

Por Martín Mello
1
Hay tres jóvenes libertarios que se juntan en un bar que está enfrente de la oficina donde trabajo, cada dos por tres los saludo y les tiro algún comentario irónico que los enoja un poco pero no lo suficiente como para dejar de hablarme. “Muchachos, cada vez más vacío el barcito”; “¿No se reactivaba todo?”; “¿Y el segundo semestre cuándo viene?”. A veces, simplemente, le digo al dueño que les deje de dar fiado, que se jodan por boludos.
Ayer charlamos durante quince minutos de corrido por primera vez. Después de escuchar todos los lugares comunes habidos y por haber —que los K se robaron todo, que ahora hay que pagar la fiestita que nos dejaron, que nominalmente el salario está mejor, que hay que darles tiempo— les pedí lo siguiente: díganme una sola cosa en la que un trabajador esté mejor hoy que con Alberto Fernández. Una sola. Después de unos breves segundos de silencio volvieron con la misma perorata: que la herencia recibida, que la inflación, que no se puede hacer magia en un solo mandato, etcétera.
Pero pasó algo, ese silencio significó algo.
2
Estuve leyendo y escuchando a Miguel Benasayag. Un gran hombre. Un filósofo y psicoanalista francoargentino que en la última década se dedicó al estudio de las tecnologías y el efecto que tienen en la subjetividad humana.
Benasayag retoma el concepto de potencia de Spinoza. La potencia es la capacidad de actuar de las personas: a mayor desarrollo de la misma, mayores son las cosas que el sujeto puede hacer y mayor es su manera de afectar al mundo.
Resumiendo bruscamente, la tesis de nuestro autor es la siguiente: ciertas tecnologías han disminuido la potencia de la humanidad y hay que estar consciente de este hecho para tratar de tener una relación diferente con las mismas. Delegarle una función a una máquina nos hace perder esa capacidad poco a poco.
Benasayag no se limita a las computadoras de escritorio o al teléfono celular, sino que retrocede en el tiempo y nos señala que incluso el GPS debilitó la potencia humana de la ubicación.
Por ejemplo, cuando yo era chico mi viejo nos llevó en auto a Brasil. Recuerdo tener cinco años y verlo con esos mapas gigantescos, obscenos, que ocupaban el parabrisas completo. Me señalaba con vigor unas líneas de diversos colores y me decía: “…agarramos esta, y después esta y esta” y yo lo miraba y asentía sin tener la menor idea de lo que me estaba diciendo. 20 ó 22 horas después estábamos en Florianópolis o Camboriú. No sé cómo, pero con ese pedazo de papel y la cabeza de mi padre habíamos atravesado treinta ciudades, dos países y llegado a destino casi sin sobresaltos.
Hoy si no tengo el Google Maps me pierdo en un barrio de Rosario.

Surge una pregunta: ¿se puede utilizar la tecnología en servicio de la potencia humana y no como detrimento? Supongo que sí, pero Benasayag nos dice que el teléfono móvil y la IA ya han penetrado tanto en la cotidianidad humana que una relación no-dependiente se vuelve muy dificultosa sino imposible. Las redes sociales con sus algoritmos diseñados por expertos no tienen como objetivo el disfrute o el enriquecimiento del usuario, sino su permanencia, y la IA nos da respuestas que tampoco tienen como prioridad la resolución de conflictos sino la continuidad de la conversación. Esta función programada hace que sea difícil tomar como socia a una herramienta que fue diseñada para que no la soltemos jamás.
Esta alienación tiene muchos efectos, el peor de los cuales es la hiperindividualización de la vida.
Resulta que en el mundo reglado de las redes sociales “mi” mundo está hecho acorde a “mis” intereses, mi algoritmo me da lo que me gusta, me da las opiniones que quiero escuchar, me presenta a los sujetos que confirman mis prejuicios, todo está escrito para servirme de caricia, lo que es áspero desaparece rápido; toda mi experiencia de lo “social” se basa en unos consumos que están hechos a la medida del usuario.
Pero la realidad es distinta.
Parte de vivir en sociedad es juntarse con pelotudos (o ser uno el pelotudo de los demás), y soportar esa situación, o congeniar con esa situación, o tal vez luchar con esa situación y en la síntesis de esa batalla lograr algo, o nada; incluso, por qué no, ser amigo de alguien que consideramos un idiota, o tener la amistad de alguien distinto ideológicamente, y lograr algo, quizás hasta la felicidad o la satisfacción a pesar de estas diferencias.
Pero las producciones de subjetividad de los dispositivos tecnológicos actuales hacen que sea cada vez más incómodo y evitable encontrarse con puntos de vista distintos, ¿entonces qué?
3
The Drama es una película de este año dirigida por Kristoffer Borgli, un noruego que no había dirigido nada culturalmente memorable. El film trata sobre una pareja, Robert Pattinson y Zendaya, y los preparativos de su incipiente matrimonio.
Spoilers: voy a contar todo.
Ellos son sujetos económicamente estables, no tienen ningún conflicto desde el punto de vista de un laburante. Conviven en un departamento hermoso, él trabaja para un museo importante y ella no me acuerdo, pero algo parecido. Sus problemas en general son estéticos, no hay gravedad en sus vidas.
Resulta que están preparando su matrimonio, contratan a una DJ para que musicalice la fiesta, van con una coreógrafa que les enseña a bailar el vals, un vals moderno y cool, eligen una decoración refinada pero sobria, etcétera.
El conflicto empieza cuando están probando vinos en el salón donde se va a celebrar la boda: Robert Pattinson, Zendaya y dos amigos de la pareja (la chica de Licorice Pizza y otro muchacho). En el medio de la charla la chica de Licorice Pizza les pregunta qué fue lo peor que cada uno de ellos hizo en su vida. El novio de la chica y Robert Pattinson hicieron pavadas, tan insignificantes que ni las recuerdo. En cambio, la chica de Licorice Pizza cuando era adolescente llevó a un chico autista a una casa deshabitada en un descampado y le hizo una broma, lo convenció de que se metiera en un placard viejo, y una vez dentro lo encerró con llave y se fue. Volvió a su casa y no dijo nada. Durante días la policía buscó al niño por todo el barrio. Los vecinos se acercaron a la casa de ella, le preguntaron si lo vio en algún lado y ella respondió que no, que no tenía idea. Tremendo. Grave. La chica de Licorice Pizza se ríe como si fuera una pavada y los otros tres la miran medio de reojo.

Después la pregunta va para Zendaya. Ella se hace la distraída, sonríe, da a entender que no hizo nada memorable. Los amigos le insisten. Está obligada a decir algo. Finalmente mirando a la nada, como no queriendo, dice que planeó un tiroteo escolar. Se hace un silencio que se interrumpe por una sonrisa nerviosa. Le dicen que hable en serio. Y ella dice que en serio casi hace un tiroteo escolar. Le preguntan qué tan cerca estuvo. Y ella responde que muy muy cerca.
La chica de Licorice Pizza se pone de pie y con ojos llorosos le dice que es una psicópata, una enferma, que su prima quedó paralítica producto de un tiroteo escolar, que no puede tener de amiga a una mujer tan enferma. Se van del lugar y ninguna de las relaciones queda igual.
El conflicto de la película es precisamente ese: Robert Pattinson ya no mira a su mujer como antes. Le teme. Siente que va a casarse con una extraña. Cualquier gestualidad agresiva es ahora reinterpretada bajo el signo de una potencial asesina en serie. La relación da un giro brusco. Ya no pueden ni coger. Todo escala hasta la fiesta de matrimonio donde explota de una manera muy particular. Pero esto no es lo interesante, lo que nos importa a nosotros es la explicación que da Zendaya sobre por qué CASI hizo lo que iba a hacer, y es la siguiente:
Ella cuenta que de adolescente, digamos catorce años, era medio rara, medio nerd, le gustaban los comics, ciertas bandas de rock alternativo, heavy metal, no habitaba la vida de una nena de catorce años, se vestía y se movía diferente, escuchaba distinta música y tenía unos rulos imponentes. En definitiva, no encajaba en el mundo estético de su entorno. Además era tímida y, por todo esto, muy maltratada. Si decía algo se burlaban de ella, si estaba en silencio la señalaban o la empujaban. No tenía una sola amiga y su existencia dentro del colegio se tornaba insoportable.
Zendaya nos aclara que era adolescente en la época de los Liveleaks, un sitio que mostraba videos caseros de cualquier índole sin el filtro del algoritmo de Youtube, era todo más bien casero y de cámara en mano, captando situaciones de la vida real sin filtro. Resulta obvio, pero vale aclarar que los videos más populares del sitio eran los más crudos, generalmente mostrando asesinatos de manera explícita.
Zendaya cuenta que se enamoró de la estética de los rechazados que cometían asesinatos en colegios, ese look oscuro, con pantalones cargo tipo militar, maquillaje dark y un explícito rechazo a “la masa”, “la normalidad”, “la vulgaridad de lo obvio”. Rápidamente comenzó a vestirse de ese modo, a robarle el rifle a su padre y probarlo con animales.
Tenía una identidad. Formaba parte de un grupo, abstracto pero real, tanto en imagen como en contenido. Se sentía hermanada por su relación de rechazo con respecto a la masa, a los “normales”, un rechazo proveniente del desprecio y que pronto se transformaría en deseos de exterminio.
Esa hermandad, ese orden, ese objetivo, la dotó de lo que no había tenido hasta ahora: compañía y sentido.
Zendaya decide poner una fecha para hacer el tiroteo.
Un día antes de esa fecha va al colegio y hay una gran conmoción. Todos los alumnos corren, lloran, se abrazan. Zendaya no entiende. Son reunidos en el gimnasio de la escuela donde un directivo anuncia que hubo un tiroteo en un shopping cercano a la institución y que un compañero de ellos falleció allí. Todo el gimnasio se vuelve un solo grito. Los alumnos lloran y se abrazan. Vuelven al salón de clases y una psicóloga o psicólogo, no me acuerdo, les dice: “Vamos a hacer un ejercicio, miren a la persona que está a su izquierda”. Todos los alumnos, de pie en el salón, miran a la izquierda. “Ahora todos miren a su derecha”. Los alumnos lo hacen. “Ahora miren a la persona que está justo enfrente suyo”. Los alumnos miran cara a cara al que tienen enfrente. Todos lloran y se abrazan otra vez. La muerte del compañero fue, en alguna medida, el acceso a la mortalidad de cada uno de ellos, el símbolo de la unificación.
De repente, y haciendo referencia a quien perpetró el atentado en el shopping, una compañera dice: “Esto es un problema más bien masculino, ¿no? O sea, siempre es un tipo enojado el que hace estas cosas”. Zendaya levanta la mano y dice: “No, no, han habido varias mujeres, no fueron sólo hombres, y ni siquiera están locos, te shockearía ver lo normales que son algunos”.
Después de demostrar que entendía la situación, compañeros que antes la ignoraban comenzaron a aceptarla, a incluirla, a preguntarle cosas.
Unos días después se organizan protestas estudiantiles y un movimiento antiarmas la elige a Zendaya como una de sus líderes, especialmente por la facilidad que tenía para expresarse. Al llegar a su casa tira el rifle de su padre en un pantano, lo observa hundirse y desaparecer.
4
Me pregunto si la pertenencia a un grupo, la necesidad de pertenecer a un grupo en una realidad tan aislada como la que vivimos actualmente, no será el factor decisivo a la hora de elegir un camino, una ideología, un sentido. Y me pregunto qué tan diferente es la pobre Zendaya, ignorada y descartada en su infancia, con mis conocidos libertarios y su apoyo desesperado a un sujeto que es símbolo de su rechazo, sin ninguna otra razón más que la del sentido que este símbolo les provee.

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