
Dirigida por Matías Martínez, la obra Socavón, de Luis Cano, se estrenó en el Teatro de la Manzana poniendo de relieve algunos síntomas de incomodidad en el espectador que dan pruebas de la inusual valía del arte no concesivo

Por Andrés Maguna

Calificación: 4/5 Tatitos
Todo buen artista pinta siempre lo que es
Jackson Pollock
El viernes pasado, 8 de mayo, concurrimos con mi hija más nueva, Zoe, al estreno de Socavón, obra de Luis Loyola Cano, dirigida por Matías Martínez, con actuaciones de Laura Copello, Graciana Tucat y Guillermo Peñalves, en el Teatro de la Manzana de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina.
Cuando salimos de la sala, luego de apreciar durante 68 minutos la puesta en escena, y de unos breves y, podríamos decir, incómodos aplausos de compromiso, mientras nos dirigíamos en el apretante frío de aquella noche hacia donde estaba la moto, le comenté a Zoe: “Qué bodrio, le voy a poner 2 Tatitos, y ya voy a pensar bien por qué”. Pero no estaba seguro de que así expresaba lo que realmente sentía. Zoe se dio cuenta y comentó atinadamente, como acostumbra hacer:
—A mí también me agobió. Me costó entenderla, pero así y todo me parece que le van tres Tatitos. O cuatro. Y la voy a seguir pensando.
Ahora, mientras escribo esto luego de tres días de escrituras y reescrituras de mi crítica de Socavón, y de confrontar mis pensamientos con mis tres principales consultantes críticos (Zoe, Sol y Fidel, hijes míes), llegué al convencimiento de que no puede llevar menos de cuatro Tatitos, arribando en el camino a una casi definición de lo que llamo “el síndrome Anti-Pollock”, el que claramente se había manifestado en mí al ver Socavón.
Tengo entre mis más altas consideraciones a Martínez, en tanto realizador teatral, y a Pollock como artista plástico visual, y no hace mucho escuché decir a una crítica de arte que se había ganado mi confianza que lo que había plasmado el estadounidense ni siquiera era arte, que sus cuadros eran mamarrachos sin sentido, que cualquiera puede hacerlos, incluido un burro al que embadurnen la cola con pintura. En un principio me causó fastidio, en especial porque para mí muchas de las obras de Pollock están plenas de sentido, exponen cientos de teorías, cuentan muchas historias y dicen tanto que no se puede abarcar con palabras. Además, siempre me pareció el más claro ejemplo del arte no concesivo. Sin embargo, puedo aceptar que incluso personas con sensibilidad artística no sepan cómo acceder a ciertos significados, o rechacen de plano determinados lenguajes, lo que no quita que me pregunte a qué se debe esa incapacidad, ese rechazo, y basándome en mi propia experiencia llegué a la conclusión de que los factores coadyuvantes son enteramente psicológicos, que no es una cuestión social, de educación, toda vez que los problemas mentales incapacitantes surgen la mayoría de las veces de carencias o deficiencias materiales o afectivas.

Mi problema psicológico concreto para ponderar correctamente Socavón tiene que ver con heridas narcisistas que me dificultan la justa apreciación de aquello que excede mi entendimiento, y que, parece, no alcanza la profundidad necesaria ni es tan generosa como pretendo o quiero creer. Dicho más simple: no me gusta trabajar con herramientas que no pude aprender a manejar, me molesta lo que no sé entender y me aburre la lengua que no se aviene a nivelarse con la mía.
Así, el Síndrome Anti-Pollock (disfrazar las deficiencias o fragilidades de nuestra subjetividad con una falsa y mal fundamentada objetividad) que manifesté al ver Socavón, quizás encuentre su causa en las desmesuras creativas de Martínez, que tomó un texto difícil, crudo y duro sobre un asesino de niños y genocida que vuelve loco de remate de la guerra (pensado por su autor hace treinta años como un monólogo de sesenta minutos), lo mechó con un trasfondo de surrealismo (detrás de una tela traslúcida, una escultura enorme y dominante de un amorfo equino-humano flota en el aire) y un relato audiovisual superpuesto (con textos proyectados y escenas de una película icónica del expresionismo alemán, El Gólem, de 1920, entre otras de filmes del holocausto atómico en Japón), lo mezcló con sus propios conceptos de dislocación narrativa (con los que viene trabajando hace tiempo, al menos en sus cuatro obras anteriores), y puso a trabajar a tres dúctiles y experimentados intérpretes actorales de Rosario (Tucat, Peñalves y Copello) en un registro muy complejo de distanciamiento de las emociones o el desacople de los diálogos, con frases subvertidas y un formato imposible de distinguir.

A los pocos minutos de comenzar Socavón se me hizo muy difícil impedir que las palabras escuchadas entraran por un oído y salieran por el otro sin connotar algo, y algo parecido me empezó a pasar luego con las palabras leídas, que me entraban por los ojos pero no llegaban al cerebro, más allá de lo difícil que se hacía decodificar dos relatos (el de los textos proyectados y el de los diálogos de los personajes) que a veces estaban concatenados y otras veces no, por momentos al mismo tiempo y en otros momentos en sucesión y alternancia. No obstante lo cual, debo admitirlo, en dos o tres escenas se me puso la piel de gallina por el filo cortante con que me entraron ciertas imágenes, determinadas plasmaciones (un momento en que los tres actores se ponen de pie y miran en silencio al público en el marco de un imperceptible, gradual y mágico efecto de la iluminación) de gran potencia expresiva.
Sí, “Matías Martínez se la jugó” (las comillas, porque la frase pertenece a Zoe), fiel a su estilo de adelantarse por desiertos y caminos nunca transitados, y su versión de Socavón, de Luis Cano, zarpada, incómoda como las incómodas ropas con que Ramiro Sorrequieta vistió a los personajes, no puede alcanzar menos que cuatro Tatitos de calificación, como algunas de las obras de Pollock a las que no puedo puntuar con el máximo de la excelencia por el trauma narcisista que me provocan, pues revelan mis incorregibles incapacidades intelectuales o cognitivas.
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FICHA:
Obra: Socavón. Autor: Luis Loyola Cano. Actuaciones: Laura Copello, Guillermo Peñalves y Graciana Tucat. Vestuario y caracterización: Ramiro Sorrequieta. Escenografía: Cristian Grignolio. Edición de videos: Antonio Dayub.Dirección general y puesta en escena: Matías Martínez. Sala: Teatro de la Manzana.
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