
Crítica a la película documental de Pablo Aparo sobre las islas Malvinas

Por Juan Facundo Besson
Introducción. El problema comienza en el título
Los vencedores, documental dirigido por Pablo Aparo y estrenado hace muy poquito en la sala pública de cine El Cairo de Rosario (dependiente del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Provincia de Santa Fe), plantea un interrogante antes incluso de que aparezca su primera imagen: ¿quiénes son los vencedores? El título no es inocente. En una cuestión atravesada por un conflicto bélico, hablar de vencedores supone necesariamente la existencia de derrotados y conduce inmediatamente al espectador hacia 1982. En términos estrictamente militares, el 14 de junio cesaron los combates en las islas y el general Mario Benjamín Menéndez firmó el instrumento de cese al fuego y el retiro de las fuerzas argentinas bajo su mando. Asimismo, ese acto no constituye un título de soberanía ni extingue una controversia territorial anterior. La Cuestión Malvinas no nació el 2 de abril de 1982 ni terminó el 14 de junio. Mucho antes existían la protesta argentina frente a la invasión, usurpación y posterior ocupación británica iniciada en 1833, una controversia reconocida internacionalmente y un proceso negociador impulsado por las Naciones Unidas desde la Resolución 2065 (XX) de 1965. El primer riesgo conceptual de Los vencedores consiste, entonces, en permitir que el resultado de 1982 funcione como lente retrospectiva para interpretar una cuestión histórica, jurídica y geopolítica que lo precede ampliamente.
La película conoce esa historia, pero decide no hacer de ella su problema central. Hay una referencia inicial al origen de la controversia y al desplazamiento de las autoridades argentinas en 1833 –conviene hablar con precisión de asentamiento argentino y autoridades argentinas, antes que utilizar indiscriminadamente la expresión “colonia argentina”–1 , pero muy pronto la dimensión histórica queda subordinada a otro propósito: conocer a los habitantes actuales de las islas, escuchar su memoria del conflicto y observar su cotidianidad. Aparo viaja a Malvinas preguntándose quiénes son esas personas a las que los argentinos casi nunca escuchamos directamente. El proyecto termina encontrando su eje narrativo en Matthew McMullen, un poblador del camp explícitamente contrario al reclamo argentino, con quien el director desarrolla una relación que atraviesa la desconfianza, la discusión y finalmente una forma de amistad. La sinopsis oficial de BAFICI resume exactamente esa operación: aquello que comienza como “un retrato del conflicto” termina transformándose en “una inesperada historia de amistad con el enemigo”. La crítica cinematográfica recibió mayoritariamente con entusiasmo ese desplazamiento; BAFICI calificó el film como un “triunfo documental”, mientras otras reseñas destacaron su capacidad para humanizar al adversario, escuchar “la otra campana” y atravesar las certezas heredadas.
Puede comprenderse la decisión de Aparo de dejar hablar a los entrevistados y registrar sus testimonios con mínima intervención. Pero esas voces no surgen en un vacío: forman parte de un ethos social e institucional construido y reproducido en una comunidad de pocos miles de habitantes. El sistema educativo sigue el English National Curriculum, complementado con contenidos de historia local; desde edades tempranas se trabaja 1982 mediante relatos, conmemoraciones, visitas a campos de batalla y lugares de memoria, mientras la continuidad educativa posterior a los 16 años se desarrolla principalmente en instituciones británicas con financiación pública isleña. Escuela, familia, prensa, memoria de la guerra e instituciones políticas participan así en la construcción de una determinada representación del pasado y de la pertenencia británica. Esto no convierte mecánicamente a cada entrevistado en portavoz de Londres, pero obliga a contextualizar sus palabras: Matthew, Lisa Watson o Leona Roberts no hablan desde un espacio culturalmente neutro. En una comunidad pequeña, pueden operar también como poleas de transmisión de categorías y memorias colectivamente consolidadas. Por eso, en un documental, lo personal también es político: importa lo que se dice, pero igualmente aquello que el director pregunta, lo que decide no repreguntar y lo que deja fuera de campo.
Esa construcción posee además una dimensión demográfica explícita. La Workforce Development Strategy del gobierno isleño reconoce la dependencia de trabajadores extranjeros y propone atraer personas con las capacidades y cualidades consideradas adecuadas para la vida local, retenerlas y facilitar selectivamente su tránsito hacia residencia permanente y Falkland Islands Status. El dato es significativo: el censo de 2021 consideraba temporario al 28 % de los residentes, mientras los documentos estratégicos plantean un crecimiento poblacional “medido”, compatible con la preservación de la identidad de las islas. La población necesaria para sostener la economía puede, por tanto, ser más abierta que el cuerpo político destinado a reproducir la comunidad. Esa arquitectura vuelve insuficiente limitarse a retratar lo que cada habitante piensa: también corresponde preguntarse cómo se forma esa comunidad, quién puede incorporarse plenamente a ella y mediante qué instituciones se reproduce el ethos desde el cual después se invocan identidad y autodeterminación.
I. Escuchar al habitante: entre el testimonio y la ausencia de repregunta
El principal mérito de Los vencedores es también el lugar desde el cual comienzan sus problemas. Aparo hizo algo infrecuente dentro del audiovisual argentino: permaneció extensamente en las islas, habló con sus habitantes, registró sus actividades ordinarias y permitió que expresaran sin intermediarios su posición sobre la Argentina y sobre 1982. La película le da al isleño rostro, casa, trabajo, memoria, humor, contradicciones y sufrimientos. Esa decisión posee indudable valor documental. El problema es qué hace el documental después de escuchar. En numerosas secuencias la palabra del entrevistado permanece prácticamente autosuficiente; escasea una repregunta capaz de enfrentar al interlocutor con las contradicciones históricas o jurídicas de aquello que afirma. El testimonio, de ese modo, adquiere una autoridad derivada de su autenticidad emocional: quien estuvo allí, quien sufrió la guerra o quien pertenece a una familia arraigada en las islas parece adquirir simultáneamente autoridad para interpretar la controversia política que rodea su experiencia.
Esto resulta especialmente problemático porque algunos interlocutores no son simples ciudadanos elegidos al azar. Entre quienes aparecen o han sido identificados alrededor de la película se encuentran personas vinculadas con el periodismo, la política y las instituciones isleñas. Conocer sus nombres, funciones y posiciones habría permitido comprender que no todas las voces hablan desde el mismo lugar. Un trabajador migrante no ocupa la misma posición dentro del dispositivo político que un legislador o exlegislador; una persona vinculada con Penguin News no interviene en la construcción de la opinión pública del mismo modo que un trabajador temporal llegado para cubrir una necesidad laboral. La ausencia de identificación suficiente aplana esas diferencias y convierte al conjunto en “los habitantes”. Sin embargo, para comprender Malvinas importa precisamente saber quién habla, desde qué posición institucional habla y qué relación mantiene con la estructura política administrada bajo soberanía británica.
Matthew concentra esta dificultad. Cinematográficamente es un personaje extraordinario. Vive en el camp, trabaja en la cría ovina, posee un carácter áspero, mantiene una posición inequívocamente contraria a la Argentina y carga con una memoria familiar vinculada con Pradera del Ganso durante 1982. La película lo anuncia inicialmente como alguien potencialmente hostil y encuentra allí su gran transformación narrativa: Aparo consigue ingresar en su mundo y detrás del presunto enemigo descubre a una persona con la cual puede trabajar, discutir, bromear y establecer afecto. Varias críticas entendieron que allí reside la mayor conquista del film. La revista Re-Encuadre considera que el documental se eleva precisamente cuando aparece Matthew y la relación comienza a parecerse a una amistad; Micropsia interpreta esa relación como demostración de que la conexión humana puede atravesar diferencias geopolíticas. Pero existe una dificultad previa que la película no termina de desmontar: Matthew nunca fue el enemigo político de la Argentina. El sujeto con el cual la Argentina mantiene una controversia de soberanía es el Reino Unido. Convertir primero al habitante en “enemigo” permite transformar después su humanización en descubrimiento. La operación funciona cinematográficamente, pero desplaza el centro del conflicto desde el Estado que ejerce el poder hacia el individuo que vive bajo ese orden.
La experiencia de Matthew durante 1982 merece, desde luego, ser escuchada, al igual que la de los civiles que relatan miedo, confinamiento e incertidumbre. Pero tampoco corresponde reconstruir a los habitantes como terceros completamente ajenos al conflicto: una parte considerable se identificaba políticamente con el Reino Unido y algunos colaboraron con las fuerzas británicas mediante conocimiento del terreno, comunicaciones, transporte, orientación e información. Era comprensible: se consideraban británicos y entendían a las fuerzas desembarcadas como propias. Esto no convertía a la población civil en objetivo militar ni justificaba abusos contra ella, pero sí obliga a complejizar la representación de una sociedad simplemente atrapada entre dos contendientes. Del mismo modo, reconocer el respeto debido a los civiles exige contrastar comportamientos concretos. Precisamente allí debería aparecer la repregunta documental. Cuando Matthew sostiene que la Argentina perdió y debería abandonar su reclamo, cabía preguntarle por qué una “derrota” militar debería resolver una controversia reconocida por Naciones Unidas desde 1965 y qué conoce de 1833, de la Resolución 2065 y de las negociaciones de soberanía anteriores a 1982.
Esa pregunta adquiere todavía mayor espesor si la experiencia isleña se coloca dentro de la historia imperial británica, pero sin simplificaciones. Gran Bretaña construyó el mayor imperio territorial de la época contemporánea y empleó diferentes mecanismos de adquisición y dominación: conquista, ocupación, tratados desiguales, protectorados y colonias de poblamiento. Australia ofrece el ejemplo paradigmático de la ficción jurídica de terra nullius, mediante la cual se desconocieron derechos territoriales indígenas hasta que Mabo rechazó esa doctrina en 1992. El historiador Stuart Laycock calculó, utilizando una definición deliberadamente amplia que incluye invasiones, incursiones, operaciones militares y otras intervenciones, que fuerzas británicas actuaron en territorios correspondientes a 171 de los actuales 193 Estados miembro de la ONU; el número no debe presentarse como 171 colonias ni 171 conquistas, porque su metodología incluye episodios muy diferentes. Esa trayectoria imperial es precisamente lo que vuelve insuficiente aislar el sufrimiento de 1982 de la historia larga del poder británico. Lo personal también es político en este caso: importa aquello que Matthew recuerda, pero también la tradición estatal dentro de la cual interpreta ese recuerdo; importa lo que responde y, para el documental, resulta igualmente significativo aquello que se le pregunta y aquello que nunca se le repregunta.
La ausencia de ese segundo movimiento es particularmente visible cuando aparece la idea de que “a los dos nos enseñaron mal”. La frase produce una simetría seductora: argentinos e isleños habrían crecido dentro de narrativas nacionales que deformaron recíprocamente la realidad y sólo el encuentro permitiría descubrir la humanidad situada detrás de esas representaciones. Pero una afirmación semejante requeriría inmediatamente una pregunta: ¿qué le enseñaron mal a cada uno? No todas las narrativas son equivalentes por el simple hecho de ser narrativas. Una cosa es desconocer la experiencia cotidiana de los habitantes durante la guerra y otra desconocer documentos históricos; una cosa es haber aprendido una representación simplificada del isleño y otra sostener una interpretación de 1833 incompatible con las fuentes. El documental podría haber confrontado ambos relatos con evidencia. En cambio, la equivalencia queda parcialmente suspendida en el terreno moral: todos heredamos prejuicios, todos debemos desaprenderlos, todos debemos escuchar al otro. Como ética interpersonal puede resultar encomiable; como método para comprender una controversia territorial es insuficiente.
Aquí aparece inevitablemente el problema de la desmalvinización. Durante décadas, amplios sectores de la sociedad argentina recibieron una enseñanza en la que Malvinas quedó muchas veces reducida a la derrota militar, a los errores de la Junta y al sufrimiento de los conscriptos que eran unos “pobres chicos”, desconectándose 1982 de la historia diplomática precedente, los conflictos geopolíticos y de la continuidad posterior de la controversia. Señalarlo no supone rehabilitar la dictadura ni romantizar la guerra. Significa exactamente lo contrario: distinguir una causa nacional anterior a la Junta de la decisión irresponsable de una dictadura. Cuando Los vencedores vuelve reiteradamente sobre la dictadura, los desaparecidos, los abusos militares y los conscriptos, trabaja sobre dimensiones indispensables de 1982. Pero cuando esa memoria ocupa el espacio que podría haberse utilizado para explicar las causas históricas y geopolíticas del conflicto, corre el riesgo de reproducir involuntariamente una antigua reducción: Malvinas como sinónimo de guerra y guerra como sinónimo de dictadura.

II. Lo que la cámara ve y la película no termina de interrogar
La limitación más significativa de Los vencedores no reside, paradójicamente, en aquello que no pudo registrar, sino en aquello que efectivamente registró. La cámara de Aparo encuentra casi todos los elementos necesarios para construir una interpretación estructural del enclave colonial en las Malvinas contemporáneas: una población pequeña; una identidad británica fuertemente consolidada; trabajadores provenientes de numerosos países; instituciones políticas propias pero dependientes de Londres; habitantes que reivindican la libre determinación; una economía transformada después de 1982; y, sobre todo, una infraestructura militar británica extraordinaria en relación con la dimensión demográfica del territorio. El documental ve el dispositivo, pero rara vez reúne sus piezas. Prefiere la escala humana. Esa decisión puede defenderse estéticamente, pero no es neutral políticamente: cuanto más se aproxima la cámara a la vida cotidiana del habitante, más fácilmente la arquitectura de poder puede convertirse en paisaje.
La diversidad demográfica constituía, por ejemplo, una puerta extraordinaria para examinar la construcción política de la población. Mostrar trabajadores extranjeros permite desarmar la representación simplificada de una comunidad homogénea formada exclusivamente por descendientes de colonos británicos. Pero la pregunta verdaderamente interesante comienza después: ¿qué lugar ocupan esos trabajadores dentro del cuerpo político? Si existen personas procedentes de Chile, Santa Elena, Filipinas, Zimbabue u otros territorios, ¿por qué llegaron?, ¿quién los contrató?, ¿con qué permisos permanecen?, ¿qué posibilidades tienen de acceder a residencia permanente?, ¿qué relación existe entre residencia y Falkland Islands Status?, ¿quién puede votar y bajo qué condiciones?, ¿qué proporción de quienes sostienen materialmente la economía participa plenamente en la constitución de la voluntad política que luego se presenta internacionalmente como voluntad de “los isleños”? La diferencia entre trabajar, residir, permanecer y pertenecer constituye una cuestión central para analizar cualquier sociedad colonial pequeña cuya reproducción demográfica depende en parte de la inmigración.
Ese interrogante conduce a un problema que la utilización indiscriminada del término “pueblo” y “Estado” vuelve todavía más importante. Aparo ha explicado su proyecto como un intento por escuchar a un presunto “pueblo” desconocido para los argentinos. En términos coloquiales la palabra resulta comprensible; en Malvinas, sin embargo, posee una carga jurídica imposible de ignorar. La posición británica contemporánea se apoya precisamente en presentar a los habitantes como un pueblo titular del derecho de libre determinación. La Resolución 2065 (XX), en cambio, reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido, convocó a ambos gobiernos a negociar y estableció que debían tenerse en cuenta los intereses de los habitantes. La distinción entre población, habitantes y pueblo no constituye una sutileza académica: forma parte del núcleo de la controversia. Un documental puede legítimamente optar por no resolver esa discusión, pero no debería incorporar inadvertidamente como lenguaje neutral una de las categorías centrales utilizadas por una de las partes.
Mucho más evidente todavía resulta la presencia militar. El propio Aparo ha explicado que durante su aproximación a las islas le impresionó la magnitud de la base y se preguntó cómo una población tan pequeña podía convivir con semejante concentración militar. La película registra aeronaves y distintas manifestaciones de esa presencia; incluso críticas favorables han observado que los aviones militares atraviesan el paisaje sonoro y visual del documental. Pero nuevamente la pregunta queda fundamentalmente colocada en el plano de la percepción del habitante: ¿esa presencia produce seguridad o temor?, ¿cómo se convive con ella? La cuestión estratégica queda en segundo término. Sin embargo, un avión de combate sobre Malvinas no es únicamente una experiencia acústica para quien vive debajo: es una materialización del poder estatal británico.
La pregunta que faltaba era elemental: ¿para qué está allí? Mount Pleasant no puede ser comprendida exclusivamente como consecuencia psicológica de 1982. Es una instalación militar que permite sostener y reforzar la presencia británica en el Atlántico Sur. La cámara podría haber preguntado por las capacidades aéreas, los ejercicios regulares, los mecanismos de refuerzo, la vigilancia marítima, la vinculación con Georgias del Sur y Sandwich del Sur y la importancia del archipiélago respecto del espacio antártico. Como se trabajo a partir de las restricciones para acceder o filmar determinadas instalaciones, esas restricciones mismas eran material documental. ¿Se solicitó filmar ejercicios? ¿Se pidió ingresar a instalaciones militares? ¿Qué respondió la autoridad británica? ¿Qué zonas fueron inaccesibles? El límite impuesto a la cámara también constituye información sobre la estructura observada.
La dimensión estratégica, además, hubiera permitido abandonar definitivamente la idea de que todo comienza en 1982. La valoración británica de la posición geográfica del archipiélago posee una historia mucho más larga, que puede rastrearse hasta las expediciones y proyectos del siglo XVIII vinculados con George Anson y con la importancia de las rutas hacia el Pacífico por el Cabo de Hornos. Después vendrían Port Egmont, la presencia británica del siglo XVIII, 1833, la consolidación del control territorial y, en otro contexto histórico completamente diferente, la enorme transformación militar posterior a la guerra. Una película que hubiese puesto en diálogo a un defensor contemporáneo de la presencia militar con esa larga duración estratégica habría abierto un interrogante mucho más profundo: ¿es la presencia británica en Malvinas simplemente la protección de una población que desea seguir siendo británica o esa población forma parte, a su vez, de una posición geopolítica que el Reino Unido considera valiosa desde hace siglos?
Ésa es una pregunta que Los vencedores no termina de formular porque su dispositivo privilegia sistemáticamente la explicación desde abajo: qué siente el habitante, qué recuerda, qué teme, qué desea. Pero existe también una explicación desde arriba: qué necesita el Estado que administra el territorio, qué capacidades militares despliega, qué recursos controla, qué espacios marítimos proyecta y qué posición internacional obtiene mediante su permanencia. Ambas escalas deberían dialogar. Cuando sólo observamos la primera, el colonialismo contemporáneo corre el riesgo de volverse invisible precisamente porque funciona correctamente. No necesitamos encontrar un gobernador con casco colonial ni una población sometida mediante coerción cotidiana. Una administración colonial del siglo XXI puede poseer elecciones, elevados niveles de vida, autonomía local, inmigración laboral, instituciones representativas y habitantes genuinamente orgullosos de su identidad. Nada de ello responde por sí mismo la cuestión de la soberanía.
III. Una película sobre Malvinas también es una intervención política
La recepción de Los vencedores resulta reveladora porque buena parte de la crítica cinematográfica celebró exactamente el movimiento que aquí se problematiza. Javier Porta Fouz, desde la propia presentación de BAFICI, calificó el film como un “triunfo documental” y destacó que hubiera permitido que la realidad encontrada transformara el proyecto original hasta convertirlo en una película centrada en una relación humana. Diego Lerer, en Micropsia, subrayó su espíritu humanista y la posibilidad de comprender las razones personales de quienes viven en las islas. Diego Batlle, desde Otros Cines, destacó su carácter imprevisible y su capacidad para escapar de posiciones preconcebidas. EscribiendoCine valoró precisamente que la película no pretendiera “explicar la guerra” ni ordenar una conclusión, sino registrar aquello que sucede cuando las certezas se debilitan y aparece el otro.
Ese reconocimiento no es menor. Los vencedores obtuvo en BAFICI el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires y el premio a Mejor Dirección de la Competencia Oficial Internacional, y su recorrido se inserta en un circuito de cine documental e independiente de considerable prestigio. Antes de su estreno había pasado por espacios de industria documental como MiradasDoc, que en 2024 presentaba el proyecto como la historia de un cineasta argentino enfrentado a sus propios prejuicios y a una amistad improbable con el “enemigo”. La ficha oficial de BAFICI registra una producción Argentina/Reino Unido, 96 minutos de duración y a Criatura Films, Un Búho, Dos Búhos Cine y Bunda como compañías productoras; MALBA añade a Impronta Films como producción asociada. Nada de esta trayectoria disminuye la película; por el contrario, obliga a tomarla seriamente como intervención cultural sobre Malvinas.
Y allí debe abandonarse otra falsa alternativa: una película no necesita ser propagandística para tener posición política. Los vencedores posee una posición precisamente porque selecciona. Decide quién habla y durante cuánto tiempo. Decide cuándo Aparo responde y cuándo calla. Decide identificar o no identificar al entrevistado. Decide incorporar la dictadura y cuánto espacio dedicarle. Decide mostrar los aviones militares pero no convertir su función estratégica en eje de investigación. Decide acompañar a Matthew en sus tareas rurales y otorgar a ese tiempo cotidiano un enorme valor narrativo. Decide finalmente que la relación entre ambos será el corazón de la película. Ninguna de esas decisiones es ilegítima; todas son cine. Pero todas producen una interpretación. La pretendida mirada aséptica desaparece en el mismo instante en que comienza el montaje.
Algunas reseñas han percibido parcialmente esta dificultad. Taller de Crítica observó que, en el intento de correrse del relato argentino, Aparo corre el riesgo de construir otro relato igualmente cerrado; además subrayó que, aun después de la convivencia, Matthew mantiene intacta su posición: “Perdieron. Supérenlo. Abandonen el reclamo de soberanía”. El dato es crucial porque revela el límite político del descubrimiento humanista. Aparo y Matthew pueden conocerse, discutir, ayudarse y construir una amistad sin que la controversia desaparezca. El conocimiento interpersonal consigue superar una forma de enemistad; no consigue modificar las posiciones sobre la soberanía. Lejos de disminuir el valor de esa amistad, ello permite ubicarla correctamente: demuestra que la confraternización entre personas es posible aun cuando permanezca intacta la relación política que las separa.
En este punto adquiere especial importancia uno de los momentos más reveladores del film: la insinuación de que Aparo podría convertirse en una suerte de “embajador argentino” en las islas, sugerido por Mattew. La escena queda flotando allí donde hubiera sido interesante incomodarla. ¿Qué argentino resulta aceptable dentro de ese espacio? ¿El argentino que visita, conversa, respeta las leyes de la administración británica y suspende momentáneamente la controversia puede ser recibido como amigo, mientras el argentino que afirma políticamente el reclamo aparece como una amenaza? No es necesario presumir la respuesta; justamente por eso había que formular la pregunta. La hospitalidad interpersonal y el orden político pueden coexistir sin contradicción. Un sistema no necesita rechazar a todos los individuos provenientes del Estado reclamante; necesita que su presencia no cuestione materialmente las reglas bajo las cuales el territorio es administrado.
Por eso tampoco alcanza con afirmar que “a ambos lados nos enseñaron mal”. La Argentina atravesó efectivamente procesos de desmalvinización, simplificaciones historiográficas, jurídica y geográficas; instrumentalizaciones políticas y una enorme dificultad para separar la legitimidad histórica de la utilización que hizo de ella la dictadura y parte de sectores políticos al regreso de la democracia. Pero también existe una construcción británica de la memoria que merece ser investigada. ¿Cómo se enseña 1833 en las islas? ¿Cómo se explica la Resolución 2065? ¿Cómo se presentan las negociaciones anteriores a 1982? ¿Qué lugar ocupa la historia argentina del asentamiento de Puerto Luis? ¿Cómo se explica que durante años Londres haya considerado distintas fórmulas negociadas de soberanía? ¿Qué función desempeñan la guerra, la liberación de 1982 y la presencia militar en la construcción del ethos británico contemporáneo de la comunidad? La desmalvinización no debería estudiarse exclusivamente como problema argentino. También debe investigarse cómo el Reino Unido produjo, consolidó y proyectó internacionalmente su propio relato de legitimidad y como aquí compraron el relato del invasor, de manera consciente o inconsciente.
En ese sentido, habría resultado particularmente enriquecedor que Los vencedores utilizara sus tiempos aparentemente secundarios –los trabajos cotidianos, las reparaciones, los desplazamientos, los silencios– para introducir capas de información que permitieran al espectador interpretar aquello que estaba viendo, de modo que podamos establecer contrapuntos, conflictos que enriquezcan y que malvinicen. Mientras se observa una granja, podría aparecer la estructura de propiedad de la tierra; mientras se conversa con un trabajador extranjero, su estatuto migratorio; mientras atraviesa el cielo una aeronave militar, la función de Mount Pleasant; mientras un entrevistado invoca la autodeterminación, la formulación de la Resolución 2065; mientras Matthew recuerda Pradera del Ganso, la cronología de una controversia que no comenzó con la llegada de las tropas argentinas y la recuperación de las Islas. La imagen documental no pierde fuerza cuando se la contextualiza; muchas veces recién entonces revela todo lo que contiene.
Cierre. Filmar a las personas sin dejar de filmar el poder
Los vencedores merece ser vista y discutida porque ofrece algo todavía poco frecuente en la Argentina: el acceso directo a voces isleñas, sus memorias y experiencias, y demuestra que el encuentro humano es posible aun cuando persista el desacuerdo político. Sin embargo, esa humanización constituye también el principal problema del dispositivo narrativo cuando deja de ser una dimensión del relato y pasa a organizar su jerarquía: el conflicto aparece fundamentalmente a través de individuos, afectos y recuerdos, mientras la controversia de soberanía que explica históricamente ese escenario queda desplazada a un segundo plano. No necesariamente está ausente; está allí, pero sin ocupar el lugar explicativo que corresponde a la ocupación británica, la formación posterior de la población bajo administración británica y el tratamiento específico de la Cuestión Malvinas por las Naciones Unidas. De ese modo, el desplazamiento opera menos por silenciamiento que por desjerarquización: se pasa del territorio disputado al individuo, de las estructuras históricas a la memoria personal y de la soberanía al reconocimiento del otro. El problema crítico del documental no consiste, entonces, en escuchar o humanizar a los isleños –algo necesario–, sino en que esa perspectiva puede terminar suavizando aquello que debería contribuir también a hacer visible: que esas experiencias humanas se desarrollan dentro de una controversia territorial, histórica y jurídica que no puede explicarse únicamente desde la subjetividad de quienes actualmente habitan las islas.
Pero justamente por su importancia, la película merece una crítica más exigente que la celebración de su humanismo. Una obra sobre Malvinas no puede pretender situarse fuera de la controversia mediante una mirada supuestamente aséptica. Las palabras no son inocentes: “vencedores”, “derrotados”, “enemigo”, “pueblo”, “colonización”, “autodeterminación” poseen historia y producen consecuencias interpretativas. Tampoco son inocentes los silencios. Cuando no se repregunta a quien afirma que la Argentina simplemente debe aceptar que perdió; cuando la enorme presencia militar aparece pero no se reconstruye su función; cuando la diversidad migratoria es observada sin investigar quién integra efectivamente el cuerpo político; cuando la dictadura recibe una profundidad que no recibe la estrategia británica de Tatcher; cuando el sufrimiento de 1982 ocupa el lugar de las causas históricas del conflicto, la película está construyendo una lectura aunque no la formule expresamente.
El problema no consiste, por tanto, en que Los vencedores sea una película política. Toda selección documental sobre una controversia de soberanía lo es. El problema es presentar como simple apertura humana decisiones cinematográficas que poseen efectos políticos concretos. Tampoco se trata de exigir un documental nacionalista, declamatorio o propagandístico y por consiguiente vacío y poco riguroso. Malvinizar no significa reemplazar una simplificación británica por una simplificación argentina. Significa elevar el nivel de las preguntas: distinguir guerra de soberanía, dictadura de causa nacional, población de pueblo, intereses de deseos, arraigo de título territorial, administración local de soberanía, amistad interpersonal de solución política. Significa escuchar al otro precisamente para poder interrogarlo mejor.
Y ésa es, finalmente, la gran oportunidad que Los vencedores deja abierta. Aparo encontró casi todo lo que una investigación sobre las Malvinas contemporáneas podría desear: una comunidad pequeña y cohesionada; personajes dispuestos a hablar; memorias intensas de 1982; trabajadores procedentes de otros continentes; dirigentes políticos y comunicadores; una identidad británica consolidada; un habitante profundamente contrario al reclamo argentino que acepta convivir con un argentino; una infraestructura militar extraordinaria; aviones de combate atravesando el cielo; y una administración que determina las condiciones bajo las cuales el extranjero puede entrar, trabajar y permanecer. El dispositivo estaba delante de la cámara. Lo que faltó fue interrogar sistemáticamente las relaciones que unen todas esas piezas.
Por eso celebro que Los vencedores haya sido realizada. También porque permite aprender qué debería hacer el próximo documental argentino sobre Malvinas. Debería escuchar a Matthew, pero también preguntarle qué sabe de 1833 y de la Resolución 2065. Debería escuchar a quienes recuerdan el miedo de 1982, pero reconstruir también por qué se llegó a 1982. Debería hablar con periodistas y legisladores identificándolos como tales. Debería conversar con trabajadores de Zimbabue, Chile, Filipinas o Santa Elena y preguntarles no solamente de dónde vienen, sino qué derechos poseen. Debería observar Mount Pleasant y preguntar qué función cumple. Debería registrar los ejercicios militares, o explicar por qué no pudo registrarlos. Debería preguntarle a Londres, y no solamente a los habitantes, qué proyecto tiene para el territorio que administra. Y debería colocar frente a cada testimonio los documentos capaces de confirmarlo, discutirlo o contradecirlo.
Porque el verdadero desafío nunca fue demostrar que los habitantes del enclave colonial en nuestras Islas Malvinas son seres humanos. Naturalmente que lo son. Tienen familias, pérdidas, temores, recuerdos, humor, identidades y afectos. Tampoco la posición argentina necesita convertirlos en enemigos para sostener su reclamo. La pregunta verdaderamente difícil es otra: qué estructura histórica y política permitió que esa población se constituyera, qué poder garantiza el orden dentro del cual vive y de qué manera su voluntad es posteriormente utilizada como fundamento para legitimar la permanencia británica sobre un territorio cuya soberanía continúa siendo controversial.
Fuentes consultadas
Aparo, Pablo. Los vencedores. Documental, Argentina-Reino Unido, 2026.
Batlle, Diego. “Crítica de Los vencedores y entrevista al director Pablo Aparo”. Otros Cines, 28 de agosto de 2026. Otros Cines
Cine Nacional. “Los vencedores”. Ficha técnica, sinopsis y datos de producción, 2026. Cine Nacional
Festival de Cine de Lima PUCP. “Los vencedores / The Victors”. Ficha oficial, sinopsis y antecedentes del documental, 2026. Festival de Lima PUCP
Lerer, Diego. “BAFICI 2026: crítica de Los vencedores, de Pablo Aparo”. MicropsiaCine, 18 de abril de 2026. MicropsiaCine
MiradasDoc. “Los vencedores”. Presentación del proyecto documental, 2024. MiradasDoc
Ottone, Ramiro. “Los vencedores, de Pablo Aparo – Crítica”. Re-Encuadre, 2 de septiembre de 2026. Reencuadre
Página/12. “Una nueva mirada sobre Malvinas”, 5 de septiembre de 2026. Página/12
Russo, Juan Pablo. “Crítica de Los vencedores: Pablo Aparo revisita Malvinas desde el encuentro con el enemigo”. EscribiendoCine, 2026. EscribiendoCine
Sasson, Sebastián. “BAFICI 2026: Crítica de Los vencedores, de Pablo Aparo”. Taller de Crítica, 18 de abril de 2026. Taller de Crítica
Tripodero, José. “27 BAFICI | Crítica de Los vencedores, de Pablo Aparo”. A Sala Llena, abril de 2026. A Sala Llena
1 En el lenguaje rioplatense del siglo XIX, “colonia” podía designar un establecimiento o asentamiento poblacional, sin implicar necesariamente una relación colonial de dominación. Por ello, para Malvinas antes de 1833, resulta más preciso hablar de asentamiento o establecimiento argentino bajo autoridad de las Provincias Unidas.

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