
En una función marcada por la muerte del Indio Solari, la obra Perfume Patria, con dirección de Francisco Fissolo y actuaciones memorables, encaró con humor negro, y al borde del absurdo, su difícil misión: definir cierta edad sexual del ser nacional

Por Andrés Maguna

Calificación: 5/5 Tatitos
El viernes 5 de junio de 2026 no fue un día cualquiera sino todo lo contrario. Fue el día del paso a la inmortalidad del Indio Solari. El día del nacimiento de otro de los santos patronos de la Argentina. Un santo de la Patria tan hermoso como lo son el Diego, San Martín, Gardel, el Papa Francisco, el Gauchito Gil, el Che, Perón y Evita y unos pocos (o no tan pocos) más. Y al que no le guste esto que digo, sugiero amablemente que no siga leyendo, porque si bien apunto a enfocarme en la crítica de una obra de teatro llamada Perfume Patria, que fuimos a ver por la noche de ese mismo viernes con mi hija Sol, debe quedar en claro que no existen las casualidades, y que el más genuino perfume de la Patria inundaba, desbordante, todo el éter de este rincón del Hemisferio Sur que llamamos país: las canciones del Indio llegando incesantes a todas las cabezas, y los aromas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota insuflando todas los aparatos respiratorios.
Luego de agradecer los aplausos finales, al cabo de los cerca de 90 minutos que dura Perfume Patria, Francisco Fissolo, su creador y director (también había actuado, en reemplazo del lesionado Adrián Terrazzino), dedicó unas palabras deferentes respecto de la jornada de luto, resaltando la importancia e influencia del Indio y su obra para todos los integrantes del elenco.
Ya cuando bajábanos con Sol las empinadas escaleras de la antigua casa de altos del Espacio Madma, donde se montó Perfume Patria (funciones para 20 espectadores en lo que fuera un comedor), íbamos intercambiando impresiones sobre lo mucho que nos había gustado, sobre la tarea interpretativa de Luz Battagliotti resaltando en el marco de un elenco de excelente desempeño, y empezábamos a tratar de desentrañar de qué iba la obra, el carácter de su esencia dramatúrgica. Ya en la moto, camino a La Marina con la idea de comer unos callos a la madrileña antes de que cerrara la cocina, volvimos a vernos envueltos en el clima del luto ricotero, sobre todo cuando nos acercábamos al Monumento (La Marina está a 100 m de allí), el epicentro rosarino de las espontáneas honras fúnebres a Solari que movilizaron a millones de personas en todo el territorio nacional.

Mientras comíanos los callos, con la música y el bullicio ricotero intercalándose con las conversaciones y el trajín del viejo bodegón subterráneo, Sol me expuso su aproximación teórica al temperamento, la idiosincrasia del fenómeno que atestiguábamos: para ella la música de Los Redondos está dirigida a la adolescencia, al adolescente que todos llevamos dentro, y la muerte del Indio había reflotado esa característica (en algunos más, en otros menos) del ser nacional, trayendo a primer plano ese modo de ser de los argentinos de marcada impronta adolescente, tan afín a la frase de Luca “No sé lo que quiero pero lo quiero ya” y al aserto de “Mejor no hablar de ciertas cosas” (tema compuesto por el Indio y cedido a Luca). Entonces, mientras Sol seguía con su teoría, recordando digresiva su adolescencia y la de aquellos de su generación (ella es del 97), y momentos clave marcados por la música de Los Redondos, me di cuenta de que eso que decía tenía mucho que ver con la razón de ser de Perfume Patria: la obra, una tragedia en formato de comedia reidera, parodiando el género de la Comedia del Arte, se adentra en las envenenadas relaciones intrafamiliares de un grupo de tres matrimonios emparentados política y financieramente, uno de los cuales tiene una hija, la nena Irene (Battagliotti), de edad indefinida pero fijada en la adolescencia, que ensaya con insistencia, en un exceso declamativo, su futura intervención en un acto escolar con motivo de una fecha patria. Cursa el quinto grado, pero en un momento se aclara que “repitió quinto como 25 veces”, y los seis adultos que la rodean (los otros seis personajes, encarnados por Ana Salinas, Macu Mascia, Nicolás Marinsalta, Lucrecia Mubilla, Luz Battagliotti, Pedro De Moya y el propio Fissolo) también demuestran una inmadurez caracterológica, puesta de manifiesto por la manera en la que enfrentan la muerte del paterfamilias, que no aparece en escena porque está en un “cuartito de arriba” con un caballo petiso de nombre Cianuro.
El nombre del caballo también resulta una clave, en tanto veneno, pues ya hablé de relaciones “envenenadas”, y lo son porque la manera de tratar el tema de la muerte con negaciones o manipulaciones mezcladas con el interés por una posible herencia, las infidelidades entrecruzadas, el consumo descontrolado de cocaína, y las desmesuras pasionales, físicas y verbales, exponen un envenenamiento basal del núcleo básico de la sociedad más allá de las sustancias y las edades sexuales, situado, precisamente, en ese modo de llegar a la adultez sin madurar los frutos de la experiencia y la mesura, como si ese veneno que instila la música del Indio fuera, a la par, una medicina que nos ayuda a reflejarnos en nuestra inmadurez para que podamos, viendo a los adolescentes y al adolescente que fuimos, entendernos, perdonarnos y seguir adelante teniendo en claro pocas pero sanadoras certezas.

Esta obra tan madura de Francisco Fissolo profundiza y patenta ciertos rasgos definitorios de al menos dos de sus obras anteriores, Bardo Carnal y Fe ciega, en especial un juego corporal de superensayadas coreografías actorales de impronta propia y fantástica concordancia, que junto con un tratamiento del texto dramático (con la colaboración de Juan Rodríguez) enfocado en una trabajada poesía que bordea el surrealismo, consiguen encandilar y a la vez atrapar la atención del espectador, que no tiene otra que dejarse llevar por los delirios digresivos, orales y físicos, que eclosionan sin aparente razón pero luego concluyen, diametral, delirantemente, en la exposición de algo tan elusivo e inmaterial como la descripción de las características del perfume (valga decir el olor) del ser nacional.
Ya dije que las actuaciones son extraordinarias, y que Battagliotti destaca en ese alto nivel (su nena Irene, en verdad inolvidable), en tanto que el espacio no convencional utilizado, situando a los 20 espectadores en una fila de sillas contra una pared, refuerza la idea de estar participando de una velada de una familia mucho más que disfuncional, en horas de exagerada imposibilidad a lo real, con momentos en los que a través de juegos lumínicos experimentales, con entradas y salidas de los personajes por dos puertas reales y una fictica, a un ritmo veloz que no permite detenerse en los evidentes absurdos, no hay sosiego para reflexionar sobre lo que sucede ni cuáles son las motivaciones reales de los personajes, ni, por caso, las de la obra en sí.
Cuando salíamos de La Marina con Sol, cerca de la medianoche, la lúgubre y alegre celebración fúnebre por la muerte del Indio seguía a todo trapo, pero tanto mi hija como yo, luego de llenar la panza con el caliente guiso de mondongo y reflexionar sobre lo que habíamos visto y creído entender de Perfume Patria, respiramos profundo, con la nariz, los oídos y los ojos, y nos dejamos tomar por el influjo sanador del dulce veneno de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota que sus fieles seguidores, adolescentes de todas las edades, convertían plañideramente en salmos bajo cuya admonición se podía intentar la vida que cuesta vida, al menos durante un par de días de comienzos de un junio frío y lluvioso en un país que ya no tiene excusas para decir que está desangelado.
FICHA
Título: Perfume Patria. Dirección: Francisco Fissolo. Dramaturgia: Juan Rodríguez y Francisco Fissolo. Actúan: Francisco Fissolo (reemplazando a Adrián Terrazzino), Ana Salinas, Macu Mascia, Nicolás Marinsalta, Lucrecia Mubilla, Luz Battagliotti, Pedro De Moya. Sala: Espacio Madma. Funciones programadas: viernes de junio, que tras una pausa en julio seguirán en agosto.

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