
Sobre M. El hijo del siglo, libro de Antonio Scurati

Por Julio Cano
El texto de Antonio Scurati dedicado íntegramente a Mussolini se puede ubicar dentro de una forma de hacer literatura signada por un realismo subsidiario de lo que se exprese en los hechos o en los dichos de manera radical. Marca la forma de narrar de varios escritores importantes (Marguerite Yourcenar, W. G. Sebald, Javier Cercas, Jean Echenoz y, también, uno entre nosotros, el uruguayo Fernando Butazzoni).
En esta modalidad se toma la realidad tal como nos es narrada, y adjuntamos a esa lectura una especie de nueva narrativa que no le agrega ficción sino que la va leyendo tal cual aparece. Se nos dice que “esta” es la realidad y que se la narra tal como nos la transmiten. Decir esto es una ficción, puesto que toda lectura es una interpretación, y cada escritura sobre la realidad la crea nuevamente. Pero asumimos que ella aparece prístina para nosotros. Y que en la lectura, por la complicidad que creamos con el autor que nos dice que solo nos transmitirá lo que le han revelado otros, se establece una suerte de corte y pegue donde no hay ficción propia sino la ficción que trae consigo la realidad, que resulta tan compleja, semoviente y difusa que alcanza para no tener que sumar un trabajo literario propio. La realidad es su propia literatura, parece decirnos esta modalidad.
En una paráfrasis al comienzo del libro, Scurati dice:
“Los hechos y personajes de esta novela documental no son fruto de la imaginación del autor. Por el contrario, todos y cada uno de los acontecimientos, personajes, diálogos o discursos narrados aquí están documentados históricamente y/o lo debidamente atestiguados por más de una fuente. Dicho esto, no deja de ser cierto que la historia es una invención a la que la realidad acarrea sus propios materiales. No arbitraria.”
Como se ve, comenzamos por hablar del modo de hacer literatura de Scurati y no por el contenido del libro, porque en tal modalidad se entremezclan literatura con historia y periodismo de investigación, logrando un fascinante resultado estético, es decir, logrando literatura genuina, que se conjuga con un testimonio que podemos catalogar como de militancia fuerte contra el fascismo apelando a sus propias fuentes y sin apartarse un ápice de ellas. Hasta hoy, como bien se ha señalado, no había aparecido un texto semejante. “Se esperaba desde hace décadas. Una obra maestra”, escribe Roberto Saviano en la contratapa, haciendo uso del superlativo como énfasis para señalar el tenor de este escrito.
No hemos hecho mención del contenido del libro separando exprofeso literatura de historia y de política, pero ello fue un artificio para aclarar ciertos aspectos que nos parecían pertinentes. En la realidad, este texto no separa esas tres áreas y con ello se erige en un relato imprescindible para conocer y reconocer, como también se dice en los comentarios, el ADN del fascismo.
El vasto panorama que nos invita a recorrer el autor en este primer volumen de una saga de cinco: M. El hijo del siglo,comienza con la descripción de la creación del primer Fascio di combattimento por parte de Mussolini y otros en Milán en 1919 y llega hasta los tumultuosos días de enero de 1925 y el discurso ante la Cámara de Diputados, en el palacio Montecitorio, donde se hace cargo de lo que ha llegado a ser el fascismo, el propio Partido Fascista y él mismo como Duce. (La saga se continua con M. El hombre de la providencia, M. Los últimos días de Europa, M. La hora del destino y M. El fin y el principio).

En una torrencial sucesión de acontecimientos Scurati nos hace participar de los comienzos del fascismo italiano, las vacilaciones del gobierno del Reino de Italia, a medias ganador de la Gran Guerra (de la cual no parece favorecerse), debilitado por las contradicciones del Partido Socialista (cuya ala radical concluye por crear el Partido Comunista en 1922) y la aparición, en la sociedad italiana, de una masa crítica de marginales violentos que se constituirán en el núcleo duro del futuro partido fascista. Tal masa es una secuela directa de la Gran Guerra (1914-1918) porque su mayor número proviene de italianos desmovilizados, desclasados, sin trabajo o habiendo perdido el que tenían, vagabundos sin expectativas y deseosos de venganza contra el gobierno liberal. Siempre en el centro de los acontecimientos, Mussolini maneja de manera portentosa sus distintas aristas, ya devengan de los partidos y de la política oficiales, ya lo hagan de esa masa que no se adviene en ningún momento a encuadrarse y a disciplinarse.
El haz de militantes consagrados a la lucha (il fascio di combattimento) configura una unidad dotada de misticismo militar y político (en ese orden) solo obediente al jefe y opaca a las argumentaciones provenientes de afuera. Es la contracara de los comités de base liberales, socialistas y comunistas.
Scurati hace pensar en silencio a Mussolini antes de que tome la palabra en esa primera reunión de los fascios de combate en Milán en 1919:
“¿Por qué debería hablar a estos hombres? Por ellos han superado los hechos cualquier teoría. Es gente que toma la vida al asalto como un comando. Lo único que tengo ante mí es la trinchera, la espuma de los días, la zona de los combatientes, la arena de los locos, el surco de los campos arados con disparos de cañón, tengo ante mí a facinerosos, inadaptados, criminales, genialoides, ociosos, playboys pequeñoburgueses, esquizofrénicos, abandonados, perdidos, irregulares, noctámbulos, exconvictos, gente con antecedentes penales, anarquistas, sindicalistas incendiarios, gacetilleros desesperados, una bohemia política de veteranos, hombres expertos en el manejo de armas de fuego o blancas, a quienes la normalidad del regreso ha redescubierto violentos, fanáticos, incapaces de percibir con claridad sus propias ideas, supervivientes (…) Lo sé, los veo aquí delante de mí, me los conozco de memoria: son los hombres de la guerra. De la guerra o de su mito.” (Scurati, p. 15).
El núcleo de lo que constituirá al fascismo como movimiento y luego como partido es el de estos hombres de la guerra. Ello instalará al conflicto en el centro de sus acciones y de su pensamiento.
¿Quiénes somos? se pregunta Mussolini en junio de 1919, y responde inmediatamente: “Pregunta incorrecta, inútil, dañina incluso. Pregunta superflua porque sobrevalora la importancia de la conciencia”.
¿Quiénes son los fascistas? ¿Qué son? Benito Mussolini, su ideador, considera el interrogante, ocioso. “Sí, claro… son algo nuevo… algo inaudito… un antipartido. ¡Eso es… los fascistas son un antipartido!”
“(…) Lo importante es ser algo que permita evitar los obstáculos de la coherencia, el lastre de los principios. Las teorías y su consiguiente parálisis”.
Cesare Rossi ,uno de los principales asesores de Mussolini, agrega: “Los fascios no tienen una idea clara del futuro, no saben adónde quieren ir a parar. (…) Los fascistas no quieren reescribir el libro de la realidad, solo quieren su lugar en el mundo (…) ya no hay ni izquierdas ni derechas. Sólo se trata de alimentar ciertos estados de ánimo que afloran en este crepúsculo de la guerra. Nada más. Eso es todo.”
El auténtico programa de los fascios de combate está encerrado por entero en la palabra “combate”. Pueden y deben, por tanto, permitirse el lujo de ser reaccionarios y revolucionarios, según las circunstancias.
Gabriele D’Annunzio, a quien los programas le importaban un bledo, decía que donde hay que poner todo el énfasis es en la acción. Es más, señalaba que el problema teórico del programa político se resuelve erradicándolo como una mala hierba: lo único que deben hacer los fascistas es pasar a la acción, a cualquier tipo de acción. Todo, entonces, se simplifica. En esos momentos, cuando el pensamiento se descarga en la acción, la vida interior se miniaturiza, se reduce a los reflejos más simples, se desplaza desde los centros nerviosos hacia los suburbios.
“Nosotros los fascistas –dice Mussolini en otro discurso– no tenemos ideas preconcebidas, nuestra única doctrina son los hechos”.
Y el 1° de enero de 1920 escribe en Il popolo d´Italia:
“Los fascistas no creen en los programas, en los esquemas, en los santos, en los apóstoles. No creen, sobre todo, en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida. Debemos navegar, siempre, es necesario. No hay solución, no hay refugio, no hay atraque a sotavento, encerrado en el círculo de las necesidades primordiales.”
Dos pasajes de Il popolo d´Italia de febrero de 1921 resultan ser paradigmáticos sobre cómo entienden y viven la violencia los fascistas:
“Nos acusan de llevar la violencia a la vida política. Nosotros somos violentos cada vez que es necesario serlo, (…) la nuestra debe ser una violencia de masas, inspirada siempre en criterios y principios ideológicos (…)”.
“Las crónicas diarias abundan en episodios de violencia en la lucha que mantienen fascistas y socialistas (…) tenemos que volver a declarar que para los fascistas la violencia no es un capricho o un propósito deliberado. No es el arte por el arte. Es una necesidad quirúrgica. Una dolorosa necesidad.
En segundo lugar, la violencia fascista no puede ser una violencia de provocación (…) La violencia, para nosotros, no tiene carácter de venganza personal, sino carácter de defensa nacional.”

En la creación del Partido Fascista sucedido durante el Congreso Nacional de los Fascios de Combate, en Roma, Teatro Augusteo, 7 al 9 de noviembre de 1921, y en un discurso de más de tres horas, Mussolini se explaya sobre el Programa del novel Partido Fascista:
“Su visión es panorámica, nada se le escapa gracias a su voluntad pantocrática dispuesta a modelar el mundo.
Primero, el fascismo es la síntesis de todo. Absorbe a los liberales y al liberalismo porque con el método de la violencia ha enterrado todos los métodos anteriores. Luego, mirando hacia el futuro, el fascismo completará la nacionalización de los italianos. Y más allá de los confines territoriales, el fascismo siente el mito del imperio.
En cuanto al Estado, muy sencillamente, el Estado somos nosotros, los fascistas. En cuanto a la economía, liberalismo en el sentido más clásico del término. En cuanto a las masas y su conquista hay que apelar a un punto medio entre la singularidad del héroe y las propias masas. La verdad está en el punto medio”.
Tras compendiar todo el siglo en tres horas, al fundador del fascismo le queda el último punto del programa para el futuro. Ese último punto es él mismo, Mussolini. No define lo que supone erigirse como Duce pero queda encarado. Su astucia le hace guardar esta definición para que sea el propio Partido quien lo haga.
Con sus propias palabras ( Scurati, p. 426):
“En mi luchan dos Mussolini, uno que no ama a las masas, el individualista, y otro absolutamente disciplinado. Es posible que haya lanzado palabras duras pero no iban dirigidas a las milicias fascistas, sino contra aquellos que pretendían someter el fascismo a intereses privados, mientras que el fascismo debe ser el guardián de la nación. Prefiero el trabajo del cirujano que hunde el cuchillo en la carne gangrenosa al método homeopático que titubea sobre lo que ha de hacerse. En la nueva organización mi intención es desaparecer, porque debéis curaros de mi dolencia y caminar por vosotros mismos.
El Imperio es la necesidad instintiva de todo individuo que intenta abrirse camino en la vida, y cuando los pueblos ya no sienten ese aguijonazo dejan de ser carne viva.”
(Pasajes del Discurso de Mussolini en el 3º Congreso Nacional de los Fascios, 8 de noviembre de 1921, p. 426 del libro).

La constitución del Partido Fascista en base a los fascios de combate supone una propuesta política radicalmente contraria a la planteada por el ala maximalista de los socialistas que crea el Partido Comunista Italiano en 1922. La diferencia nos permite estudiar el rol de la violencia presente en las masas marginales en el caso italiano y el rol de la llamada conciencia de clase en el caso ruso.
Digámoslo así: en el caso del fascismo se configura la unión en torno al fascio, que a su vez se une a los otros fascios en torno, a su vez, al Jefe (Duce, en italiano).
En el caso de los comunistas (que siguen el esquema ruso propuesto por Lenin) se configura la unión en torno a un Partido de los trabajadores que se caracteriza por el centralismo democrático. Es más, aquí se hace fundamental la racionalidad. La militancia propuesta a los miembros implica ir conociendo racionalmente lo que significan las clases sociales y sus luchas, el papel del proletariado y la prospectiva de la revolución mundial.
El rechazo de Mussolini a la tesitura comunista se hace clave en su manera de entender la democracia. Concretamente, la niega al pensarla como mero resultado de los acuerdos o componendas entre los dirigentes políticos o sindicales o entre los propios grupos políticos. Al negar la democracia la sustituye por la violencia, presente como elemento constitutivo de los fascios. Aunque, como ya vimos, Mussolini y los dirigentes fascistas han insistido continuamente en su rechazo (y aun en su desprecio) por las formulaciones teóricas, se revela aquí una concepción marcada por una expresión previa de la violencia, cada vez que se hacen públicos los debates en torno a la acción de las masas. La evidencia de este dato de la realidad es ocultado sistemáticamente tanto por Mussolini como por los demás divulgadores de la acción fascista, pero su presencia no puede ser ocultada y, menos aun, invisibilizada.
Tampoco hacen mención del rechazo al papel central de la racionalidad esgrimido por los dirigentes de todo el espectro político italiano. Para Mussolini la vida emocional es quien debe situarse en el centro de la práctica de los actores políticos, ella es quien permite la acción sin las limitaciones de la razón. Aunque no lo expresan de esta manera, es una forma de política dionisíaca. Si la pasión dirige el comportamiento del político, no existe argumento que sea convincente diciendo que los límites de lo emocional están marcados por la razón. Eso lo defiende la racionalidad occidental, especialmente el Iluminismo, de manera que es una posición histórica, no un dato permanente de la realidad. Es más, para la filosofía fascista no existen categorías permanentes, estables. Al respecto se hace eco de los procesos, de los criterios del movimiento continuo del futurismo, del que debemos decir, a propósito, que sus creadores adhirieron al fascismo de forma abierta (Marinetti, Boccioni, Balla, etcétera).
La adhesión del movimiento fascista a una forma de filosofía procesal hace que descrea también de una historia lineal, acumulativa. La historia aparece para este movimiento como una sucesión de compulsiones provocadas por las masas en acción que no busca una finalidad que centralice definitivamente el rumbo, y que sabe (o cree saber) que las marchas atrás son tan necesarias como los avances.
En definitiva, ¿quiénes son los fascistas? Son conjuntos dispuestos en haces de combate (y nunca unificados al modo de un Partido) que hacen de la lucha su razón de ser. Más que militantes son luchadores, de ahí que la violencia sea connatural a sus acciones.
Hacen de la vida emocional su regla de acción, o una regla de acción tan importante como los lineamientos racionales. Lo que sucede al mismo tiempo es que estos lineamientos racionales son promovidos y dosificados por el Jefe, el Duce. Hay en esto una disciplina vertical férrea.
El rol del individuo en su organización no se subsume a la disciplina partidaria. Sigue estando ahí, sigue vigente en este Movimiento el principio de individuación.
Y la verdad de los hechos depende de la verdad que quiera establecer el Partido Fascista, es decir, el Duce. Este relativismo es un antecedente de la postverdad actual.
Estas notas sobre la filosofía del fascismo italiano no desean ocultar, minimizar o exaltar los manifiestos procesos de deterioro de la vida política que el mismo trajo consigo. Hemos puesto entre paréntesis, simplemente, lo que hacía a los datos de la historia a fin de hurgar en sus cimientos teóricos. Si es que los tiene.

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