
(Fotos: Maikel Plasencia González)
Macro y microscópica a la vez, graciocísima y refrescante, la pieza multimedial La montaña, una obra escultórica, del colectivo Micelio, se estrenó en el Parque de España y levantó un abismo poético de avanzada

Por Andrés Maguna

Calificación: 5/5 Tatitos
A veces la vanguardia artística nos sorprende brotando de manera imperceptible desde la tierra o cayendo de improviso desde lo alto, y esa sorpresa genera una procesión de emociones, identificaciones y sentimientos que, por lo común, desembocan en un estado de felicidad y unívoco optimismo. Eso experimentamos con mi hija Sol cuando el viernes 2 de octubre concurrimos a participar –en calidad de espectadores– de la función estreno de La montaña, una obra escultórica, en la sala principal (Princesa de Asturias) del Centro Cultural del Parque de España, de Rosario, a la vera del río Paraná, en el Litoral de la República Argentina.
Al cabo de los exactos 60 minutos que dura la puesta en escena, luego de los ingentes aplausos y las muchas euforias de los cerca de 300 del público (euforias de las que formamos parte, porque como todos habíamos recibido las olas y marejadas del océano vanguardista), salimos con Sol a un mundo mejor, o así lo percibíamos, o tal vez lo mirábamos con nuevos ojos, como si se nos hubiera renovado la mirada, o limpiado, al pasar a través del velo de una cascada purificadora; y de eso hablábamos mientras redescubríamos las maravillas del Patio de los Cipreses como si estuviéramos, de pronto, viéndolo por vez primera.
¿Y quiénes hicieron y hacen La montaña? Un grupo de siete locos, literalmente: Paula Montes, Nicolás Zanni, Federico De Battista, Cecilia Colombero, Tania Scaglione, Irupé Vitali y Matías Achilli. Y cuando digo “locos” quiero decir “talentos zarpados”, o “artistas que aprendieron a volar”, porque lo que dan, lo que laboriosamente elaboraron y ofrecen de presente resulta ser un espectáculo “performático hipervisual” (así leí que lo llamaban) que resignifica el concepto de lo colectivo y plasma, con recursos de la plástica, la proyección audiovisual, el teatro y la danza, un abismo de imaginaciones.
Esos siete locos son parte de un bondi más amplio llamado Micelio Escénicas (el mismo que hace unos años organiza el extraordinario festival Diente de León) que acostumbra integrar como ningún otro, en la ciudad, las más variadas artes del pasado, el presente y el futuro, en un camino de perfeccionamiento de obsesiones con ideas y abstracciones entre filosóficas y expresivas. Un camino que condujo a este bondi a esta comedia prodigiosa, este valioso engendro poético llamado La montaña.
¿De qué trata la obra? Tania Scaglione lo cuenta muy bien respondiendo preguntas del periodista Leandro Arteaga (Rosario/12 del 2 de octubre):
“Seguimos tres líneas narrativas que se van se van entrelazando. Una tiene que ver con la propuesta central: ¿a quién le tienen que pasar las cosas para que se consideren una tragedia? En este sentido, hacemos guiños humorísticos a la tragedia escénica. Después está la trama, y tiene que ver con la historia de una chica que pasea a su perro, de nombre Aldo, un perro gigante que termina por atacar a una familia que busca comida en la basura. Y la última línea es la de un grupo de teatro que intenta llevar a escena una tragedia, y esa tragedia es, justamente, la historia de esta chica con su perro”.
En el seguimiento de esas tres líneas narrativas, La montaña se las arregla para manifestar su intención de “hacer una obra que se entienda y conmueva”, para denunciar reflexivamente las desigualdades sociales, y contar el drama existencial del tierno perro Aldo, a la vez que relata con los mejores recursos (música reloca, juegos lumínicos de otro planeta, proyecciones inauditas sobre lonas publicitarias de descarte de 8 x 10 metros, máscaras y objetos escenográficos desconcertantes) instancias que van desde la Creación hasta minúsculos y en apariencia nimias historias y anecdóticos pensamientos.

El efecto sobre el público de esta descarga de vanguardia fue distinto y diverso, entre la carcajada incontenible y el asombro ante incómodas verdades reveladas (no fue nuestro caso), aunque creo que conviene resaltar que en su mayoría los espectadores provenían de la fértil cantera teatral rosarina (trabajadores teatrales), es decir gente de ojo avizor para descubrir a la perdiz apenas remonta vuelo. Porque en esta ciudad hace más de 50 años el teatro independiente empezó a cultivar su propia tradición de libertad expresiva y estiramiento de límites, generando un caldo de cultivo en el que empezaron a proliferar locos como estos de los que estoy hablando (mientras escribo esto me entero de la muerte de Naum Krass, un actor militante teatral que fue parte sustancial, con su gran talento, su desenfado y su bonhomía, de este caldo que lleva 50 años espesándose).
Así como situarse a la vanguardia no puede ser intencional (de hecho, quienes lo pretenden terminan repitiéndose y dejan de sorprender, y aburren, y duermen en la soledad de los “incomprendidos”), muchas veces, al no ser asumida de parte de sus realizadores, la jugada vanguardista pasa desapercibida, o no resulta apreciada en sus justos valores de valentía y tesón, más allá de las evidentes cualidades exhibidas y el hecho innegable de que funciona con el público, que en el caso de La montaña sí “entiende y se conmueve” pero también puede sentirse parte (la invitación es amable e inocente) de la inusual aventura creativa que resultó ser esta puesta performática de la banda de Micelio.
Y me gustaría cerrar este texto con una aclaración: en este caso puntual de La montaña intento destacar que se trata de vanguardia artística antes que vanguardia teatral, o plástica, o literaria, y lo hago en honor a su carácter integrador y cohesivo de los diferentes lenguajes y otros elementos compositivos utilizados, todo bajo la égida de la empatía y las más nobles intenciones, las que denotadas y percibidas hacen del todo mucho más que una montaña de virtudes: se trata de una invitación en extremo amable y desprejuiciada a explorar inéditos universos.

FICHA:
Título: La montaña, una obra escultórica. Producción general: Micelio Escénicas. Elenco y realizadores: Paula Montes, Nicolás Zanni, Federico De Battista, Cecilia Colombero, Tania Scaglione, Irupé Vitali y Matías Achilli. Vestuario: Guillermina Elinbaum. Sala Princesa de Asturias del Centro Cultural Parque de España de Rosario. Función del viernes 2 de octubre del 2026 (próxima programada, viernes 23 de octubre).
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