
Rocío Carranza Maxera demuestra su maestría interpretativa y eleva la vara en la obra Che, señora, escrita y dirigida por Armandó Durá, recién estrenada en el Espacio Bravo

Por Andrés Maguna

Calificación: 4/5 Tatitos
Concurrí a la segunda función de Che, señora el frío y lluvioso viernes 14 de agosto (el estreno fue el viernes 7), en el Espacio Bravo, con una buena y a la vez cautelosa disposición: el título me parecía excelente, me resultaba atractivo, como me había resultado atractivo el título de la anterior obra del dramaturgo y director Armando Durá, Voces que el viento trae (que vi y critiqué), y me daba curiosidad que se tratara de la performance unipersonal, por primera vez en Rosario, de una actriz costarricense, llamada Rocío Carranza Maxera, que vino a residir a la ciudad por amor.
Sola entonces en escena poco más de los 50 minutos que dura la puesta, Rocío se las arregla para convertirse en un poderoso imán de miradas y escuchas, desplegando un abanico de recursos actorales extraordinarios a la vez que revelando inusuales dotes para ello, en función de una dramaturgia, un guion, de gran simpleza, quizás cargado de connotaciones forzadas e innecesarias, tal como, y por otra parte, se deduce del texto sinopsis de difusión:
“En la víspera de una Navidad opulenta, dentro de un exclusivo barrio cerrado, Brenda –una joven empleada doméstica oriunda de Mercedes, Corrientes– repasa por última vez la mansión ajena antes de que lleguen los invitados. Mientras prepara el banquete, Brenda transita la delgada línea entre la servidumbre y el delirio místico: la devoción al Gauchito Gil, el resentimiento de clase y una fascinación perturbadora por su empleadora se entrelazan en un monólogo visceral. Entre el olor a pavo al horno y el sonido de una gotera que parece contar los ceros de una cuenta bancaria, Brenda revela un plan gestado en las sombras junto al guardia de seguridad, poniendo en jaque la paz aparente de la Nochebuena”.
Puede ser que exista una “delgada línea entre la servidumbre y el delirio místico”, y puede que resulte una ociosa distracción pensar en ello, toda vez que el potente delirio místico de Brenda consiste en estar completamente convencida de que siendo virgen concibió un hijo del Gauchito Gil. En cuanto al “resentimiento de clase”, dándolo a entender como una de las consecuencias que llevan en ocasiones a la tragedia en el marco de una guerra secular, tampoco cobra fuerza en función del argumento, ni suma tensión a una pretendida escalada de la dramaticidad respecto de un “plan gestado en las sombras” sin mucho peso específico. Además, el texto en sí, de una nobilísima intención poética, alterna momentos de altísimo vuelo con otros más pedregosos, aunque, justo es reconocerlo, sin perder fluidez ni resaltar transiciones, pues Che, señora exhibe, en los planos más formales, una unicidad bien cohesionada.

Estas debilidades del guion, sin embargo, más allá de restarle un Tatito a la calificación indicada, pueden pasar totalmente desapercibidas al momento de aquilatar la diáfana actuación de Carranza Maxera, que dota a su empleada doméstica de una carnadura verosímil a la vez que universal. Logra que su Brenda no sea solo asimilable, sino también querible.
Para la crítica, la ponderación de las actuaciones siempre representa un terreno escabroso, y cuesta un Perú encarar las justificaciones objetivas sobre las que se consideran interpretaciones deficientes (porque la subjetividad del espectador tiene todo el peso del amor a los propios juicios), razón por la cual se encuentra mayor solaz y libertad expresiva en la enumeración de virtudes interpretativas del artista. Por esto que digo, me abstendré de enumerar las agraciadas dotes que demuestra poseer Rocío Carranza Maxera en Che, señora para señalar, solamente, que los principales méritos de la puesta en escena se le deben atribuir a su performance, que a mi parecer terminó siendo inspiración y directriz de su director (Durá), haciendo lucir todos los elementos escénicos (su cuerpo, la escenografía, el vestuario, las luces y el sonido) y elevando la vara en cuanto a la exploración de las fuentes de recursos gestuales y posibilidades de expresión a la hora de crear un personaje.

FICHA:
Título: Che, señora. Autor y director: Armando Durá. Actúa: Rocío Carranza Maxera. Fotografías: Juan Pablo Giordano. Vestuario: Lorena Fenoglio. Prensa: Alita Molina. Sala: Espacio Bravo. Funciones iniciales: todos los viernes de agosto de 2026.
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