

Por Andrés Maguna
En el sueño que tuve anoche estaba Maradona dando una clase magistral. El auditorio, aula magna de alguna facultad, eran chicos que terminaban de cursar el quinto año de la escuela secundaria. La sala estaba colmada, y yo me encontraba sentado en un pupitre por delante de la primera fila, a un costado, y era el único en esa posición, por lo que el Diego, mientras hablaba al grupo como un maestro profeta, a veces desviaba la mirada hacia donde yo estaba, elevándome al rango de asistente, o secreto confidente.
Por mi parte, maravillado por el momento del que era testigo, tenía consciencia de que a pesar de mi edad sexagenaria estaba en la misma situación que los otros asistentes, en el sentido de que experimentaba una transformación, de fin de la juventud, de estar ante la puerta que se abre hacia el mundo adulto.
El Diego, delgado como en su mejor momento, vestía unos sencillos jeans con un cinturón de cuero marrón y una camisa suelta de colores sobrios, y su piel refulgía con la mejor de las lozanías. Sus negros cabellos enrulados no tenían ni una cana, y acompañaban con significativos movimientos cada una de sus palabras. Hablaba con calma, con firmeza y con claridad doctoral. Todos lo escuchábamos embelesados, aunque a mí, que estaba cerca y lo veía de cuerpo entero, me distraía la atención el niño, apenas un bebé, que el Diego tenía en sus brazos, que sin dudas era su hijo, y miraba a su padre mientras exponía con el más ardiente de los amores.
Mientras en mi mente, en el sueño, me preguntaba quién podría ser la madre del bebé, caí en la cuenta de que era el niño Dios, o Jesús bebé, quien con sus mohínes trataba de llamar la atención de su padre conferenciante, amagando incluso con dormirse, o dormitando con una sonrisa en sus delicados labios que se replicada en el rostro de su padre cuando lo miraba.
En cuanto a lo que decía Maradona, pese a que me costaba mucho seguirle el hilo, porque la contemplación de la singular pareja me absorbía casi completamente, pude entender que sus palabras versaban sobre lo que significa “la experiencia de vida”, la que en muchos casos nos lleva a oscuros pozos, o cavernas, o prisiones, en los que se pierde la referencia de la luz, del cielo, de las estrellas y los árboles; y cuesta distinguir el bien y la verdad, y dudamos del sentido de la existencia, perdemos la fe en nosotros mismos y en el Espíritu Santo.
No era un discurso religioso, sino más bien el relato, a modo de ejemplo, de su propio camino, el que lo había llevado al estado de serena alegría y felicidad plena en que se encontraba, allí, frente a todos, con su hijo que era su padre y el padre de todos, a la vez que el hijo de todos, en el sentido de que todos somos notas de la misma canción eterna e inmemorial.
En un momento me concentré en retener lo que decía: “Esto que les digo corre para mí lo mismo que para cualquiera, eso es que lo que aprendí y me liberó totalmente, que no somos únicos, que no existen las varitas mágicas que nos tocan y nos hacen diferentes, porque así como puedo citarme de ejemplo puedo darles otros ejemplos, concretamente 865.653.857”.
En este punto me impactó la rareza, y largueza, de la cifra, y me esforcé por memorizarla, tanto que tomé conciencia de que me había sido revelada en un sueño, razón por la cual me entredesperté, y casi me levanto para buscar un papel y una birome para anotarla, pero en la misma intención me dije que era una estupidez, que perdería la oportunidad de seguir escuchándolo a Maradona, y traté de volver al sueño, pero la pantalla onírica se había rasgado, y ya no estaba en primera fila, y apenas escuchaba lo que se decía, porque además lo jóvenes habían empezado a hacer preguntas y el Diego, con amabilidad celestial, dialogaba con ellos.
Abrí los ojos, miré la hora en el teléfono (las 9 y 10), y me levanté liviano como una pluma, como sumido en la gracia del Diego que sueña por todos nosotros.

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