
Diario de Japón, tercera entrega

Por Félix Leonel Peralta
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Antes de subir por las escaleras de siempre un señor en bicicleta, de unos setenta años, me paró para preguntarme si yo era el profesor de inglés del instituto que estaba al lado de mi apartamento. El tipo buscaba charla y terminamos hablando sobre Argentina, sobre la comida de Argentina, sobre la forma de cocinar la carne y esas cosas que siempre me preguntan los japoneses. Luego derivó a las oleadas inmigratorias de nuestro país. Me comentó que en esa época, también, en Japón emigraron muchas personas a diferentes lugares del mundo, que muchos okinawenses comenzaron a migrar a los campos argentinos por aquel entonces, sin esperar a que explotara la guerra para irse. También hablamos de religión. De las iglesias católicas y de sus grandes estructuras; le comenté que todavía al protestantismo se lo podría considerar nuevo en Argentina. Le hablé de mis padres y de cómo muchos de mi generación se habían volcado al catolicismo por el fenómeno del Papa Francisco. El tipo me preguntó si en la iglesia de mi padre se leía la biblia en latín. Le dije que no, pero que estudié dicho idioma en la facultad. De ahí pasé a hablarle sobre mi interés por los libros. Él mencionó que un argentino recientemente había ganado el Nobel de Historia, o eso le entendí, pero no hay Nobel de Historia. Luego me empezó a preguntar sobre Borges y yo le dije que se parecía a Poe en cuanto al formato de su narración, consideración que será, en el mejor de los casos, imprecisa, pero no sabía qué más decirle. Mi forma de hablar en japonés se constreñía a cada rato, pero la charla era amena.
Le comenté que me interesaba la poesía y por lo visto a él también, porque no paró de nombrarme autores que no pude anotar. A lo último, el tipo me pidió que tradujera un verso de una tal Kaneko Misuzu. En el momento hice cualquier cosa, la cabeza me explotaba ya de tanta información, pero por suerte puedo ahora traducirlo para ustedes con mucha más tranquilidad:
Tanto las campanas, como los pajaritos, como yo,
somos diferentes y estamos bien así.
Creo que, en vez de “campanas”, había traducido “plata”, porque el kanji es muy similar. Ambos tienen el radical de oro metido, que es común con todo léxico relacionado con metales. Ahora, escribiendo estas palabras, me siento contenido por ellas. Hoy estuve extrañando a mi familia. Estuve tres días sin moverme de mi pieza y la cabeza empezó a jugar con las cartas que no debía. Me olvidé de preguntarle a este señor cómo se llamaba. Quizás encontré un nuevo maestro o, mejor aún, un nuevo amigo.
***
Me resulta injusto traducir solo un par de versos. Así que me desvelé para traducir el poema por completo:
Las campanas, los pajaritos y yo
Misuzu Kaneko
Aunque extienda los brazos
no puedo volar por el cielo ni un poco pero
los pajaritos que sí vuelan
en la tierra no pueden correr tan rápido como yo.
Aunque sacuda mi cuerpo
no saldrá de él una melodía hermosa pero
las campanas que sí suenan
tampoco conocen tantas canciones como yo.
Tanto las campanas, como los pajaritos, como yo,
todos somo’ diferentes y estamos bien así.

***
Estoy teniendo una entrevista por día, sea online, por teléfono o presencial. Las que más me gustan son las últimas, porque tengo más herramientas a disposición, como el entorno y la voz clara de un interlocutor.
A las cuatro de la tarde tengo de las que menos me gustan: las teléfonicas. Esta es para ser cajero en un restaurante de carne rebozada en turno nocturno. Es mi segundo intento con ese local, porque la primera entrevista no fue del todo bien y pensé en llamar de nuevo para ver si me daban una segunda oportunidad.
Por suerte me la dieron. El trabajo no es lo mejor, pero está a cinco minutos de casa en bici.
En la heladera tengo guardado un vino que voy a desenroscar (acá no hay corchos) cuando tenga trabajo. Todavía tengo ahorros, pero me gustaría ver los dígitos de mi cuenta bancaria quietos. Por suerte estoy dando alguna que otra clase como para para ir sumando algo de plata, pero la realidad es que lo hago más por el compromiso con mis alumnos, y la necesidad de sentirme en actividad, que por otra cosa.
Feliz primavera.
Feliz otoño.
Aunque llueva seguido, siempre es una sorpresa sentir las primeras gotas que caen. Ayer la entrevista estuvo bien. Hasta hice reír a la entrevistadora, desde mi pieza. Todavía sigo con la cama rota y afortunadamente no se ve por la cámara de mi celular. Sale mi cara y algo del crudo color que tienen las paredes de mi habitación.
Ella me llamó para que pase por el local en la semana y me pidió que procure tener a disposición mi tarjeta de residencia, mi pasaporte y mi tarjeta del banco. Escuché vagamente la palabra “contrato”. En una de esas tengo trabajo en un restaurante de gyudon. Casualmente ayer salí y terminé en uno de estos restaurantes en Shibuya.
El gyudon es un plato muy rico y amigable para días calurosos como estos. Se sirve en un bol gigante (el “don” al final de la palabra está representado con el ideograma de bol, que es parecido al símbolo numeral), con carne salteada arriba. El que comí ayer tenía una salsa tártara y unos encurtidos gigantes. Era una porción abundante, la cual me arrepentí de comprar, pero la devoré porque no me gusta dejar comida, menos cuando salió un montón considerable de yenes.
Es raro: desde que encontré restricciones en la ropa por mi peso, estoy descuidando mucho más mi alimentación, como si quisiera recuperar los kilos que perdí. Aunque también puede ser producto de cierta ansiedad que vengo cargando por el tema laboral. También los cigarrillos se me están terminando rápido. Estoy fumando cinco por día. Qué vicio de mierda. Y pensar que pasé dos años sin fumar. Lamentablemente las adicciones están siempre en uno, por más que uno las deje de practicar. Esto se lo escuché decir a un amigo con respecto a su propia adicción.
El miércoles tengo que ir a las cuatro de la tarde a mi posible nuevo trabajo. La tienda se llama Yoshinoya y tiene tres kanjis. El primero significa suerte, el segundo llanura y el tercero casa. El primero espero que sea un vaticinio, el segundo y el tercero me hacen pensar indudablemente en mi país y en mi familia.
Ya es la hora de entrar a clases por Meet. Hoy toca con JP, mi alumno que es fiscal en Resistencia. De mis alumnos más dedicados.
***
Ayer fui a una entrevista por un trabajo relacionado con cartas Pokemon. El local estaba en el segundo piso de un edificio escondido en Akihabara. Me costó mucho encontrarlo porque no tiene ninguna señalización clara y la red de mi celular empezó a quebrarse, a funcionar mal otra vez. Cuando finalmente pude localizarlo ya estaba unos cinco minutos tarde. Mi primera vez siendo impuntual en una ciudad donde los horarios son un dogma inquebrantable. Cuando por fin encontré la puerta, pensé en darme la vuelta y no entrar, pero entonces me puse a pensar en las personas que trabajan en minerías, en aquellos hombres, mujeres y niños que se meten en cuevas profundas buscando metales preciosos con las manos, y me propuse dejar de ser tan boludo.
Cuando entré al local de cartas vi a dos chicos y una chica en el mostrador. Los chicos estaban vestidos de negro y la chica con una bata rosa. Conmigo entraron seis personas más, con cartas coleccionables en sus manos. Cinco chicos y una chica. Al costado derecho de la fila había unas cajitas donde los clientes ponían sus montoncitos de diversos colores y relieves.
Viendo el mostrador me doy cuenta que el local no vende necesariamente cartas, sino que funciona como una suerte de banco. Los jugadores dejan su colección para luego retirarlas en caso de necesitarlas. Pero no entiendo: ¿no pueden simplemente dejarlas en su casa? Gracias a mi amigo Bruno sé que dichas cartas pueden llegar a valer hasta más de mil dólares. Un simple cartón impreso por su valor de colección puede darte más en una transacción de lo que tu trabajo en un mes.
Aún así, sigo sin entender por qué dejan sus cartas en manos desconocidas. Qué pasa en las casas japonesas que parecen buscar más refugio afuera que adentro. Es súper común ver a las personas hablar por teléfono en los parques. Hasta Nomura a veces conversa con sus amigas en la sharehouse, como si en su casa no pudiera.
Quizás sea por la enfermedad de su marido, pienso ahora con más claridad y con un dejo de vergüenza.
***
Vengo del local de gyudon de Yoshinoya. Afortunadamente quedé en el trabajo. El local es pequeño y está en Ojikamiya, una zona que queda a dos barrios de casa. El sábado comienzo el entrenamiento.
Mi encargado se llama Sajima. Sajima me llevó al fondo para escribir mi contrato. El tipo debe ser más chico que yo. Bastante relajado, pero medio atrevido. A la hora de preguntarme cuánto calzaba, quiso sacarme la zapatilla izquierda antes que yo lo hiciera. Entiendo que lo hace porque piensa que yo no entendía sus palabras. La realidad es que no sabía cómo decirle que mis zapatillas no tienen numeración japonesa y por eso tardaba.
Luego metió los documentos, que debo leer en casa, en mi mochila. No es que la agarró, pero la usó sobre mis piernas sin pedir permiso. Metió las manos adentro con los documentos, unos hojas fotocopiadas, como si estuviera apurado. Por alguna razón toda esta situación me hace recordar al Lazarillo y a su primer patrón, el ciego. En mi caso el tipo no se metió en mi boca con su nariz, pero fue bastante parecido.
***
El encargado de la tienda no para de mandarme mensajes. Mi contrato dice que mis servicios para con Yoshinoya empiezan el 30 y el tipo quería hacerme trabajar el 27; o sea, mañana. Sin embargo ya van tres cambios de la fecha de inicio y al final comenzaré a trabajar el sábado que viene. Es decir, el 4 octubre.
La razón de este cambio viene porque mi jefe quiere que me capacite otro empleado que sabe inglés. Así se cerciora de que entienda todo.
Igualmente este tema –el de que el trabajo una vez conseguido se siga posponiendo– me cayó mal. Yo ya quiero empezar a trabajar para dejar de pensar en la plata. A m{i no me molesta no trabajar, me molesta no poder gastar. Entiendo que sea un pensamiento alienado, pero prefiero mil veces trabajar de más para no hacer cuentas minuciosas y andar más ligero. Yo quiero ganar mucho para que mi ganancia sea tanto como para que el corte que hago entre lo que gasto y lo que ahorro se pueda hacer a simple vista, sin muchas cuentas. Así me manejé para llegar a este país y así quiero manejarme hasta el día que me muera. Respeto mucho a la gente que sabe hacer finanzas, pero no quiero vivir así. No soy una hoja de calculo, a lo sumo seré un procesador de texto.
Odio que este tiempo en crisis promulgue mucho más la responsabilidad financiera. Yo prefiero la responsabilidad emocional. El estar a tono con mis deseos y con el de las personas que más quiero. Y las ganancias del corazón no se pueden ver en lo dígitos de una calculadora.
Voy a parar. Estoy altisonante al pedo. En realidad escribo estas cosas porque acabo de tomarme unas copas de vino junto al curry y el arroz que acabo de comer.
Muy rico todo, como siempre, salvo por un pequeño accidente cuya secuelas siento en este mismo momento mientras escribo. El curry que hice es instantáneo. Solo se debe poner en el microondas por menos de dos minutos y listo. El contenido viene en una bolsa de plástico cubierta por una caja de cartón. En el reverso de la caja dice que debo ponerlo con caja y todo. Así que, como siempre, seguí las instrucciones. Vengo comiendo curry como si no hubiera un mañana, porque es relativamente barato.
El tema es que esta vez, al cortar la bolsa de plástico con las manos, el contenido erupcionó encima de mis dedos, quemándolos; los dedos de la mano izquierda con la que escribo, con la que me hago la paja, con la que tomo el asa de mi taza de café en las mañanas.
Lo bueno de estar tomando vino es que los hielos de mi vaso calman el dolor. Ahora mismo lo están haciendo. Es, considero, un gran fenómeno. Una misma materia cumple para mi subjetividad dos funciones diferentes y simultáneas gracias a su baja temperatura. El hielo no solo refresca mi bebida, sino que calma la inflamación de las quemaduras de mis dedos cada vez que quiero tomar.
Me voy a servir otro vaso, por el bien de mi mano y el bien de este diario.
Volví. Veo mis dedos y están colorados. La quemadura astillaba hasta hace unos minutos y el dolor no era insoportable pero sí bastante molesto. No tengo mucho más que decir sobre el asunto.
Ayer, jueves, fui a comprar una bici, la cual voy a necesitar para viajar a mi futuro trabajo. Habré caminado unos cinco kilómetros. El día comenzó yendo a la Municipalidad a buscar una nueva tarjeta de identidad llamada My Number, que posee un código que necesito para hacer trámites. No entiendo por qué este número no está en la primera identificación que me dieron. Quién sabe.
Pero lo importante es que ya lo tengo. Con la satisfacción de haber terminado con tanta faena burocrática me dispuse a buscar una bicicletería cerca de la Municipalidad. Encontré dos. La primera era más un taller, con algunos modelos a la venta. Los modelos que estaban a la venta sobrepasaban los 1.500 dólares. Muy lejos de mi presupuesto. El tipo tenía pinta de mecánico, por lo que asumo que debía ser medio sibarita con su mercancía, poniendo todos sus esfuerzos en reparar más que en vender.
Luego fui a una tienda más grande, a menos de tres cuadras de la primera. En este lugar había de varios precios.
Le pregunté a uno de los empleados si me podía subir a una bici que me gustó más por el precio que por la pinta, y la verdad que me pareció demasiado chica. Entonces decidí ir a otra tienda que quedaba a 15 minutos. Habré caminado unos tres kilómetros.
Estaba yendo hacia el sur de mi distrito, terreno nunca explorado. Me crucé un parque que bordeaba un río bastante seco y, de camino, vi muchas escuelas repletas de chicos jugando en los patios de recreo. Era tal cual lo había visto en las series animadas. Un pasto verde artificial recubierto de un circuito olímpico para practicar maratones.
El tema es que los niños que vi estaban desparramados, jugando con pelotas y en círculos multiformes. Entre medio vi, o mejor dicho escuché, a las maestras gritando orden y pidiendo que sigan un comportamiento específico. Rectas y dulces al mismo tiempo. Pero, como cualquier otro niño del mundo, el hecho de poder estar en un campo gigante repleto de enanos iguales entre sí, hace que el caos asome en una de sus facetas más divertidas. Y acá brota un pensamiento que vengo masticando en mis neuronas prácticamente desde que vine: si hay algo que nos universaliza a los humanos son los extremos. En los límites de nuestro nacimiento y nuestra muerte nos comportamos igual, no importa qué costumbre haya signado tu historia personal. En la vejez y en la niñez podemos llamarnos humanos. Las diferencias culturales comienzan en la preadolescencia y terminan cuando necesitamos ayuda de un bastón o un andador para seguir viviendo.
Lo que quiero resaltar son más las cercanías que la diferencias. La otra vez un nene estaba haciendo berrinche en una esquina por la que estaba pasando. Y la madre, a sus amigas, les dijo, obviamente en japonés, una frase que conozco desde siempre:
—Me parece que alguien tiene sueño.
El hecho de encontrar similitudes de este estilo me hace muy bien. Me hace pensar al mundo como un gran hogar de pasillos intrincados que recibe calor en los días fríos gracias a una misma red de salamandras alimentadas por un mismo fuego que está ahí para abrigarnos a todos.
Y ese fuego no sé como llamarlo. Quizás sea el hecho de estar vivo y saber que somos un engranaje más de un ciclo que excede nuestra historia personal.
En fin. Caminé bordeando escuelas y el gran río seco que mencioné antes. La batería de mi celular estaba agonizando, hasta el punto que ya no tenía retroiluminación en mi pantalla. Pero antes de que mi celular se apagara pude llegar al barrio de la tercera bicicletería, llamado Itabashi.
Itabashi era muy simpático y muy extraño a la vez. Había un sinfín de niños y mujeres que hablaban francés. Las infancias, en su mayoría niñas, estaban vestidas de uniforme y las mujeres caminaban con soltura.
El tipo de la bicicletería era muy simpático. Encima tenía bicicletas a mejor precio. Me dijo que le tomaría unos treinta minutos dejar mi bici lista, así que le dije que iba a pasear.
El barrio era pintoresco y no se podría decir que nadie de ahí fuera turista. Las niñas francesas cada tanto hablaban entre sí en japonés, uno muy bueno, por cierto. Fui hasta la plaza de la estación y me puse a leer el contrato de mi futuro trabajo.
Ahí decía que iba a tener libres los martes y los sábados. Aunque no sé si confiarme, debido a que ya sufrí de muchos cambios con respecto a cuándo iba a comenzar.
Al lado mío había una mujer que sacó también papeles para leer, vestida como si estuviera esperando a alguien.
Luego abrí una novela que vengo leyendo hace rato y que en cierta manera impulsó la forma en la que escribo estas crónicas. Me refiero al diario que compone la primera parte de La novela luminosa de Mario Levrero. Justo leí una parte donde habla de lo confuso que es escribir sobre los sucesos inmediatamente después de que nos ocurran. En eso estoy de acuerdo: todo lo que escribo lo confirma. Trato de mantener un ejercicio constante de mi experiencia en Japón para que sea lo más fiable posible a cómo lo estoy experimentado, pero lo que termino de escribir representa un tercio de lo que realmente ocurrió. Parece que las vivencias necesitan un tiempo para mostrar su verdadera forma. Como los significados de los sueños o como las canciones o los poemas que a lo largo de las épocas van tomando nuevos sentidos.
Cuando volví a la bicicletería la bici ya estaba lista. El tipo me dio un papel que me aconsejó que lo llevara siempre conmigo porque era un registro a mi nombre. Según Chat GPT, si no tenés dicho registro a mano te pueden sacar la bicicleta y multarte.
También tenía una luz que funcionaba a dínamo. La fuente de energía era la rueda delantera. Así que cada vez que quería prenderla tenía que apretar una manija y solo pedalear. Súper útil.
Me dijo luego que, si quería inflar las ruedas, no dudara en volver. Me despedí y volví en bici y con el celu cargado a casa.

Ser ciclista aquí te hace sentir poderoso, porque la mayoría de las veces vas por la vereda esquivando peatones y el buen estado de las calles te hace ganar mucha velocidad. El otoño y su frescura te abrazan en cada cuadra, y la gente me cede el paso ante el potencial peligro que represento como extranjero.
Ayer a la madrugada también salí a andar en bici y la sensación fue mejor. La ciudad se torna fantasma, como si yo fuera el único ser vivo. Crucé un puente muy empinado y terminé en un barrio portuario que me dio escalofríos pero al mismo tiempo saciaba la sensación de descubrimiento que tanto me gusta cultivar día a día.
Quería llegar al barrio de Adachi, que es el extremo norte de Tokyo. Pero desistí porque aparecía ante mí una suerte de circunvalación en la que no tenía bien en claro por dónde estaba permitido o era recomendable andar en bici.
Hoy a la mañana también estuve dando vueltas, y a la tarde también. Estoy muy feliz con mi nuevo medio de transporte. Es más: ahora quisiera irme al bar en bici, pero leí por ahí que si te agarran de noche y un poco tomado te meten una flor de multa y no tengo ganas de dejar mi bici por Ikebukuro a merced de que sea robada.
Ya se asoma la noche y tengo ganas de salir de casa. Exactamente las ocho y media. Mientras escribo estas líneas también me tomé una pausa para seguir andando en bici y otra para bajar y fumar un cigarrillo.
Cuando me acerco a ver mi bici veo que dejé las llaves del candado puestas.
Estuvieron solas unas dos horas y por suerte nadie la robó.
***
Terminé en Roobik, gastando un montón de plata, y el sábado me lo pasé en cama, recuperándome. Vino Nomura con dos paquetes de barbijos descartables para mí. También me trajo unas masitas saladas y crocantes que estaban bastante bien.
En Roobik me costó ponerme a hablar. Hasta el bartender me presentaba al resto como un chico tímido. Solo podía tomar y fumar. Se estaba festejando el cumple de una italiana y conocí a un par de personas, entre ellas unos turcos (los cuales me pidieron recomendaciones para viajar a Latinoamérica), una francesa con la que hablamos bastante, una yanqui hija de mexicanos que estaba borrachísima y era el alma de la fiesta.
También me encontré con la Rubia que me saludó con un choque de manos. Al final la terminé pasando bien, poniendo canciones de rap con un japonés. Luego me fui, llegué a mi casa, tiré la basura, agarré la bici y me fui a dar una vuelta y volví a eso de las siete y media de la mañana. Una vez en la cama me agarraron náuseas y vomité en la cocina. Limpié y a dos días del incidente todavía no vi a Jake. El lugar quedó impecable dentro de todo, pero seguro que el ambiente estaba cargado de un olor denso.
Cuando lo volví a ver no hubo mención del tema porque la cocina quedó un lujo. Al final pude conseguir un trabajo después de tantas vueltas. Ahora quedará ver cómo me enfrento al gran monstruo laboral japonés. Espero no terminar devorado como un extra de alguna película de Godzilla. Espero aguantar entre sus dientes, evitando que cierre la boca. Al menos hasta que nos podamos entender.
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