás en el CEC. Ya en el patio de ingreso de La Orilla, mientras aguardábamos que dieran sala, reflexioné en voz alta sobre “lo jugado” que me parecía el desafío de llevar a escena una pieza tan personal, compleja e intransferible de Pavlovsky, porque en plan de refrescar aquella vez del CEC había visto en YouTube la función con público videada en el Teatro Babilonia de Buenos Aires en octubre de 1996, que fue la que el propio autor e intérprete tomó para dar una forma lo más definitiva posible a fines de publicar el texto dramatúrgico, que a la sazón salió a la luz en el libro Teatro completo I (editorial Colihue), que también leí, en el primer PDF que encontré, luego de ver el video de YouTube, y no solo refresqué aquella función de 30 años atrás, sino que se me llenó la cabeza de preguntas que me había despertado.
Como notaba que Sol ya no daba señales de estar siguiendo mi discurso errático, hice silencio y la miré. “No te estaba escuchando. Vos hablás mucho, papá”, me dijo con una de sus hermosas sonrisas, justo antes de que dieran sala.
Apenas nos sentamos confirmé que los puestistas habían cometido el mismo error que muchos otros: no respetaban una indicación de Tato en el inicio del texto citado: “En Los Globos Rojos, teatrito marginal y precario de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Las butacas donde se ubica el público, distribuidas en forma circular (como en torno del picadero de un circo), aunque irregular y discontinua, son las del teatro Los Globos Rojos. En ese espacio escénico confluyen el escenario y el camarín (…)”. Y esta cuestión es clave, porque Pavlosky pensó y escribió la obra para El Cardenal, personaje emblema (lo creó bajo la influencia de la pintura de Francis Bacon sobre el Papa Inocencio X) de la que llaman “su etapa de teatro micropolítico de resistencia”, quien en Rojos globos rojos regurgita, balbucea, grita y llora sus pensamientos, ideas y unos pocos recuerdos a un ritmo veloz e incesante, centrípeto, dirigiéndose al cielo, al público, a sus dos compañeras en escena, las Popis (Argüello encarna a la Pepi y Fuster a la Pipi), o interlocutores imaginarios. Todo lo que dice y expresa gira, él mismo gira como un trompo en erráticas circunvoluciones circulares o helicoidales, y para ello cualquier linealidad recta no puede ser sino una contra.
Por esta omisión en la puesta se pierde mucho del efecto vértigo del original. El vértigo que Pavlovsky le imprimió al Cardenal y que no es otro que su percepción de la ancianidad como un remolino que precipita toda vivencia, toda experiencia, en el sumidero final de la muerte. O mejor dicho: El Cardenal se deja llevar por impulsos de oralidad incontenible y verbaliza cuestiones que lo agobian, como la rápida llegada de la vejez, la contradicción de la eterna juventud de los artistas escénicos frente a la muerte del actor cuando deja de tener público, el amor en sus diversas formas, en especial respecto de su relación con las mujeres. Y muchas otras complejas formulaciones sobre el teatro independiente, la ominosa presencia del Estado, la soledad intrínseca del ser humano, entre otras.

Sí, es una obra difícil e incómoda, tal como la figura de Pavlovsky, y durante los 75 minutos que dura esta versión rosarina y actualizada (casi lo mismo que la función videada de 1996) no pude evitar hacer comparaciones, y aparte del error de no respetar la circularidad (que, como dije, permitía al Cardenal explayar el desorden de su frenética oscilación entre el desaliento y la vana ilusión) me di cuenta de que se perdía ese punto esencial de la propuesta, el de pasar bajo la lente de una lupa rojo (color de la pasión) de la vejez todas las disquisiciones del caso, tornándola apenas una bucólica comedia.
Sin embargo, esta Rojos globos rojos que se puede ver todos los viernes de mayo en La Orilla Infinita exhibe el mérito de traer al presente al Pavlovsky teatral, además de que permite apreciar actuaciones conmovedoras de los tres en escena (Bollero, Fuster y Argüello), con un vestuario excelente que realza las características de cada personaje, y una iluminación chiche. La escenografía, correcta, tiene un defecto: una inexplicable escalera tijera de pintor, de las grandes, de la que penden una valija y algunas prendas de vestuario.
Para cerrar, por lo que pude ver en algunos trailers, esta versión del Cardenal desarrollada por Bollero es muy superior a la planteada por el actor porteño Raúl Rizzo en la cacareada versión de Rojos globos rojos que llenó salas espaciosas de la Capital y Mar del Plata.

FICHA:
Autor: Eduardo Pavlovsky. Actores: Diego Bollero, Estella Argüello y Laura Fuster. Dirección general: Francisco Alonso. Diseño de iluminación y escenografía: Niche Almeyda. Vestuario y maquillaje: Lorena Salvaggio. Música original: Claudio Lo Giudice. Lugar: La Orilla Infinita.
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