

Por Sergio Albino
Empezó un nuevo Mundial de Fútbol y la droga más poderosa del planeta vuelve a ser consumida a nivel global. Los dueños del fútbol, dealers del narcótico, se muestran exultantes en sus palcos vip en un patético acto que intenta demostrar un poder del que carecen. Durante muchos años, ante un posible ilícito de sus representantes en nuestras tierras y su consiguiente denuncia ante la Justicia ordinaria, nos asustaban con una segura desafiliación de la AFA, porque la FIFA no permitía que la Justicia de los países se inmiscuyera en el fútbol. Esa amenaza era suficiente para que el poder político y judicial de nuestra nación entrara en parálisis por temor a que su querido pueblo quedara privado del estupefaciente llamado Mundial de Fútbol. La FIFA era más poderosa que las naciones.
El poder del dealer fue creciendo, hasta ensoberbecerse, cegado en una potestad que creían poseer. Hacer y deshacer a propio capricho se volvió el método que llegó a niveles ridículos. El poder del dinero y el sometimiento de las naciones funcionaban de manera fluida, hasta que ese sistema entró en conflicto y todo estalló en pedazos, como en el cuento de Hans Christian Andersen “El traje nuevo del emperador” cuando un niño dice: “¡Pero si va desnudo!”.
El proceso de elección de sede para las copas mundiales de 2018 y 2022 comenzó en 2009 con la recepción de candidaturas. En diciembre de 2010 se realizó la votación de la FIFA, y Rusia y Qatar resultaron los vencedores, respectivamente. Además de Qatar, también Australia, Corea del Sur, Estados Unidos y Japón habían presentado sus candidaturas para ser sedes de la Copa Mundial 2022. Esa elección estuvo rodeada de sospechas de corrupción. Una investigación del año 2014 del periódico inglés The Sunday Times aseguró que el país árabe pagó varios millones de dólares en sobornos para asegurarse el apoyo a su candidatura. La acusación, fundamentada en correos electrónicos que detallaban los presuntos pagos, cobró fuerza al considerarse que Qatar era una sede de alto riesgo, según informes de la propia FIFA, dado el intenso calor, con temperaturas que exceden los 50 grados Celsius en julio, mes histórico de organización del magno evento. La situación trasladó el campeonato a noviembre, en una medida excepcional. En 2018 The Sunday Times publicó otra investigación, esta vez acusando a Qatar de llevar adelante una operación para diseminar propaganda negativa sobre sus dos principales rivales en la puja por la sede, Estados Unidos y Australia.
Casualidad o no, a partir de entonces el FBI (Federal Bureau of Investigation) comenzó a investigar a los dueños del fútbol. Una pesquisa en Estados Unidos sobre el crimen organizado ruso derivó hacia la corrupción en el juego. Y se aceleró cuando un agente del organismo tributario de ese país abrió en 2011 una causa por evasión impositiva contra Chuck Blazer, el exsecretario general de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol, conocida como la Concacaf. En diciembre de 2011 Blazer aceptó ser informante de la Justicia norteamericana. En otras palabras: se reunió con los fiscales, entre 2011 y 2013, aportando información.
En mayo de 2015 estalló el FIFA-gate demostrando la trama de corrupción mafiosa que rodea la pelota. Se comprobó el pago de sobornos por parte de dos países, Rusia y Qatar, a dirigentes latinoamericanos, los que recibieron millones de dólares para votar a estas dos naciones como sedes de los Mundiales de 2018 y 2022. “Ricardo Teixeira, Nicolás Leoz y el Co-Conspirador 1 fueron ofrecidos y recibieron pagos a cambio de sus votos a favor de Qatar, para que albergue la Copa del Mundo 2022”, reza en el informe. Todos los futboleros sabemos que el Co-Conspirador 1era el Vicepresidente del Mundo, como le gustaba llamarse a sí mismo. Don Julio Humberto Grondona murió en 2014, meses antes de ser seguramente detenido.
El escándalo involucró a alrededor de 40 personas y entidades, incluidos directivos de la Conmebol (fútbol sudamericano) y la Concacaf (Norteamérica y Centroamérica). Las autoridades de Estados Unidos y Suiza arrestaron a varios funcionarios durante una redada el 27 de mayo de 2015 al amanecer en un hotel de Zúrich. Las revelaciones dejaron al descubierto una cultura de impunidad, con sobornos canalizados a través de empresas fachada, cuentas offshore e incluso maletines con dinero en efectivo. La reputación de la FIFA quedó gravemente afectada. Blatter, a pesar de ser reelegido presidente de la FIFA días después, renunció a su cargo, siendo inhabilitado de por vida en el mundo del fútbol a las pocas horas. Los reyes iban desnudos y el poder real los había expuesto. La gente veía sus miserias sin el traje imaginario. Estaban en pelotas pero siguieron desfilando. Aprendieron la lección, se corrieron del camino y aceptaron las nuevas normas del juego. Cedieron el poder al poder real y Norteamérica tuvo su mundial disfrazado de una coorganización con México y Canadá.
Este nuevo Mundial, en el paraíso del consumo de estupefacientes, es el paroxismo del consumo en una sociedad de consumo. Era necesario un cambio en las reglas del juego y cambiaron las reglas del juego. Lo que no consiguieron en el Mundial de 1994 con los cuatro tiempos de 25 minutos lo consiguieron en el mundial de 2026 con la pausa de hidratación. Espacios de publicidad para consumir. No alcanzó con eso. El poder real necesitaba mostrarle su poder a la FIFA.
La entidad madre del juego, hija del sueño de Jules Rimet, era garante de la equidad de la competencia. Crecientemente, a medida que los mundiales se iban desarrollando, la igualdad de oportunidades, en función de que el fútbol se convertía en un fenómeno global, ganaba espacio en la entidad rectora. La FIFA, teóricamente, avalaba la igualdad de oportunidades. Hasta este Mundial de 2026.
Infantino, presidente de la FIFA, abdicó y entregó su poder de pequeño dealer al dueño del cartel. Entonces Trump tomó las riendas y fijó las condiciones sin tener la menor idea del juego. Todo por negocio. La humillación a la representación iraní en este Mundial es una canallada avalada por la cúpula de la FIFA, temerosa de su corrupción, que es incapaz de limitar la soberbia del poder económico. Un plantel de fútbol sin las garantías mínimas para la competencia en “el país de las garantías y la competencia”. Volviendo a las parábolas, están matando al burro que aprendió a no comer. Cuando se estaba acostumbrado al hambre, el malagradecido se murió.
A Trump no le importa el fútbol y seguramente a Infantino tampoco, aunque se presente desnudo en todos los estadios de este patético Mundial.

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