
Una introducción a la obra de Ferruccio Benzoni (1949-1997), uno de los poetas más influyentes de la escena italiana de la segunda mitad del siglo XX, todavía ignoto en Argentina

Por Marco Conti
Traducción del italiano: Franco Bedetti*
El invierno, la nieve y el invierno todavía. Es la estación predilecta de la poesía de Ferruccio Benzoni, la identidad y el contrapunto a la disipación de la memoria, a la fugacidad colorida del verano, mejor dicho de la “porca estate”. Es imposible leer todo el recorrido del poeta sin toparse con el imaginario de la inmovilidad descarnada propia de la estación invernal, en la compañía de la nieve. Uno casi se lamenta de que Gaston Bachelard no le haya dedicado un ensayo en su estudio sobre las fuentes materiales de la lírica. Muchas cosas se habrían hecho aún más evidentes a simple vista ahora que, con la publicación de todas las poesías de Benzoni (Con la mia sete intatta, a cargo de Dario Bertini, Marcos y Marcos, 2020), el itinerario está trazado de una vez y para siempre.

El recorrido permite ir un paso más allá de la simple definición de la obra como un pequeño trésor (habría dicho Benzoni) entre los pliegues del último ventenio del siglo XX. Empezando por el casi desconocido “Canzoniere infimo”, donde el verso narrativo de Benzoni, tomado de sugestiones crepusculares, no se parece en absoluto a lo que llegará a ser.
Los comienzos
La poesía de Ferruccio Benzoni, a partir de cierto momento, hizo del verso de Vittorio Sereni su guía, su estrella polar. La circularidad de los temas, las suspensiones fragmentarias de la memoria y la nominación de pequeños atisbos pronunciados con ironía, llega –sin embargo– a esta definición poética a través de un microcosmos (el mismo sobre el que insistirá en el futuro) hecho de versos larguísimos y de ecos a veces gozzanianos. Pero una vez encontrado su paso, he aquí la transmutación. Desde el pesado íncipit de “Poesia di figlio” (Todavía empapa torcidas ramas la memoria / que a mí me parecen eternas y son solo –dices– / pequeños fuegos donde la vida es escasa y calva; “Canzoniere infimo e altri versi”), hasta la ligereza tranchant1 –por ejemplo– de Truffaut, citado así en el título entre paréntesis en el primer libro que refuerza la madurez, es decir, “Fedi nuziali” (1985-1987): Con todo ese viento / y un cegador polvillo… / Del mar vorticoso un mar /que se hacía arena, restos de esmeril.
La misma voz monologante, la misma inmediatez, se encontrará en “Numi di un lessico figliale” (“Deidades de un léxico filial”; 1987-1993), quizás su libro más intenso: ¿Cuántas veces habrá sonado? / Sonará largamente en la casa / vacía donde ya no estamos. (“L’amnesia dei morti”).
El imaginario material
La madurez cambia también el espacio lírico en Benzoni. Su debut y sus primeros años están completamente ocupados por el discurso subjetivo, por los sobresaltos emotivos y sus relatos, donde el espacio material tiene un papel mínimo y la naturaleza es, cuando aparece, sobre todo instrumento y metáfora ocasional: Ah, pasión, vete: triste te desvías y dulce / la querida melancolía del quieto petrificado (“Ah, passione, vattene via”); donde en la última tercera escribe: Claro, en el viento siento que hay un muchacho turbulento en mí, / por ti será el amor para vivir…
Sentidos y colores, naturaleza y materia van ganando gradualmente mayor relieve hacia mediados de los años ochenta. Sin embargo, en esta objetivación de lo vivido, en esta proyección (igualmente conspicua en Sereni y en Fortini) no es el paisaje, ni el mar de Cesenatico, no son (para seguir hablando en los términos de la paternidad lírica sereniana) los “inmediatos alrededores” de la vida de provincia la matriz o la red de relaciones metaforizadas. Lo es, en cambio, directa o indirectamente la estación con sus resonancias indirectas. Resonancias del espacio en el que, más que los sentidos, tiene un papel el imaginario, la figura sedimentada y onírica, el arquetipo material.
Las estaciones
El verso de Ferruccio Benzoni conoce dos vertientes antitéticas y –en una lírica continuamente interrogada por la memoria– el tiempo de la intimidad y del recuerdo; el imaginario predilecto no puede sino articularse en torno al invierno. Por el contrario, los furores del verano son exclusivamente los de la disipación, una especie de estorbo donde incluso los colores carecen de valor, ofuscados y disueltos por la luz.
Metonímicamente, la nieve será, en consecuencia, el lugar de la imaginería. La nieve es un rasgo flagrante del tiempo cíclico y de un pasado mítico e inalcanzable, ya delineado con este sentido en “Prehistoria de un cancionero”: Vendrá otra nieve sobre la nieve y los trenes (quizás) / transitarán aún pero… ¿tendrías sed, frío? (“I vivi innaffieranno i fiori”; Los vivos regarán las flores). La quietud, el sueño, los sueños que el imaginario delinea en un paisaje inmóvil, son igualmente los propios de la nieve: Pero duerme, duerme como los niños que sueñan con la nieve / al día siguiente al despertar con la leche caliente servida / por gorgoteantes cafeteras en cocinas llenas de vapor… (“Delle nuvole”; De las nubes).
El verano
Pero antes de reunir el inventario lírico de este paisaje, he aquí que en menor medida, con alguna rara imagen, la luz, metonimia del verano, se pronuncia en emergencias significativas: el pálido solecito –verde poco más que baba– / lánguidamente al rozarme una larvaria insidia / (de contagio, ¿una peste?) siniestramente anida. Así la solaridad es cuanto menos irrelevante si no odiada y casi asociada a las cosas molestas en “Perché infine riaffioro” (Por qué finalmente reaparezco), donde leemos: mirando hacia arriba ese bullicio de luz, pronuncia el autor, mientras que el anuncio primaveral puede seducir, pero igualmente ello no quita que abril divaga y delira (“Gioiosa pedagogia”; Pedagogía gozosa). El verano a la par puede ser agonía de pitósporos secos. Más a menudo la estación en que triunfa la luz en la lírica de Benzoni se hace escenario engreído y superfluo. En el tiempo interior, en la cadencia de los años, es pérdida. En el poema “De junio” (“Di giugno”), escribe: Otras calamidades / no siempre decibles no / miniaturizables siempre / –y el sol a quemarropa / de un verano irrumpiendo socorriendo / todo el verde de las acacias. / Pero mira cómo la edad ayuda / a mitigar su esplendor (el espasmo) / aduciendo escalofríos en un poco / de sombra vespertina, vociferando / aguaceros de una ráfaga / bajísima de golondrinas… En “Momento estival” (Fedi nuziali) en una hora del mediodía alucinada / oscura casi por el gran calor, queda algo como de una fotografía triste, hasta que se advierte tedio o malestar / como oír hablar de una mujer amada.
Vaucluse y más
Si el invierno y la nieve son un lugar íntimo y habitualmente deseado, un color en la ausencia de color, el otoño al menos nos permite mitigar “la insolencia de los colores”, incluso en el célebre Vaucluse provenzal, donde Sereni, Benzoni y otros poetas pasaron unos días. Justamente en su poema titulado “Célébrer Vaucluse” podemos ver que es el tono emocional de la estación lo que transcurre:
Ya entrando en septiembre, un cielo que
perdía la insolencia de sus colores:
pronto una marea
de hojas invadiría los ojos. Entonces,
con un corazón de Loriot y garras
aterciopeladas,
llegó el momento
de preparar el viaje…
En el Magra y el Cesenatico,
no sin dolor, se precipitaba temprano un
sol atravesante
aún pleno, pero desconcertado.
(…)
“Para la perrita Orazio”
Uno de los textos más bellos y personales de Ferruccio Benzoni, donde el verso, aun dentro de su discursividad, se hace incisivo incluso en la digresión (es decir, en “Per la cagnetta Orazio”), casi promete un ars poetica al hablar de la muerte del animal: Casi me consuela tu muerte: / me ayuda a soportar mejor, / yendo a tientas, / los baches donde tropiezo. Este ir a tientas, reafirmado en el luto afectivo como una confirmación de la condición inicial, es la ausencia de la que aflora el imaginario completo del poeta con su tropo más obsesivo: la ausencia de color, el paisaje nevado —silencioso, pero dulce en los recuerdos—, y su contraparte. La sextina final del poema dice, en efecto, con la ligereza y la irrelevancia de una exclamación, de un pensamiento rumiado y no menos lírico: Eh, las caricias (las mías) fallidas, / el sucio verano y todo lo demás. La fecha se indica al pie como recuerdo obligado: agosto de 1989.
Imágenes del invierno y de la nieve
Las ocurrencias inherentes, los lemas, o las referencias inmediatas al invierno (como “el hielo”) constelan toda la obra —como ya lo he mencionado— desde el libro Fedi nuziali (Anillos de boda). Pero es más interesante el modo en que el discurso lírico de Benzoni construye su imaginario. Los indicios materiales de las estaciones aportan siempre una inmediatez connotativa perentoria. Las flores son un ejemplo más raro, pero igualmente utilizado: Aquella exuberancia de flores amarillas y de almas; leemos este verso en “Leggevamo Benn” de su libro Numi di un lessico figliale (Deidades de un léxico filial). De igual potencia inventiva es la metáfora que encontramos en un verso de “Nei paraggi di un dio furtivo”, también del libro Numi di un lessico figliale.
De manera que la coherencia de la invención, de la construcción de Benzoni, sorprende cuando en el mismo libro leemos:
Dicen que va a nevar.
No quisiera perderme esos colores
debilitados
revivirse en un gran hielo.
Los colores viven, entonces, del contraste con el hielo, se retiran en el tiempo helado del invierno, al contrario de lo que ocurre en primavera que se sumerge en la exuberancia de las silvestres flores amarillas.
La memoria del invierno
Para confirmar la riqueza del campo semántico del invierno, podemos empezar por acercarnos a Fedi nuziali, donde en “Folate” leemos: Será que Nadia tiene un poco de fiebre / te acurrucas turbada // petrificado el verano en un caos ardidamente primaveral. Ah, el invierno vuelve / crueles astucias – pronto / llegará el invierno: en los vidrios / escribiré tus iniciales. Benzoni recurre a un registro antiguo para decir que toma nuevamente las memorias, aunque sean crueles y “las mete en un canasto”, usa le rimette nel cavagno, retomando cavagno, un término en desuso. Otro uso de dicho registro es el eco dantesco que leemos en “La speranza ringavadna” (La esperanza renovada), donde el poeta elige una palabra también en desuso como ringavagna, para decir que la esperanza “vuelve al frente”, “vuelve al ataque”, “reemprende su cometido”. Este es el tiempo ideal del cual brota la voz lírica. El invierno se convierte no solo en lugar de la memoria, sino de lo verdadero.
También tú has visto desangrarse el invierno en presagios / rojiamarillos o / más crudamente verdes – descomponerse / en idilios no menos perecederos / de novedades tardías / pronto revividas de recuerdos como un cáncer…
Es en el silencio de la estación invernal que el verso de Benzoni imagina cada momento ejemplar. En “L’inverno dell’altro ieri” (El invierno de anteayer), escribe: ¿Recuerdas / el invierno de anteayer? / El primero desde nuestra boda… Y en el último texto del mismo poemario, “Elegia del congedo” (Elegía de la despedida), confirma:
Solo ahora podré decir
que el invierno se diluye teniendo para sí las memorias.
Será a través de la nieve.
De las frías flores espectrales
y a la vez ardientes.
Numi di un lessico figliale
El libro que reúne textos del 1987-1993, Numi di un lessico figliale (Deidades de un léxico filial), aúna textos de resultados sumamente originales a pesar de emplear modalidades expresivas que retoman el dictado de Sereni en las iteraciones internas a un mismo poema, expresiones parentéticas, alusiones a memorias literarias. Es el libro del que ya he citado el estrepitoso comienzo de “Quella bucherie di forsizie e d’anime”; es el libro en el que los versos breves y estróficos de “In memoria della cagnetta Orazio” (“En memoria de la perrita Orazio”) alcanzan una pronunciación personalísima, tensa y, sin embargo, de un desvío mínimo respecto al lenguaje más figurativo recién citado o a los versos (siempre in medias res) En el verde de sus ojos agudos / rearde mi futuro / de métrica y de vida (“Im Dunkeln”) o donde se encuentran versos punzantes como del tiempo de un cometa celeste enfermizo (“A mala pena”). Quizás esté entre los resultados más altos de la lírica italiana de finales de siglo. La primera estrofa de “L’amnesia dei morti”, rica en una transparencia figurativa hasta ahora sólo episódica, es ejemplar:
¿Cuántas veces habrá sonado?
Sonará largamente en la casa vacía
donde ya no estamos.
Que se quede allí, no importa.
Y sin embargo, yo creo que
entre la lepra de esos muros,
en medio de tanto desierto,
aún alguien responde por mí.

El léxico y todavía la nieve
La temporada de nieve, aquí más que en ningún otro lugar, tiene valor de belleza: desde, por ejemplo, Dicen que nevará mientras tanto. / No quisiera perder esos colores (en “Elle traverse un pont et disparaît”), hasta el más directo si una escarcha / ilustra un bosque, un abedul / (uno entre tantos bosques) congelado hasta el punto de quitarte el aliento, en “Una lapide”, hasta el verso final de “Una cerimonia”, donde el paisaje nevado es suficiente para volver a escuchar la figura materna y pronunciar en voz baja, para cerrar: Tumbada en el sueño escucharé la nieve. En “Notizia ultima” los mismos versos de la temporada, en cambio, se convierten en metapoesía, es decir, una reflexión sobre el dictado lírico: verte de nuevo / luego desaparecer con las metáforas / desgarradas y quemadas por los inviernos / detrás del verde de la vida.
La última colección de poemas enuncia simbólicamente desde el título el centro en el que gravita la lírica, “Sguardo dalla finestra d’inverno” (Mirada desde la ventana de invierno), que reúne los textos de 1995 y 1996. Es una poesía más pedregosa, más dura, donde el verso asertivo deja de lado la ironía alusiva y fragmentaria del monólogo, que se evidenciaba en el libro anterior. Así, también el paisaje gélido sustituye a la nieve: Diciembre sin gracia sin / la amada nieve querida por Boris Pasternak, dicen los dos primeros versos de “L’inverno dopo” (El invierno después).
Versos silenciosos e ilusorios

La última colección de poemas editada en 1996, “Versi silenziosi e illusori” (Versos silenciosos e ilusorios), muestra un imaginario similar en el que el mundo exterior continúa siendo capturado a través del mismo paisaje. Sin embargo, la valencia ya no está ligada a la intimidad del recuerdo, sino a la ausencia, al hielo: ¡Oh, la muerte de la que hablas a voces / desde el fondo de los desiertos inviernos! (“Ultime a G.”) y, a la par, al tiempo transcurrido: Y cuánta –piensa– nieve ha caído / sobre los cipreses, luego sobre los granillos. En “La casa sul mare” el diálogo con el “más allá” encuentra precisamente en el paisaje invernal su correspondencia: —La nieve me cubre mientras reposa / álgida sobre mi hielo como / una esposa, una paloma sin deseos.
En estas páginas el microcosmo invernal se vuelve totalizante, como en “Andenken”, donde La nieve que aquí revolotea o se agrupa en desechos rancios / es sed, / memoria insaciable.
La nieve, o más bien el invierno, evocado primero como correlato de la paz y la intimidad, ha sido igualmente una visión paradigmática del tiempo cíclico, una metáfora de la memoria en mayor medida de lo que lo permiten otros escenarios, por el contrario dispersivos, metáforas de contingencias irrelevantes como el verano… Así hasta las últimas páginas, donde el paisaje adormecido ya no remite a la visión nítida del pasado y a sus redundancias, sino que precisamente se convierte en hielo, en paloma sin deseos.
Nota al pie:
1 Se refiere al concepto acuñado por Truffaut, que podría traducirse como incisivo, cortante, directo, audaz. Nombra la actitud que persigue la figura del auteur y que se propone en «Una cierta tendencia del Cine Francés» (1954). El término refleja la actitud “tajante” que implicó la ruptura con el Cinéma de Qualité. Truffaut atacó con ferocidad (fue “tranchant) a la “tradición de calidad” del cine francés de su época; según él, ese cine era predecible, teatral y no se fiaba del verdadero arte cinematográfico.
© Reproducción reservada / texto cedido por la gentil concesión de lemuseinquiete.it , donde se puede leer la versión original, en italiano.

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